Las bulbosas de verano se plantan cuando ya no hay riesgo de heladas y florecen desde junio hasta octubre. Son plantas de origen tropical o subtropical en su mayoría, y esa es la diferencia con las bulbosas de primavera, que se plantan en otoño y necesitan pasar frío: estas otras no lo necesitan y además no lo toleran. Un tubérculo de dalia plantado en febrero en Segovia se pudre; el mismo tubérculo plantado a mediados de abril arranca sin problema.

La fecha correcta no es un mes del calendario sino una condición: que haya pasado la última helada probable y que el suelo se haya templado. En la costa mediterránea, el sur peninsular y Canarias eso ocurre en febrero o marzo. En el interior peninsular, entre finales de marzo y mediados de abril. En el norte y en zonas de montaña, en abril o mayo. Adelantarse no gana nada, porque el bulbo no brota hasta que el suelo se calienta.

Las dalias destacan por sus colores vivos: anaranjado, rojo, amarillo, aunque las hay también en tonos púrpuras y blancas, e incluso en preciosas combinaciones bitono.

No todos son bulbos

Bajo el nombre comercial de bulbo se venden cuatro órganos de reserva distintos, y saber cuál se tiene entre las manos cambia cómo se planta y cómo se guarda.

  • Bulbo verdadero. Capas o escamas carnosas alrededor de una yema, con una placa basal de la que salen las raíces. Es el caso del lirio o azucena (Lilium) y del amarilis (Hippeastrum).
  • Cormo. Un tallo engrosado y macizo, con la yema arriba. Gladiolos, crocosmias, freesias y Sparaxis. Cada temporada el cormo viejo se agota y se forma uno nuevo encima.
  • Tubérculo y raíz tuberosa. Dalias y begonias tuberosas. Aquí hay un detalle que cuesta caro ignorar: en la dalia las yemas no están en el tubérculo sino en el cuello, el resto de tallo del año anterior. Un tubérculo separado sin un trozo de cuello con yema no brotará nunca, por bonito y firme que parezca.
  • Rizoma y raíces carnosas. Cañas de las Indias (Canna), calas (Zantedeschia), agapantos, hemerocallis y alstroemerias. Se plantan tumbados y poco profundos.

Cómo se plantan

Suelo. Lo único innegociable es el drenaje. Estos órganos son carnosos y se pudren con facilidad, y la mayoría de las pérdidas ocurren por agua estancada, no por sequía. En terreno arcilloso hay que aligerarlo con arena gruesa y materia orgánica, o plantar en arriate elevado o en maceta.

Profundidad. La regla general es enterrar a una profundidad de dos a tres veces la altura del bulbo. Aplicada a los casos concretos: gladiolos a unos diez centímetros, azucenas a quince o veinte, dalias con el cuello a unos cinco centímetros bajo la superficie, cannas a diez o quince, begonias tuberosas apenas cubiertas. Enterrar de más retrasa la brotación; enterrar de menos deja la planta inestable y expuesta.

Orientación. Punto de crecimiento hacia arriba. En las begonias tuberosas es fácil equivocarse: la cara cóncava, con la depresión, es la de arriba.

Marco. Las dalias grandes piden cincuenta o sesenta centímetros entre plantas; los gladiolos, diez o quince; las cannas, treinta o cuarenta.

Los tutores se ponen al plantar, no cuando la planta ya ha crecido y empieza a inclinarse. Clavar una caña junto a una dalia adulta atraviesa los tubérculos. Las dalias altas, las cannas y las azucenas grandes lo necesitan casi siempre, porque una tormenta de verano se lleva por delante una mata de dalias en flor.

Riego, abono y floración

Antes de la brotación, el riego debe ser escaso: un órgano de reserva sin hojas no consume agua y sí se pudre. Una vez que ha brotado y durante toda la floración, el riego pasa a ser regular y generoso, porque son plantas que producen mucha masa vegetal en pocos meses. Las dalias y las cannas beben bastante en el verano peninsular.

En abonado, lo que conviene es un fertilizante con más potasio que nitrógeno, aplicado cada dos o tres semanas durante el crecimiento. El nitrógeno en exceso da mata grande, tallos blandos que se tumban y poca flor.

Retirar las flores marchitas es lo que mantiene la floración hasta octubre en dalias, begonias y cannas: si cuajan semilla, la planta frena. En las dalias hay que cortar por debajo de la flor pasada, hasta el primer par de hojas, no solo la cabezuela.

Y en los gladiolos, que dan una única espiga y se acaban, la forma de tener flor de julio a septiembre es escalonar la plantación: se planta un lote cada quince días desde marzo hasta mayo.

Las principales, una por una

Dalia (Dahlia). La reina del verano tardío. Florece de julio a las primeras heladas y cuanto más se corta, más da. Quiere sol, suelo fértil y riego. En clima muy caluroso agradece algo de sombra a mediodía. Es la que más agradece el tutorado.

