Cuando el suelo se acaba, una terraza solo puede crecer en dos direcciones: hacia arriba y hacia la noche. La superficie de los muros suele estar desaprovechada por completo, y las horas en que de verdad se disfruta una terraza en julio empiezan cuando ya no hay sol.

De esas dos cosas va este artículo. La organización del suelo —zonas, medidas, circulación y materiales— se explica en el artículo sobre la terraza entendida como una habitación; aquí empezamos justo donde aquel termina.

Terraza ajardinada con plantas en altura

Jardín vertical: qué sistema y qué te va a pedir

Hay tres familias de sistemas y se comportan de manera muy distinta.

Bolsillos de fieltro geotextil. Baratos, ligeros y fáciles de colgar. Su inconveniente es el volumen de sustrato, que es ridículo: entre uno y dos litros por bolsillo. En una tarde de agosto se secan por completo, así que el riego automático no es opcional, es parte del sistema.

Módulos rígidos con celdas de sustrato. Bandejas de polipropileno que se cuelgan sobre un rastrel. Dan de 4 a 8 litros por celda, lo que multiplica la autonomía, y permiten sustituir una planta sin desmontar nada. Es la opción sensata para un panel doméstico.

Macetas apiladas o canaletas corridas. Filas de jardineras montadas sobre una estructura, cada una con su propio volumen. Menos espectaculares, mucho más fáciles de mantener y las únicas que admiten plantas de raíz profunda.

Antes de instalar cualquiera de ellos, tres comprobaciones. La primera, el peso: un panel saturado ronda los 30-60 kg por metro cuadrado en los sistemas ligeros y puede pasar de 100 en los modulares con sustrato abundante. Un tabique de ladrillo hueco sencillo no es soporte para eso; hace falta fábrica maciza, hormigón o una estructura auxiliar apoyada en el suelo. La segunda, la protección del muro: entre el panel y la pared va una lámina impermeable y una cámara ventilada de al menos 3 cm, o la humedad permanente acabará apareciendo por dentro de la vivienda. La tercera, el agua que sale por abajo, que hay que recoger en una canaleta y conducirla al desagüe.

Sobre las especies: en un vertical mandan las de raíz superficial y porte contenido. A media sombra funcionan Heuchera, Asplenium scolopendrium, Dryopteris filix-mas, Ophiopogon japonicus, Liriope muscari, Bergenia cordifolia y Vinca minor cayendo por delante. Al sol, Sedum de porte rastrero, Festuca glauca, Lonicera nitida, tomillo y romero rastrero (Salvia rosmarinus Prostratus). Las plantas de temporada de flor dan un mes brillante y luego dejan huecos: mejor reservarlas para dos o tres celdas concretas.

Celosías y trepadoras: cuáles no van contra el revoco

Una celosía cuesta una fracción de lo que cuesta un jardín vertical y resuelve la misma superficie con una sola planta y una sola maceta grande. La condición es montarla separada 4 o 5 cm de la pared con distanciadores: así ventila, la planta puede rodear los listones y el paramento no queda permanentemente húmedo.

La elección de la trepadora depende de cómo se sujeta. Las que trepan por zarcillos o enrollando el tallo —jazmín estrellado (Trachelospermum jasminoides), Jasminum officinale, Lonicera japonica, Clematis, Passiflora caerulea, guisante de olor— necesitan la celosía y no tocan el muro. Son las adecuadas.

Las que se agarran con raíces adventicias o con discos adhesivos —hiedra (Hedera helix), parra virgen japonesa (Parthenocissus tricuspidata), Ficus pumila— se pegan al revestimiento, penetran por las microfisuras del revoco y lo arrancan a tiras cuando se retiran. En un muro de fábrica vista y sano pueden convivir; sobre un monocapa o una pintura de fachada, no las pongas.

Y un apunte de vigor: Campsis radicans y Wisteria sinensis son espectaculares y también capaces de reventar una celosía ligera y levantar un canalón. En terraza piden estructura metálica de verdad y poda anual.

Macetas de barandilla: el anclaje es la pieza

Una jardinera de balcón de 60 cm llena y regada pesa entre 12 y 18 kg. Colgada de un antepecho, ese peso queda a merced de una racha de viento y de un empujón accidental, y lo que hay debajo es la calle.

Las reglas que hacen el montaje seguro son cuatro. Colgar por el lado interior siempre que sea posible: la caída queda dentro de la terraza y, además, muchas ordenanzas municipales prohíben expresamente las jardineras voladas sobre la vía pública. Soportes con doble gancho y tornillo de apriete, que abrazan el pasamanos y lo bloquean, en lugar de los ganchos simples que solo se apoyan. Sin plato colgante, o el agua goteará sobre el vecino de abajo, cosa que además genera conflictos vecinales con fundamento legal. Y revisión al final de cada invierno, porque el tornillo se afloja con la dilatación y la corrosión trabaja despacio.

Si la barandilla es de vidrio o de obra, olvídate de los soportes de gancho: ahí se usan jardineras apoyadas en el suelo contra el antepecho o soportes anclados con taco químico, y conviene revisar antes lo que cuenta la guía de peso, apoyos y normativa.

Estanterías, escaleras y el vertical barato

No hace falta un panel vegetal para ganar altura. Una estantería de exterior de tres o cuatro baldas apoyada contra el muro multiplica por cuatro la superficie de un metro cuadrado de suelo, y una escalera de jardín —esas de peldaños en diagonal— hace lo mismo ocupando menos en planta que la propia macetas que sostiene.

