La palabra cal designa en el almacén agrícola cuatro productos químicamente distintos, y confundirlos lleva desde tirar el dinero hasta una quemadura química seria. Tres de ellos suben el pH del suelo, dos son cáusticos y ninguno sirve para lo que a menudo se les atribuye. Antes de decidir si tu jardín necesita cal —que en buena parte de España no la necesita—, conviene separar los productos.
Los cuatro productos que se llaman cal
Caliza agrícola o carbonato cálcico (CaCO₃). Es roca caliza molida, sin más transformación que la trituración. También se la llama cal agrícola, caliza molida o carbonato. No es cáustica, se puede manejar con la mano y es la forma habitual y recomendable de encalar un suelo. Su poder neutralizante, expresado como equivalente en carbonato cálcico, es del 85 al 100 %.
Dolomía o caliza dolomítica (CaMg(CO₃)₂). Carbonato doble de calcio y magnesio. Hace exactamente lo mismo que la caliza, con la ventaja de aportar entre un 10 y un 22 % de MgO. Es la elección correcta cuando el análisis muestra magnesio bajo, algo frecuente en suelos ácidos y arenosos del noroeste, y cuando el cultivo es exigente en magnesio. Reacciona algo más despacio que la caliza pura. Poder neutralizante del 95 al 108 %.
Cal viva u óxido de calcio (CaO). Se obtiene calcinando caliza por encima de los 900 °C, lo que expulsa el CO₂. El resultado ya no es un carbonato sino un óxido, y eso lo cambia todo: es cáustico, reacciona violentamente con el agua liberando calor, y no debe tocarse con las manos desnudas. Su poder neutralizante es del 150 al 180 %, así que hace falta bastante menos cantidad, y actúa muy deprisa. En jardinería particular no compensa: el ahorro de kilos no paga el riesgo de manejo.
Cal apagada, cal hidratada o hidróxido de calcio (Ca(OH)₂). Es cal viva a la que se ha hecho reaccionar con agua en fábrica, de forma controlada. Polvo blanco muy fino, más manejable que la cal viva pero también cáustico: una disolución saturada alcanza pH 12,4, suficiente para irritar la piel y dañar la córnea. Poder neutralizante del 120 al 135 %. Es la cal que se usa para encalar troncos y como componente del caldo bordelés.
Conviene añadir uno que no es cal aunque se le parezca: el yeso, sulfato cálcico. Aporta calcio, sí, pero no sube el pH en absoluto, porque el sulfato no neutraliza acidez. Su papel es otro y está explicado en el artículo sobre las enmiendas del suelo.
La finura importa tanto como el producto
Un dato que las etiquetas mencionan y que pasa desapercibido: la granulometría. La caliza reacciona en el suelo disolviéndose, y disolverse es un fenómeno de superficie. Una partícula que pasa por un tamiz de 0,15 mm reacciona prácticamente entera en el plazo de seis meses a un año. Una partícula de más de 2 mm es, a efectos prácticos, un guijarro: seguirá ahí dentro de diez años sin haber corregido nada.
Por eso dos sacos con el mismo análisis químico pueden dar resultados completamente distintos, y por eso una caliza barata de molienda gruesa sale cara. Lo que interesa en la etiqueta es qué porcentaje del producto pasa por malla de 0,2 mm; cuanto mayor, mejor y más rápido.
Para qué sirve la cal
Subir el pH de un suelo ácido
Es su función principal y casi la única de peso. El carbonato reacciona con los iones hidrógeno y con el aluminio del complejo de cambio, los neutraliza y sube el pH. La consecuencia no es cosmética: entre pH 5 y pH 6,5 se multiplica la disponibilidad de fósforo, se activa la mineralización del nitrógeno por la microbiología —que trabaja mal por debajo de 5,5— y mejora la asimilación de calcio, magnesio y molibdeno.
