Los bulbos que florecen en primavera se plantan en otoño, entre finales de septiembre y noviembre en la mayor parte de España, y hasta diciembre en el litoral sur y en las islas. La razón es fisiológica: necesitan enraizar con la tierra todavía templada y pasar después un periodo de frío que dispara la floración. Plantarlos en enero, cuando ya se ven en flor en los escaparates, casi siempre significa una floración pobre o inexistente.

Hay dos datos que resuelven la mayoría de los fracasos. El primero es la profundidad: como regla general, el bulbo se entierra a una profundidad equivalente a dos o tres veces su propia altura, y separado de sus vecinos unas dos o tres veces su anchura. El segundo es que las hojas no se cortan hasta que se secan solas, porque son las que recargan el bulbo para el año siguiente. Todo lo demás son matices.

Los tulipanes resultan espectaculares en masa en los jardines, pero también de a poquitos en una maceta. Entiérralos entre plantitas de pensamientos, aliso marítimo o ciclamen.

Bulbos, cormos, tubérculos y rizomas

En jardinería se llama bulbosas a todas las plantas con un órgano subterráneo de reserva capaz de generar una planta completa, aunque anatómicamente sean cosas distintas. La diferencia no es solo terminológica: condiciona cómo se plantan y cómo se conservan.

  • Bulbos propiamente dichos: capas u hojas carnosas superpuestas alrededor de una yema. Tulipán, narciso, jacinto, Muscari, Allium. Los del género Lilium son bulbos de escamas sueltas, sin túnica protectora, y por eso se deshidratan con facilidad y no admiten almacenamiento largo en seco.
  • Cormos: tallo engrosado macizo, con la yema arriba. Crocus, gladiolo, Freesia, Ixia. Se consumen cada temporada y se reponen con uno nuevo formado encima.
  • Tubérculos y raíces tuberosas: dalia, begonia tuberosa, Anemone coronaria, Ranunculus asiaticus. En estos dos últimos casos no siempre resulta evidente cuál es la cara de arriba; las anémonas se plantan con la parte más plana hacia arriba y los ranúnculos con las garras hacia abajo, y ambos agradecen unas horas de remojo antes de enterrarlos.
  • Rizomas: tallos horizontales subterráneos o superficiales. Los iris de rizoma se plantan casi a ras, con la parte superior asomando al sol, y enterrarlos es el error clásico que impide que florezcan.

Qué plantar en otoño

Para floración de invierno tardío y primavera: narcisos (Narcissus), tulipanes (Tulipa), jacintos (Hyacinthus), crocus, muscaris o nazarenos (Muscari), campanillas de invierno (Galanthus nivalis), fritilarias, escilas, ajos ornamentales (Allium), anémonas (Anemone coronaria), ranúnculos (Ranunculus asiaticus) e iris bulbosos.

Una advertencia útil para el clima español: no todos se comportan igual año tras año. Los narcisos naturalizan muy bien en casi toda la península, se multiplican solos y aguantan décadas en el mismo sitio sin cuidados. Los tulipanes de gran flor, en cambio, suelen comportarse como anuales en la mitad sur y en el litoral mediterráneo: dan una floración espectacular el primer año y a partir del segundo florecen mal o no florecen. La causa es que necesitan un periodo largo de frío invernal, del orden de tres o cuatro meses por debajo de unos 9 grados, que en muchas zonas de España sencillamente no se produce. Quien quiera tulipanes en Sevilla o en Alicante tiene dos opciones: asumir que se replantan cada otoño, o recurrir a especies botánicas más adaptadas al clima seco y a los inviernos suaves, del tipo Tulipa clusiana o Tulipa saxatilis, que sí persisten.

Los bulbos de floración estival, en cambio, se plantan en primavera, cuando ha pasado el riesgo de heladas: dalias, gladiolos, begonias tuberosas, agapantos, azucenas (Lilium), cannas y nardos.

Cómo elegirlos y conservarlos hasta la plantación

Un bulbo bueno está firme al tacto, pesa, tiene la túnica exterior más o menos íntegra y el ápice sin roturas ni magulladuras. Se descartan los blandos, los que suenan huecos, los que muestran manchas hundidas o mohos superficiales y los que ya han emitido raíces largas o un brote crecido. A igualdad de especie y variedad, el calibre importa: un bulbo grande tiene más reservas y da mejor flor el primer año.

Plantación

El suelo tiene que drenar. Es la exigencia número uno y la causa de muerte más frecuente: un bulbo en tierra encharcada se pudre en pocas semanas. En suelos arcillosos y compactos, habituales en buena parte del interior, se mejora aportando arena gruesa o grava fina al fondo del hoyo y materia orgánica bien descompuesta al conjunto. En jardinera, sustrato de calidad con un tercio de material drenante y agujeros de desagüe abiertos.

La profundidad, ya se ha dicho, es de dos a tres veces la altura del bulbo, medida desde la base. Plantar demasiado superficial es lo que más problemas da: el bulbo se calienta, se seca, se descalza y a veces sale un tallo débil que se tumba. Plantar demasiado profundo retrasa la salida y en suelos pesados favorece la podredumbre. La punta va hacia arriba, y cuando no se distingue, como en las anémonas, se planta de lado y la planta se orienta sola.

