En el almacén agrícola, el saco de cal apagada está al lado del de caliza molida y cuesta parecido, pero dentro hay dos productos que no tienen nada que ver: uno se puede coger con la mano y el otro quema. La cal apagada, hidróxido de calcio o Ca(OH)₂, es un material cáustico con usos concretos y ventajas reales, siempre que se sepa qué se está manejando. Este artículo va solo de ella. Para el panorama general de los distintos productos que se llaman cal, sus dosis y cuándo encalar, está el artículo sobre la utilidad de la cal para las plantas.

Cal apagada en polvo, hidróxido de calcio

Qué es la cal apagada y de dónde sale

La cadena empieza en la roca caliza, carbonato cálcico (CaCO₃). Al calcinarla en horno por encima de los 900 °C se desprende dióxido de carbono y queda óxido de calcio (CaO), la cal viva. Si a esa cal viva se le añade agua en condiciones controladas, en fábrica, se obtiene hidróxido de calcio (Ca(OH)₂): la cal apagada, también llamada cal hidratada, cal muerta o cal aérea hidratada.

La reacción de apagado libera muchísimo calor, y ahí está la clave de por qué conviene comprarla ya apagada en lugar de apagarla uno mismo: el trabajo peligroso ya está hecho y controlado. El resultado es un polvo blanco muy fino, ligero, de tacto jabonoso, que se vende en sacos de papel de 20 o 25 kg. En construcción se comercializa también como pasta de cal, hidratada y madurada en balsa.

Comercialmente aparece con dos denominaciones que conviene distinguir en la etiqueta: cal aérea cálcica (CL), la de calcio prácticamente puro, y cal dolomítica hidratada (DL), procedente de caliza con magnesio, que aporta además MgO. Para uso agrícola la referencia es su valor neutralizante, expresado como equivalente en carbonato cálcico: la cal apagada está entre el 120 y el 135 %, frente al 85-100 % de la caliza molida. Es decir, 100 kg de cal apagada corrigen tanta acidez como unos 125 kg de caliza.

Por qué reacciona mucho más rápido que la caliza

La diferencia no es solo de concentración, es de química. El carbonato cálcico es prácticamente insoluble en agua pura: alrededor de 0,013 g/L. Necesita el ácido carbónico del suelo para disolverse, y por eso una caliza molida corriente tarda de seis meses a dos años en desplegar todo su efecto sobre el pH, según lo fina que sea y lo húmedo que esté el terreno.

El hidróxido de calcio es unas cien veces más soluble, en torno a 1,7 g/L a 20 °C, y ya es una base fuerte por sí misma: no necesita que nadie lo ataque. Se disuelve, libera iones hidroxilo directamente y neutraliza la acidez en cuanto encuentra humedad. Una disolución saturada alcanza pH 12,4. Ese valor explica a la vez su eficacia y su peligro: es el mismo dato el que corrige un suelo en semanas y el que daña una córnea en segundos.

La rapidez interesa en pocos casos, pero son casos reales: cuando hay que corregir un pH muy bajo antes de una siembra inmediata y no queda margen para esperar a que actúe la caliza, cuando el volumen de suelo a tratar es pequeño y el ahorro de kilos compensa, o cuando lo que se busca no es enmendar sino subir el pH de golpe para desinfectar. Fuera de ahí, para el encalado de mantenimiento de un huerto o un jardín, la caliza molida sigue siendo la elección sensata: es más barata, más segura, más difícil de sobredosificar y su efecto dura más tiempo.

Encalado rápido de un suelo muy ácido

Es el uso agronómico principal. En los suelos ácidos de Galicia, la cornisa cantábrica o las zonas graníticas del oeste peninsular, con pH por debajo de 5,5, la cal apagada permite subir el pH en cuestión de semanas en lugar de meses.

Tres reglas gobiernan esa aplicación. Primera, la dosis sale de un análisis de suelo, no de una estimación visual: hace falta conocer el pH, la textura y, sobre todo, la acidez de cambio, porque un suelo arcilloso con mucha materia orgánica necesita bastante más cal que uno arenoso para el mismo salto de pH. Como orden de magnitud, en un suelo franco medio, subir el pH un punto pide unos 200-300 g/m² de cal apagada, frente a 250-400 g/m² de caliza; en arcillosos la cifra se dispara y en arenosos baja.

Segunda, se aplica sobre suelo desnudo y se incorpora, con rastrillo o motoazada, en los primeros 15-20 cm, y siempre antes de plantar. Nunca sobre un cultivo ya establecido, ni sobre césped, ni entre plantas vivas. El momento natural es el otoño o el final del invierno, dejando de tres a cuatro semanas de margen y un riego o una lluvia antes de sembrar.

Tercera, es fácil pasarse. Un exceso de cal apagada no se corrige quitándola: bloquea el hierro, el manganeso, el zinc y el fósforo, y provoca clorosis que tardan años en revertirse. Media dosis, medir el pH pasados dos meses y decidir después es siempre mejor estrategia que aplicar de una vez la dosis completa.