Neutralizar el aluminio tóxico
Este es, en muchos suelos ácidos españoles, el beneficio real, más que el número del pH en sí. Por debajo de pH 5,5 el aluminio del suelo pasa a formas solubles que resultan tóxicas para la raíz: la punta radicular se engrosa, se pardea y deja de crecer. La planta se queda pequeña con síntomas que parecen de sequía o de falta de fósforo, y el problema está en que la raíz no puede explorar el terreno. El encalado precipita ese aluminio y libera la raíz. En suelos de Galicia, Asturias, León o zonas de Extremadura occidental, es la razón de encalar.
Aportar calcio
El calcio es un nutriente, no solo un corrector, y participa en la estructura de la pared celular. Su carencia produce alteraciones conocidas: podredumbre apical del tomate y del pimiento, tipburn en lechuga, bitter pit en manzana. Con la salvedad importante de que casi ninguno de esos problemas se debe a falta de calcio en el suelo, sino a un transporte deficiente dentro de la planta por riego irregular o exceso de nitrógeno. Echar cal a un tomate con culo negro plantado en suelo calizo no arregla nada.
Mejorar la estructura de un suelo ácido y arcilloso
El ion calcio, con dos cargas positivas, actúa de puente entre las láminas de arcilla, que están cargadas negativamente, y las une en agregados. Es la floculación. Un suelo arcilloso ácido y disperso, que se apelmaza, encharca y se abre en grietas al secar, mejora de manera apreciable con el encalado: gana porosidad, drena mejor y se trabaja con menos esfuerzo.
Es importante entender el límite de esto, porque se vende cal para «esponjar» arcillas donde no sirve. La floculación funciona cuando el complejo de cambio está ocupado por hidrógeno y aluminio y el calcio los sustituye. En un suelo calizo, el complejo ya está saturado de calcio: añadir más no cambia nada. Un arcilloso compacto de Castilla o de Levante no mejora con cal; mejora con materia orgánica.
Cuándo NO se echa cal
Este apartado importa más que el anterior, porque el suelo dominante en España es básico.
En suelo calizo o de pH superior a 7. Levante, valle del Ebro, ambas Castillas, Aragón, Andalucía, Murcia, Baleares: pH habituales de 7,5 a 8,5, con carbonato cálcico libre en el perfil. Añadir cal ahí sube el pH que ya estaba alto y aumenta la caliza activa, que es la fracción fina del carbonato realmente reactiva y el parámetro que se correlaciona con la clorosis.
El mecanismo de esa clorosis conviene conocerlo. A pH por encima de 7,5 el hierro férrico es prácticamente insoluble, de modo que hay hierro en el suelo pero la planta no lo capta. Además, el bicarbonato que se genera en un suelo calizo húmedo interfiere con el transporte y el uso del hierro dentro de la planta. El resultado es la hoja joven amarilla con los nervios verdes que se ve en cítricos, hortensias, azaleas, rosales, melocotoneros y vides de media España. Encalar un suelo así agrava exactamente ese cuadro. Y de paso bloquea manganeso, cinc, boro y buena parte del fósforo, que precipita como fosfatos cálcicos.
Antes de plantar acidófilas. Camelia, azalea, rododendro, hortensia azul, arándano, brezo, gardenia y Pieris quieren pH entre 4,5 y 5,5. La cal es lo contrario de lo que necesitan.
Sin un análisis previo. Un kit de pH cuesta unos pocos euros y la prueba del vinagre sobre tierra seca es gratis: si efervece con fuerza, hay caliza libre y no hay nada que encalar. Encalar «por si acaso» es la forma más común de estropear un suelo bueno, y el proceso es difícil de revertir: bajar el pH de un suelo con caliza libre es prácticamente imposible de forma duradera.
Junto con estiércol, purín o abonos amoniacales y ureicos. El pH alto desplaza el equilibrio del amonio hacia amoníaco gaseoso, que se volatiliza. Se pierde nitrógeno en cantidad apreciable y se llena el ambiente de olor. Entre el encalado y el aporte de estiércol o de urea deben pasar al menos cuatro o seis semanas.
En el montón de compost. Misma razón: la cal en un compost con restos frescos y ricos en nitrógeno provoca pérdida de amoníaco. Un compost que huele a amoníaco está perdiendo su nitrógeno. Si el montón se ha acidificado, lo que hace falta es voltearlo y airearlo, no encalarlo.
