Colgada del techo de un salón, una tradescantia da su mejor imagen durante el primer año y empieza a deteriorarse hacia el segundo invierno: las guías se alargan hasta el suelo, la parte de arriba se queda calva y el color se apaga. No es mala suerte ni falta de abono. Es lo que le pasa a esta planta cuando vive en el interior de una vivienda, y responde a cuatro causas concretas que se pueden corregir por separado.
Aquí se habla solo del comportamiento puertas adentro. La botánica del género, los tres grupos que agrupa y la flor de tres pétalos que dura una mañana están explicados en el artículo general sobre el género Tradescantia.
Cuál es la que tiene usted en casa
Las que se venden como planta de interior en España son cuatro: Tradescantia zebrina, la de bandas plateadas y envés violeta; Tradescantia pallida, morada entera; Tradescantia spathacea, en roseta rígida y no colgante; y Tradescantia fluminensis, la verde de hoja pequeña o su versión variegada. Esta última figura en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras y su venta está prohibida, aunque circule de mano en mano entre aficionados; si la tiene, no debe salir de la maceta ni acabar en un contenedor de restos vegetales.
Importa distinguirlas porque su tolerancia a la penumbra no es la misma. La fluminensis verde soporta un rincón oscuro sin perder gran cosa; la zebrina y la pallida pierden el color, que es justo lo que se les pedía.
Las guías largas y peladas tienen una explicación
Los tallos de estas especies son postrados: en la naturaleza reptan por la hojarasca y echan raíz en cada nudo que toca suelo húmedo, de modo que la mata avanza por delante y abandona por detrás. Lo que en un sotobosque es una alfombra que se renueva sola, colgado de una maceta a dos metros del suelo se convierte en una cuerda pelada con un penacho de hojas en la punta.
A eso se suma la dominancia apical. Mientras la yema terminal de cada tallo siga creciendo, produce auxinas que frenan la brotación de las yemas laterales situadas más abajo. Con luz abundante ese freno es débil y salen brotes por los lados; con luz escasa el tallo apuesta todo a la punta, y la base no rebrota nunca.
La consecuencia práctica es que una tradescantia de interior no se conserva, se rehace. La técnica de corte continuo que mantiene poblada una cesta está detallada en el artículo sobre Tradescantia zebrina; lo que conviene añadir aquí es el plazo. En un piso, con la luz que hay dentro de un piso, los tallos viejos dejan de responder a partir del segundo o tercer año y ya no vuelven a brotar de la base aunque se corten a ras. Llegado ese punto, la solución no es un cuidado mejor: es tirar los tallos leñosos y montar una maceta nueva con puntas jóvenes.
Dos metros de ventana valen menos de lo que parecen
La luz dentro de una habitación cae mucho más deprisa de lo que registra el ojo, que se adapta al descenso sin avisar. Junto al cristal de una ventana orientada al sur puede haber varios miles de lux en una mañana de marzo; a dos metros hacia el interior, con visillo por medio, quedan unos pocos cientos. Esa diferencia no impide que la planta viva, pero sí que fabrique pigmento.
El púrpura de estas hojas lo ponen antocianinas cuya función es filtrar la radiación sobrante. Si no sobra radiación, la planta deja de sintetizarlas, porque le cuestan carbono y no le sirven de nada, y devuelve un verde apagado y uniforme. En paralelo alarga los entrenudos buscando la ventana. Ambos síntomas aparecen en las hojas nuevas, no en las viejas, así que el diagnóstico se hace mirando los últimos cinco centímetros de cada guía.
El sitio que funciona es el borde de una ventana este, o el interior de una sur o una oeste a menos de un metro y con el sol de mediodía tamizado. En una habitación al norte hay que asumir que la variegación se irá diluyendo. Girar la maceta un cuarto de vuelta cada semana evita que la mata se vuelque entera hacia el cristal.
La calefacción trae la araña roja
El acaro Tetranychus urticae se multiplica cuando el aire está caliente y seco, que es exactamente lo que produce un radiador encendido de noviembre a marzo: veintidós grados y una humedad relativa que baja del 35 %. En esas condiciones su ciclo se acorta a menos de dos semanas y una infestación pasa de invisible a evidente en un mes.
Se detecta antes por el punteado que por el bicho. Aparecen moteados amarillentos muy finos en el haz, la hoja pierde brillo y toma un aspecto polvoriento, y solo después se ven telarañas sueltas entre los nudos y en las puntas. Para confirmarlo basta sacudir una guía sobre un folio blanco: los ácaros se ven como puntos que se mueven.
La corrección eficaz es ambiental. Retirar la planta de la vertical del radiador, bajar la maceta a una bandeja amplia con arcilla expandida y agua —sin que el fondo del tiesto toque el agua— y agrupar varias plantas juntas eleva la humedad del microclima lo suficiente para frenar la puesta. Los tallos muy infestados se cortan y se tiran; en una planta que de todas formas hay que renovar por esquejes, eso suele resolver el problema mejor que ningún tratamiento. Pulverizar con agua dura, en cambio, deja depósitos de cal blanquecinos que estropean el plateado del haz.
El invierno se riega distinto
Los tallos de tradescantia son semisuculentos y almacenan agua. Con calefacción, la planta transpira más pero crece menos, así que el sustrato tarda en secar mientras las hojas se deshidratan: la tentación es regar más, y el resultado es un cuello de tallo blando y traslúcido que se parte al tocarlo. La podredumbre basal de invierno es la forma más común de perder una de estas plantas dentro de casa.
El criterio es el tacto del sustrato, no el calendario: se riega cuando los dos o tres primeros centímetros están secos, se vacía el plato a los diez minutos y no se abona entre noviembre y febrero. Si la habitación baja de 10 °C, cosa habitual en un dormitorio sin calefacción del interior peninsular, las hojas se manchan de pardo y los tallos se aguan; por debajo de 5 °C la planta no se recupera.
La savia irrita la piel
Al cortar un tallo sale un jugo mucilaginoso claro que produce enrojecimiento, picor y a veces pequeñas vesículas en pieles sensibles, sobre todo si el contacto se repite en una sesión larga de esquejes. No es un veneno de contacto grave, pero conviene manipularla con guantes finos y lavarse las manos después, y no llevarse los dedos a los ojos mientras se poda. La misma advertencia se hace en la ficha de T. spathacea, la de savia más reactiva del grupo.
Por ingestión, las tradescantias figuran entre las plantas que provocan salivación, vómitos y diarrea en perros y gatos, y sus tallos colgantes son un juguete evidente para un gato joven. Colgarla fuera de alcance o descartarla si el animal insiste es la única medida fiable. Ante cualquier síntoma en una mascota, al veterinario; en una persona, al médico o al farmacéutico.
En resumen
Dentro de una casa la tradescantia se despuebla por la base porque sus tallos son rastreros y la dominancia apical se refuerza con luz escasa, así que hay que darla por planta de ciclo corto y rehacerla con puntas jóvenes cada dos o tres años en vez de intentar recuperar los tallos viejos. El color se pierde a partir del metro y medio de distancia a la ventana, porque sin exceso de radiación la planta deja de fabricar antocianinas. El aire seco de la calefacción dispara la araña roja, que se combate subiendo la humedad del entorno y retirando guías infestadas. En invierno se riega menos y no se abona, porque la podredumbre del cuello es el desenlace habitual del exceso de agua con frío. Y la savia irrita la piel: guantes al podar y la maceta fuera del alcance de perros y gatos.