Los lirios barbados son plantas de mantenimiento bajo, pero tienen un puñado de reglas que no se parecen a las de ninguna otra vivaz, y saltárselas explica casi todos los fracasos. La principal: el rizoma va prácticamente en superficie, con el sol dándole encima. Enterrarlo, taparlo con acolchado o regarlo en verano son las tres formas más rápidas de quedarse sin flores o de perder la mata.

Esta es la parte práctica: cuándo plantar, cómo colocar el rizoma, qué abonar, cuánta agua dar en cada época, qué hacer cuando termina la floración y cómo dividir las matas. Si buscas los tipos de lirio y su uso en el diseño, están en la primera parte.

En el iris Barbe Noire, los pétalos blancos contrastan con los sépalos azul violeta oscuros. Las barbas son amarillo oro. Foto: Cayeux

Cuándo plantar

La ventana buena va de julio a octubre, y en la mayor parte de España el punto óptimo está en agosto y septiembre. La razón es que el rizoma necesita unas semanas de calor para emitir raíces y anclarse antes de que llegue el frío, y así florecer la primavera siguiente.

Los rizomas a raíz desnuda se plantan cuanto antes: no aguantan meses en un cajón. Si no puedes plantarlos de inmediato, guárdalos en sitio seco, fresco y ventilado, nunca en una bolsa de plástico cerrada.

Cómo se planta un rizoma

Es la operación que más resultados condiciona, y se hace al revés de lo que dicta la intuición.

Prepara el terreno removiéndolo unos 20 o 25 centímetros y quita las malas hierbas perennes, sobre todo las de raíz corredora: después es muy incómodo desherbar entre rizomas.

Haz un pequeño caballón o montículo en el fondo del hoyo. Coloca el rizoma encima, en horizontal, y reparte las raíces hacia abajo a ambos lados. Rellena de forma que la cara superior del rizoma quede al descubierto o apenas cubierta, a un centímetro escaso. En zonas de verano muy tórrido, en el sur y el sureste, se puede cubrir con un par de centímetros para evitar que el sol lo queme, pero nunca más.

Orienta el abanico de hojas hacia donde quieras que crezca la mata. El rizoma avanza en la dirección que marca el abanico, así que en una bordura conviene que apunte hacia el frente del macizo.

Deja entre 30 y 45 centímetros entre plantas para las variedades altas, y de 20 a 30 para las enanas e intermedias. Agrupar tres o cinco rizomas del mismo cultivar da mucho mejor efecto que repartirlos sueltos.

Riega bien tras plantar, para que la tierra se asiente y se pegue a las raíces, y a partir de ahí riega poco.

Exposición

Muchas horas de sol directo, seis como mínimo. Algunos cultivares admiten media sombra y siguen floreciendo, pero en sombra franca ningún lirio barbado florece: hace hoja, engorda el rizoma y ahí se queda.

El otro factor es el aire. Una plantación ventilada seca antes el follaje tras la lluvia y sufre mucho menos de manchas foliares. Los rincones cerrados y húmedos son malos sitios para un lirio.

En zonas de invierno duro conviene proteger el rizoma durante el primer año con una capa de paja triturada o de corteza de pino, retirándola en cuanto pase el frío. Es una protección temporal, no un acolchado permanente.

Suelo

Lo que quieren es un suelo permeable y bien drenado, de reacción neutra o ligeramente alcalina. La caliza no solo no les molesta, les va bien, lo que los convierte en una de las mejores vivaces de flor para los suelos del este, el centro y el sur peninsular.

En terrenos arcillosos y compactos hay que intervenir. Incorporar arena gruesa o grava fina mejora la textura, y plantar sobre un montículo elevado unos centímetros por encima del nivel general es todavía más eficaz, porque impide que el agua se acumule al pie de la planta.

Nada de estiércol fresco ni de grandes aportes de materia orgánica en el hoyo. Aumentan el riesgo de podredumbre y producen plantas frondosas con pocas flores.

Riego a lo largo del año

Los lirios barbados tienen un ciclo muy marcado y el riego debe seguirlo.

Tras la plantación, mantén el suelo fresco, que no empapado, hasta que veas que la planta ha enraizado y emite hoja nueva.

De finales de invierno a la floración es cuando más agradecen la humedad, porque es su periodo de crecimiento activo. En un año seco, un par de riegos en marzo y abril mejoran claramente la floración.

En verano, seco. Es su periodo de reposo y el momento en que el exceso de agua resulta más peligroso. En un macizo mixto, esto obliga a no meter los lirios en la zona regada a diario.

En otoño, con las lluvias suele bastar.

La señal de alarma es siempre la misma: si el rizoma se ablanda y huele mal, hay agua de más.

Abonado

La regla es poco nitrógeno. El nitrógeno en exceso produce hojas grandes y tiernas, poca flor y tejidos blandos que se pudren con facilidad. Lo adecuado son fórmulas equilibradas o bajas en nitrógeno y ricas en fósforo y potasio, del tipo 6-8-12, 7-5-12 o 4-6-10, preferiblemente de liberación lenta.

