Sulfato de calcio dihidratado, CaSO₄·2H₂O: esa es toda la composición del yeso agrícola, y de ella se deduce tanto lo que puede hacer como lo que no va a hacer nunca. Lleva calcio, sí, pero el anión que lo acompaña es sulfato, no carbonato, y esa diferencia de una sola pieza cambia por completo el comportamiento del producto en el suelo. El yeso tiene un uso agronómico sólido y bien documentado, solo que no es el que se le suele atribuir en el mostrador de la tienda.
Qué es exactamente el yeso agrícola
Es roca de yeso natural molida, sin calcinar. Un yeso agrícola de calidad tiene entre un 70 y un 95 % de pureza, y aporta alrededor de un 18-23 % de calcio y un 16-18 % de azufre en forma de sulfato, que es la forma directamente asimilable por la planta.
Su rasgo físico decisivo es la solubilidad: unos 2,4 g/L en agua, unas doscientas veces más que el carbonato cálcico y muy por debajo de una sal soluble como el cloruro sódico. Esa posición intermedia es justo lo que lo hace útil: se disuelve lo suficiente para poner calcio en la disolución del suelo y moverse con el agua de riego, pero no tanto como para lavarse a la primera lluvia ni para salinizar el medio de golpe.
Dos productos parecidos que no sirven para esto. El yeso de construcción o escayola es yeso calcinado —hemihidrato— y fragua al mojarse: en el suelo forma bloques duros y es un desastre. La anhidrita, sulfato cálcico sin agua de cristalización, se disuelve mucho más despacio. Y el fosfoyeso, subproducto de la fabricación de ácido fosfórico, es barato y se usa en agricultura industrial en algunos países, pero puede arrastrar flúor, metales pesados y radionucleidos naturales, y su empleo está regulado; para un jardín no tiene sentido buscarlo.
Lo primero: el yeso no sube el pH
Este es el punto donde se concentra la confusión. Se agrupa el yeso con la caliza y la dolomía porque los tres llevan calcio, y de ahí se salta a suponer que los tres encalan. No es así, y la razón es sencilla.
Lo que neutraliza la acidez de un suelo no es el calcio, es el anión que lo acompaña. En la caliza, el carbonato (CO₃²⁻) capta protones y se descompone en agua y CO₂, subiendo el pH. En la dolomía ocurre lo mismo, con magnesio añadido. En el yeso, el anión es sulfato (SO₄²⁻), que es la base conjugada de un ácido fuerte y, por tanto, no capta protones: no neutraliza nada.
El yeso es, por eso, una enmienda cálcica neutra. En un suelo ácido normal, aplicarlo no mueve el pH de forma apreciable —incluso puede bajarlo un par de décimas, porque el calcio desplaza aluminio e hidrógeno del complejo de cambio hacia la disolución—. Si lo que hace falta es subir el pH de un suelo ácido, el producto es caliza molida o dolomía, y eso está desarrollado en el artículo sobre la utilidad de la cal para las plantas.
Lo segundo: no esponja una arcilla cualquiera
La otra expectativa habitual es que el yeso «rompa» un suelo arcilloso compactado. Aquí conviene ser preciso, porque la idea no es del todo falsa: hay arcillas que el yeso mejora de forma espectacular. Solo que son un tipo muy concreto de arcilla.
Un suelo arcilloso se comporta mal por dos motivos distintos que se confunden con facilidad. Puede estar compactado, es decir, con los agregados aplastados por el paso de maquinaria, el pisoteo o el laboreo en húmedo; los poros grandes han desaparecido físicamente. O puede estar disperso, es decir, con las partículas de arcilla sueltas, sin poder agregarse, porque hay demasiado sodio en el complejo de cambio separándolas.
El yeso solo actúa sobre el segundo caso. La arcilla pesada del interior peninsular, la de un huerto que se ha trabajado con la tierra mojada, no tiene un problema de sodio: tiene un problema físico y de falta de materia orgánica. Echarle yeso no cambia nada. Lo que la mejora es compost o estiércol bien hecho, no pisarla en húmedo, cubrirla con acolchado y meter raíces —crucíferas de raíz pivotante, leguminosas— que abran galerías. El calcio del yeso, por sí solo, no crea agregados donde ya hay calcio de sobra.
Donde sí funciona: los suelos sódicos
Este es el uso real, el que justifica que el yeso exista como enmienda. Un suelo sódico es aquel en el que el sodio ocupa una proporción excesiva de las posiciones de intercambio de las arcillas y del humus. La referencia clásica es un porcentaje de sodio intercambiable (PSI) superior al 15 %, o una relación de adsorción de sodio (RAS o SAR) del extracto de saturación por encima de 13.
