Un suelo desnudo es una anomalía. En cualquier ecosistema terrestre la tierra aparece cubierta por hojarasca, restos vegetales o plantas vivas, y el horizonte superficial —el que concentra la materia orgánica, la vida microbiana y las raíces finas— se forma justamente debajo de esa cubierta. Acolchar es reproducir eso a mano. Es una operación barata, se hace una vez al año y modifica a la vez el agua, la temperatura, las hierbas y la estructura del suelo.

Acolchado orgánico en un arriate de jardín

Qué hace un acolchado, con números

Corta la evaporación. El agua que pierde un suelo desnudo se va por dos caminos: la que transpira la planta, que es trabajo útil, y la que se evapora directamente de la superficie, que es pérdida pura. En verano mediterráneo esa evaporación directa puede llevarse la mitad del agua aplicada en las primeras horas tras el riego. Una capa de 5 a 8 cm de material orgánico reduce esa pérdida entre un 50 y un 70 %, porque interrumpe la ascensión capilar y mantiene sobre el suelo una lámina de aire húmedo y quieto. Traducido a manejo: riegos más espaciados y humedad más constante entre uno y otro, que es lo que de verdad agradecen las raíces.

Amortigua la temperatura. Un suelo descubierto y expuesto al sol de julio en el interior peninsular alcanza con facilidad 45-50 °C en superficie y 35 °C a 5 cm de profundidad. A esas temperaturas la raíz fina deja de absorber, la actividad microbiana se frena y las lombrices bajan. Bajo 7-8 cm de acolchado orgánico, la temperatura a 5 cm de profundidad se queda entre 5 y 10 °C por debajo, y la oscilación entre el día y la noche se reduce a la mitad. En invierno el efecto es simétrico: retrasa y suaviza la congelación de la capa superficial, que es donde están las raíces de las vivaces y de los bulbos. La contrapartida es real y hay que tenerla en cuenta: en primavera el suelo acolchado se calienta más despacio, así que en el huerto de siembra temprana conviene retirar el acolchado unas semanas antes de sembrar y volver a ponerlo cuando el cultivo esté establecido.

Controla las hierbas por falta de luz. Las semillas de la mayor parte de las hierbas anuales son pequeñas y fotoblásticas positivas: necesitan un destello de luz para germinar, y por eso brotan cuando se remueve el suelo y salen a la superficie. Un acolchado opaco de 5 cm impide esa germinación y reduce la emergencia entre un 70 y un 90 %, y las pocas que aparecen —normalmente de semilla llegada por el viento y enraizada en el propio acolchado— se arrancan con dos dedos. Lo que un acolchado orgánico no hace es acabar con perennes ya instaladas de rizoma o raíz gemífera, como la grama (Cynodon dactylon), la juncia (Cyperus rotundus) o la correhuela (Convolvulus arvensis): esas atraviesan la capa y hay que eliminarlas antes. Para el caso de las láminas sintéticas, sus usos y sus problemas, está el artículo sobre la malla antihierbas.

Protege de la gota y evita la costra. Una gota de lluvia llega al suelo a unos 8-9 m/s y su impacto rompe los agregados de la superficie; las partículas finas liberadas sellan los poros y forman una costra que, al secarse, es dura, impermeable y difícil de atravesar para una plántula. El resultado es escorrentía en lugar de infiltración, y erosión donde hay pendiente. El acolchado disipa esa energía antes de que llegue al suelo. Es la función menos visible y una de las más valiosas, sobre todo en suelos limosos y en riego por aspersión.

Aporta materia orgánica al descomponerse. Un acolchado orgánico se consume, y ese consumo no es un defecto sino el mecanismo. Al degradarse desde abajo alimenta la fauna del suelo —lombrices, colémbolos, hongos— que incorpora ese carbono a los primeros centímetros, mejora la estructura, aumenta la capacidad de retención de agua y la de intercambio catiónico. Un arriate acolchado año tras año acaba con un horizonte superficial oscuro, esponjoso y lleno de raíces finas que no se consigue de otra manera sin cavar.

Materiales orgánicos comparados

Dos datos definen a cada material: cuánto dura antes de tener que reponerlo y cuál es su relación carbono-nitrógeno (C/N). La C/N importa porque marca el comportamiento durante la descomposición: por encima de 30:1 los microorganismos necesitan más nitrógeno del que el material aporta y lo toman del entorno; por debajo de 20:1 lo liberan.