Como herbicida o como insecticida. La cal no es ninguna de las dos cosas. Una dosis suficiente para quemar hierba también inutiliza el suelo, y ningún producto de cal está autorizado ni tiene eficacia demostrada como insecticida. Lo más cercano es su papel en el caldo bordelés, donde la cal apagada no actúa contra el hongo: neutraliza la acidez del sulfato de cobre para que la mezcla no queme el follaje. El fungicida es el cobre.
Dosis, época y forma de aplicar
La dosis correcta no depende solo del pH de partida sino del poder tampón del suelo, es decir, de su resistencia a cambiar de pH, que crece con el contenido de arcilla y de materia orgánica. Un análisis de laboratorio puede dar directamente la «necesidad de cal»; en su defecto, sirven estos órdenes de magnitud para subir media unidad de pH en los primeros 20 cm, usando caliza agrícola fina:
Suelo arenoso: 100 a 150 g/m². Suelo franco: 200 a 300 g/m². Suelo arcilloso o con mucha materia orgánica: 400 a 500 g/m². Para subir una unidad completa, se dobla.
Con dolomía, cantidades equivalentes. Con cal apagada se multiplica por 0,75 aproximadamente, y con cal viva por 0,55, dado su mayor poder neutralizante.
Nunca de una sola vez si la cantidad es grande. El límite práctico de una aplicación está en torno a 500 g/m² (5 t/ha); si el cálculo pide más, se reparte en dos años. Una subida brusca de pH provoca bloqueos temporales de manganeso, hierro, boro y cinc, y las plantas lo acusan aunque el destino final sea correcto.
Cuándo. En otoño o a principios de invierno, con dos o tres meses de margen antes de sembrar o plantar, porque la reacción no es inmediata: la caliza fina tarda de tres a seis meses en desplegar la mayor parte de su efecto, y la gruesa años. No se aplica sobre suelo helado, encharcado ni con viento fuerte, que dispersa el polvo.
Cómo. Repartido de forma homogénea, en día sin viento, con guantes y mascarilla antipolvo incluso con la caliza inocua —el polvo fino irrita las vías respiratorias—, e incorporado con laya o motoazada a los 15-20 cm, que es donde está la raíz. La cal no se mueve casi nada en el perfil por sí sola, así que la incorporación es la que determina el resultado. En césped ya establecido o en arriates plantados no se puede incorporar: se aplica en superficie a dosis menores y se riega, aceptando que el efecto será más lento y superficial.
Cada cuánto. Se comprueba el pH cada dos o tres años. Los suelos ácidos de zonas lluviosas vuelven a acidificarse, tanto por el lavado del calcio con el agua de lluvia como por el uso continuado de fertilizantes amoniacales, que acidifican.
El encalado de troncos: para qué sirve de verdad
Los troncos blancos de los frutales del campo español tienen una explicación física, y no es la que se repite.
La corteza de un árbol es un mal conductor, pero absorbe radiación. En un día despejado de enero o febrero, la cara sur y suroeste de un tronco expuesto al sol puede alcanzar temperaturas de 15 a 20 °C por encima de la del aire. Los tejidos vivos que hay bajo la corteza —el cámbium y el floema— salen del reposo con ese calor, se rehidratan y pierden su resistencia al frío. Cuando el sol se pone y la temperatura cae varios grados bajo cero en pocas horas, esos tejidos se congelan. El resultado es una grieta longitudinal en la cara soleada del tronco, o una placa de corteza que se desprende meses después dejando la madera al aire. Se llama daño por sol de invierno o sunscald, y esa herida es la puerta de entrada de barrenadores y de hongos de madera como Chondrostereum o Phytophthora.
La capa blanca refleja la radiación y reduce esa oscilación térmica de la corteza. Eso es todo lo que hace, y es bastante. En verano cumple una función paralela en árboles recién podados o recién trasplantados, cuyo tronco ha quedado de pronto expuesto al sol tras años a la sombra de su propia copa: evita el golpe de sol estival, que en cítricos y en frutales de hueso joven es una causa frecuente de muerte de corteza en la cara oeste.