Lechada de troncos: el encalado de árboles

Los troncos blancos de los frutales y de los alineamientos urbanos se pintan con cal apagada diluida en agua hasta consistencia de leche espesa, a la que a veces se añade algo de sulfato de cobre o de arcilla para mejorar la adherencia.

Lo que hace de verdad esa lechada es reflejar la radiación solar. En invierno y a principios de primavera, el sol de mediodía calienta la cara sur de un tronco joven muy por encima de la temperatura del aire; la corteza sale del reposo, los tejidos se activan y la helada nocturna los revienta. Es la fisiopatía que en inglés llaman sunscald y en España se conoce como quemadura de sol o descortezado de invierno. El blanco baja esa temperatura varios grados y evita el problema. En verano, en cultivos leñosos del sur, cumple la misma función frente al golpe de calor directo sobre corteza fina.

De forma secundaria, el pH alto de la capa dificulta la instalación de líquenes, musgos y algunos hongos de corteza, y tapa grietas donde invernan huevos e insectos. No es un insecticida ni sustituye a un tratamiento fitosanitario, y no cura un chancro ya instalado.

Se aplica con brocha ancha, sobre corteza seca y limpia, desde el cuello hasta la primera cruz. Interesa sobre todo en árboles jóvenes de corteza lisa y fina —frutales de hueso recién plantados, cítricos, plátanos de sombra— y en zonas con contraste térmico fuerte entre el día y la noche. Cuidado con no encharcar el cuello ni dejar chorreones sobre el suelo inmediato de plantas sensibles.

Desinfección de suelos y de instalaciones

La cal apagada no es un desinfectante químico al uso: actúa por alcalinidad extrema. A pH 12 la mayoría de bacterias, hongos y sus estructuras de resistencia no sobreviven, porque se hidrolizan las proteínas de sus membranas.

En el suelo se emplea de forma puntual sobre focos localizados: el hoyo de un árbol arrancado por podredumbre radicular, una zona de semillero con antecedentes de damping-off, un punto donde ha habido enterramiento de animales. Se espolvorea, se incorpora, se riega y se deja el terreno en barbecho varias semanas antes de volver a plantar. Conviene ser honesto con lo que se consigue: es una medida de choque, sin selectividad, que arrasa también con la microbiota útil y con las lombrices, y que deja el pH disparado en esa zona. No es una práctica de mantenimiento.

En instalaciones sí es un uso rutinario y bien asentado. El blanqueo de paredes y suelos de casetas de aperos, almacenes de cosecha, gallineros, cuadras y establos con lechada de cal cumple tres funciones a la vez: desinfecta, tapa fisuras donde se refugian ácaros y parásitos, y aclara el interior. En avicultura y ganadería, los vados sanitarios y las camas encaladas se basan en lo mismo. Los recipientes, las cajas de campo y las herramientas también pueden desinfectarse con lechada, aclarando después.

El caldo bordelés y el papel exacto de la cal

El caldo bordelés nació en el Burdeos de finales del siglo XIX y sigue siendo el fungicida cúprico de referencia contra mildiu de la vid (Plasmopara viticola), mildiu de la patata y el tomate (Phytophthora infestans), roña del manzano, abolladura del melocotonero y repilo del olivo. Está formado por sulfato de cobre pentahidratado y cal apagada, en proporción clásica de 1:1 en 100 litros de agua.

La cal no es un relleno ni un abaratador. Su papel es químico y decisivo. Una disolución de sulfato de cobre sola es ácida y contiene cobre en forma de ion Cu²⁺ libre, muy soluble: quema la hoja, se lava con la primera lluvia y apenas dura sobre la planta. Al añadir hidróxido de calcio, se neutraliza esa acidez y el cobre precipita como sulfatos básicos de cobre, compuestos poco solubles que quedan depositados sobre la superficie vegetal en forma de partículas finas.

De ahí salen las tres ventajas del caldo: se reduce muchísimo la fitotoxicidad, porque el cobre ya no está libre; mejora la persistencia, porque el depósito resiste el lavado por lluvia; y la liberación del cobre pasa a ser lenta y sostenida, activada por la humedad y por los exudados del propio hongo. La cal es, en la práctica, lo que convierte una sal soluble en una película protectora.

Dos avisos. El caldo bordelés es preventivo: actúa sobre la superficie, no penetra en el tejido y no cura una infección ya establecida. Y el cobre es un metal pesado que se acumula en el suelo sin degradarse, con efecto sobre lombrices y microbiota; la normativa europea limita su uso a una media de 4 kg de cobre por hectárea y año. Para uso no profesional en jardín, lo procedente es comprar una formulación comercial ya registrada y respetar la dosis, el número de aplicaciones y el plazo de seguridad de la etiqueta.

