Una lámina opaca extendida sobre el suelo impide que germinen las semillas que están debajo. Eso es todo lo que hace, y en el sitio adecuado es exactamente lo que hace falta. El problema empieza cuando se instala esperando que resuelva un arriate durante quince años, porque a los tres o cuatro la hierba ya no crece debajo de la malla: crece encima.

Malla antihierbas extendida sobre el suelo

Qué hace y qué no puede hacer

La malla trabaja por dos vías: corta la luz que necesitan para germinar las semillas fotoblásticas del banco de semillas del suelo, y opone una barrera física a los brotes que salgan igualmente. Contra las anuales de semilla —cerraja, verdolaga, pamplina, ballico, amapola— funciona bien mientras esté íntegra y tapada.

Contra las perennes de rizoma o estolón funciona bastante peor. La grama (Cynodon dactylon), la juncia (Cyperus rotundus, cuyos brotes son puntiagudos y perforan geotextiles ligeros), la corregüela (Convolvulus arvensis) y la cola de caballo (Equisetum arvense) recorren el subsuelo por debajo de la lámina hasta encontrar la cruz de plantación, un solape mal grapado o el borde, y emergen allí. Una vez que lo hacen, el rizoma queda cosido a la malla y arrancarlo significa levantar la malla.

Y no hace nada contra lo que llega desde arriba, que a medio plazo es la vía principal.

Tejida y no tejida no sirven para lo mismo

Tejida. Cintas planas de polipropileno cruzadas en telar, con aspecto de rafia. Gramajes habituales de 90 a 130 g/m². Es la más resistente a la tracción y al punzonamiento, y el agua pasa por los huecos del tejido. Sus inconvenientes: se deshilacha al cortarla, de modo que el corte hay que sellarlo con calor o rematarlo con la propia grapa, y los huecos regulares del tejido son puntos por donde la juncia y las gramíneas rizomatosas encuentran salida. Es la opción para líneas de frutales, suelos de vivero, caminos y superficies con paso.

No tejida (geotextil). Fibras de polipropileno o poliéster unidas por termosoldadura o por agujeteado, con textura de fieltro. De 50 a 150 g/m². Es más uniforme, no se deshilacha, deja pasar el agua por toda su superficie y se adapta mejor a terrenos irregulares, pero resiste peor el desgarro. Un geotextil de 50 g/m² bajo grava dura un par de temporadas antes de romperse en jirones; para ese uso hay que ir a 100-140 g/m².

Elección por gramaje, en corto: por debajo de 70 g/m², uso temporal de una campaña. De 90 a 130 g/m², bajo grava, en caminos y en líneas de cultivo. Por encima de 150 g/m², más caro sin ganancia real en jardín.

Biodegradables. Existen mallas de yute (400-600 g/m²), sisal, cáñamo y papel kraft armado. Duran de una a tres temporadas y luego se incorporan al suelo. Son la opción honesta en plantaciones jóvenes: cubren el periodo crítico de implantación y desaparecen sin dejar plástico.

Dónde funciona bien

El denominador común de los sitios donde la malla es una buena idea es que encima de ella no se acumula materia orgánica y la cubierta que la protege es inerte y se queda quieta.

Bajo grava ornamental. El uso donde más rinde, siempre que la grava tenga 5-8 cm de espesor y haya un remate perimetral —bordillo, traviesa, acero cortén— que impida que la grava emigre y deje asomar la tela. La malla cumple aquí una segunda función que se olvida: separa la grava del suelo y evita que se hunda y se ensucie con el barro, que es lo que arruina el aspecto de un jardín de grava en tres inviernos.

Caminos y sendas. Bajo zahorra compactada, albero o corteza, con la malla actuando como capa de separación y reparto de cargas.

Líneas de frutales y viñedo. Una banda de 1 a 1,5 m centrada en la línea, con la calle entre líneas en cubierta vegetal segada. Se elimina la competencia justo donde importa y se conserva la vida del suelo en el resto de la parcela.

Bajo tarima de madera o composite, bajo césped artificial y en suelos de vivero, donde el terreno queda sellado y no hay ninguna intención de plantar nada.

