A mediados de julio, en un patio de Sevilla, un rosal cargado de flores es una imagen improbable. Con cuarenta grados a la sombra y noches que no bajan de veinticinco, el rosal deja de florecer, y no porque esté enfermo ni mal cuidado: está haciendo exactamente lo que debe. El manual general de cultivo del rosal se escribió pensando en climas atlánticos y continentales templados, y aplicado tal cual al valle del Guadalquivir, a Extremadura o al sureste da malos resultados. Conviene reescribirlo desde ese clima.
Qué es el rosal sevillano
Con ese nombre se conoce habitualmente a 'La Sevillana', una obtención de Meilland de 1978, un rosal arbustivo y paisajista de flores semidobles, de doce a quince pétalos, en un rojo bermellón encendido, agrupadas en ramilletes generosos. La planta mide entre 80 y 120 cm, se ramifica sola, tiene follaje verde bronceado y una resistencia a enfermedad muy por encima de la media, con reconocimiento ADR en Alemania. Existen las versiones 'Pink La Sevillana' y 'White Meidiland' en la misma familia, y la trepadora 'Grimpant La Sevillana'.
Se hizo popular precisamente porque aguanta. Se planta en masa en rotondas, medianas y jardines públicos del sur, sobrevive a riegos irregulares y a poda mecánica y sigue floreciendo. Aun así, en un verano andaluz también se para. Lo que hace bien es reanudar en cuanto refresca, y hacerlo con fuerza.
La floración se parte en dos
En clima templado, un rosal reflorescente produce oleadas más o menos seguidas de mayo a octubre. En clima cálido continental, el patrón es otro: una floración de primavera muy potente, una parada estival y una segunda floración de otoño, con frecuencia mejor que la primera.
La razón es fisiológica. Por encima de unos 33 o 35 °C el rosal cierra los estomas buena parte del día para no perder agua, la fotosíntesis se reduce mucho y la planta prioriza el mantenimiento sobre la producción de flor. Además la inducción floral se resiente: aparecen los llamados brotes ciegos, tallos que crecen normalmente pero terminan en un muñón seco sin capullo. Y las noches tropicales, con mínimas por encima de 22 o 24 °C, impiden que la planta recupere durante la noche lo que gastó de día.
La consecuencia práctica es que julio y agosto no son meses de exigir flor sino de mantener la planta con vida y con hoja. Quien pretenda tener el rosal cubierto de rosas en agosto en Écija está peleando contra la fisiología. La estrategia correcta es preparar la floración de septiembre y octubre, que en el sur puede durar hasta bien entrado diciembre.
De ahí sale un calendario propio. La poda de invierno se adelanta, a finales de diciembre o principios de enero, porque la vegetación arranca antes. A finales de agosto conviene un despunte ligero, retirando flores secas y acortando un poco los tallos, para empujar la brotación de otoño. Y el abonado de verano se suspende: nitrógeno en julio significa brotes tiernos que se queman.
Los pétalos se queman
El daño típico del sol fuerte no es en la hoja sino en la flor. El pétalo es un tejido fino, sin apenas cutícula protectora, y con radiación directa e intensa ocurren dos cosas. Los pigmentos se degradan, y los colores se descoloran: los rojos oscuros muestran bordes ennegrecidos, los amarillos y albaricoques palidecen a crema en cuestión de horas, los lilas se vuelven grises. Y el pétalo se deshidrata y se vuelve translúcido y quebradizo por el filo.
Además, las variedades muy dobles no llegan a abrir bien. Con calor extremo la flor se acelera, abre de golpe y pasa en un día o dos, así que un híbrido de té de cincuenta pétalos apenas se disfruta. Las variedades semidobles, de quince o veinte pétalos, resultan mucho más satisfactorias en este clima porque abren completas y no se atascan.
Sombra de mediodía, contra el consejo general
Todos los manuales piden pleno sol para el rosal, y con razón en la mayor parte de Europa. En el interior de Andalucía, en Extremadura, en Murcia o en la ribera del Ebro esa recomendación se corrige: lo que necesita el rosal es sol de mañana y sombra en las horas centrales, de las doce a las cinco o seis de la tarde en verano.
