Quien compra una flor murciélago en septiembre, con las brácteas negras ya abiertas, suele darla por muerta en enero. Casi nunca lo está. Debajo del sustrato hay un rizoma carnoso que ha entrado en reposo, y la diferencia entre conservarla varios años o perderla el primer invierno está en saber en qué momento de su año está la planta y actuar en consecuencia. Este artículo recorre ese calendario mes a mes.
Lo que hacen los filamentos colgantes, la hipótesis de la mosca carroñera y lo que encontraron los estudios de campo en Yunnan está contado aparte, en la ficha de Tacca chantrieri. Aquí interesa el ciclo anual y las decisiones que impone.
Una geófita disfrazada de planta de hoja
La flor murciélago tiene el aspecto de una planta de follaje permanente, con hojas grandes y lustrosas que salen directamente del suelo, y por eso se la trata como si fuera un anturio o una calatea. Su órgano de reserva dice otra cosa: es un rizoma horizontal, blanco y carnoso, que acumula almidón durante la temporada de crecimiento y lo gasta después. Las plantas de este tipo, las geófitas, no crecen de forma continua. Alternan una fase de actividad y una fase de latencia, y en la segunda prescinden de la parte aérea porque mantenerla les sale más caro que rehacerla.
En su área natural —el sotobosque de Yunnan, Indochina y la península malaya— esa alternancia la marca el monzón: seis o siete meses húmedos y calurosos de crecimiento y floración, y una estación seca más fresca en la que la mata se repliega. Dentro de un piso español el desencadenante es distinto, pero el resultado se parece: en cuanto los días se acortan y la calefacción reseca el aire, la planta lee que la temporada ha terminado.
El invierno: pierde las hojas y no hay que tirarla
Entre noviembre y febrero es normal que las hojas amarilleen desde el borde, se abarquillen y acaben cayendo, hasta quedar la maceta aparentemente vacía. Ese cuadro no distingue por sí solo entre un reposo sano y un rizoma podrido, así que conviene comprobarlo antes de decidir nada: se aparta el sustrato de la superficie con un dedo y se palpa el rizoma. Firme, del grosor de un dedo y con olor a tierra, está vivo. Blando, hundido, oscuro o con olor agrio, se ha perdido.
Si está firme, el manejo durante el reposo es de no intervención. Se corta el follaje seco a ras, se mantiene la maceta en un sitio sin corrientes y por encima de 15 °C —por debajo de 13 °C el rizoma se pudre con frío y humedad a la vez—, y se riega apenas lo justo para que el sustrato no llegue a polvo, del orden de un riego ligero cada dos o tres semanas. Nada de abono. El error clásico es seguir regando en enero al ritmo de agosto, con una planta que ya no tiene hojas que evaporen: el agua se queda en el tiesto y termina el trabajo.
El rebrote llega solo, entre finales de marzo y mayo, con el alargamiento del día y la subida de temperatura. Aparecen primero uno o dos peciolos enrollados que se despliegan en una semana.
Marzo: la ventana para dividir el rizoma
El único momento razonable para tocar el rizoma es el final del reposo, justo antes de que arranque: la planta tiene reservas llenas, no hay hojas que sostener y las heridas cicatrizan con el calor que llega. Se desmolda el cepellón, se aclara el sustrato viejo y se ve el rizoma ramificado, con yemas visibles como puntas cónicas.
Se corta con hoja limpia dejando al menos dos o tres yemas y un tramo de rizoma de cinco o seis centímetros por porción; las divisiones más pequeñas arrancan, pero tardan un año más en volver a florecer. Los cortes se dejan orear unas horas al aire, o se espolvorean con azufre, antes de plantar. Cada porción va a una maceta más bien justa, apenas dos dedos de holgura alrededor, y se coloca casi horizontal a un par de centímetros de profundidad. El primer riego se da suave y el siguiente no llega hasta que asome el primer brote.
Ese mismo momento sirve para el trasplante anual sin dividir, que conviene hacer porque este sustrato se degrada rápido.