En maceta merece la pena el plantado por capas: los bulbos grandes y de floración más tardía abajo, los medianos en una capa intermedia y los pequeños y tempranos arriba, cada uno a su profundidad. En un mismo contenedor se encadenan así crocus, muscaris, narcisos y tulipanes durante dos o tres meses. Para que la jardinera no esté pelada mientras tanto, se cubre la superficie con plantas de temporada de invierno como pensamientos, violas o aliso.

Riego, abonado y qué hacer después de la flor

Tras la plantación se da un riego para asentar la tierra. Después, en otoño e invierno, la lluvia suele bastar en la mayor parte del país; en jardinera y en zonas de invierno seco hay que regar de forma moderada, manteniendo el sustrato ligeramente húmedo pero sin encharcar nunca. El periodo en el que el riego sí es crítico va desde que asoman las hojas hasta que se marchitan: es cuando la planta fabrica las reservas del año siguiente, y una sequía en ese momento se paga con una floración pobre la temporada próxima.

El abonado, cuando se aplica, se hace con un producto rico en potasio al brotar y de nuevo después de la floración. Los abonos muy nitrogenados producen mucha hoja y poca flor, y en bulbos favorecen además las podredumbres.

Terminada la floración conviene cortar la flor marchita, para que la planta no gaste energía en formar semilla, pero no las hojas. Hay que dejarlas hasta que amarilleen y se sequen por completo, aunque afeen el arriate. Tampoco se atan ni se doblan, práctica antigua que reduce la superficie expuesta a la luz.

Los narcisos, muscaris, crocus y allium se dejan en tierra sin más. Los tulipanes y jacintos, si se quieren conservar, se desentierran cuando la hoja está seca, se limpian de tierra, se retiran los dañados, se dejan orear a la sombra sin que se toquen entre sí y se guardan en caja abierta o malla en sitio fresco, seco y ventilado hasta el otoño.

Problemas frecuentes

Si no florecen, las causas casi siempre están en esta lista: profundidad equivocada, falta de frío invernal suficiente (típico en tulipanes y jacintos en el sur), hojas cortadas en verde el año anterior, sequía durante el desarrollo foliar, bulbo demasiado pequeño o agotado, o mata muy densa que necesita ser dividida.

En cuanto a plagas y enfermedades, lo más habitual es la podredumbre por exceso de agua, que se previene con drenaje y no con tratamientos. Los pulgones aparecen en los brotes tiernos y se controlan bien con agua jabonosa aplicada sobre las colonias. Babosas y caracoles atacan brotes y flores, sobre todo en primavera húmeda, y la respuesta razonable son las barreras físicas y la recogida nocturna, no la sal, que degrada el suelo. Los bulbos también son excavados por roedores; una malla metálica bajo la plantación resuelve el caso.

Si algún bulbo aparece con manchas oscuras hundidas o con la base reblandecida, se retira y se desecha, y no se replanta en el mismo punto durante unas temporadas. Conviene recordar que el marco español de uso de fitosanitarios, el Real Decreto 1311/2012, ordena precisamente así la respuesta: prevención y medios físicos primero, y tratamiento químico solo cuando lo anterior no basta, con productos autorizados para jardinería exterior doméstica que se consultan en el Registro de Productos Fitosanitarios del ministerio y a la dosis que indique la etiqueta.

Una advertencia sobre toxicidad

Los bulbos de narciso, jacinto y tulipán son tóxicos por ingestión. Los de narciso se han confundido en alguna ocasión con cebollas por su aspecto, con consecuencias serias, así que no se guardan en la cocina ni cerca de alimentos. En perros, que a menudo desentierran lo recién plantado, la ingestión de bulbos es un motivo frecuente de consulta veterinaria; ante una sospecha, lo que corresponde es acudir al veterinario.

Hay además un efecto por contacto: manipular muchos bulbos de tulipán y de jacinto sin guantes produce en algunas personas una irritación de la piel de las manos, conocida entre quienes trabajan con ellos. Con una plantación grande, guantes.

En resumen

Plantar en otoño, en suelo que drene, a dos o tres veces la altura del bulbo de profundidad, en grupos y no en fila, y con la punta hacia arriba. Regar para asentar, mantener humedad sin encharcamiento durante todo el desarrollo de las hojas y no cortarlas hasta que se sequen solas. Con eso, la mayoría de las especies dan flor sin más intervención.

Para el clima español conviene ajustar expectativas por especie: narcisos, muscaris, crocus, allium, freesias e ixias naturalizan y vuelven año tras año; los tulipanes de gran flor rinden un año espectacular y luego decaen en la mitad sur, donde falta frío invernal, de modo que se replantan cada otoño o se sustituyen por especies botánicas adaptadas. Y los bulbos de narciso, jacinto y tulipán son tóxicos por ingestión: fuera del alcance de niños y animales.


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