Seguridad: es un producto cáustico

Conviene decirlo sin rodeos y sin dramatismo: la cal apagada quema. No arde ni explota, pero su alcalinidad destruye tejidos por saponificación, y las lesiones alcalinas son más profundas y traicioneras que las ácidas porque no duelen tanto al principio y siguen avanzando.

  • Ojos. Es el riesgo grave. Una salpicadura de lechada o una nube de polvo pueden causar quemadura corneal, y es una urgencia oftalmológica. Gafas de protección cerradas, no gafas normales ni gafas de sol.
  • Piel. El contacto prolongado produce dermatitis, irritación y quemaduras químicas, sobre todo con la piel sudada o mojada. Guantes impermeables, manga larga, pantalón largo y calzado cerrado.
  • Vías respiratorias. El polvo es muy fino y volátil. Mascarilla antipolvo, aplicación sin viento y de espaldas a él.

Si hay contacto, lavado inmediato y prolongado con agua abundante —quince minutos es la referencia habitual para los ojos, con el párpado abierto— y consulta médica. Con los ojos, siempre, sin esperar a ver si mejora. La ficha de datos de seguridad del fabricante y la consulta al médico o al farmacéutico son el camino ante cualquier duda.

En el manejo agronómico hay además tres normas que evitan daños al cultivo:

Nunca sobre la raíz ni sobre la planta. No se echa cal apagada en el fondo del hoyo de plantación en contacto con el cepellón, ni se espolvorea al pie de una planta viva, ni se aplica sobre hojas fuera de una formulación tipo caldo bordelés. Quema la raicilla y el cuello.

No se mezcla con abonos amoniacales. Ni con urea, ni con sulfato amónico, ni con estiércol fresco o purín. El medio fuertemente alcalino desplaza el equilibrio del amonio hacia amoníaco gaseoso, que se volatiliza: se pierde buena parte del nitrógeno pagado y, en recinto cerrado, se generan vapores irritantes. Si hay que hacer ambas cosas, se encala primero y se abona con nitrógeno pasadas dos o tres semanas, o al revés con el mismo margen.

Tampoco con fosfatos solubles, porque el calcio precipita el fósforo en formas poco asimilables. Y con productos fitosanitarios, salvo la mezcla cúprica clásica, no se combina sin comprobar la compatibilidad en la etiqueta.

No confundirla con la cal viva

Ambas se venden en sacos parecidos, con la palabra «cal» bien grande, y una es mucho más peligrosa que la otra. La cal viva es óxido de calcio, aún sin hidratar. Al mojarse reacciona de forma fuertemente exotérmica, puede acercarse a la temperatura de ebullición, salpicar y proyectar material caliente. Basta la humedad de la piel o de los ojos para que la reacción empiece ahí, sumando quemadura térmica a la química.

Se distinguen por el aspecto y por la etiqueta. La cal viva suele presentarse en terrones o gránulos grisáceos y su fórmula es CaO; la apagada es polvo blanco muy fino y su fórmula es Ca(OH)₂. Si en el saco pone «cal hidratada», «cal apagada» o «hidróxido cálcico», está ya apagada. Si pone «cal viva», «óxido cálcico» o «cal en terrón», no.

Se almacenan las dos en local seco, en el envase original bien cerrado, sobre palé y lejos de niños y animales. La humedad ambiental degrada la cal apagada, que se recarbonata lentamente volviendo a carbonato cálcico y perdiendo potencia; un saco abierto hace dos años ya no vale lo que dice la etiqueta. Y nunca se hidrata cal viva en un recipiente cerrado ni en un espacio sin ventilación.

En resumen

La cal apagada es hidróxido de calcio, obtenido hidratando cal viva en fábrica. Su valor neutralizante del 120-135 % y una solubilidad cien veces mayor que la de la caliza le dan una velocidad de acción que la caliza molida no tiene: corrige un suelo ácido en semanas en lugar de meses. Esa misma reactividad la hace cáustica, con pH 12,4 en disolución saturada. Sus usos con sentido son el encalado rápido antes de plantar, siempre con análisis previo y con incorporación al suelo desnudo; la lechada de troncos, cuya función real es reflejar el sol y evitar el descortezado invernal; la desinfección puntual de focos de suelo y, de forma rutinaria, la de casetas, almacenes y alojamientos ganaderos; y el caldo bordelés, donde neutraliza la acidez del sulfato de cobre y precipita el cobre en sales básicas que se adhieren, resisten la lluvia y no queman la hoja. En seguridad, lo esencial cabe en poco: guantes, gafas cerradas y mascarilla; nunca sobre raíz ni sobre planta; nunca mezclada con abonos amoniacales; lavado prolongado y médico si hay contacto ocular. Y no es cal viva: comprobar la etiqueta antes de abrir el saco. Para el encalado corriente de mantenimiento, la caliza molida sigue siendo más barata, más duradera y mucho más difícil de estropear.


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