Azucena (Lilium). Su bulbo no tiene túnica protectora y se deshidrata rápido, así que se planta en cuanto se compra, sin dejarlo semanas en la bolsa. La fórmula clásica es acertada: cabeza al sol y pies a la sombra, es decir, plantar entre vivaces que le den sombra al suelo. Su enemigo es el criocero del lirio, un escarabajo rojo brillante muy visible cuyas larvas devoran las hojas; se retira a mano en cuanto se ve. Aviso importante: los Lilium son muy tóxicos para los gatos, hasta el punto de que la ingestión de pequeñas cantidades de cualquier parte de la planta, o del polen, puede causar daño renal grave. En casa con gatos, mejor no tenerlos, y ante cualquier contacto acudir al veterinario.

Caña de las Indias (Canna). Follaje enorme y flores de julio a octubre. Aguanta suelo húmedo, incluso encharcado, lo que la hace útil en bordes de estanque. Se multiplica rápido por rizoma y en clima cálido puede escaparse del arriate: conviene dividirla cada dos o tres años.

Cala (Zantedeschia aethiopica). Es la excepción del grupo en varios sentidos. En clima mediterráneo su ciclo va al revés: crece con las lluvias de otoño e invierno, florece de febrero a junio y descansa en el verano seco. Quiere suelo húmedo y semisombra. Toda la planta es tóxica por ingestión por su contenido en oxalatos. En zonas húmedas del norte y noroeste peninsular se naturaliza con facilidad en cunetas y márgenes de arroyos, de modo que conviene no plantarla junto a un cauce.

Begonia tuberosa. La mejor bulbosa de verano para semisombra y para jardinera de balcón, sobre todo las formas colgantes. Sustrato aireado, riego regular sin mojar el tubérculo y sombra al mediodía.

Agapanto (Agapanthus). Muy adecuado para el clima español: resiste sequía una vez establecido, prefiere ir apretado en la maceta y florece mejor así. Las variedades de hoja caduca aguantan bastante más frío que las perennes.

Hemerocallis. Cada flor dura un día, pero la mata produce decenas y florece durante meses. Tolera calor, frío, suelos mediocres y semisombra.

Nardo (Agave amica, antes Polianthes tuberosa). Perfume nocturno intenso a finales de verano. Necesita calor sostenido, así que en el norte fresco rara vez cuaja bien.

Crocosmia. Espigas naranjas o rojas muy vistosas y facilísima de cultivar, tanto que en Galicia y la cornisa cantábrica se ha naturalizado y forma colonias densas en cunetas y riberas, desplazando a la flora local. En esas zonas conviene mantenerla contenida y no tirar restos de división al monte.

Muguet (Convallaria majalis). Planta de sombra fresca y húmeda que solo funciona bien en el tercio norte. Toda la planta es muy tóxica por ingestión, incluidas las bayas rojas, que resultan atractivas para los niños.

Plagas y problemas

Los caracoles y babosas son el problema número uno en primavera, cuando los brotes tiernos asoman. Devoran un brote de dalia o de hosta en una noche. Además de la recogida manual al anochecer y las trampas de cerveza, existen cebos a base de fosfato férrico, que son la opción menos dañina para mascotas y fauna auxiliar.

Los pulgones atacan los brotes de dalia y transmiten virosis, los trips deforman las espigas de gladiolo, y la podredumbre por hongos del suelo aparece siempre que hay exceso de agua.

Después de la floración

Terminada la flor, hay que dejar que las hojas sigan verdes el mayor tiempo posible: es cuando el bulbo o el tubérculo rehacen sus reservas para el año siguiente. Cortarlas antes de tiempo debilita la planta.

Con las hojas ya secas, hay dos caminos según la zona:

Dejarlos en tierra. Viable en el litoral mediterráneo, el sur y Canarias, y también en el interior para las especies rústicas (hemerocallis, agapantos caducos, crocosmias, azucenas). Se acolcha la superficie en otoño y se olvida.

Desenterrarlos. Necesario en zonas con heladas fuertes para dalias, cannas, gladiolos, begonias tuberosas y nardos. Se extraen con cuidado, se limpian de tierra sin lavarlos, se dejan orear una o dos semanas en un lugar seco, aireado y a la sombra, y se guardan en caja de cartón o saco de papel en un sitio fresco, seco y oscuro, revisándolos cada mes para retirar los que se ablanden. Los cormos de gladiolo se guardan completamente secos; los tubérculos de dalia, en cambio, se arrugan si se secan del todo, así que se conservan mejor entre viruta, serrín o vermiculita ligeramente húmeda. El detalle de esa conservación está en cómo guardar los bulbos.

Para las bulbosas del otro semestre, las que se plantan en otoño y florecen al final del invierno, está cuándo plantar los bulbos de primavera.

En resumen

Los bulbos de verano se plantan cuando el suelo se ha templado y ha pasado el riesgo de heladas, lo que en España va de febrero en la costa sur a mayo en la montaña. Piden sol, drenaje impecable, riego escaso hasta la brotación y generoso durante la floración, y abono con más potasio que nitrógeno.

Tres gestos concretos multiplican el resultado: poner los tutores en el momento de plantar y no después, retirar las flores marchitas para que la floración llegue a octubre, y escalonar la plantación de gladiolos cada quince días. Y al elegir especies conviene tener presente que varias son tóxicas por ingestión, en particular el muguet, la cala y los Lilium, estos últimos especialmente peligrosos para los gatos.


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