Alrededor de un árbol o arbusto recién plantado, en un cuadro de 1 × 1 m durante los tres o cuatro primeros años, mientras se implanta. Aquí lo lógico es la malla biodegradable.

Dónde acaba dando problemas

En arriates con plantación densa, que es precisamente donde más se pone. La secuencia es siempre la misma. Cada otoño caen hojas, polvo, pétalos y restos de siega; el acolchado que la cubre se descompone; en dos o tres años se ha formado sobre la malla una capa de dos a cinco centímetros de material fino, aireado, bien drenado y libre de competencia. Es un semillero de calidad. La hierba que germina ahí enraíza a través del tejido y queda anclada: tirar de ella arranca la tela o deja la raíz dentro. Y no se puede pasar la azada, porque la azada corta la malla. El resultado es un mantenimiento peor que el del suelo desnudo, y sin la posibilidad de escardar.

Con plantas que se expanden. Las vivaces que hay que dividir cada tres o cuatro años, las tapizantes que se estolonan, los bulbos que se multiplican y todo lo que se resiembra solo quedan bloqueados. Un arriate con malla es un arriate congelado en el diseño del día que se instaló.

Degradación por ultravioleta. El polipropileno se degrada con la radiación solar. Las mallas de jardín llevan estabilizante UV, pero la protección es limitada: expuesta directamente al sol, una malla de gama media pierde buena parte de su resistencia a la tracción en dos o tres temporadas y empieza a romperse al mínimo tirón. Cubierta con grava o acolchado dura mucho más. Todo borde asomado es el punto por donde empieza el deterioro.

Fragmentación. Cuando por fin se retira una malla vieja, no sale entera: sale a tiras, y una parte se queda en el suelo en forma de fibras y jirones que ya no hay manera de recoger. Ese plástico permanece indefinidamente en el terreno.

En pendiente con grava. La grava resbala sobre el plástico liso con más facilidad que sobre el suelo, y en cuestión de meses se acumula al pie de la pendiente dejando la tela al descubierto arriba.

Qué pasa con el suelo de debajo

Un suelo vivo funciona porque recibe aportes de materia orgánica en superficie —hojarasca, restos de raíces, exudados— que la fauna del suelo incorpora hacia abajo. Las lombrices son la pieza central de ese transporte: suben a comer restos vegetales a la superficie y bajan a digerirlos, y de paso abren galerías que airean y drenan.

Bajo una malla cubierta de grava, ese aporte se interrumpe. No hay hojarasca que llegue al suelo, así que la actividad de lombrices y la materia orgánica del horizonte superficial descienden con el tiempo, y el suelo tiende a compactarse y a perder estructura. El intercambio de gases se reduce, más aún si el geotextil se colmata de finos, cosa que ocurre siempre. Y una grava oscura sobre plástico negro dispara las temperaturas del suelo superficial en verano, que en una solana del interior peninsular pueden pasar holgadamente de 50 °C en los primeros centímetros.

Nada de esto importa demasiado en un camino o en un aparcamiento. Importa mucho en un arriate donde se espera que un arbusto viva veinte años.

Alternativas que funcionan de verdad

Acolchado orgánico grueso. Es la alternativa directa y la que mejor resultado da en arriates. Corteza de pino de 15-25 mm, astilla de poda, restos triturados o paja, en capa de 7 a 10 cm: por debajo de 5 cm no bloquea la luz lo suficiente y la hierba atraviesa. Se renueva cada uno o dos años según el material. Aporta materia orgánica, modera la temperatura, reduce la evaporación y deja escardar con la mano lo poco que salga, porque las plántulas nacen en material suelto. Un apunte que genera dudas: un acolchado depositado en superficie no roba nitrógeno a las plantas, porque la inmovilización microbiana ocurre solo en la delgada interfase de contacto; el problema del nitrógeno aparece cuando la viruta se mezcla dentro del suelo.

