Un muro medianero de tres metros de largo por dos y medio de alto son siete metros y medio cuadrados de superficie cultivable que no ocupan un palmo de suelo. En un jardín pequeño, en un patio o en una terraza, esa cifra suele ser mayor que toda la tierra disponible a ras de suelo. Las trepadoras existen precisamente para explotarla, y hacen unas cuantas cosas más que ninguna otra planta del jardín puede hacer.

Enredadera cubriendo una estructura del jardín

Primero, aclarar de qué estamos hablando

El término «arbusto trepador» mezcla tres grupos de plantas que se comportan de forma muy distinta, y confundirlos es lo que hace que una compra acabe tirada en el contenedor a los dos años.

Trepadoras volubles. El tallo gira sobre sí mismo y se enrosca en cualquier cosa vertical y delgada. Glicina (Wisteria sinensis), madreselva (Lonicera), jazmín estrellado (Trachelospermum jasminoides), jazmín común (Jasminum officinale). No se agarran a una pared lisa: necesitan alambre, malla o caña.

Trepadoras de zarcillos. Emiten órganos especializados que buscan y abrazan soportes finos. Las clemátides usan el pecíolo de la hoja, la parra (Vitis vinifera) y la pasiflora (Passiflora caerulea) usan zarcillos verdaderos. También quieren estructura.

Trepadoras autoadherentes. Se pegan solas: la hiedra (Hedera helix) con raicillas adventicias, la parra virgen (Parthenocissus tricuspidata) con discos adhesivos, la bignonia (Campsis radicans) con raíces aéreas. No necesitan soporte, pero tampoco se despegan sin dejar marca.

Y aparte están los arbustos sarmentosos o apoyantes, que es lo que de verdad merece el nombre de arbusto trepador: rosales trepadores, buganvilla (Bougainvillea glabra), Plumbago auriculata, jazmín de invierno (Jasminum nudiflorum). Emiten ramas largas y flexibles que en la naturaleza se apoyan sobre otra vegetación, pero carecen de cualquier mecanismo de sujeción. Sin ataduras periódicas, se derrumban. Quien planta un rosal trepador esperando que suba solo por la fachada acaba con un montón de varas caídas en el suelo.

Multiplican la superficie plantable sin robar suelo

En un patio de veinte metros cuadrados, cada arbusto que se planta come sitio para estar de pie. Una trepadora ocupa un hueco de treinta o cuarenta centímetros en la base y a partir de ahí crece en un plano que estaba vacío.

La consecuencia práctica es que un jardín pequeño con las paredes vestidas parece bastante más grande y bastante más frondoso que el mismo jardín con las paredes desnudas y macizos apretados en el suelo. Es el recurso más rentable de la jardinería en espacio reducido.

Cierran una vista en dos temporadas

Un seto de cipreses o de laurel tarda cinco o seis años en tapar una vista incómoda y ocupa entre setenta centímetros y un metro de anchura. Una trepadora vigorosa sobre una celosía o un cable tensado hace lo mismo en dos temporadas y ocupa quince centímetros.

Para pantalla perenne en clima peninsular, el jazmín estrellado es de lo más fiable: aguanta heladas de hasta -8 o -10 °C una vez establecido, mantiene la hoja todo el año, no daña la obra y florece en mayo con un perfume que se nota a diez metros. La hiedra cumple igual de bien en las orientaciones difíciles. La madreselva japonesa (Lonicera japonica) tapa rapidísimo, pero es tan vigorosa que se escapa por los alrededores y en algunos entornos se comporta como invasora; si hay campo cerca, mejor recurrir a la madreselva autóctona Lonicera implexa.

Bajan la temperatura de una fachada en verano

Una capa de hojas sobre un muro orientado al sur o al oeste hace tres cosas a la vez: intercepta la radiación antes de que llegue al paramento, crea una cámara de aire poco ventilada entre hoja y muro, y transpira agua, que enfría por evaporación. La temperatura superficial de un muro cubierto se mantiene varios grados por debajo de la del mismo muro desnudo en una tarde de agosto, y esa diferencia se traslada al interior.

En invierno, con una trepadora perenne, la capa vegetal amortigua además el viento y la lluvia batiente sobre el revoco. Existen mediciones de conservación de patrimonio que apuntan a que una hiedra sobre un muro sano reduce la oscilación térmica diaria del paramento, y esa oscilación es justamente lo que agrieta los morteros a largo plazo.

Dan sombra en verano y sol en invierno

Ninguna estructura fija consigue esto. Una parra sobre una pérgola frente a la ventana del salón despliega hoja en abril, sombrea toda la canícula y se queda desnuda en noviembre, justo cuando interesa que el sol bajo de invierno entre en la casa. Un toldo no distingue estaciones y una cubierta rígida tampoco.

Sirven para lo mismo la parra virgen, la glicina, la Campsis y el kiwi. Con la parra de mesa además se come: variedades de mesa sin semilla sobre pérgola producen sin problema en la mitad sur peninsular y en el Ebro.

Aportan flor y aroma a la altura de la nariz

Una flor a dos metros del suelo se huele y se ve; la misma flor en un macizo bajo pasa desapercibida. Encadenando especies se cubre casi todo el año: Clematis armandii en febrero-marzo, glicina en abril, jazmín estrellado en mayo, rosal trepador de floración continua desde mayo, pasiflora y Campsis de junio a septiembre, y Jasminum nudiflorum —amarillo, sin perfume— en pleno invierno.

