Toda la mandrágora es venenosa: hoja, flor, fruto y sobre todo la raíz. Contiene alcaloides tropánicos (hiosciamina, atropina y escopolamina) en concentraciones capaces de provocar un cuadro grave con cantidades pequeñas, y en España se registran intoxicaciones cada año porque su roseta de hojas se confunde con la de la borraja al recolectar verduras silvestres. Ante cualquier ingestión, el Instituto Nacional de Toxicología atiende las 24 horas en el 91 562 04 20, y con síntomas hay que acudir a urgencias sin esperar.
Dicho lo primero, la mandrágora es también la planta con más literatura acumulada de la flora europea: un vegetal sin tallo, con raíz gruesa y a menudo bifurcada, que floreció en los caminos mediterráneos y en los tratados de magia durante dos mil años. Aquí va lo que es de verdad, lo que provoca, cómo se reconoce en el campo y de dónde salió la historia del grito que mata al que la arranca.
Qué contiene y qué provoca
Los alcaloides responsables son los mismos que llevan la belladona, el beleño y el estramonio, sus parientes dentro de las solanáceas: hiosciamina, que en la planta desecada se transforma parcialmente en atropina, y escopolamina, además de apoatropina y cuscohigrina. La raíz es la parte más concentrada, con contenidos que en la bibliografía se sitúan entre el 0,2 y el 0,6% del peso seco, aunque varían muchísimo con la época del año y el individuo. El fruto maduro, de olor dulzón y aspecto de tomatillo amarillo, es lo que más atrae a los niños.
Estos compuestos bloquean los receptores muscarínicos de la acetilcolina, y el resultado es un síndrome anticolinérgico. Los signos clásicos se resumen en la vieja regla mnemotécnica clínica: seco como un hueso, rojo como una remolacha, caliente como el infierno, ciego como un murciélago y loco como una cabra. En concreto:
- Boca y mucosas muy secas, dificultad para tragar y para hablar.
- Piel enrojecida, seca y caliente; fiebre sin infección.
- Pupilas muy dilatadas y visión borrosa que puede durar días.
- Taquicardia y retención urinaria.
- Agitación, desorientación, alucinaciones visuales muy vívidas y delirio; en casos graves, convulsiones y coma.
Los síntomas aparecen entre treinta minutos y tres horas después de la ingestión y pueden prolongarse dos o tres días, porque estos alcaloides enlentecen el propio vaciado gástrico y su absorción se alarga. El tratamiento es hospitalario y en los cuadros graves existe un antídoto específico, pero eso es asunto de urgencias, no de casa. La escopolamina se absorbe también por vía transdérmica, así que manipular raíz fresca sin guantes no es buena idea, y menos aún llevarse las manos a los ojos después.
La distancia entre la dosis que produce efectos y la que resulta peligrosa es muy corta y depende del ejemplar. Por eso no existe ningún uso doméstico razonable de esta planta, y por eso este artículo no describe preparaciones, cantidades ni procedimientos de ningún tipo.
Las intoxicaciones reales en España: la confusión con la borraja
La casuística publicada en España e Italia coincide en el mismo escenario: personas que salen a coger borraja silvestre en invierno o primavera y se llevan mandrágora, a veces familias enteras que enferman a la vez tras una comida. Aparecen en la bibliografía clínica española series de varios pacientes por episodio, con cuadros anticolinérgicos completos y hospitalización.
La confusión tiene lógica: ambas forman rosetas basales grandes, de hojas anchas y arrugadas, pegadas al suelo en la misma época y en los mismos terrenos removidos. Estas son las diferencias que sirven en el campo:
| Borraja (Borago officinalis) | Mandrágora (Mandragora autumnalis) | |
|---|---|---|
| Pelos | Cubierta de cerdas rígidas y punzantes, ásperas al tacto | Hoja glabra o con pelillos blandos, nunca punzante |
| Olor al frotar | Fresco, a pepino | Desagradable, entre fétido y dulzón |
| Flores | Azules, en estrella de cinco puntas, sobre tallo erguido y ramificado | Violáceas o verdosas, acampanadas, a ras de suelo entre las hojas |
| Raíz | Delgada, fibrosa | Muy gruesa, carnosa, a menudo dividida en dos ramas |
| Fruto | Cuatro nuececillas secas | Baya globosa amarilla o anaranjada, del tamaño de una ciruela |
La regla práctica: la borraja pincha y huele a pepino; la mandrágora no pincha y huele mal. Y si hay flores acampanadas a ras de tierra o una baya amarilla, no se toca.