Cartón. Para desbrozar una superficie invadida y convertirla en arriate. Cartón ondulado sin tintas plastificadas, sin cintas ni grapas, solapado 10-15 cm, bien regado y cubierto con 5-8 cm de acolchado o compost. Ahoga la vegetación existente en unos meses y él mismo se descompone en tres a seis. Es el sistema del acolchado en láminas, y se puede plantar a través de él en cuanto se ablanda.

Cubiertas vivas y tapizantes. El suelo no permanece desnudo por naturaleza: si no se ocupa, se ocupa solo. Plantar una tapizante densa es una barrera que se repara sola. En solana seca funcionan Phyla nodiflora, Rosmarinus officinalis 'Prostratus', Thymus serpyllum, Cerastium tomentosum, Delosperma cooperi y Vinca major en zonas más frescas; en umbría, Vinca minor, Ajuga reptans, Hedera helix de porte bajo y Waldsteinia ternata. En calles de frutales, una cubierta segada de Trifolium subterraneum o de gramíneas espontáneas hace el mismo trabajo y sostiene la fauna auxiliar.

Escarda a tiempo. Poco glamurosa y muy eficaz. Una pasada de azada de estribo con el suelo algo seco, cuando las plántulas están en cotiledones, elimina una generación entera en minutos y sin apenas remover la tierra. Remover profundamente hace lo contrario: saca a la luz semillas enterradas y siembra la siguiente tanda.

Solarización, para una parcela con infestación seria de perennes antes de plantar. Plástico transparente —no negro— bien sellado en los bordes sobre suelo húmedo, durante cuatro a seis semanas en julio y agosto. En el sur y el centro peninsulares la temperatura acumulada bajo la lámina reduce drásticamente el banco de semillas y los propágulos superficiales.

Si aun así la vas a instalar

Cuatro cosas cambian el resultado a los cinco años:

Eliminar antes las perennes de rizoma. Poner malla sobre una grama establecida solo aplaza el problema y lo hace más difícil de resolver.

Solapar 10-15 cm las tiras contiguas y grapar también a lo largo del solape, no solo en el perímetro. Grapas en U de 15-20 cm cada 80-100 cm, y más juntas en los bordes.

Cortar en cruz, nunca en círculo, para plantar: las cuatro solapas se pueden volver a cerrar alrededor del cuello y no queda un agujero abierto. Dejar unos centímetros de aire alrededor del tronco, sin apretar.

Taparla al 100 %. Una malla vista es una malla que se degrada, se ensucia y afea. Y si el material que la cubre es orgánico, asumir desde el principio que en tres o cuatro años habrá que retirar la capa superficial acumulada o el sistema se vuelve en contra.

En resumen

La malla antihierbas bloquea la germinación de lo que hay debajo, no de lo que llega desde arriba. Contra grama, juncia, corregüela y cola de caballo su eficacia es limitada, porque salen por cruces, solapes y bordes.

Tejida (90-130 g/m²) para caminos, líneas de frutales y bajo grava: resistente pero se deshilacha al cortar. No tejida o geotextil, de 100 g/m² para arriba: más uniforme y permeable, menos resistente al desgarro. Los gramajes por debajo de 70 g/m² solo valen para una campaña, y las biodegradables de yute o papel son la opción sensata en plantaciones jóvenes.

Funciona bajo grava con bordillo de contención, en caminos, en líneas de cultivo, bajo tarima y en el cuadro de un árbol recién plantado. Da problemas en arriates con plantación densa, donde la materia orgánica acumulada encima acaba formando el semillero perfecto sobre un sustrato que no se puede escardar.

El polipropileno pierde resistencia con el sol, así que toda malla ha de ir cubierta; al retirarla, se fragmenta y deja plástico en el suelo. Debajo, la interrupción del aporte de hojarasca reduce con los años la actividad de las lombrices y la materia orgánica superficial.

Las alternativas reales son un acolchado orgánico de 7-10 cm renovado, cartón cubierto de acolchado para desbrozar, cubiertas vivas y tapizantes densas, y escarda temprana con azada de estribo. Para infestaciones fuertes de perennes, solarización en pleno verano antes de plantar.


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