Preguntar en una floristería por un ramo de crisantemos en octubre y ver la cara del dependiente vale más que cualquier tratado sobre supersticiones. Hay plantas marcadas. En unas casas no entra el cactus, en otras no se regala una hortensia, y en muchos pueblos nadie planta un ciprés cerca de la puerta. Esas creencias no aparecieron por capricho: casi siempre hay detrás un motivo práctico, sanitario o funerario que con el tiempo se desprendió de su explicación y quedó convertido en agüero.
Merece la pena tomarlas en serio el tiempo suficiente para entender de dónde salen. Y luego decir lo que hay que decir: no existe ninguna prueba de que una planta influya en la fortuna de nadie. Lo que sí existe, en varias de las señaladas, es toxicidad real. Ese es el único riesgo que conviene atender.
El origen funerario: plantas que huelen a cementerio
El caso más claro es el ciprés (Cupressus sempervirens). Su asociación con la muerte es anterior al cristianismo: los romanos lo colgaban en la puerta de la casa donde había un difunto y lo plantaban en los recintos funerarios. La elección tenía lógica. Es un árbol de raíz relativamente vertical y poco invasora, tolera suelos pobres y calcáreos, aguanta la sequía estival mediterránea y su porte fastigiado ocupa poquísimo espacio en planta, lo que permitía alinearlo en cementerios cerrados sin quitar sitio a las sepulturas. Además es perenne, de modo que el recinto no se llenaba de hojarasca en otoño. Un árbol funcional para ese uso acabó siendo el árbol de ese uso, y de ahí a que se considerara de mal augurio plantarlo junto a una vivienda hay un paso corto.
Con el boj (Buxus sempervirens) ocurre algo parecido, aunque por otra vía. Su ramillo sustituyó a la palma en muchas zonas de montaña de la península para la bendición del Domingo de Ramos, y se usaba también como aspersor de agua bendita en velatorios y entierros. Es una planta de crecimiento lentísimo, de madera densa y hoja pequeña y persistente, que se deja recortar hasta límites absurdos; por eso llenó claustros y camposantos. El olor característico de su follaje, que a mucha nariz le resulta desagradable, reforzó la asociación.
El crisantemo (Chrysanthemum morifolium) enseña mejor que ninguno que estas cargas simbólicas son locales y no intrínsecas. En España y en buena parte de Europa continental es la flor del 1 de noviembre, y regalarla en otro contexto suena a inoportuno. La razón es puramente agronómica: el crisantemo es una planta de día corto, es decir, florece cuando la noche se alarga, y su floración natural cae justo en octubre y noviembre. Era la flor disponible, resistente al frío y de larga duración en jarrón, cuando tocaba visitar el cementerio. En China y Japón, donde el género se cultiva desde hace más de mil quinientos años, el crisantemo es emblema de longevidad y de la casa imperial japonesa, y protagoniza festivales de otoño. Misma especie, significado opuesto.
Cuando la mala fama protegía a los niños
Otro grupo de plantas señaladas comparte una característica que lo explica todo: son venenosas. Antes de que existieran centros de información toxicológica, el miedo transmitido de generación en generación era el sistema de aviso disponible, y funcionaba mejor cuando iba envuelto en algo memorable.
La adelfa (Nerium oleander) es un arbusto mediterráneo espléndido, presente en medianas de autovía de media España porque aguanta sequía, salinidad y contaminación. También contiene glucósidos cardiotónicos —oleandrina entre ellos— en toda la planta, savia incluida. La leyenda de que dormir bajo una adelfa provoca pesadillas, o la advertencia de no usar sus ramas como espeto para asar carne, son formas populares de codificar un peligro real.
El tejo (Taxus baccata) acumula un simbolismo aún más denso. Es el árbol de los concejos del norte peninsular, y hay ejemplares milenarios junto a iglesias en Asturias, León y el País Vasco. Contiene taxinas en hoja, corteza y semilla; solo el arilo rojo carnoso que rodea la semilla carece de ellas. La intoxicación en ganado es un accidente clásico. Un árbol que mata a las vacas y que además vive junto a las iglesias tenía todas las papeletas para volverse siniestro.
La belladona (Atropa belladonna) cierra el grupo. Sus bayas negras y brillantes son atractivas para un niño y contienen alcaloides tropánicos —atropina, escopolamina— con efectos neurológicos graves. Su nombre popular procede del uso renacentista de dilatarse las pupilas con su jugo, práctica tan peligrosa como estéticamente celebrada. Su fama de planta de brujas es, en el fondo, un cartel de advertencia.
El cactus en casa, un caso aparte
La prohibición de tener cactus dentro de la vivienda circula en dos versiones. La popular española dice que atrae discusiones o rompe relaciones. La versión que se apoya en el feng shui razona en términos de energía: las formas puntiagudas proyectan lo que en esa tradición se llaman flechas, y no conviene dirigirlas hacia zonas de descanso.