Un apunte con las clemátides de flor grande, porque fallan a menudo por dos motivos concretos: quieren el pie fresco y sombreado y la cabeza al sol, así que conviene cubrir la base con una teja, una piedra plana o una planta baja; y se plantan con el cepellón enterrado cinco u ocho centímetros más hondo de lo que venía en la maceta, de modo que si la marchitez de la clemátide (Calophoma clematidina) siega los tallos, queden yemas bajo tierra para rebrotar.

Producen alimento en vertical

Parra, kiwi, pasiflora, incluso judías y calabazas trepadoras en temporada. En huertos urbanos pequeños, la producción vertical es la que sale rentable por metro cuadrado.

Con el kiwi (Actinidia deliciosa) hay que saber un dato antes de comprar: es dioico. Hay pies macho y pies hembra, y solo los hembra fructifican, siempre que haya un macho cerca —uno por cada cinco a ocho hembras basta— o una variedad autofértil declarada como tal. Comprar un solo kiwi de vivero sin mirar la etiqueta y esperar cosecha es garantía de decepción durante años.

Sostienen fauna útil

Una masa densa de hiedra o de madreselva pegada a un muro es refugio de nidificación para gorriones, currucas y mirlos, y da cobijo invernal a arañas, tijeretas y crisopas, que son depredadores de pulgón. La hiedra tiene además una particularidad valiosa: florece en septiembre y octubre, cuando ya casi nada florece, y es fuente de néctar tardío para abejas y sírfidos. Sus bayas maduran en pleno invierno y alimentan a los pájaros en el peor momento del año.

Fijan taludes y cubren suelos imposibles

Puestas en horizontal en lugar de en vertical, las mismas plantas funcionan como tapizantes de gran cobertura. Hiedra, parra virgen y Trachelospermum sujetan un terraplén, controlan la erosión y ahorran el mantenimiento de un talud donde no se puede pasar la máquina.

Lo que hay que tener en cuenta antes de plantar

El riesgo real para la obra. Conviene precisar esto porque se exagera en un sentido y se minimiza en el otro. Una hiedra o una parra virgen no perforan un muro de ladrillo o de hormigón en buen estado; sus raicillas y discos se adhieren a la superficie, no la taladran. El problema aparece cuando el paramento ya tiene grietas, juntas descarnadas, revoco flojo o pintura mal adherida: ahí las raíces entran, engordan y abren. Y aparece también en el momento de arrancarla, porque los discos se llevan la capa superficial y dejan un rastro que hay que picar y pintar. En fachadas con aislamiento por el exterior, con juntas de dilatación o con revestimientos ligeros, mejor no usar autoadherentes.

El peso y la fuerza de las leñosas grandes. Una glicina adulta engrosa el tronco hasta el diámetro de un brazo y desarrolla una fuerza considerable. Metida entre un canalón y el muro, lo desplaza; enroscada en una barandilla fina, la deforma. Quiere estructura de acero o de madera gruesa, dimensionada de verdad, y poda doble anual: en julio o agosto se acortan los brotes del año a cinco o seis hojas, y en enero o febrero se recortan esos mismos brotes a dos o tres yemas. Sin esa disciplina, la planta se convierte en una maraña que crece y no florece.

La Campsis radicans merece la misma advertencia por otro motivo: rebrota de raíz a varios metros del pie, incluso a través de juntas de pavimento. En un patio pequeño acaba saliendo donde no se la quiere.

La separación del soporte. Los alambres o mallas se instalan con tacos separadores que dejen cuatro o cinco centímetros de aire entre planta y muro. Así ventila, no retiene humedad contra el paramento y se puede podar por detrás.

Dónde va el pie. Nunca pegado al muro. La base de una pared es el punto más seco del jardín —la lluvia no llega, y suele haber zapata o zahorra debajo—, así que la planta se sitúa a cuarenta o cincuenta centímetros, con el hoyo bien abierto y enmendado, y se conduce hacia el soporte con una caña inclinada.

Toxicidad. Vale la pena saberlo si hay niños pequeños o perros. Las semillas y vainas de la glicina son tóxicas por ingestión, y bastan unas pocas para provocar vómitos y diarrea intensos. Las bayas de la hiedra también lo son, y su savia produce dermatitis de contacto en personas sensibles, algo a tener presente al podarla con manga corta. Los frutos del falso jazmín Solanum jasminoides son tóxicos, y la savia de la Campsis irrita la piel. Ninguna de estas plantas es motivo para renunciar a ellas, pero sí para colocarlas con cabeza y usar guantes.

Elegir según la orientación

Norte y sombra. Hiedra, hortensia trepadora (Hydrangea petiolaris), Clematis montana, parra virgen. La hortensia trepadora tarda dos o tres años en arrancar y luego no para; hay que tener paciencia con ella.

Este. Clemátides de flor grande, madreselvas, rosales trepadores. Sol de mañana, sin el castigo de la tarde.

Sur y oeste. Buganvilla en el litoral mediterráneo y sur —no aguanta por debajo de -2 °C, así que en interior va en maceta a resguardo—, Campsis, Plumbago auriculata, jazmín estrellado, parra. Todas toleran el reflejo del muro caliente en agosto.

En resumen

Las trepadoras convierten muros, vallas, pérgolas y taludes en superficie de cultivo, tapan una vista mala en dos años en lugar de en seis, rebajan la temperatura de una fachada en verano, regulan la sombra según la estación, aportan flor y aroma donde se perciben, y alimentan a pájaros e insectos auxiliares.

A cambio piden tres decisiones acertadas al principio: identificar cómo trepa la especie elegida para darle el soporte adecuado —o ataduras, si es un arbusto sarmentoso—, no poner autoadherentes sobre paramentos frágiles, y dimensionar la estructura pensando en el tamaño que la planta tendrá dentro de quince años, no en el del ejemplar que sale del vivero.


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