El gato habla con el cuerpo y con el olfato mucho más que con la voz. Los maullidos los reserva casi por completo para nosotros; entre gatos apenas los usa. Lo que dice de verdad está en la posición de las orejas, en la pupila, en la cola, en dónde se frota y en qué araña. Aprender a leerlo evita la mitad de los malentendidos de la convivencia, empezando por el más común: acariciar a un gato que ya había avisado de que quería parar.
Y buena parte de ese idioma se escribe sobre las plantas de casa. El gato marca frotando la cara contra las macetas, araña la fibra de coco del tiesto, se tumba en el sitio donde da el sol al lado de la ventana y come hierba cuando la tiene. Quien entiende eso deja de ver la maceta volcada como un acto de rebeldía y empieza a ver un mensaje bastante claro.
La cola dice casi todo
La cola es el indicador más fiable y el más fácil de leer. Levantada recta, a veces con la punta doblada, es un saludo amistoso: el gato se acerca en son de paz y suele terminar frotándose contra las piernas. Enroscada alrededor de otro gato o de un tobillo es afiliativa, equivale a un abrazo.
Baja y pegada al cuerpo indica inseguridad. Hinchada, con el pelo erizado y el lomo arqueado, es miedo con amenaza: el gato se hace grande porque quiere que el otro se retire, no porque busque pelea. El movimiento rápido de lado a lado, o los golpes secos de la punta contra el suelo, no significa alegría como en el perro; es tensión creciente. Si eso ocurre mientras lo acaricias, la caricia se para ahí.
Orejas, ojos y bigotes
Las orejas hacia delante indican interés. Giradas hacia los lados, en avión, señalan conflicto o irritación. Aplastadas del todo contra la cabeza son miedo intenso, y suelen ir con las pupilas muy dilatadas.
La pupila responde a la luz, pero también a la emoción: se abre con el susto, la excitación del juego y la caza. La mirada fija y sostenida entre dos gatos es una amenaza; entre gato y persona, el gesto amistoso es el parpadeo lento. Cerrar los ojos despacio delante de él y volver a abrirlos es una de las pocas señales que se pueden devolver en su propio idioma.
Los bigotes hacia delante y separados aparecen en la caza y en la exploración. Pegados a la cara indican que el gato se está retrayendo.
Ronroneo, bufido y maullidos
El ronroneo no significa siempre bienestar. Es una vibración que el gato produce también cuando está dolorido o asustado, en el veterinario o después de un golpe, probablemente como autorregulación. Un ronroneo con el cuerpo tenso y las orejas hacia atrás no es un gato contento, y merece una revisión.
El bufido y el gruñido son avisos de distancia, no ataques. Cuando un gato bufa está pidiendo que el otro se retire; castigarlo por bufar elimina el aviso y deja solo el arañazo. El maullido, en cambio, es lenguaje aprendido con nosotros: cada gato desarrolla el suyo, con el volumen y la insistencia que le han funcionado. El trino, ese sonido corto y agudo con la boca cerrada, es la llamada que usa la madre con las crías y que muchos gatos siguen dirigiendo a las personas.
El territorio se escribe con olores, y las plantas son el papel
El gato organiza la casa por olor. Tiene glándulas en las mejillas, en la barbilla, en la base de la cola y entre las almohadillas de las patas, y con ellas reparte marcas que para él dibujan un mapa de zonas seguras. Cuando se frota contra el borde de una maceta, contra el tronco de un ficus o contra la pata de la mesa, está firmando. Ese marcaje facial es el bueno, el que hace un gato tranquilo.
El arañazo cumple otra función distinta: deja una marca visible y otra química, y además mantiene la uña. Si el gato araña la fibra de coco de un tiesto, el sustrato o el tronco de una planta grande, no está estropeando la planta por gusto, está diciendo que ahí falta un sitio adecuado para hacerlo. Un poste alto y estable, colocado justo al lado del lugar que araña, resuelve el asunto mucho antes que cualquier reprimenda. Los gatos que rascan en horizontal prefieren una estera plana en el suelo.
Escarbar la tierra de las macetas también es lenguaje, y a veces incómodo. Un gato que usa un tiesto como arenero está señalando que su bandeja no le convence: poca arena, sitio con paso, demasiado cerca del comedero o compartida con otro gato. Cubrir la superficie del sustrato con piedras grandes o con piñas frena la costumbre, pero la causa suele estar en el arenero.