  • Paja de cereal. C/N de 80:1 a 100:1. Dura una temporada. Es el acolchado clásico del huerto de verano: ligera, barata, refleja luz y mantiene el suelo fresco bajo tomateras, calabacines y fresas. Vuela con viento fuerte si no se moja al extender, y puede traer semillas de cereal, que se arrancan fácil.
  • Restos de siega del césped. C/N de 15:1 a 25:1. Duran semanas. Aportan nitrógeno en lugar de robarlo, lo que los hace un buen acolchado de huerto. La regla es capa fina de 2 cm y bien seca: en capa gruesa y verde fermentan en anaerobiosis, se apelmazan en una lámina impermeable maloliente y calientan. Nunca de un césped tratado con herbicida.
  • Hojas secas y hojarasca. C/N de 40:1 a 80:1. Duran de seis meses a un año. Gratis en otoño. Las hojas grandes y planas —plátano, catalpa, morera— se apelmazan y forman láminas que repelen el agua; pasarlas con el cortacésped antes de extenderlas resuelve el problema. Las de roble y castaño duran más por su contenido en taninos.
  • Compost maduro. C/N de 12:1 a 20:1. Como acolchado dura poco, medio año o menos, porque se integra rápido, pero es el único que nutre de verdad. Capa de 3 a 5 cm. Se usa como acolchado nutritivo en vivaces y frutales, a menudo cubierto con otro material más duradero encima.
  • Corteza de pino. C/N de 100:1 a 300:1 en fresco, 30:1 a 50:1 compostada. Dura de dos a cuatro años según calibre. El acolchado ornamental de referencia; sus calibres, su comportamiento y sus límites están detallados en el artículo sobre usos y beneficios de la corteza de pino.
  • Astilla y virutas de poda trituradas. C/N de 100:1 a 500:1, más alta cuanto más leño y menos hoja lleve. Duran de dos a tres años. Su gran ventaja es que las piezas son fibrosas e irregulares y se traban entre sí, así que aguantan la pendiente y el viento mucho mejor que la corteza. Si la trituración incluye ramillas verdes y hojas —lo que se conoce como triturado de madera fresca de ramas— la C/N baja bastante y el material es mucho mejor.
  • Cáscara de cacao. C/N en torno a 20:1-30:1. Dura de uno a dos años. Color oscuro atractivo, olor a chocolate las primeras semanas y aporte apreciable de potasio y magnesio. Contiene teobromina y cafeína, tóxicas para perros, que además se sienten atraídos por el olor; en un jardín con perro no es un material adecuado. Con humedad alta le sale un moho blanco superficial inofensivo.
  • Cáscara de almendra triturada. C/N muy alta, en torno a 100:1 o más. Dura de dos a tres años. Subproducto abundante y barato en Levante, Andalucía y Aragón. Es dura, no se apelmaza, deja pasar el agua y su color pardo claro encaja bien en jardín mediterráneo. Igual que la cáscara de piñón o de arroz, funciona bien y se degrada lentísimo.
  • Acícula de pino o pinocha. C/N de 60:1 a 110:1. Dura de uno a dos años. Ligera, se entrelaza bien y no se va con el agua tanto como parece. Buena para acidófilas, aunque su capacidad de acidificar el suelo desde la superficie es mínima.

Los acolchados inorgánicos

Acolchado en un bancal de huerto

Grava, gravilla, canto rodado, picón volcánico, marmolina o pizarra triturada hacen la parte física del trabajo —tapan la luz, cortan la evaporación, protegen de la gota— y no hacen la biológica: no aportan nada de materia orgánica y no alimentan al suelo. A cambio, no hay que reponerlos nunca.

Su terreno natural son las plantas de secano y de clima seco: labiadas, aromáticas, crasas, rocallas, jardines de grava. Ahí tienen una virtud que los orgánicos no tienen, y es que mantienen seco el cuello de la planta, lo que evita las podredumbres que se llevan por delante lavandas, salvias y santolinas plantadas sobre acolchado húmedo. La capa se puede pisar y no la mueve el viento.

Los inconvenientes también son claros. Acumulan y devuelven calor, lo que en un patio cerrado del sur puede convertir un arriate en un horno; conviene el color claro donde el calor sobre y el oscuro donde interese calentar. Pesan mucho, y una vez puestos son casi imposibles de retirar: la hojarasca y el polvo se acumulan entre las piedras y acaban formando un lecho donde germinan hierbas que hay que arrancar entre grava. El picón volcánico canario merece mención aparte: el enarenado tradicional con lapilli es una técnica agrícola de siglos que condensa el rocío nocturno y permite cultivar con lluvias mínimas.

Calibres de 10 a 20 mm y espesor de 4 a 6 cm son la referencia. Con calibre demasiado fino se apelmaza; con demasiado grueso, la luz llega al suelo.

El espesor que hace falta

Es el parámetro que más se descuida, y un acolchado por debajo de su espesor mínimo no hace nada salvo dar la impresión de estar puesto.

  • Restos de siega y hojas trituradas: 2-3 cm. Más es contraproducente porque se apelmazan.
  • Compost: 3-5 cm.
  • Paja: 10-15 cm al extenderla, porque asienta hasta la mitad en pocas semanas.
  • Corteza, astilla, cáscaras: 5-8 cm. Con calibre grueso, hasta 10 cm.
  • Grava y volcánica: 4-6 cm.