Conviene separar los planos. Como sistema simbólico de organización del espacio, el feng shui tiene su propia coherencia interna y una historia larga, y quien lo practique hará bien en seguir sus reglas; lo que no tiene es respaldo experimental que permita afirmar que un Echinocactus en el salón modifique nada del ambiente doméstico. Ese matiz, y el asunto del célebre estudio de la NASA sobre plantas de interior, están tratados aparte en el artículo sobre plantas para el hogar según el feng shui.
Lo que sí es cierto es que un cactus pincha, y que algunos pinchan de forma especialmente incómoda. Los Opuntia llevan gloquidios, espinas diminutas y con arponcillo que se clavan por decenas y son difíciles de extraer. Colocar un cactus a la altura de la cara de un niño, en un pasillo estrecho o en el borde de una mesa es una mala idea por motivos de pura geometría. En una repisa alta y luminosa no molesta a nadie.
La hortensia (Hydrangea macrophylla) arrastra la fama de que aleja a los pretendientes de la casa. También aquí hay una lectura sencilla: es una flor de altar y de procesión en el norte peninsular, y buena parte de las plantas ligadas a la liturgia acabaron asociadas al celibato. Como dato horticultural, sí tiene una peculiaridad real que alimenta el aire de planta caprichosa: el color de sus inflorescencias depende del pH del suelo y de la disponibilidad de aluminio. En suelo ácido, por debajo de pH 5,5, vira a azul; por encima de 6,5 tiende al rosa. La planta no cambia de humor, cambia de química.
El clavel del aire y el agave, dos malentendidos botánicos
Al clavel del aire (Tillandsia spp.) se le acusa de parásito que chupa la savia del árbol donde se instala y lo mata. Es falso de raíz. Las tillandsias son epífitas, no parásitas: usan la rama como soporte y captan agua y nutrientes del aire mediante tricomas, esas escamas plateadas que cubren sus hojas. No penetran los tejidos del hospedador. Cuando un árbol muy cargado de tillandsias se ve enfermo, la relación es la inversa: un árbol decaído pierde follaje, entra más luz, y esa luz favorece a las epífitas.
Al agave (Agave americana) se le atribuye anunciar una desgracia cuando florece. Detrás hay un hecho biológico llamativo: es una planta monocárpica, florece una sola vez y muere después. Tarda entre diez y treinta años en hacerlo —el nombre de «planta del siglo» es una exageración—, levanta un escapo floral de hasta ocho metros en pocas semanas y se agota en el intento, dejando hijuelos alrededor. Ver morir a un vegetal enorme justo después de su momento más espectacular impresiona lo suficiente como para generar un presagio.
Merece un aviso práctico: la savia del agave es irritante, contiene oxalato de calcio y saponinas, y sus púas terminales causan heridas punzantes profundas. Al podar hojas viejas conviene guantes, gafas y manga larga.
Lo que sí hay que vigilar
Ninguna planta trae mala suerte. Varias de las que aparecen en estas listas, en cambio, causan intoxicaciones documentadas, y ese sí es un criterio para decidir dónde colocarlas.
El potos (Epipremnum aureum), que en alguna versión de la lista aparece como planta de energía estancada, es en realidad de las trepadoras de interior más agradecidas que existen: vive con poca luz, tolera el olvido en el riego y enraíza en un vaso de agua. Su único problema real es que, como toda arácea, contiene rafidios de oxalato de calcio: mordisquear una hoja provoca ardor y edema en boca y garganta, y es la causa habitual de sustos con gatos y niños pequeños.
La regla útil es esta: adelfa, tejo, belladona, ricino, dieffenbachia y las aráceas en general, fuera del alcance de menores y mascotas; guantes al podar adelfa, agave y euforbias; y lavarse las manos al terminar. En caso de ingestión, el Instituto Nacional de Toxicología atiende en el 91 562 04 20 las veinticuatro horas. El detalle especie por especie está en el artículo sobre las plantas más venenosas del mundo.
En resumen
Las plantas con fama de aciagas suelen deberla a un uso funerario antiguo, a una toxicidad que había que transmitir de algún modo, o a un rasgo biológico llamativo mal interpretado. El ciprés y el boj fueron elegidos para los cementerios por razones agronómicas; el crisantemo florece en noviembre porque es de día corto y en Asia significa longevidad; la adelfa, el tejo y la belladona son de verdad peligrosas; el clavel del aire no parasita nada y el agave florece una vez y muere. Ni el cactus ni la hortensia influyen en la vida de nadie. Lo único que exige atención es la toxicidad, y esa se resuelve colocando bien las macetas, usando guantes y teniendo a mano el teléfono de toxicología.