Ninguna lista de plantas venenosas dice gran cosa sin tres datos: cuánto, por dónde entra y a quién. Las clasificaciones que ordenan especies por espectacularidad sirven de poco a quien tiene un jardín, un huerto o niños pequeños. Este artículo las ordena por otro criterio, el que de verdad explica lo que pasa: el mecanismo por el que hacen daño. Y termina donde interesa, en qué hay de todo esto en España y qué puede acabar plantado en un jardín español.
Venenoso no es una propiedad absoluta
Tres variables convierten una planta en un problema.
La dosis, primero. Moléculas que matan son a la vez fármacos de uso hospitalario corriente: la digoxina se extrae de una Digitalis y la atropina de una solanácea. Entre el efecto terapéutico y la intoxicación hay a veces un factor de dos o tres, y por eso esos compuestos se usan purificados y medidos, jamás en forma de planta.
La vía de exposición, después. Hay semillas que atraviesan el tubo digestivo enteras sin liberar nada y que serían letales masticadas. Hay látex inofensivo sobre la piel intacta y devastador dentro del ojo. Y hay tóxicos que solo importan por inhalación, como el humo de podas de adelfa.
Y la especie afectada. El tejo es mortal para el caballo y la vaca, y el mirlo se come su arilo sin consecuencias. El chocolate es tóxico para el perro y no para nosotros. Trasladar sin más lo que le pasa al ganado a lo que le pasa a una persona, o al revés, produce errores en las dos direcciones.
Las que descontrolan el corazón
Es el grupo con más muertes documentadas y también el más común en jardinería.
La adelfa (Nerium oleander) contiene glucósidos cardiotónicos, sobre todo oleandrina, que inhiben la bomba sodio-potasio de las células cardíacas. El resultado es una alteración del ritmo que puede llegar al paro. Toda la planta la lleva, incluida la savia y la madera seca; hay casos publicados por usar ramas como pinchos para asar y por respirar el humo de una quema de restos de poda.
La digital (Digitalis purpurea, y en la península también Digitalis thapsi) actúa por la misma vía. Sus intoxicaciones suelen empezar con náuseas y alteraciones visuales características, con halos amarillos, antes de que aparezcan las arritmias.
El acónito (Aconitum napellus) trabaja de otro modo: la aconitina mantiene abiertos los canales de sodio de nervios y miocardio. Da hormigueo y adormecimiento de boca y extremidades muy precoces, seguidos de arritmias graves. Se absorbe también por la piel, lo que hace desaconsejable manipular sus raíces sin guantes.
El tejo (Taxus baccata) tiene taxinas en hojas, corteza y semilla; solo el arilo rojo carnoso que envuelve la semilla carece de ellas, detalle irrelevante en la práctica porque quien come el arilo suele tragar también la semilla. Es la causa clásica de muerte súbita en ganado que ramonea setos de tejo.
Las que apagan la fábrica de proteínas
Aquí el veneno no es una molécula pequeña sino una proteína grande que inutiliza los ribosomas de la célula. Sin ribosomas no hay síntesis proteica y la célula muere; cuando esto ocurre en masa, fallan varios órganos a la vez.
El ricino (Ricinus communis) guarda ricina en la semilla, no en el aceite comercial, que se obtiene por prensado y depuración precisamente para eliminarla. Sus semillas jaspeadas son atractivas y se han usado como cuentas. La toxicidad depende por completo de que la cubierta dura se rompa.
El Abrus precatorius, cuyas semillas rojas con una mancha negra se venden ensartadas en collares y pulseras de recuerdo, contiene abrina, del mismo tipo y aún más activa. Los casos descritos vienen casi siempre de bisutería importada que acaba en manos de un niño.
Lo característico de este grupo es el intervalo engañoso: pueden pasar varias horas sin síntoma alguno, y cuando aparecen los vómitos y la diarrea el daño celular lleva tiempo en marcha. Por eso ninguna exposición sospechosa a estas semillas admite el "esperar a ver".
Las que destruyen el hígado
La oronja verde (Amanita phalloides) no es una planta, sino un hongo, pero encabeza cualquier recuento de envenenamientos mortales por recolección silvestre en España y merece estar aquí. Sus amatoxinas bloquean la ARN polimerasa II de los hepatocitos. Repite el patrón traicionero del grupo anterior, con un periodo libre de entre seis y veinticuatro horas, una fase digestiva intensa, una aparente mejoría y después el fallo hepático. Toda sospecha de ingestión de setas con síntomas tardíos es una urgencia hospitalaria inmediata.
Los alcaloides pirrolizidínicos actúan de forma más lenta y silenciosa. Están en muchos Senecio, en Heliotropium, en Echium y en la consuelda (Symphytum officinale), y el hígado los transforma en metabolitos que lesionan las pequeñas venas hepáticas hasta obstruirlas. La exposición relevante no es un bocado accidental, sino la repetida: infusiones de hierbas mal identificadas, suplementos, harina contaminada con semillas de senecio, o pasto invadido en el caso del ganado. Varias agencias sanitarias europeas han restringido el uso oral de la consuelda por este motivo.
