Geranios y gitanillas son la planta de balcón española por excelencia, y no por costumbre: son sudafricanas de zonas con verano seco y luz intensa, y ese es exactamente el clima de buena parte de la Península. Aguantan bien por encima de los 30 grados, toleran la sequía mucho mejor que el exceso de agua y florecen sin parar de marzo a noviembre si tienen sol.

Lo que hoy decide si un balcón de geranios sale adelante no es el riego ni el abono, sino una mariposa. Desde finales de los años ochenta, el taladro del geranio (Cacyreus marshalli), llegado también de Sudáfrica pero sin sus enemigos naturales, se ha extendido por toda España y por el Mediterráneo, y su oruga barrena los tallos por dentro hasta matar la planta. Cualquier plan de cultivo de geranios en España pasa por vigilarla.

Geranio no es Geranium

Conviene aclarar el nombre porque genera confusión constante. Lo que llamamos geranio pertenece al género Pelargonium, con cerca de trescientas especies, la mayoría del sur de África, que llegaron a Europa a partir del siglo XVII. El género Geranium es otra cosa: son vivaces rústicas de flor plana y pequeña, muchas de ellas europeas y varias autóctonas españolas, que se usan en arriates de sombra y aguantan el frío sin problema. Comparten familia, las geraniáceas, y poco más.

Dentro de los pelargonios de cultivo hay cuatro grupos que se comportan de forma muy distinta:

  • Geranio zonal (Pelargonium x hortorum, procedente sobre todo de P. zonale y P. inquinans): el de porte erecto y hoja redondeada con una banda oscura en forma de herradura. Es el más resistente y el más usado en maceta de suelo y en arriate.
  • Gitanilla o geranio de hiedra (Pelargonium peltatum): de tallos flexibles y colgantes y hoja carnosa, brillante y angulosa, parecida a la de la hiedra. Es la planta de barandilla y de jardinera de ventana.
  • Geranio de pensamiento (Pelargonium x domesticum): flores grandes con manchas oscuras muy vistosas, pero floración corta, concentrada en primavera, y bastante más exigencia. Es el que mejor se lleva con el cultivo en interior luminoso.
  • Geranios de olor: un grupo de especies de hoja partida y aromática (P. graveolens, P. crispum, P. capitatum, P. tomentosum), cuya flor es discreta y cuyo interés está en el follaje, que huele a rosa, limón o menta al rozarlo.

Luz, temperatura y maceta

Necesitan sol directo, y esa es la condición que no admite negociación: con poca luz salen tallos largos y desnudos, hojas grandes y muy poca flor. Un mínimo de cinco o seis horas diarias es lo razonable. En el sur y en el interior, en pleno julio y agosto, una sombra ligera en las horas centrales evita que se quemen las flores, sobre todo en gitanillas de color claro, pero el resto del día quieren sol.

Aguantan bien el calor por encima de los 30 grados. El frío es otra historia: por debajo de unos 10 grados se paran, y las heladas los matan. En zonas con heladas hay que meterlos a cubierto o resguardarlos, y en invierno se reduce mucho el riego, sin llegar a cortarlo del todo, para que el cepellón no se seque por completo.

Un detalle de cultivo que se ignora a menudo: florecen más en maceta estrecha. Con la raíz algo apretada la planta reparte menos energía en crecer y más en florecer, así que un tiesto demasiado grande da una mata frondosa y poco florida. Lo que sí necesita el tiesto son agujeros de salida amplios y sustrato con estructura, no turba compactada.

Riego y abonado

La regla es regar cuando la tierra esté seca en los primeros centímetros, abundantemente y por la base, sin mojar hojas ni flores. El agua sobre el follaje favorece la Botrytis, el moho gris que pudre flores y tallos, sobre todo si el riego se hace al atardecer y la planta pasa la noche mojada.

El exceso de agua es su principal causa de muerte. En las gitanillas produce además un síntoma característico y muy confundido con una plaga: el edema, unos abultamientos corchosos de color marrón claro en el envés de las hojas, provocados por que la raíz absorbe más agua de la que la hoja puede transpirar. No es un hongo ni un insecto y no se trata con nada; se corrige regando menos.

