Si tienes gato y quieres la respuesta rápida: las plantas que no deben estar en casa son los lirios del género Lilium y las azucenas de día (Hemerocallis), la cica (Cycas revoluta), la adelfa (Nerium oleander), el tejo (Taxus baccata) y el ricino (Ricinus communis). Las que sí le convienen son la hierba de cereal germinada, que le ayuda con las bolas de pelo, y la hierba gatera (Nepeta cataria), que le divierte y no le hace daño.
Entre esos dos extremos hay una franja grande de plantas que solo son irritantes, otra de plantas inofensivas que el gato mordisquea sin más, y unas cuantas que directamente lo ahuyentan y sirven para proteger un arriate. Vamos por partes, con el nombre científico y la parte de la planta que interviene en cada caso, que es lo que de verdad hace falta saber.
Por qué come plantas si es carnívoro
El gato es un carnívoro estricto y no digiere la fibra vegetal, así que no come hierba para alimentarse. Lo hace por dos motivos. El primero y más evidente es mecánico: al acicalarse traga pelo, ese pelo se acumula en el estómago formando tricobezoares (las bolas de pelo) y la hierba, larga y áspera, estimula el vómito o el tránsito y le ayuda a expulsarlas. Es un comportamiento normal y periódico, no un síntoma. Hay más detalle sobre esto en la estrategia contra las bolas de pelo.
El segundo es la textura. A muchos gatos les atrae morder hojas finas y largas o tallos tiernos, y en una casa sin hierba disponible el objetivo acaba siendo la cinta (Chlorophytum comosum), la Dracaena marginata, el culantrillo (Adiantum capillus-veneris) o los penachos de Stipa tenuissima de la terraza. Ninguna de esas cuatro es peligrosa, pero el mismo impulso puede llevarlo a una que sí lo sea. Por eso la medida más efectiva no es regañarlo, es ponerle a mano lo que busca.
Hierba para gatos: qué es y cómo sembrarla
Lo que se vende como hierba para gatos no es una especie concreta sino una mezcla de gramíneas tiernas: trigo (Triticum aestivum), avena (Avena sativa), cebada (Hordeum vulgare) y a veces dactilo (Dactylis glomerata). Se compra en semilla en cualquier centro de jardinería, y sale muchísimo más barata que la bandeja ya brotada.
El cultivo es de los más agradecidos que hay. Se llena un tiesto ancho y poco profundo, o una jardinera de balcón, con sustrato universal; se esparce la semilla bastante densa, se cubre con medio centímetro escaso de sustrato y se riega con pulverizador. Germina en tres o cuatro días con temperatura de casa y está lista para el gato cuando alcanza unos diez centímetros, más o menos a la semana. Se mantiene el sustrato húmedo sin encharcar, y en cuanto las hojas se ponen duras o amarillean, a las tres o cuatro semanas, se resiembra. Lo práctico es llevar dos tiestos escalonados para que nunca falte.
Un detalle que se olvida: la hierba para el gato no se abona ni se trata con nada. Ni fertilizante líquido, ni insecticida, ni fungicida, ni tierra reutilizada de una planta que haya llevado tratamiento. Va a acabar dentro del animal.
Otra planta que muchos gatos aceptan es el paragüitas (Cyperus involucratus, que se sigue vendiendo como Cyperus alternifolius), de tallos finos y verticales, que además tolera bien el exceso de riego.
Las excitantes: hierba gatera, valeriana y matatabi
La hierba gatera o menta de gato (Nepeta cataria) es una labiada perenne de la familia de las mentas, rústica, de flor blanca o rosada, que aguanta bien el clima español a pleno sol y con poco riego. Sus hojas y tallos contienen nepetalactona, un compuesto volátil que el gato percibe por el órgano vomeronasal y que desencadena un episodio de euforia: se frota con la planta, rueda encima, saliva, caza presas imaginarias. Dura unos diez minutos y después el gato queda insensible al estímulo durante un rato largo. No es una droga en el sentido de crear dependencia y no se le conoce toxicidad.
Dos matices importantes. La respuesta es hereditaria y no la tienen todos los gatos: una parte considerable de la población felina no reacciona en absoluto, y no es que le pase nada. Y los gatitos muy jóvenes tampoco responden hasta pasados unos meses. Puedes ver cómo se cultiva en la ficha de la menta de gato.
Si tu gato es de los que no reacciona a la Nepeta, hay dos alternativas. La valeriana (Valeriana officinalis), cuya raíz seca produce un efecto parecido a través de un compuesto distinto, la actinidina. Y el matatabi (Actinidia polygama), una trepadora japonesa emparentada con el kiwi cuyos palitos de tallo seco se venden como juguete y funcionan en bastantes gatos que ignoran la hierba gatera.
Mucho aromática de jardín despierta también interés, sin llegar a tanto: tomillo, romero y sobre todo las mentas (Mentha spp.), que comparten familia con la Nepeta y algunos compuestos volátiles.