Se han descrito también intoxicaciones por confusión de sus hojas con las de acelga silvestre y por consumo de las bayas por parte de niños, que las encuentran atractivas por el color y el olor.
Cómo se reconoce y dónde crece
Es una planta perenne acaule: no tiene tallo aéreo. Las hojas, de 20 a 45 centímetros, salen directamente del cuello de la raíz y forman una roseta plana y desordenada, de color verde oscuro, con la lámina ondulada y muy nerviada.
Las flores nacen en el centro de la roseta, sobre pedúnculos cortos, y son campanas de cinco lóbulos de color violeta pálido o verde amarillento, de dos a tres centímetros. El fruto es una baya globosa que pasa del verde al amarillo o anaranjado, con un olor intenso y penetrante que se percibe a distancia.
La raíz es lo que le dio fama: una pieza carnosa que puede superar los 60 centímetros de profundidad y varios kilos de peso, con frecuencia bifurcada o trifurcada.
En España la especie habitual es Mandragora autumnalis, que florece de septiembre a diciembre y fructifica en primavera. Crece en el litoral mediterráneo, Andalucía, el Levante, Baleares y puntos del valle del Ebro, en olivares, bordes de camino, barbechos, pie de muros y terrenos removidos, siempre por debajo de los 1.000 metros. Es termófila y no soporta las heladas prolongadas del interior. Mandragora officinarum, de floración primaveral, es más oriental y su presencia peninsular es dudosa o marginal; la delimitación entre ambas ha cambiado varias veces y algunos autores las tratan como una sola especie variable.
Es una planta localmente escasa y en retroceso en muchos puntos por la roturación y los herbicidas de olivar, así que no hay motivo para arrancarla (ni interés alguno, dado lo que contiene).
De dónde viene la leyenda del grito
La historia más conocida dice que al arrancar la mandrágora la raíz emite un chillido que mata o enloquece a quien lo escucha, y que por eso se ataba un perro a la planta para que la extrajera él mientras el recolector se alejaba con los oídos tapados. No es una invención de la novela moderna: tiene por lo menos dos mil años.
Teofrasto, en el siglo IV a. C., ya recoge el ritual de recolección: trazar tres círculos alrededor de la planta con una espada, mirar al oeste al cortarla y bailar mientras se recita.
Flavio Josefo, en La guerra de los judíos, describe una raíz llamada baaras que crece cerca de Maqueronte y que mata a quien la arranca, salvo que se emplee un perro atado a ella; el perro muere en su lugar. Es la versión más antigua conocida del procedimiento canino.
Los herbarios medievales, sobre todo el círculo del Pseudo-Apuleyo y los bestiarios ilustrados, fijaron la imagen: la raíz con forma de hombrecillo, el perro, la cera en los oídos, el grito mortal. Se copió durante siglos con ilustraciones cada vez más literales.
¿Por qué cuajó? Hay dos explicaciones que se refuerzan. La primera es comercial: la raíz de mandrágora era una mercancía cara y los recolectores tenían todo el interés en rodear su obtención de peligros que justificaran el precio y desanimaran a la competencia. La segunda es farmacológica: quien consumía la planta experimentaba delirio con alucinaciones visuales y auditivas extraordinariamente reales. En una cultura que no distinguía entre alucinación y visión, una planta que hacía oír y ver cosas era, literalmente, una planta que hablaba.
La raíz con forma humana
El parecido antropomorfo no es imaginario: la raíz principal se bifurca con frecuencia y, con dos ramas gruesas, la silueta recuerda a un tronco con piernas. Sobre esa base actuó durante siglos la doctrina de las signaturas, la idea de que Dios había marcado cada planta con una señal de su utilidad. Si la raíz parecía un cuerpo humano, debía servir para el cuerpo humano entero, y muy en particular para la fertilidad.
El comercio hizo el resto. Existió durante siglos un mercado de mandrágoras talladas: se recortaba y se moldeaba la raíz fresca, a veces enterrándola de nuevo dentro de un molde para que creciera con la forma deseada, y se le implantaban granos de mijo o cebada que germinaban y hacían de pelo y de barba. Muchas de las que se vendían no eran ni siquiera mandrágora, sino raíces de brionia (Bryonia dioica) o de nabo talladas. Los herbolarios de la época ya denunciaban el fraude.