Plantas que el gato entiende
Hay un puñado de especies que actúan directamente sobre su comportamiento y que sirven, bien usadas, para dirigirlo hacia donde queremos.
La hierba gatera (Nepeta cataria) es la más conocida. Su respuesta, rodar, frotar la cara, salivar y quedarse luego relajado, es hereditaria: una parte de los gatos no reacciona en absoluto, y los gatitos muy jóvenes tampoco. El efecto dura unos minutos y después hay un periodo en el que el gato ya no responde. Es una planta perenne, rústica, que aguanta bien el sol y la sequía en casi toda España, y que agradece una poda tras la floración. Si el gato tiene acceso libre a la mata, suele acabar destrozada, así que en el jardín conviene protegerla con una jaula de alambre que deje pasar solo las puntas.
La valeriana (Valeriana officinalis) provoca en muchos gatos una respuesta parecida, y la raíz es la parte que la desencadena. El matatabi (Actinidia polygama) se vende en palitos y funciona en gatos que no responden a la Nepeta, lo que lo convierte en una alternativa útil. La hierba gatuna de las tiendas, que no es lo mismo, suele ser cebada, trigo o avena germinados: el gato la come, le ayuda a expulsar el pelo tragado y le da algo que masticar que no sea la planta del salón. El Cyperus alternifolius cumple ese mismo papel decorativo y masticable.
Usar estas plantas tiene un sentido práctico en la comunicación. Frotar el poste de rascado con hierba gatera lo vuelve atractivo; poner una maceta de avena junto a la ventana desvía la atención del potos. Es más fácil ofrecer una alternativa que corregir una conducta que para el gato es normal.
Lo que no debe estar al alcance
La misma curiosidad que lleva al gato a morder una hoja lo mete en problemas con algunas especies. La más grave, con diferencia, son los lirios: las especies del género Lilium y del género Hemerocallis provocan fallo renal agudo en el gato, y son tóxicas todas sus partes, incluido el polen y el agua del jarrón. Un gato que roza las anteras y luego se acicala ya se ha expuesto. Con gato en casa, lo sensato es no tener lirios ni aceptar ramos que los lleven.
Después vienen las aráceas de interior, que son las plantas más habituales del salón: potos (Epipremnum aureum), difenbaquia (Dieffenbachia), filodendro (Philodendron) y monstera (Monstera deliciosa). Sus cristales de oxalato cálcico irritan la boca y provocan dolor y salivación al masticarlas. La adelfa (Nerium oleander), muy común en terrazas del litoral, es cardiotóxica en todas sus partes. La cica (Cycas revoluta), el tejo (Taxus baccata) y los bulbos de narciso y tulipán completan la lista de lo que conviene retirar. Si el gato ha mordido cualquiera de ellas, la indicación es acudir al veterinario con un trozo de la planta, no esperar a ver qué pasa. Hay más detalle en gatos y plantas.
Cuando cambia el territorio
Una mudanza, un mueble nuevo o una reforma borran el mapa de olores y disparan el marcaje con orina y los arañazos en sitios nuevos. La respuesta no es castigar, que solo añade tensión, sino reducir el espacio al principio a una habitación con sus cosas de siempre, la bandeja, el comedero, el poste y una manta que ya huela a él, y ampliar desde ahí. Colocar sus macetas conocidas en el sitio nuevo ayuda más de lo que parece, porque llevan sus marcas encima.
En una casa con varios gatos, la regla es que los recursos no se compartan a la fuerza: comederos, bebederos, areneros y sitios altos en número suficiente y repartidos. Las plantas grandes y las estanterías con macetas funcionan como pantallas visuales y como rutas en alto, y eso baja el conflicto sin que haga falta intervenir en nada más.
En resumen
Leer a un gato es cuestión de mirar la cola, las orejas, la pupila y la tensión del cuerpo, y de entender que el bufido es un aviso que conviene respetar y el ronroneo no siempre es alegría. Casi todos los conflictos de convivencia salen de ignorar señales que el animal había dado antes con claridad.
La otra mitad del idioma es olfativa y ocurre encima de nuestras plantas. Frotarse en las macetas es marcar, arañar el tiesto es pedir un poste, escarbar la tierra es hablar del arenero. Ofrecerle hierba gatera, avena germinada y un sitio propio donde rascar, y retirar de casa los lirios y las aráceas que puede morder, resuelve a la vez la comunicación y la seguridad.