Se llama bignonias, en lenguaje de jardinería y no de botánica, a un conjunto de trepadoras y arbustos de flor en trompeta que pertenecen a la familia Bignoniaceae. Es un nombre comercial heredado: muchas de estas plantas se vendieron durante décadas bajo el género Bignonia y hoy están repartidas en géneros distintos, de modo que la misma planta aparece con dos o tres nombres según la etiqueta. Saber cuál es el nombre actual evita comprar dos veces la misma especie o llevarse una que no aguanta el invierno del sitio.
Lo que todas comparten es la flor: una corola tubular acampanada, de cinco lóbulos, agrupada en racimos o panículas, casi siempre en tonos cálidos que van del amarillo al escarlata pasando por el naranja y el salmón. Y un vigor considerable, que es a la vez su mayor virtud y el motivo por el que hay que pensarse dónde se plantan.
Forma de trompeta, textura de seda y tonos albaricoque con venas rosadas: las grandes flores colgantes de la Bignonia grandiflora resultan espectaculares en el jardín, pero también en un gran contenedor en la terraza.
Una familia amplia y muy dispar
La familia Bignoniaceae reúne varios cientos de especies repartidas en decenas de géneros, concentradas sobre todo en las regiones tropicales y subtropicales de América, con representación en África, Asia y Australia. No son solo trepadoras: la jacaranda (Jacaranda mimosifolia), tan plantada en Sevilla, Málaga o Valencia, y la catalpa (Catalpa bignonioides), habitual en paseos del interior, son árboles de esta misma familia, y la forma de la flor delata el parentesco.
De cara al jardín, los géneros que importan son estos:
- Campsis. Las más rústicas del grupo, caducas, con raíces adventicias para trepar. Son las que se tratan en este artículo.
- Podranea, Pandorea, Tecoma, Pyrostegia, Bignonia. Casi todas de hoja perenne y sensibles al frío, aptas sobre todo para el litoral cálido. Las vemos en la segunda parte de este artículo.
La división que de verdad manda a la hora de elegir es la resistencia al frío. En el interior peninsular, con heladas de varios grados bajo cero durante semanas, prácticamente solo funcionan las Campsis y Bignonia capreolata. En la costa mediterránea y en el sur, donde las heladas son raras o muy suaves, se abre el resto del catálogo.
Las campsis: qué son y cómo se comportan
El género Campsis tiene dos especies y un híbrido entre ambas, y de ahí sale todo lo que se vende:
Campsis radicans, del este de Norteamérica, conocida como jazmín trompeta o trompeta de Virginia. Flores de tubo largo y color naranja a rojo escarlata, en ramilletes terminales, de julio a septiembre. Es la más vigorosa y la más rústica.
Campsis grandiflora, de China y Japón, a menudo etiquetada como Bignonia grandiflora. Flor mucho más ancha y abierta, en tonos albaricoque y salmón con nervadura rosada, algo más colgante. Es algo menos agresiva que la anterior y algo menos resistente al frío.
Campsis x tagliabuana, el híbrido de las dos. El cultivar 'Madame Galen', de flor rojo anaranjado con la garganta más clara, es el más extendido y con razón: reúne el vigor de una con el tamaño de flor de la otra. 'Indian Summer' tira a naranja albaricoque y 'Flamenco' a rojo intenso.
Las tres son caducas, pierden la hoja en otoño y quedan como un entramado leñoso durante el invierno. Las tres florecen sobre la madera del año en curso, dato que condiciona por completo la poda, y las tres tardan unos años en empezar a florecer: un ejemplar joven puede pasar dos o tres temporadas creciendo sin dar una flor, y eso es normal, no un fallo de cultivo.
El vigor: lo que hay que saber antes de plantarla
Una campsis establecida no es una trepadora tranquila. Crece varios metros por temporada, alcanza sin dificultad los ocho o diez metros, engorda troncos leñosos de considerable peso y, sobre todo, emite rebrotes de raíz a bastante distancia de la planta madre. Es habitual encontrar brotes nuevos a tres o cuatro metros del pie, en medio del césped o entre las losas de un patio. También se resiembra sola a partir de las vainas.
El segundo asunto es cómo trepa. La campsis no es voluble, no enrolla el tallo. Se agarra con raicillas adventicias que emite a lo largo del tallo, como la hiedra. Eso significa dos cosas: que necesita atarse a un soporte durante el primer año o dos, hasta que agarra por sí sola, y que una vez agarrada a un muro esas raicillas se introducen en juntas de mortero, grietas de revoco y bajo tejas o canalones. En una pared en buen estado y de fábrica sólida el daño es limitado; en un revoco viejo, en una fachada con aislamiento por el exterior o bajo un alero, causa problemas reales.