El calendario práctico son dos aplicaciones: una a finales de invierno, hacia marzo, cuando arranca el crecimiento, y otra justo después de la floración, cuando la planta está formando el rizoma que florecerá el año siguiente. Se espolvorea alrededor de la mata, no encima del rizoma, y se riega ligeramente para incorporarlo.

Tras la floración

Cuando la vara ha terminado, córtala a ras del rizoma, no a media altura. Un tocón hueco de diez centímetros retiene agua de lluvia y se convierte en la puerta de entrada de la podredumbre.

Las hojas, en cambio, se respetan: son las que van a cargar el rizoma durante el verano. Solo se recortan si están secas o manchadas. A partir de finales de septiembre se puede hacer una limpieza general, quitando el follaje viejo y dejando la mata despejada de hojarasca, que es donde invernan esporas de hongos y caracoles.

Es también el momento de comprobar que el rizoma sigue a la vista: con las lluvias se va cubriendo de tierra y conviene descalzarlo.

La división de la mata, paso a paso

Es la operación clave del cultivo. Cada tres o cuatro años la mata se congestiona, los rizomas compiten entre sí y la floración disminuye en número y en tamaño. La señal es inequívoca: menos varas y flores más pequeñas que el año anterior.

Se hace en verano, después de la floración, entre julio y septiembre.

1. Desentierra la mata entera con una horca, levantándola desde fuera hacia dentro para no partir los rizomas.

2. Sacude la tierra y observa la estructura. El centro son rizomas viejos y ya florecidos, que no volverán a dar flor. Alrededor hay rizomas jóvenes y firmes, cada uno con su abanico de hojas.

3. Descarta el centro viejo y quédate con los rizomas jóvenes del contorno, separándolos a mano o con un cuchillo limpio. Desecha también cualquier trozo blando, hueco o que huela mal.

4. Recorta las raíces a unos ocho o diez centímetros y las hojas en forma de flecha, dejando un abanico de 15 o 20 centímetros. Esto reduce la superficie de evaporación mientras la planta enraíza y evita que el viento tumbe la división recién plantada.

5. Deja las superficies de corte secar unas horas a la sombra antes de replantar. Es una precaución sencilla que evita bastantes podredumbres.

6. Replanta siguiendo las mismas reglas de la plantación inicial, y riega una vez.

Los lirios cultivados en maceta se dividen antes, aproximadamente cada dos años, porque el volumen de sustrato se agota y se congestionan más rápido.

En maceta

Funcionan bien en contenedores anchos y poco profundos, con sustrato drenante, un tercio de arena gruesa y nada de plato con agua debajo. En maceta hay que regar con cierta regularidad en primavera y reducir mucho en verano, y sí hay que abonar, con la misma fórmula baja en nitrógeno, porque en tiesto no hay reservas.

Problemas y cómo leerlos

Podredumbre blanda del rizoma. Es la enfermedad característica, de origen bacteriano. El rizoma se ablanda, se convierte en una pasta y desprende un olor desagradable inconfundible. Casi siempre viene de exceso de agua, mal drenaje, exceso de nitrógeno o heridas. Se actúa cortando con un cuchillo limpio todo el tejido afectado hasta llegar a tejido firme y sano, dejando la herida expuesta al sol para que cicatrice, y corrigiendo la causa.

Manchas foliares. Manchas pardas con halo más oscuro que aparecen en primaveras húmedas. No matan la planta, pero le restan capacidad de alimentar el rizoma. Se controlan retirando y destruyendo las hojas afectadas, limpiando la hojarasca en otoño y dando espacio suficiente entre matas para que ventilen.

Caracoles y babosas. Atacan botones florales y hojas tiernas en primavera. Su refugio son los restos vegetales acumulados al pie, así que la limpieza es la mejor defensa.

No florece. Repasa la lista por orden: rizoma demasiado enterrado, sombra excesiva, mata congestionada que pide división, exceso de nitrógeno, o simplemente una planta que todavía no ha cumplido su primer año desde la plantación.

Una precaución

Los rizomas de los lirios son tóxicos por ingestión y su savia puede irritar la piel. Conviene dividir y manipular las matas con guantes, y no dejar restos de rizoma tirados por el jardín al alcance de perros. Si hay ingestión, quien debe valorarla es el médico o el veterinario.

En resumen

Planta entre agosto y septiembre, sobre un pequeño caballón, con el rizoma a la vista o apenas cubierto y el abanico de hojas orientado hacia donde quieras que crezca la mata. Suelo permeable, neutro o calizo, sin estiércol fresco, y pleno sol. Riega al plantar, algo en primavera y nada en verano.

Abona poco y bajo en nitrógeno, dos veces al año, corta la vara a ras del rizoma cuando termine de florecer y respeta las hojas hasta el otoño. Y divide la mata cada tres o cuatro años en verano, quedándote con los rizomas jóvenes del contorno y descartando el centro viejo. Si algún día un rizoma se ablanda y huele mal, es podredumbre blanda: corta hasta tejido sano y revisa el riego y el drenaje.


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