El verde de una hoja es clorofila, y la clorofila es una molécula cara de fabricar: lleva nitrógeno en su anillo, magnesio en el centro y una cadena de enzimas que necesitan hierro y manganeso para montarla. Cuando una planta pierde color no está triste, está desmontando clorofila o siendo incapaz de sintetizarla, y cada motivo deja una huella distinta en la hoja. Este artículo trata solo de eso: del color del follaje, que es un asunto de nutrición y de luz.

Follaje verde intenso en plantas bien nutridas

Dónde está el amarillo: la primera pregunta

Antes de tocar nada hay que mirar en qué hojas aparece el problema, porque eso separa la mitad de los casos. La lógica es la movilidad de cada nutriente dentro de la planta.

Si el amarillo empieza en las hojas viejas, las de abajo, el nutriente que falta es móvil: la planta lo está retirando de las hojas antiguas para dárselo a los brotes nuevos, que es lo que le interesa. Entran en este grupo el nitrógeno, el magnesio y el potasio.

Si el amarillo empieza en las hojas nuevas, las del extremo, el nutriente es inmóvil: lo que ya está depositado en la hoja vieja no se puede reciclar, así que la carencia se manifiesta arriba. Aquí están el hierro, el manganeso, el azufre, el calcio y el boro.

La segunda pregunta es si el amarillo respeta los nervios. Una hoja amarilla de manera uniforme, nervios incluidos, apunta a nitrógeno o a azufre. Una hoja amarilla con la red de nervios marcada en verde, lo que se llama clorosis intervenal, apunta a hierro, magnesio o manganeso.

Cruzando las dos preguntas se llega bastante lejos:

Amarillo uniforme en hojas viejas, planta pequeña y de crecimiento lento: nitrógeno. Es la carencia más frecuente en maceta a partir del segundo o tercer mes desde el trasplante, cuando se agota la reserva del sustrato.

Clorosis intervenal en hojas viejas, a menudo empezando por los bordes: magnesio. Típica en tomate, rosal, cítricos en maceta y plantas regadas siempre con agua muy blanca o abonadas solo con fórmulas sin magnesio. Se corrige con sulfato de magnesio (sal de Epsom) a razón de un gramo por litro en riego, dos o tres aplicaciones separadas por quince días.

Clorosis intervenal en hojas nuevas, con los nervios muy verdes y finos sobre fondo amarillo pálido: hierro. Es la clorosis férrica, dominante en la mitad este y sur de España por los suelos calizos. Rara vez el suelo carece de hierro; lo que ocurre es que con pH por encima de 7,5 el hierro precipita y la raíz no lo puede tomar. La corrección rápida es un quelato de hierro del tipo EDDHA, que se mantiene estable a pH alto; los quelatos EDTA se degradan en suelo calizo y sirven de poco.

Amarillo uniforme también en hojas nuevas, sin llegar a blanquear: azufre, poco común salvo en sustratos muy lavados.

El detalle fino de cada elemento, sus dosis y sus antagonismos está desarrollado en el artículo sobre los nutrientes que más necesitan las plantas.

Poca luz: verde pálido y tallo estirado

Una planta con luz insuficiente no amarillea de golpe: pierde intensidad. El follaje se aclara, las hojas nuevas salen más pequeñas y más finas, los entrenudos se alargan buscando luz y la planta se inclina hacia la ventana. En variedades variegadas, la marca blanca o amarilla se reduce y la hoja tiende al verde liso, porque la planta prioriza el tejido que fotosintetiza.

Este cuadro no se arregla abonando. Con poca luz, la planta no puede gastar nitrógeno aunque se lo den, y el exceso solo salinizará el sustrato. Lo que se hace es mover la planta: acercarla a la ventana, cambiarla a una orientación más luminosa o, en interiores oscuros, añadir luz artificial. Una lámpara LED de cultivo a treinta o cuarenta centímetros durante diez o doce horas diarias devuelve el color en pocas semanas.

Conviene recordar que el ojo humano es pésimo midiendo luz: una habitación que parece luminosa puede estar en 200 lux, mientras la sombra de un patio exterior anda en 10.000. Cualquier aplicación de medición de luz del móvil da una idea aproximada y suficiente.

Demasiada luz: decoloración y quemaduras

El exceso también decolora, y por un mecanismo distinto. Cuando la hoja recibe más energía de la que su maquinaria fotosintética puede procesar, activa mecanismos de disipación y termina degradando clorofila para protegerse. El resultado es un follaje amarillento o de aspecto lavado, a veces con tonos rojizos o bronceados, y con manchas necróticas blanquecinas o marrones y secas en las zonas más expuestas.

