En las colecciones de suculentas se llama ascleps, por abreviar, a un grupo de plantas del sur y el este de África emparentadas entre sí que producen flores en forma de estrella de cinco puntas, carnosas, a menudo peludas y casi siempre con olor a carroña. El nombre viene de las asclepiadáceas, la familia en la que se clasificaban hasta que la botánica las reubicó dentro de las apocináceas.

Son plantas pequeñas, de tallos suculentos sin espinas verdaderas, de crecimiento lento y de flor extraordinaria. Y son adictivas: quien empieza con una Huernia acaba con una estantería entera, porque ocupan poquísimo, se multiplican por esqueje con facilidad y cada especie trae un diseño de flor distinto. Aquí va lo que hay que saber para reconocerlas y para no perderlas el primer invierno.

La Stapelia grandiflora emite sus vellosas flores rojas en la base de las matas, al cabo de los tallos más jóvenes.

Qué son y por qué se parecen tanto a los cactus

Las ascleps son suculentas de tallo: han perdido las hojas y almacenan el agua en tallos gruesos, verdes, con cuatro, cinco o más aristas provistas de dientes blandos. Ese aspecto es un caso de libro de convergencia evolutiva con los cactus, que resolvieron el mismo problema en otro continente y por su cuenta.

La diferencia se ve a simple vista si se sabe dónde mirar. Un cactus tiene areolas, esas almohadillas de las que salen las espinas y los brotes; una ascleps no tiene areolas ni espinas, solo dientes o tubérculos carnosos. Y las flores no se parecen en nada: las de las ascleps son estrellas de cinco lóbulos con una corona central de estructura complicada, muy alejadas de la flor de un cactus.

Las matas son bajas y extendidas, de diez a cuarenta centímetros según el género, y se ensanchan echando tallos nuevos por la base. Con luz intensa y calor, los tallos se tiñen de púrpura o rojizo, lo que es señal de buena luz y no de problema.

Cómo distinguir los géneros

  • Stapelia. Las flores más grandes del grupo, desde ocho hasta cuarenta centímetros en Stapelia gigantea. Lóbulos anchos, textura arrugada y vello abundante en los márgenes. Tallos de cuatro caras, aterciopelados al tacto.
  • Huernia. Flores pequeñas, de dos a cinco centímetros, con la corola en forma de campana y, casi siempre, un anillo carnoso y brillante alrededor de la boca que las identifica. Huernia zebrina es amarilla con rayas transversales rojas y un anillo granate lustroso. Son las más floríferas y las que menos huelen.
  • Orbea. Flores planas, estrelladas, con un anillo central marcado. Orbea variegata, la que se vendió durante décadas como Stapelia variegata, es amarilla moteada de marrón oscuro y es con diferencia la más resistente y la más extendida en cultivo.
  • Duvalia. Muy pequeñas, con lóbulos estrechos, alargados y curvados hacia atrás, que dejan la corona central bien a la vista.
  • Piaranthus. Tallos cortos y ovalados, casi como guijarros, y flores diminutas en grupos.
  • Tavaresia. Reconocible al instante: cada tubérculo lleva tres cerdas, lo que le da un aire de cactus, y la flor es una trompeta larga en lugar de una estrella. Es de las más delicadas.
  • Caralluma y Apteranthes. Tallos rectos, angulosos y erguidos, flores pequeñas en ramillete. Es el grupo con distribución más al norte, hasta el Mediterráneo.

Si te interesa el género con las flores más espectaculares, en Stapelia lo hemos tratado aparte en la guía de cultivo de las Stapelia.

Una ascleps que crece silvestre en España

No todo el grupo está en África. En los espartales y las laderas áridas del sureste peninsular, en zonas de Almería y Murcia, crece de forma silvestre la Caralluma europaea, hoy clasificada también como Apteranthes europaea. Son matas bajas de tallos grisáceos con manchas púrpura y ramilletes de florecillas estrelladas amarillentas con bandas granates.

Es una planta escasa, ligada a un tipo de hábitat que ha ido desapareciendo bajo el invernadero y la urbanización del litoral. No se recolecta del campo bajo ningún concepto: quien quiera tenerla la consigue de cultivo, en intercambios entre coleccionistas o por semilla.