El sodio es un catión monovalente y muy hidratado. Al colocarse entre las láminas de arcilla, las rodea de una envuelta gruesa de agua y las mantiene separadas: la arcilla se dispersa en lugar de flocular. El resultado es reconocible en campo —suelo que al mojarse se convierte en una papilla sin estructura, que al secarse forma una costra dura y agrietada, con manchas blanquecinas o un tono pardo oscuro por la materia orgánica dispersada, infiltración casi nula y agua que se queda encharcada en superficie durante días—. En España aparece en zonas del valle del Ebro, La Mancha, el sureste árido y, cada vez con más frecuencia, en jardines y cultivos regados largo tiempo con aguas de mala calidad o con agua regenerada de alto RAS.
El yeso corrige eso mediante un intercambio catiónico: el calcio, divalente y de mayor densidad de carga, desplaza al sodio de las posiciones de cambio. Escrito en corto,
2 Na-arcilla + CaSO₄ → Ca-arcilla + Na₂SO₄
El sodio queda en la disolución del suelo como sulfato sódico, una sal soluble, y el calcio pasa a ocupar su sitio, con lo que la arcilla vuelve a flocular y a formar agregados estables. La estructura se recupera, el agua entra y el aire vuelve al perfil.
Aquí está la condición que se olvida y que arruina muchas aplicaciones: el sodio hay que lavarlo. El yeso no hace desaparecer el sodio, lo despega y lo pone en disolución. Si después no hay agua de riego suficiente y, sobre todo, si no hay drenaje por donde salga, ese sodio vuelve a ocupar el complejo de cambio en cuanto el suelo se seca y no se ha ganado nada. Un suelo sódico con capa freática alta o con una capa impermeable a poca profundidad necesita drenaje antes que yeso.
La cantidad de agua no es trivial: si el yeso se disuelve a 2,4 g/L, hacen falta del orden de 400 m³ de agua por tonelada de yeso solo para disolverlo, más la que arrastre las sales fuera de la zona radicular. Es una operación de meses, no de un fin de semana, y en suelos muy sódicos se prolonga durante dos o tres campañas.
Infiltración, costra y suelos dispersivos
Existe una versión más leve del mismo problema, sin llegar a suelo sódico declarado, en la que el yeso también rinde: la degradación de la infiltración por dispersión superficial.
Ocurre en dos situaciones. La primera, cuando se riega con agua de RAS moderado, entre 3 y 9, sobre un suelo con contenido apreciable de arcillas expansivas: no hay sodicidad general, pero los primeros centímetros se sellan, se forma una costra al secarse, el agua escurre en vez de entrar y la nascencia de las siembras se resiente. Una aplicación superficial de yeso, sin incorporar, mantiene los agregados floculados justo donde impacta la gota.
La segunda, menos intuitiva, es la contraria: regar o recibir lluvia de muy baja salinidad —agua de lluvia, agua de ósmosis inversa— sobre suelos ricos en arcilla. Un agua demasiado pura tiene tan poca fuerza iónica que dispersa las arcillas por sí sola, aunque no haya nada de sodio. El yeso disuelto aporta electrolitos, sube ligeramente la conductividad del agua que se infiltra y evita esa dispersión. En riego localizado con agua desalada es un ajuste conocido.
En ambos casos las dosis son bajas —del orden de 100-200 g/m²— y lo que importa es que el yeso esté en superficie, en contacto con el agua que llega, no enterrado a 20 cm.
Calcio y azufre sin tocar el pH
La tercera aplicación con sentido aprovecha precisamente lo que en otros contextos es una limitación: que el yeso no alcaliniza.
Hay situaciones en las que hace falta calcio, o azufre, o los dos, y no interesa mover el pH. Un suelo ácido de la cornisa cantábrica destinado a acidófilas o a arándano, con calcio bajo pero al que no se quiere encalar porque el cultivo exige pH 4,5-5,5. Un suelo arenoso lavado, donde el azufre se pierde con facilidad y su carencia se manifiesta como una clorosis general de las hojas jóvenes, parecida a la de nitrógeno pero al revés en cuanto a qué hojas afecta. O cultivos con problemas de calcio en el fruto —bitter pit del manzano, necrosis apical del tomate y del pimiento— en los que aportar calcio soluble tiene sentido como parte del manejo, junto con un riego regular, que suele ser la causa de fondo.
Hay además un efecto de subsuelo bien estudiado en suelos ácidos: el sulfato del yeso es móvil y desciende por el perfil arrastrando calcio consigo, hasta profundidades a las que la caliza no llega porque no se mueve. Ese calcio en profundidad, más la formación de complejos AlSO₄⁺ que reducen el aluminio tóxico libre, permite a las raíces explorar capas que antes les estaban vedadas. Es una técnica habitual en cultivos leñosos sobre suelos ácidos y profundos, y complementa al encalado superficial en lugar de sustituirlo.
Cómo saber si tu suelo lo necesita
Con un análisis de laboratorio. No hay atajo, y el motivo es que los síntomas de un suelo sódico —encharcamiento, costra, mal drenaje— son idénticos a los de un suelo simplemente compactado, y el tratamiento de uno no sirve para el otro.