En verano y en floración plena, riego frecuente. En invierno, muy reducido. En abonado, un fertilizante para plantas de flor rico en fósforo y potasio cada dos semanas durante la temporada de flor. El nitrógeno en exceso produce plantas grandes, verdes y sin flor, y además tallos blandos que la oruga del taladro perfora con más facilidad.

Poda, pinzado y esquejes

Los pelargonios responden muy bien a la poda y es el cuidado que más rinde. Un recorte fuerte a finales de invierno, dejando las ramas a un tercio o la mitad de su longitud y cortando siempre justo por encima de un nudo, devuelve una planta compacta y cargada de brotes nuevos para la primavera. Durante la temporada, pinzar las puntas de los brotes que se alargan obliga a ramificar y multiplica el número de flores.

La limpieza importa igual: las flores marchitas y las hojas secas se retiran tirando del pedúnculo por su punto de unión al tallo, no cortándolo a medias, porque el trozo que queda se pudre y es una puerta de entrada para hongos.

Multiplicarlos es sencillo y merece la pena hacerlo cada año como seguro. Los esquejes de tallo de unos diez centímetros, tomados a finales de verano o principios de otoño, sin flores y con dos o tres hojas, enraízan en pocas semanas en sustrato ligero. En geranios conviene dejar secar el corte unas horas antes de plantarlo, porque el tallo es carnoso y se pudre con facilidad.

El taladro del geranio

Es el problema serio y hay que saber reconocerlo. El adulto de Cacyreus marshalli es una mariposa pequeña, de unos dos centímetros, marrón por encima con el borde de las alas ajedrezado en blanco y negro y un par de colitas finas en las alas traseras. Pone los huevos en los botones florales y en los tallos tiernos.

La oruga, verdosa y con pelillos, entra en el capullo o en el tallo y barrena por dentro. Los síntomas son inconfundibles cuando se sabe qué mirar: botones florales que se secan sin abrir, brotes que se marchitan de golpe, y sobre todo tallos huecos, con un pequeño orificio y serrín pardo alrededor. Al partir un tallo afectado se ve el canal excavado en el interior.

La primera medida es mecánica y es la más eficaz: revisar las plantas cada pocos días durante la temporada cálida, cortar por debajo de la zona afectada todo tallo hueco o marchito y destruir el material podado, sin dejarlo en el balcón ni en el compost. Los tratamientos insecticidas actúan sobre la oruga solo mientras está fuera del tallo, así que dependen de la vigilancia igual que la poda. Cuando la infestación es grande, lo práctico es podar a fondo, tratar y volver a empezar con esquejes sanos. Hay más sobre este y otros problemas en las siete plagas de tu jardín.

La otra plaga habitual es la araña roja, favorecida por el calor y el aire seco, que deja un punteado amarillento en las hojas y telarañas finísimas en el envés. Y en gitanillas apretadas y poco ventiladas aparece la Botrytis, que se previene aclarando la mata y regando por la base.

Combinaciones y usos

Los geranios zonales van bien en maceta de suelo, en arriate y en jardinera, y las gitanillas en barandilla, ventana y cestas colgantes. Combinan bien con petunias y calibrachoas, y con plantas de flor pequeña y porte suelto como Bidens, Scaevola y verbenas, que rellenan los huecos sin competir por la luz.

Un apunte para quien tenga animales: los pelargonios están considerados tóxicos para perros y gatos por ingestión de hojas y tallos, así que conviene colocarlos fuera de su alcance. Ante cualquier ingestión, la consulta es al veterinario.

En resumen

Geranios y gitanillas piden sol directo, maceta más bien estrecha, riego por la base cuando la tierra esté seca y abono rico en fósforo y potasio cada quince días en floración. Un recorte fuerte al final del invierno y pinzados durante la temporada son la diferencia entre una mata desgarbada y una cargada de flor.

El único problema realmente grave es el taladro del geranio, que se combate con revisión frecuente y poda inmediata de los tallos huecos, mucho más que con productos. Tener siempre unos esquejes enraizados de reserva, hechos a finales de verano, es la forma más barata de no quedarse sin plantas si una temporada se tuerce.


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