Las que actúan sobre el sistema nervioso
La cicuta (Conium maculatum), la de Sócrates, contiene coniína, que bloquea la transmisión neuromuscular y produce una parálisis ascendente que termina en los músculos respiratorios, con la consciencia conservada hasta bien avanzado el cuadro. Se confunde con perejil, con hinojo y con zanahoria silvestre; la mancha púrpura del tallo y el olor desagradable a orina de ratón al frotarlo la delatan.
Más peligrosa aún en la práctica española es el nabo del diablo (Oenanthe crocata), abundante en arroyos, acequias y prados húmedos del noroeste. Su raíz tuberosa recuerda a una chirivía y contiene cicutoxina, un convulsivante potentísimo que provoca crisis muy violentas en menos de una hora. Ha causado muertes recientes en la península.
El estramonio (Datura stramonium) y la brugmansia o floripondio (Brugmansia spp.) aportan el otro perfil neurológico, el anticolinérgico: alcaloides tropánicos que producen delirio, alucinaciones, taquicardia y midriasis prolongada. El estramonio crece espontáneo en escombreras y regadíos de casi toda España, y la brugmansia se cultiva como arbusto ornamental en zonas de invierno suave.
Las que hacen daño sin comerlas
El manzanillo de la muerte (Hippomane mancinella), caribeño, tiene un látex con ésteres de forbol tan agresivo que la lluvia que escurre por sus hojas basta para levantar ampollas en quien se refugia debajo. Está señalizado en las playas donde crece.
El gympie-gympie (Dendrocnide moroides), del noreste australiano, cubre sus hojas de pelos de sílice cargados de péptidos neurotóxicos que se clavan y siguen doliendo durante semanas o meses. No hay nada equivalente en Europa.
Los Toxicodendron norteamericanos, la hiedra y el zumaque venenosos, funcionan por otro camino: su urushiol no es un irritante directo, sino un sensibilizante que desencadena una dermatitis alérgica de contacto días después. Quien se sensibiliza reacciona toda la vida, y basta con tocar una herramienta que rozó la planta.
En España el capítulo de contacto lo llenan otras especies. El látex de muchas Euphorbia, incluidas las ornamentales y las silvestres de secano, quema piel y sobre todo córnea. La ruda (Ruta graveolens), la higuera y las umbelíferas grandes contienen furocumarinas que, con sol, producen fitofotodermatitis: quemaduras con ampollas y manchas oscuras que duran meses. La más agresiva de ellas es el perejil gigante o Heracleum mantegazzianum, introducido y ya asilvestrado en puntos del norte peninsular.
Qué hay de esto en España
De la lista anterior, el manzanillo y el gympie-gympie son curiosidades lejanas. Lo demás está más cerca de lo que parece.
Silvestres en la península: tejo en la cornisa cantábrica y sistemas montañosos, acónito en Pirineos y montañas del norte, digital en el cuadrante noroeste y el oeste, cicuta y estramonio en cualquier baldío, Oenanthe crocata en las riberas del noroeste, Senecio en pastos y cunetas, Amanita phalloides en robledales, encinares y castañares.
Habituales en jardines y viarios: la adelfa domina las medianas y rotondas de medio país; el tejo se usa como seto recortado; la brugmansia, el ricino asilvestrado en el sur y Canarias, el aro (Arum italicum), el laurel cerezo (Prunus laurocerasus), el evónimo y las euforbias ornamentales completan el cuadro.
Convivir con todas ellas es perfectamente posible y no hay motivo para arrancar nada. Lo que cambia el riesgo es saber qué se tiene: identificar cada planta del jardín por su nombre científico, enseñar pronto a los niños que del jardín no se come nada sin preguntar, podar la adelfa y las euforbias con guantes y gafas, no quemar restos de poda de adelfa ni de tejo, no usar ramas como brochetas ni como palos de remover, y retirar del alcance las semillas vistosas.
Ante una sospecha
Si alguien ha comido parte de una planta desconocida, la llamada al Instituto Nacional de Toxicología, en el 91 562 04 20, resuelve la duda en minutos y funciona todo el año a cualquier hora; si hay síntomas, primero el 112. Ayuda enormemente aportar una muestra o una fotografía de la planta, la hora aproximada de la ingestión y qué parte se comió. Y conviene descartar dos reflejos extendidos: provocar el vómito y dar leche. Ninguno de los dos mejora nada, y ambos retrasan la atención que sí sirve.
En resumen
La toxicidad de una planta depende de la cantidad, de la vía de entrada y de quién la recibe, y entenderla por mecanismos ordena mejor que cualquier ranking. Los cardiotóxicos como adelfa, digital, acónito y tejo alteran el ritmo del corazón; ricino y Abrus inactivan los ribosomas tras un intervalo silencioso; Amanita phalloides y los alcaloides pirrolizidínicos atacan el hígado, de golpe o a fuego lento; cicuta, Oenanthe, estramonio y brugmansia actúan sobre el sistema nervioso; y otras, del manzanillo a las euforbias y al perejil gigante, hacen daño por simple contacto. En España existen ejemplos reales de casi todos los grupos, varios de ellos plantados a diario en jardines y rotondas. Saber qué se tiene, manejarlo con guantes y guardar el teléfono 91 562 04 20 a mano cubre la práctica totalidad del riesgo.