El sustrato se compacta, y ahí empieza el problema
Una mezcla a base de corteza de pino fina, fibra de coco y perlita funciona bien el primer año y se apelmaza el segundo, cuando la corteza se descompone. A partir de ahí retiene más agua, se airea menos y el rizoma pasa a vivir en un ambiente asfixiante que es la vía habitual hacia la podredumbre. Renovar la mezcla cada primavera, aunque la maceta no se cambie de tamaño, evita ese deterioro silencioso.
La otra degradación es química. El riego con agua de red dura, frecuente en buena parte de España, va dejando carbonatos y sales que suben la conductividad del sustrato; la planta responde secando las puntas de las hojas, un síntoma que se confunde con falta de humedad ambiental y que no mejora por mucho que se pulverice. Agua de lluvia, agua osmotizada o agua de grifo mezclada al 50 % con destilada resuelven el fondo del asunto, y un lavado abundante del cepellón dos veces al año arrastra lo acumulado.
La vitrina o la bandeja: elegir según la casa
La humedad ambiental que pide, entre el 60 y el 80 %, no se consigue en un salón con calefacción por mucho que se insista. Hay dos caminos, y conviene decidirse por uno antes de comprar la planta.
El camino sencillo es una bandeja ancha de arcilla expandida con agua bajo la maceta, con la planta agrupada junto a otras y colocada lejos de radiadores y de la salida del aire acondicionado. Sube la humedad local unos diez o quince puntos y sostiene a la planta durante el verano, pero se queda corto en enero.
El camino que de verdad funciona es un recinto cerrado: una vitrina de cultivo, un terrario alto o incluso un acuario reconvertido con tapa parcial, iluminado con un tubo LED de espectro completo a treinta o cuarenta centímetros y con una rendija de ventilación para que el aire no quede estancado. La mata alcanza de 60 a 90 cm, de modo que el recinto tiene que ser alto de verdad; una campana de cristal de sobremesa vale para un ejemplar joven y se le queda pequeña en un año. Con este montaje la planta no interrumpe la floración en invierno y el ciclo de reposo se suaviza mucho.
La que se compra en flor viene de otro mundo
Los ejemplares que llegan al vivero con las brácteas abiertas se han criado en invernadero tropical: humedad alta constante, luz uniforme, riego automatizado y abonado a medida. Al pasar a un salón cambian de golpe las tres variables que más le importan, y la planta reacciona abortando los botones pendientes y deshaciéndose de las hojas más viejas. La caída posterior a la compra no es un defecto del ejemplar; es la factura del traslado.
Se amortigua con un periodo de aclimatación deliberado. Durante las primeras tres o cuatro semanas conviene mantenerla en el sitio más húmedo y estable de la casa, no trasplantarla aunque la maceta parezca pequeña, no abonarla, cortar la inflorescencia cuando se marchite para que no invierta en fruto, y aceptar la pérdida de dos o tres hojas. Comprarla en primavera, con la mata en pleno arranque y sin flor, sale mejor que comprarla florecida en otoño, porque la planta dispone de toda la temporada de crecimiento para instalarse antes del primer invierno.
Un apunte de precaución que no cambia con la estación: los rizomas del género contienen taccalonólidos, compuestos amargos con actividad biológica, y ninguna parte de la planta debe ingerirse ni emplearse en preparados caseros, ni siquiera por su fama en la medicina popular del sudeste asiático. Cualquier duda, al médico o al farmacéutico.
En resumen
La flor murciélago es una geófita de rizoma, no una planta de follaje permanente, y su año tiene dos mitades. De primavera a otoño crece y florece; de noviembre a febrero pierde las hojas y entra en reposo, momento en el que hay que comprobar que el rizoma sigue firme, reducir el riego a un aporte ligero cada dos o tres semanas, suspender el abono y mantenerla por encima de 15 °C. El final del invierno es la ventana para dividir el rizoma, dejando dos o tres yemas por porción y oreando los cortes, y para renovar un sustrato que se apelmaza al segundo año. El agua dura acumula sales y seca las puntas: agua de lluvia u osmotizada, con lavados periódicos del cepellón. Y la humedad ambiental solo se sostiene en un recinto cerrado y alto; sin él, un ejemplar comprado en flor rara vez pasa del primer enero.