Por encima de 10 cm de material orgánico fino, el problema se invierte: la capa absorbe las lluvias débiles y el agua no llega al suelo, además de que las capas profundas quedan sin oxígeno y fermentan. En árboles y arbustos, el círculo acolchado debe cubrir al menos la proyección de la copa, o un metro de diámetro en plantaciones jóvenes, porque el objetivo es proteger las raíces absorbentes y esas están fuera, no junto al tronco.

Tres errores que lo estropean

Acolchar sobre suelo seco. Un acolchado no humedece el suelo, lo conserva. Extendido sobre tierra seca, sella la sequedad: las lluvias finas y los riegos cortos se quedan en la capa superior, se evaporan de ahí y el suelo de debajo no se moja en meses. La secuencia correcta es regar a fondo o esperar a un episodio de lluvia que haya calado, comprobar con la mano o con un destornillador que la humedad llega a 15-20 cm, y acolchar después. Por el mismo motivo, en un jardín ya acolchado conviene regar por goteo bajo la capa, no por encima.

Apilarlo contra el tronco o el cuello. El cono de acolchado amontonado alrededor del tronco es una imagen frecuente en jardinería urbana y hace daño de varias formas. La corteza permanece mojada y sin ventilación, lo que favorece chancros y podredumbres del cuello, incluidas especies de Phytophthora; el árbol emite raíces adventicias hacia el material, que después estrangulan el tronco al engrosar; y bajo el montón se instalan roedores que roen la corteza en invierno, anillando el árbol. En arbustos y vivaces el efecto es aún más rápido: el cuello se pudre y la planta se pierde en una temporada. La regla es dejar 10-15 cm libres alrededor del tronco en árboles y 5 cm en arbustos y herbáceas, con el acolchado en forma de rosquilla y no de volcán.

Usar material fresco muy rico en carbono. Serrín fresco, virutas de madera recién cortada, astilla de tronco sin hoja: con relaciones C/N de 400:1 o más, los microorganismos que los descomponen toman el nitrógeno del suelo y lo dejan sin él. La planta amarillea desde las hojas viejas y crece poco, aunque se abone. Hay tres matices que salvan la situación. Primero, en superficie el efecto se limita a la interfase entre el acolchado y el suelo, unos pocos milímetros, y apenas afecta a raíces que están más abajo: el problema grave surge al incorporar ese material al suelo con la azada, que es lo que no hay que hacer. Segundo, se compensa aportando una fuente de nitrógeno al suelo antes de extender el material. Y tercero, el mismo material compostado seis meses deja de dar problemas. La señal de alarma es clara: si las plantas amarillean tras acolchar, el acolchado es demasiado carbonado y demasiado fresco.

Cuándo se pone y cómo se mantiene

Hay dos momentos buenos al año. En otoño, tras las primeras lluvias, para proteger del frío y aprovechar el invierno como periodo de descomposición; es el mejor momento para plantaciones leñosas. Y a final de primavera, cuando el suelo ya se ha calentado y antes de que empiece el calor fuerte, que es lo que interesa en el huerto y en los arriates de verano.

El mantenimiento se reduce a poco. Antes de acolchar, eliminar las perennes de rizoma, que es lo único que no perdona. Reponer cada año o cada dos, según el material, para mantener el espesor, sin quitar lo anterior salvo que esté apelmazado. Airear con rastrillo una capa de corteza o astilla que haya formado costra. Y compensar con algo de nitrógeno —un abonado de primavera algo más generoso, o compost bajo la capa— cuando el material sea muy carbonado. Nada de esto es trabajo de verdad comparado con escardar un arriate desnudo cada tres semanas de mayo a septiembre.

En resumen

El acolchado reduce la evaporación del suelo entre un 50 y un 70 %, mantiene la temperatura a 5 cm de profundidad entre 5 y 10 °C por debajo de la de un suelo desnudo en verano y amortigua la helada en invierno, corta entre un 70 y un 90 % de la emergencia de hierbas anuales al negarles la luz, disipa el impacto de la gota y evita la costra y la escorrentía, y al descomponerse construye un horizonte superficial rico y esponjoso. Los materiales orgánicos se eligen por duración y relación C/N: restos de siega y compost, C/N baja y duración corta, aportan nitrógeno; paja y hojas duran una temporada; corteza, astilla y cáscaras de almendra o cacao duran de dos a cuatro años pero tienen C/N muy alta. Los inorgánicos —grava, picón volcánico— son eternos, mantienen seco el cuello y convienen a las plantas mediterráneas, pero no aportan nada al suelo y no hay quien los quite después. El espesor manda: 2-3 cm para siega y hojas, 5-8 cm para corteza y astilla, 10-15 cm para paja recién extendida, 4-6 cm para grava. Y tres cosas lo estropean todo: acolchar sobre suelo seco, que sella la sequedad; amontonarlo contra el tronco, que pudre el cuello y atrae roedores, cuando lo correcto es dejar 10-15 cm libres; y extender material fresco de C/N altísima, como serrín o astilla de tronco, que inmoviliza el nitrógeno y amarillea las plantas, sobre todo si se incorpora al suelo en lugar de dejarlo encima.


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