Lo que el encalado no hace es matar plagas. No es un insecticida ni un tratamiento de invierno equivalente al aceite mineral. Puede tapar alguna grieta donde inverna algún insecto y tiene un efecto antifúngico leve por su alcalinidad, pero nadie debería contar con ello para controlar nada.
Quién lo necesita: árboles jóvenes de corteza fina y lisa —frutales de pepita y de hueso de los primeros años, cítricos, arces, chopos—, recién plantados, recién podados en fuerte o situados en zonas de inviernos soleados con noches muy frías, es decir, el interior peninsular. Un árbol adulto de corteza gruesa y resquebrajada no lo necesita.
Cómo se hace: con lechada de cal apagada preparada comercialmente, o con pintura específica para troncos de base acuosa, aplicada a brocha desde el cuello hasta las primeras ramas, a finales de otoño, sobre corteza seca y limpia. Se repite cada año o cada dos, porque la lluvia la va lavando. Conviene descartar dos ideas: pintar con esmaltes o pinturas plásticas, que sellan la corteza e impiden el intercambio de gases, y apagar uno mismo cal viva para preparar la lechada, operación innecesaria y peligrosa que se evita comprando el producto ya hidratado. Una alternativa moderna y algo más cara es la pintura de caolín o los blanqueantes hortícolas específicos.
Precauciones con la cal viva y la cal apagada
Estos dos productos merecen respeto y son la razón principal para que un jardinero particular se quede en la caliza molida.
La cal viva reacciona con el agua de manera fuertemente exotérmica: la mezcla puede alcanzar temperaturas próximas a la ebullición, salpicar y proyectar material caliente. Basta la humedad de la piel, de los ojos o de las mucosas para que la reacción empiece ahí, y una quemadura química de córnea por cal es una urgencia oftalmológica grave. Nunca se mezcla con agua en un recipiente cerrado, ni en un espacio sin ventilación. Se almacena en seco, bien cerrada y fuera del alcance de niños y animales, porque en contacto con humedad ambiental se degrada y calienta.
La cal apagada no genera ese calor, pero su alcalinidad es igualmente agresiva: irrita y quema piel y ojos, y su polvo fino daña las vías respiratorias. El equipo mínimo para manejar cualquiera de las dos es guantes impermeables, gafas de protección cerradas, mascarilla antipolvo, manga larga y calzado cerrado.
En caso de contacto, lavar con abundante agua durante bastante tiempo —quince minutos como referencia habitual en ojos— y acudir a un servicio médico; con los ojos, siempre y sin esperar a ver si mejora. Ante cualquier duda sobre un producto concreto, la ficha de datos de seguridad del fabricante y la consulta al farmacéutico o al médico son el camino, no las recetas de internet.
En resumen
La cal son cuatro productos distintos: caliza molida y dolomía, que son carbonatos, inocuos al tacto y los adecuados para el jardín —la dolomía además aporta magnesio—, y cal viva y cal apagada, que son un óxido y un hidróxido, cáusticos, más potentes y más rápidos, con manejo que exige guantes, gafas y mascarilla. En la etiqueta importa tanto la finura del molido como la riqueza: por encima de 2 mm el producto es prácticamente inerte. La cal sirve para subir el pH de un suelo ácido, neutralizar el aluminio tóxico que frena la raíz por debajo de pH 5,5, aportar calcio y flocular un arcilloso ácido; y no sirve para nada en el suelo calizo de pH 7,5 a 8,5 que domina en media España, donde solo agrava el bloqueo del hierro y la clorosis. Como referencia para subir media unidad de pH en 20 cm de profundidad: 100-150 g/m² en arenoso, 200-300 en franco y 400-500 en arcilloso, sin superar los 500 g/m² por aplicación, en otoño, incorporada y con dos o tres meses de margen antes de plantar, y nunca a la vez que estiércol o urea. El encalado de troncos protege de la insolación invernal y del choque térmico de la corteza, no de las plagas, y tiene sentido en árbol joven de corteza fina en zonas de inviernos soleados. Y antes de comprar nada, mide el pH: si el vinagre burbujea sobre tu tierra, guarda el dinero.