La diferencia con la carencia nutricional es que aquí el daño está en las hojas orientadas al sol y no en las del interior, y respeta la posición y no la edad. Ocurre sobre todo al sacar al exterior una planta que ha pasado el invierno dentro, o al cambiar de golpe una planta de sombra a pleno sol. La aclimatación se hace en dos o tres semanas, aumentando la exposición de forma progresiva.

En especies de sombra como Aspidistra elatior, Calathea, helechos o Aglaonema, el sol directo de mediodía en España es demasiado incluso en primavera.

Verde intenso no siempre es buena señal

Un abonado equilibrado, con una relación de nitrógeno, fósforo y potasio del orden de 1-1-1 o 2-1-2 y con magnesio y micronutrientes incluidos, da un verde firme, hojas de buen grosor y tallos consistentes. Un choque de nitrógeno da otra cosa: un verde oscuro, casi azulado, con crecimiento rápido y hojas grandes, y ese resultado es engañoso.

El tejido producido con nitrógeno en exceso tiene paredes celulares más delgadas, más agua y más aminoácidos libres en la savia. Es tejido blando, y eso tiene consecuencias medibles: mayor atractivo y mejor reproducción para pulgones y otros insectos chupadores, más susceptibilidad a oídio y a botritis, tallos que se doblan, y menor resistencia al frío en otoño, porque la planta sigue creciendo cuando debería estar endureciendo.

La pauta razonable en maceta es fertilizante equilibrado a la dosis de la etiqueta, cada dos semanas en primavera y verano, reduciendo desde septiembre y suspendiendo en invierno para plantas de exterior. Un abono de liberación lenta incorporado al sustrato en el trasplante cubre tres o cuatro meses sin picos. Y una planta enferma, recién trasplantada o con la raíz dañada no se abona: no puede absorber y el fertilizante solo empeora la salinidad.

Abono aplicado a la tierra de una planta

El agua dura como causa crónica

Cuando una planta pierde verde despacio, durante meses, y responde poco al abonado, la causa suele estar en el agua. El agua de red de buena parte de España lleva bicarbonatos en cantidad y va subiendo el pH del sustrato riego tras riego. Por encima de 7 empieza a bloquearse el hierro y por encima de 7,5 también el manganeso y el zinc. La planta tiene los nutrientes delante y no los puede tomar.

Las especies acidófilas lo acusan primero: Camellia japonica, Rhododendron, Hydrangea macrophylla, Gardenia jasminoides, arándanos y cítricos. Con agua caliza, una gardenia amarillea de forma inevitable a los pocos meses.

Qué se puede hacer, en orden de eficacia: recoger agua de lluvia, que resuelve el problema de raíz; acidificar el agua de riego hasta pH 6 o 6,5 con unas gotas de ácido cítrico o con los acidificantes de acuario, midiendo con tiras; usar sustrato específico para plantas de suelo ácido al trasplantar; y aplicar quelato de hierro EDDHA una o dos veces al año como mantenimiento en las especies sensibles. Dejar reposar el agua en un cubo elimina cloro, pero no cambia la dureza ni el pH de forma apreciable.

El polvo apaga la hoja más de lo que parece

Una capa de polvo sobre el limbo hace dos cosas: refleja y absorbe parte de la radiación antes de que llegue a los cloroplastos, y obstruye parcialmente los estomas. En plantas de interior con luz ya escasa, esa pérdida se nota, y además el polvo acumulado es refugio de araña roja, que prospera en ambientes secos y sin limpiar.

Limpiar las hojas es de las intervenciones más baratas que existen. Con una esponja o un paño suave y agua templada por el haz y el envés en las hojas grandes y coriáceas; con una ducha de agua tibia a presión baja en las de hoja pequeña, dejando escurrir bien antes de devolverlas a su sitio; y con un pincel seco o aire a baja presión en las de hoja pilosa como Saintpaulia o Begonia rex, que se manchan si se mojan.

Cada dos o tres semanas es suficiente. Los abrillantadores de hojas en aerosol dan un brillo artificial y dejan una película que puede taponar estomas: para que una hoja luzca basta con agua y un paño.

En resumen

Antes de abonar, mirar dónde aparece el amarillo. En hojas viejas y uniforme, nitrógeno; en hojas viejas y entre nervios, magnesio; en hojas nuevas y entre nervios, hierro, casi siempre bloqueado por pH alto y no por falta real. Verde pálido con entrenudos largos es falta de luz y no se corrige con abono. Follaje lavado con manchas secas en la cara expuesta es exceso de luz sin aclimatación. Un verde muy oscuro conseguido a base de nitrógeno produce tejido blando, pulgón y menor resistencia al frío: mejor un abonado equilibrado a dosis de etiqueta. El agua dura es la causa crónica que hay detrás de muchas clorosis persistentes, y se combate con agua de lluvia, acidificación y quelato EDDHA en las especies sensibles. Y limpiar el polvo de las hojas cada dos o tres semanas devuelve luz útil sin gastar nada.


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