Tres precauciones. Las baldas deben ser de rejilla o llevar perforaciones, o retendrán el agua de riego y el barro. La estructura hay que anclarla al muro por la parte alta, porque cargada de macetas tiene el centro de gravedad muy arriba y una racha la vuelca. Y hay que contar con la sombra que se dan unas baldas a otras: lo que va arriba recibe sol pleno y lo de abajo queda en penumbra, así que la distribución de especies tiene que respetar ese gradiente en lugar de pelearse con él.

La luz es lo que convierte la terraza en un sitio de noche

Una terraza de julio se usa entre las nueve de la noche y la una de la madrugada. Sin luz, o no se usa, o se usa con el reflejo del salón, que es la peor iluminación posible: deslumbra desde dentro y deja la terraza en penumbra.

El criterio que funciona cabe en tres palabras: cálida, baja e indirecta.

Cálida. Temperatura de color de 2200 a 2700 K. Los 4000 K que llevan de serie muchos apliques de exterior dan una luz blanca de aparcamiento que anula cualquier intención decorativa. El dato viene impreso en la caja.

Baja. Poca potencia y muchos puntos, en vez de un foco potente. Para circular basta con muy poca luz; una mesa de cena pide algo más, pero mucho menos de lo que se supone. Un juego de balizas de 1-3 W en el suelo, más una guirnalda de filamento LED sobre la zona de estar, ilumina de sobra una terraza mediana. Y regulador o, como mínimo, dos circuitos independientes: uno de ambiente y otro para cuando hay que ver lo que se hace.

Indirecta. La fuente no debe verse desde el asiento. Bañar un muro con luz rasante, iluminar la copa de un arbusto desde abajo, colocar tiras LED bajo el borde de un banco o en el canto de un escalón: todo eso da luz sin puntos brillantes en el campo visual. Un foco desnudo a la altura de los ojos arruina la escena y molesta al vecino.

Grado IP, tensión y dónde va cada cosa

El grado IP tiene dos cifras: la primera es la protección frente a sólidos, la segunda frente al agua. En una terraza importa la segunda.

IP44 resiste salpicaduras y sirve para luminarias bajo un voladizo o un techo que las proteja de la lluvia directa. IP65 aguanta chorros de agua y es el mínimo para cualquier cosa expuesta al cielo abierto o que vaya a recibir el riego. IP67, para luminarias empotradas en el suelo o en zonas donde se acumula agua. Un aplique IP20 de interior colocado en una terraza dura hasta la primera tormenta y, mientras tanto, es un riesgo eléctrico.

Lo más sensato en exterior doméstico es trabajar en muy baja tensión, 12 o 24 V, con un transformador en el interior protegido. La instalación queda fuera del rango peligroso, se puede ampliar sin electricista y admite tiradas de cable ligeras. Si hay tomas de corriente a 230 V en la terraza, deben estar en IP44 como mínimo y protegidas por un diferencial.

Sobre las luminarias solares: son cómodas y no requieren obra, pero conviene saber lo que dan. Sus baterías son pequeñas, el panel se ensucia y en diciembre reciben pocas horas de carga, así que rinden bien de mayo a septiembre como luz de ambiente y flojean el resto del año. Como iluminación principal de una zona de cena no valen.

Cuando sobra luz: insectos, vecinos y las propias plantas

La luz artificial nocturna tiene efectos biológicos medibles y merece un párrafo, sin dramatismos.

Las lámparas de espectro frío, con componente azul intenso, atraen y desorientan a los insectos nocturnos, que giran alrededor del punto de luz hasta agotarse o quedan expuestos a sus depredadores. Hay trabajos que documentan una caída apreciable de las visitas de polinizadores nocturnos —polillas, sobre todo— en zonas iluminadas artificialmente, con efecto sobre el cuajado de las plantas que dependen de ellos. Las fuentes cálidas de 2200 K o las de ámbar reducen mucho ese efecto, y apagar a partir de cierta hora lo elimina.

Las plantas también leen la noche. El fotoperiodo regula la floración de especies de día corto como el crisantemo (Chrysanthemum × morifolium) o la flor de Pascua (Euphorbia pulcherrima), que necesitan noches largas e ininterrumpidas para inducir flor; un punto de luz encendido toda la noche puede impedirlo. En arbustos y árboles caducos, la iluminación permanente en otoño retrasa el endurecimiento de los tejidos y los deja más sensibles a la primera helada.

Queda la luz intrusa. Un proyector orientado hacia arriba o hacia la fachada de enfrente entra por la ventana del dormitorio del vecino; la reglamentación española de eficiencia energética en alumbrado exterior limita precisamente el flujo emitido hacia el hemisferio superior y la luz molesta hacia las viviendas. En una terraza, la traducción práctica es sencilla: luminarias apantalladas, dirigidas hacia abajo o hacia una superficie propia, y un temporizador que las apague a la hora en que la terraza deja de usarse. Se gasta menos, se ve mejor y no se molesta a nadie.

En resumen

El vertical es la única superficie libre que queda en casi toda terraza: un panel modular con celdas de sustrato antes que bolsillos de fieltro, siempre con riego automático, lámina y cámara ventilada contra el muro, anclaje sobre fábrica maciza y recogida del agua sobrante. Para cubrir una pared con poco dinero, celosía separada de la pared y trepadora de zarcillo o voluble, nunca de raíces adventicias sobre revoco. Las jardineras de barandilla van por dentro, con soporte de doble gancho y tornillo, y sin plato que gotee.

Para la noche, luz de 2200-2700 K, muchos puntos de poca potencia, fuentes fuera de la línea de visión, IP65 en lo expuesto e IP44 bajo cubierto, y muy baja tensión siempre que se pueda. Y un temporizador: la luz encendida hasta el amanecer altera a los insectos y al ciclo de las plantas, y no aporta nada a nadie.


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