Los parámetros que hay que pedir en un análisis de suelo son cuatro:
- pH en pasta saturada o en agua. Por encima de 8,5 sin caliza libre apunta a sodicidad.
- Conductividad eléctrica (CE) del extracto de saturación, en dS/m. Separa un suelo salino de uno sódico.
- Cationes de cambio (Na, Ca, Mg, K) y capacidad de intercambio catiónico, de donde sale el PSI.
- RAS del extracto, y también del agua de riego, que es donde a menudo está el origen del problema.
La lectura es directa. CE alta y PSI bajo: suelo salino, y lo que hay que hacer es lavar, no echar yeso. CE baja y PSI alto: suelo sódico, y aquí el yeso es la herramienta correcta. Ambos altos: suelo salino-sódico, que se trata con yeso y lavado, en ese orden, porque lavar primero un salino-sódico lo convierte en sódico puro y empeora la estructura. Y ambos bajos: el problema es otro y el yeso no pinta nada.
Con los datos de PSI y CIC, el laboratorio o el técnico calculan la necesidad de yeso. Como referencia de magnitud, eliminar 1 meq de sodio por cada 100 g de suelo en los primeros 15-20 cm exige del orden de 1,7 a 2 t/ha de yeso puro, que hay que corregir al alza según la pureza del producto comercial y la eficiencia real de la reacción, que rara vez pasa del 70-80 %.
Dosis, granulometría y aplicación
Dosis. Las correcciones de suelos sódicos se mueven entre 2 y 10 t/ha, equivalentes a 200 g a 1 kg por metro cuadrado, repartidas en dos o tres aplicaciones anuales antes que de una sola vez. Para mejora de infiltración o aporte de calcio y azufre, 100-300 g/m² es suficiente. Para mantenimiento posterior, una aplicación anual de 100-150 g/m² mientras se siga regando con agua de RAS alto.
Granulometría. Manda la velocidad de disolución, y esta depende de la superficie expuesta. Un yeso fino, con el 80-90 % pasando por tamiz de 2 mm y buena fracción por debajo de 0,25 mm, reacciona en semanas; un yeso grueso puede tardar más de un año. Lo fino es lo que interesa agronómicamente, con el inconveniente de que vuela, se apelmaza en el saco y es incómodo de esparcir. El yeso granulado o pelletizado resuelve el manejo: son gránulos de polvo fino aglomerado que se deshacen al mojarse, se aplican con abonadora y no producen polvo. Cuesta más por kilo de calcio.
Aplicación. Para corregir sodicidad en profundidad, se esparce sobre el suelo desnudo y se incorpora con rastra o motoazada a 15-20 cm, seguido de riegos de lavado abundantes y espaciados. Para mejorar infiltración y costra, se aplica en superficie y no se incorpora. En jardines ya plantados y en césped se esparce en cobertera y se riega a continuación. La época preferible en clima mediterráneo es el otoño, para que las lluvias de invierno hagan el trabajo de lavado.
El yeso no quema, no es cáustico y no tiene plazo de seguridad: se maneja con guantes y mascarilla antipolvo simplemente porque es un polvo mineral fino. Se puede aplicar junto a materia orgánica sin problema, y de hecho la combinación de yeso más compost es lo que mejor funciona en un sódico, porque el compost sostiene la estructura recién ganada. Lo que conviene evitar es aplicarlo a la vez que caliza en suelos ácidos —hacen cosas distintas y el orden importa— y confiar en él como fuente de calcio para subir el pH, que es lo que no va a pasar.
En resumen
El yeso agrícola es sulfato de calcio dihidratado con un 18-23 % de calcio y un 16-18 % de azufre, moderadamente soluble a 2,4 g/L. No sube el pH, porque el sulfato no neutraliza acidez, y no esponja un suelo arcilloso compactado corriente, que lo que necesita es materia orgánica y dejar de trabajarlo en húmedo. Su función real es desplazar el sodio del complejo de cambio en suelos sódicos, con PSI por encima del 15 % o RAS mayor de 13, para que ese sodio pueda lavarse con el riego; sin agua suficiente y sin drenaje, la enmienda no sirve de nada. También mejora la infiltración y evita la costra en suelos dispersivos, tanto si se riega con agua de RAS moderado como si se riega con agua demasiado pura, y aporta calcio y azufre sin tocar el pH, lo que resulta útil en suelos ácidos donde no se quiere encalar y para acompañar problemas de calcio en fruto. Las dosis van de 200 g a 1 kg/m² en corrección de sodicidad y de 100 a 300 g/m² en los demás usos, con producto fino o granulado, incorporado si se trata el perfil y en superficie si se trata la costra, y preferiblemente en otoño. Y la decisión de comprarlo o no sale de un análisis con pH, conductividad eléctrica, cationes de cambio y RAS, nunca del aspecto del terreno, porque un suelo sódico y uno simplemente compactado se parecen mucho y no se arreglan con lo mismo.