Con eso en mente, las opciones sensatas:
- Sobre pérgola, gazebo o estructura metálica exenta, separada de la casa. Es su mejor destino y donde da sombra estival de verdad.
- Sobre un enrejado separado unos centímetros del muro, que permite el paso del aire y hace posible descolgarla si hay que revocar.
- En un contenedor grande, de al menos cincuenta o sesenta litros, si el objetivo es tenerla controlada en una terraza. Ahí crece menos, florece igual y no puede rebrotar por el suelo.
- Conducida como arbolito, con un tutor rígido y un tronco único que se despunta a la altura deseada para formar cabeza. Es una fórmula poco vista y muy resultona.
Lo que conviene evitar es plantarla directamente contra la fachada de la vivienda, junto a una tubería enterrada o al borde de un césped que se quiera mantener limpio.
Cultivo, riego y suelo
Sol. Es innegociable si se quiere floración. En semisombra la planta crece perfectamente y da hoja abundante, pero apenas florece. Es la queja más frecuente de quien tiene una campsis: mucha rama y ninguna flor, y la causa casi siempre es falta de sol directo o exceso de nitrógeno.
Suelo. Poco exigente. Prospera en terrenos pobres, pedregosos y calizos, que son los del este y el sur peninsular, y solo pide que drene. En suelos muy ricos y muy abonados crece a costa de la floración.
Riego. Riegos abundantes y espaciados durante los dos primeros veranos, hasta que arraiga. Después es notablemente resistente a la sequía y en climas con lluvia de otoño y primavera puede pasar el verano con muy poco apoyo. No tolera el encharcamiento.
Abono. Prácticamente no lo necesita en suelo. En maceta, un abono con más potasio que nitrógeno en primavera favorece la flor. Un fertilizante rico en nitrógeno hace justo lo contrario.
Frío. Campsis radicans aguanta heladas fuertes, del orden de quince grados bajo cero o más, y se comporta bien en el interior peninsular. Si un invierno duro le quema la parte aérea, rebrota desde la base en primavera.
La poda, que es la clave de la floración
Como florece sobre madera nueva, la campsis se poda en reposo, entre enero y principios de marzo, y se poda fuerte. El esquema es el mismo que se usa en la parra:
Durante los primeros años se forma una estructura permanente de dos, tres o cuatro brazos principales conducidos por el soporte, atados y bien repartidos. A partir de ahí, cada invierno se cortan todos los brotes del año anterior dejando dos o tres yemas sobre esa estructura, formando pitones cortos que con los años engordan. La planta rebrota con fuerza en primavera y florece en las puntas nuevas.
Esta poda hace tres cosas a la vez: multiplica la floración, controla el tamaño y quita peso a la estructura, algo importante en una pérgola porque una campsis vieja sin podar acumula muchísima madera. De paso se retiran las vainas de semilla y se reduce la resiembra.
Fuera del invierno, conviene arrancar los rebrotes de raíz en cuanto aparecen, tirando de ellos en lugar de cortarlos a ras, porque cortados se ramifican y salen dos donde había uno.
Multiplicación y otros apuntes
La forma más fácil de conseguir una planta nueva es aprovechar precisamente esos rebrotes de raíz: se desentierra uno con su trozo de raíz en primavera y se planta directamente. También se multiplica por esqueje semileñoso en verano y por acodo de una rama baja, que enraiza con facilidad. Por semilla funciona, pero los cultivares como 'Madame Galen' no se reproducen fieles y el ejemplar tarda aún más en florecer.
Las flores atraen abejas y otros polinizadores, y su floración de pleno verano llega en un momento en que escasea el néctar en el jardín mediterráneo, lo que la hace especialmente útil.
Un aviso práctico: la savia de las Campsis puede provocar irritación de la piel en personas sensibles, sobre todo al podar en primavera con la savia en movimiento. Merece la pena usar guantes y manga larga durante la poda.
En resumen
Las campsis son las bignonias para quien vive donde hiela. Aguantan el frío del interior peninsular, el calor del verano, los suelos calizos y pobres, y una vez arraigadas casi no piden agua. A cambio hay que darles sol pleno, porque a la sombra no florecen, y aceptar que rebrotan de raíz y se agarran con raicillas, lo que las hace malas vecinas de una fachada.
La poda de invierno sobre una estructura permanente es lo que separa una campsis espectacular de una maraña de ramas con cuatro flores arriba. Se corta fuerte entre enero y marzo, se deja el armazón y se dejan pitones de dos o tres yemas. Para el resto de bignonias, las de hoja perenne y clima suave, la segunda parte repasa qué género elegir según la zona.