Las repelentes: para que no use el arriate de arenero
El problema clásico del jardín con gatos, propios o del vecindario, es que la tierra recién labrada de un bancal o el sustrato mullido de un tiesto grande son un arenero perfecto. Hay plantas que lo desaniman:
- Plectranthus caninus (vendido a menudo como Coleus canina o planta antigatos). Es la de efecto más consistente. Desprende un olor que a los gatos les resulta desagradable y a nosotros nos parece agradable. Es sensible al frío, así que en el interior peninsular se cultiva como anual o se resguarda en invierno.
- Lavanda (Lavandula angustifolia, Lavandula latifolia), romero y poleo (Mentha pulegium), plantados como borde denso alrededor de la zona que quieras proteger.
- Pieles de cítrico esparcidas sobre el sustrato. Funciona, pero hay que renovarlas cada pocos días porque el efecto se va con el aroma.
Se suele citar también la ruda (Ruta graveolens). Sí repele, pero conviene saber que su savia produce fotodermatitis en la piel humana al sol y que la planta es tóxica por ingestión, así que no es la primera opción para un jardín con niños o animales.
Una solución mecánica complementa a la vegetal mejor que ninguna planta: cubrir el suelo del arriate con acolchado de piedra, corteza gruesa o piñas. Al gato no le gusta escarbar donde no puede enterrar.
Las tóxicas, por orden de gravedad
Las listas de plantas tóxicas para el gato son largas, de cientos de especies, pero la mayoría solo causan molestias digestivas. Estas son las que importan de verdad:
| Planta | Parte tóxica | Nivel |
|---|---|---|
| Lirio (Lilium spp.) y Hemerocallis | Toda, incluido el polen y el agua del jarrón | Grave |
| Cica (Cycas revoluta) | Toda, sobre todo la semilla | Grave |
| Adelfa (Nerium oleander) | Toda, incluida la planta seca | Grave |
| Tejo (Taxus baccata) | Toda salvo la pulpa roja del arilo | Grave |
| Ricino (Ricinus communis) | La semilla | Grave |
| Azalea y rododendro (Rhododendron spp.) | Hojas y flores | Serio |
| Bulbos de narciso, tulipán y amarilis | Sobre todo el bulbo | Serio |
| Aráceas de interior | Hojas y tallos | Irritante |
El caso de los lirios merece pararse. Es una toxicidad específica del gato, que no afecta igual al perro, y es de las pocas en las que una cantidad mínima basta: unos granos de polen que el animal se lleve al pelo y luego se acicale pueden desencadenar un fallo renal agudo. Afecta a Lilium (azucenas, lirios orientales, asiáticos, de Pascua) y a Hemerocallis. La consecuencia práctica es simple: en una casa con gato no entra un ramo de floristería que lleve lirios.
Las aráceas son el grupo que más consultas genera porque están en todos los salones: dieffenbachia, potos (Epipremnum aureum), filodendro, monstera, alocasia, espatifilo y anturio. Todas llevan rafidios, cristales de oxalato de calcio en hojas y tallos que al morderlos se clavan en la mucosa y producen dolor, babeo e hinchazón inmediatos. Rara vez llegan a más porque el propio dolor hace que el gato suelte la hoja, pero el susto es grande. Tenemos fichas de la dieffenbachia, el filodendro, la adelfa, la Cycas revoluta y el tejo.
Y unas cuantas más de las habituales: hiedra (Hedera helix), hojas y bayas; boj (Buxus sempervirens); acebo (Ilex aquifolium), las bayas; muérdago (Viscum album); aloe (Aloe vera), el látex amarillo bajo la piel de la hoja; kalanchoe; y crisantemo. La flor de Pascua (Euphorbia pulcherrima) tiene peor fama de la que merece: su látex irrita la boca y la piel, pero no es de las graves.
Si sospechas que ha comido una
La única indicación correcta es acudir al veterinario cuanto antes, llevando un trozo de la planta o una fotografía para identificarla. No se provoca el vómito por cuenta propia, no se le da leche, aceite ni carbón, y no se espera a ver si se le pasa. En los casos graves, como el del lirio, el margen de tiempo cuenta.
La prevención vale más: lo muy tóxico sale de casa o del jardín, lo irritante sube a una altura que el gato no alcance ni saltando (y saltan mucho más de lo que uno calcula, así que la estantería alta no siempre basta), y en la terraza se cierra el acceso a las jardineras con lo que haya que cerrarlo. Vigila también los productos: los cebos antilimacos con metaldehído, los abonos con harina de hueso o de sangre y el acolchado de cáscara de cacao, que contiene teobromina, son riesgos tan reales como las plantas.
En resumen
Un gato y un jardín conviven bien con dos decisiones tomadas a tiempo. La primera es quitar de en medio la media docena de plantas que suponen un riesgo serio, con los lirios a la cabeza porque su toxicidad es específica del gato y basta una cantidad ínfima. La segunda es darle lo que busca: un tiesto de hierba de cereal siempre disponible, resembrado cada tres o cuatro semanas, y si quieres una mata de Nepeta cataria en la terraza.
Con eso resuelto, el resto es manejo: las aráceas de interior en alto, acolchado de piedra en los bancales que no quieras que use de arenero, un borde de lavanda o de Plectranthus caninus donde haga falta, y nada de abonos ni tratamientos en la hierba que va a comer. Y si algún día sospechas que ha mordido algo, al veterinario con un trozo de la planta en la mano.