Con seis horas de sol matinal la planta tiene fotosíntesis de sobra, y evita la franja en la que la radiación solo hace daño. El patio andaluz tradicional resuelve esto por diseño: paredes altas que dan sombra proyectada durante buena parte del día, un toldo tendido de mayo a septiembre y una orientación que deja el sol bajo entrando por la mañana.
Hay un matiz importante. La pared encalada refleja mucha luz y calor, así que un rosal pegado a un muro blanco orientado a poniente recibe una carga térmica considerable incluso sin sol directo. En un patio conviene colocarlo en el lado que recibe el sol de levante, y no contra el muro que devuelve el calor acumulado por la tarde. La orientación este, en general, es la mejor para rosales en el sur; la norte funciona con variedades tolerantes a media sombra; la sur y la oeste piden protección.
Riego y acolchado
El principio es menos veces y más cantidad. Un riego que solo moja los primeros cinco centímetros mantiene la raíz arriba, justo donde el suelo se calienta y se seca antes. Un riego que empapa hasta cuarenta o cincuenta centímetros obliga a la raíz a bajar y le da una reserva térmica y de humedad mucho más estable.
En pleno verano andaluz, un rosal establecido en suelo pide del orden de veinte a treinta litros cada tres o cuatro días, según textura del terreno. En suelo arenoso, más frecuente; en suelo arcilloso, menos. Siempre a primera hora de la mañana o al anochecer, nunca a mediodía, y siempre al pie con goteo o alcorque, no por aspersión.
El acolchado deja de ser opcional. Una capa de cinco a ocho centímetros de corteza de pino, paja, restos de poda triturados o incluso grava en las zonas más secas reduce la evaporación de forma drástica y, sobre todo, baja la temperatura del suelo. La diferencia entre suelo desnudo al sol y suelo acolchado puede superar los diez grados a cinco centímetros de profundidad, y ahí es donde está buena parte de la raíz activa. Se deja unos centímetros libres alrededor del cuello para que no se pudra.
El patrón sobre el que va injertado el rosal importa más de lo que parece en estas condiciones. En el sur y en suelos calizos o arenosos, el injerto sobre Rosa indica var. major se comporta mucho mejor que el clásico sobre Rosa canina, porque tolera la caliza sin clorosarse y soporta el calor edáfico. Vale la pena preguntarlo en el vivero.
Variedades que aguantan el calor
Además de 'La Sevillana' y su familia paisajista, funcionan bien en clima cálido las series de arbustivas tipo Meidiland y Knock Out, de flor semidoble y sanidad alta. Entre las floribundas, 'Iceberg' es sorprendentemente resistente al calor y florece casi todo el año en el sur, aunque el blanco se ensucia con el polvo; 'Trumpeter' y 'Nina Weibull' también aguantan.
De las rosas antiguas, las mejor adaptadas son las de sangre china y té: Rosa × odorata y sus derivadas, 'Mutabilis', 'Old Blush', 'Sombreuil' o 'Duchesse de Brabant', que se criaron en climas cálidos y florecen todo el otoño. Las gálicas, damascenas y albas, en cambio, sufren y florecen una sola vez.
Entre las trepadoras, 'Pierre de Ronsard' se defiende bien en pared de levante, y la Rosa banksiae 'Lutea', que ni siquiera necesita riego una vez establecida, es el rosal de patio andaluz por excelencia, aunque florezca solo en primavera. Lo que hay que evitar son los híbridos de té de flor muy doble y color oscuro, que en agosto darán flores quemadas, y las rosas inglesas de pétalo muy fino, que también sufren y que tratamos aparte en el artículo de las rosas de David Austin. Si el rosal va en contenedor dentro del patio, el recalentamiento del cepellón es un problema añadido que abordamos en el artículo de cultivo en maceta.
En resumen
El rosal sevillano, 'La Sevillana', es un arbustivo rojo de Meilland seleccionado por resistencia, y su virtud principal en el sur es reanudar rápido después del parón. En clima de cuarenta grados la floración se parte en dos, primavera y otoño, con una parada estival que es normal y no una enfermedad; los pétalos se queman con la radiación directa, así que el consejo de pleno sol se corrige a sol de mañana y sombra de mediodía; el riego debe ser profundo y espaciado, con acolchado obligatorio; y las variedades semidobles, arbustivas y de sangre china rinden mucho más que los híbridos de té de flor muy doble.