La esponja soporífera: mandrágora como anestesia
Hay un capítulo de esta planta que no es folclore sino historia de la medicina. Entre los siglos IX y XV, la cirugía europea y árabe empleó la spongia somnifera, una esponja marina impregnada de un cocimiento de mandrágora, opio, beleño y cicuta, secada al sol y rehumedecida antes de aplicarla sobre la cara del paciente. Se documenta en la escuela de Salerno y en el Antidotarium Nicolai.
Funcionaba de forma errática y peligrosa: la misma variabilidad de concentración que hoy hace tan impredecible una intoxicación hacía entonces que la dosis oscilara entre inútil y letal. Aun así, fue durante siglos lo único que había antes del éter, en 1846. La escopolamina, uno de sus alcaloides, siguió usándose en obstetricia hasta bien entrado el siglo XX y hoy se emplea en medicación registrada, purificada y dosificada con exactitud, que no tiene nada que ver con la planta cruda.
Cuatro apariciones que la mantuvieron viva
El Génesis 30: Rubén encuentra dudaim en el campo y Raquel se los cambia a Lía por una noche con Jacob, en un episodio ligado a la fertilidad. La mayoría de los traductores identifican esos dudaim con la mandrágora. Aparece también en el Cantar de los Cantares.
Maquiavelo escribió hacia 1518 La Mandragola, comedia en la que un supuesto brebaje de mandrágora fecundante es la excusa de un engaño; sigue siendo la mejor obra teatral del autor de El Príncipe.
Shakespeare la menciona varias veces, entre ellas en Romeo y Julieta, con el grito incluido: "chillidos como mandrágoras arrancadas de la tierra".
La ficción contemporánea, con las mandrágoras que berrean en el invernadero de Hogwarts, ha devuelto la leyenda a la conversación general. Conviene recordar que ahí termina el parecido: la planta real no grita, pero envenena.
Su sitio en las solanáceas
Solanaceae reúne unos 100 géneros y unas 2.700 especies, y es la familia con el contraste más brutal entre alimento y veneno. De ella salen la patata, el tomate, el pimiento, la berenjena y el tabaco, y también la belladona, el beleño, el estramonio y la mandrágora. La química es la misma en todas: alcaloides derivados del anillo tropánico o de la piridina, presentes también en trazas en las partes verdes de las hortalizas (de ahí que no se coman hojas de tomatera ni patatas verdeadas).
Dentro de la familia, la mandrágora se sitúa en la tribu Mandragoreae. Sus parientes tóxicos más próximos son Atropa belladonna, Hyoscyamus niger (el beleño negro) y Datura stramonium, el estramonio, que comparten alcaloides y cuadro clínico. Muy lejos de ellas, la misma familia produce las petunias del balcón. Una visión de conjunto de las especies cultivadas está en el artículo sobre las solanáceas del huerto.
Si aun así se quiere cultivar
Hay quien la cultiva como curiosidad botánica. Es legal tenerla, pero no debe plantarse donde haya niños pequeños o animales, y menos aún en un huerto o cerca de plantas de hoja comestible, donde la posibilidad de una confusión al recolectar es real.
Las condiciones que pide: semilla con estratificación en frío de seis a ocho semanas y germinación irregular, repartida a lo largo de meses. Maceta muy profunda, de 40 centímetros como mínimo, porque la raíz pivota desde el principio y no tolera trasplante. Sustrato arenoso, calcáreo y con drenaje perfecto. Sol o media sombra. Riego de septiembre a mayo y sequía total en verano, cuando la planta pierde toda la hoja y entra en reposo: regarla entonces la pudre. Tarda tres o cuatro años en florecer desde semilla.
Y una precaución que cuesta poco: etiquetarla con su nombre para que quien la vea sepa lo que es.
En resumen
La mandrágora española es Mandragora autumnalis, solanácea sin tallo, de roseta basal, flores acampanadas a ras de suelo y raíz carnosa a menudo bifurcada, que florece en otoño en el Mediterráneo y el sur peninsular. Contiene hiosciamina, atropina y escopolamina en toda la planta y produce un síndrome anticolinérgico grave: sequedad de boca, pupilas dilatadas, taquicardia, fiebre, delirio y alucinaciones que pueden durar días. El escenario de intoxicación más frecuente en España es la confusión de su roseta con la borraja al recolectar verdura silvestre, y se distingue porque la borraja pincha y huele a pepino mientras que la mandrágora es suave al tacto y huele mal. La leyenda del grito viene de Teofrasto y de Flavio Josefo, la sostuvo el interés comercial de los recolectores y la hizo verosímil el delirio que la planta provoca. En caso de ingestión, urgencias y el 91 562 04 20.