El riego, que es donde se pierden todas

Las ascleps no se mueren de sed. Se mueren de pudrición del tallo, casi siempre por regar en invierno o por regar con el sustrato aún húmedo en otoño.

El calendario es simple. Riego de abril a septiembre, siempre con el sustrato seco del todo y a fondo, dejando escurrir. A partir de octubre se corta el agua, y de noviembre a marzo no se riega en absoluto salvo que la planta esté en un sitio cálido y los tallos se arruguen mucho, en cuyo caso un riego mínimo a mediados de invierno basta.

Que un tallo se arrugue un poco es normal y reversible. Que se ablande, se vuelva translúcido y pardee por la base no lo es: hay que cortar por encima de la zona afectada con hoja limpia, tirar lo podrido y enraizar lo sano como esqueje. La pudrición avanza rápido y no se detiene sola.

Luz y temperatura en España

Mucha luz, poco sol directo. En su medio natural la mayoría crece a la sombra de arbustos del matorral, y en un verano peninsular el sol de mediodía y de tarde les quema los tallos. El sitio ideal es un balcón o alféizar orientado al este, o bajo malla de sombreo, con sol suave por la mañana. Con poca luz se ahílan, palidecen y no florecen.

El rango cómodo va de unos 10 a 30 grados. Por encima de 35 muchas se paran y conviene dar sombra y ventilación. Por debajo de 10 tienen que estar completamente secas, y las heladas no las toleran. En la costa mediterránea templada y en Canarias se pueden tener fuera todo el año en sitio abrigado; en el resto de España se entran de octubre a marzo a una habitación fresca y luminosa, un porche cerrado o una galería, sin calefacción y sin agua.

Sustrato, maceta y trasplante

Sustrato muy drenante: sustrato de cactus mezclado a partes iguales con árido, ya sea pómice, arlita fina o gravilla silícea. La maceta, ancha y baja, porque la raíz es superficial y la mata se extiende de lado, y con buenos agujeros. El barro sin esmaltar seca el cepellón mucho antes que el plástico, lo que en este grupo juega a favor.

Un acolchado de gravilla en la superficie es más que decoración: mantiene los tallos separados de la tierra húmeda y evita la pudrición del cuello, que es por donde empiezan la mayoría de los desastres.

El trasplante se hace en primavera, cada dos o tres años, aprovechando para revisar las raíces. La plaga habitual es la cochinilla algodonosa, que se instala en el cepellón y no se ve desde fuera: una planta que se para sin razón aparente casi siempre la tiene.

Por dónde empezar una colección

Las tres más fáciles y las que más perdonan son Orbea variegata, Huernia zebrina y Stapelia hirsuta. Con esas tres se aprende el ritmo de riego sin arriesgar mucho, y las tres florecen jóvenes, en el segundo o tercer año desde esqueje.

Las Huernia en general son buena puerta de entrada: florecen mucho, sus flores son pequeñas y el olor apenas se nota, así que se pueden tener en una terraza sin que la floración se convierta en un problema de convivencia. Las Stapelia grandes, en cambio, atraen moscas durante los días que dura cada flor.

Dejaría para más adelante Tavaresia y Edithcolea, que exigen calor constante y un control de riego muy fino, y que en cultivo suelen mantenerse injertadas precisamente porque de raíz propia son difíciles de conservar.

La multiplicación es de lo más agradecido del mundo de las suculentas: se corta un tallo por la base en primavera o principios de verano, se deja cicatrizar el corte al aire tres o cuatro días, se apoya sobre sustrato seco y no se riega hasta pasada una semana. Enraíza en pocas semanas, y de ahí viene el que casi todas las colecciones se hayan formado por intercambio.

En resumen

Las ascleps son suculentas de tallo del sur de África, sin parentesco con los cactus pese al parecido, que florecen en verano y otoño con estrellas carnosas destinadas a atraer moscas. Se distinguen por la flor: estrellas grandes y peludas en Stapelia, campanas con anillo brillante en Huernia, estrellas planas moteadas en Orbea.

El cultivo se resume en cuatro puntos: mucha luz sin sol de mediodía, sustrato mitad árido en maceta ancha y baja, riego solo de abril a septiembre y con el cepellón seco, y sequía total desde octubre a resguardo de las heladas. Quien respeta el invierno seco no pierde ninguna; quien riega en enero las pierde todas.


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