Una hoja amarilla, por sí sola, no dice casi nada. Lo que la convierte en un diagnóstico es dónde está: si el amarilleo empezó abajo, en las hojas más viejas, o arriba, en las que acaban de brotar. Esa sola observación separa la mitad de las carencias de la otra mitad, y lo hace por un motivo fisiológico concreto que conviene entender antes de mirar ninguna lista de síntomas.

Hojas con síntomas de carencia nutricional

Móviles e inmóviles: la regla que ordena el diagnóstico

Una planta que empieza a quedarse corta de un nutriente no reparte la escasez a partes iguales. Si ese elemento puede viajar por el floema —el tejido conductor que lleva savia elaborada de las hojas maduras hacia los puntos de crecimiento—, la planta lo desmonta de los tejidos viejos y lo manda a los brotes nuevos, que son los que garantizan el futuro. El resultado es que la hoja vieja se sacrifica y muestra el síntoma, mientras la hoja nueva sigue verde.

Si el elemento no puede moverse por el floema, porque queda inmovilizado en estructuras estables o solo circula por el xilema en el sentido de la transpiración, la planta no puede reciclarlo. Entonces la hoja vieja conserva el que ya tiene y el síntoma aparece en la hoja nueva, que se queda sin suministro.

La clasificación práctica queda así:

Móviles en el floema (síntoma en hojas viejas, de abajo hacia arriba): nitrógeno, fósforo, potasio y magnesio. También el molibdeno.

Poco o nada móviles (síntoma en hojas nuevas y en yemas, de arriba hacia abajo): calcio, hierro, boro, zinc, cobre y manganeso.

Caso intermedio: el azufre. Está unido a proteínas y se removiliza mal, así que su carencia se ve arriba, aunque en algunas especies el amarilleo acaba siendo general.

Con esa regla, un amarilleo generalizado que empieza por las hojas bajas apunta a nitrógeno; un amarilleo entre nervios en las hojas altas apunta a hierro o manganeso; una deformación de las yemas apunta a calcio o boro. El resto es afinar.

Nitrógeno (N)

Es el componente de los aminoácidos, de las proteínas, de los ácidos nucleicos y de la propia molécula de clorofila. Una planta bien nutrida de nitrógeno construye hoja, y por eso su carencia se ve antes que ninguna otra.

Cómo se ve: amarilleo uniforme, sin dibujo de nervios, que empieza por las hojas más bajas y sube. La planta entera se ve pálida, verde amarillento, con hojas pequeñas, entrenudos cortos y tallos delgados. En muchas especies, las hojas viejas acaban tomando tonos rojizos antes de caer, y caen antes de tiempo. En tomate y maíz el cuadro es de manual.

Dónde ocurre: suelos arenosos, sustratos de maceta agotados tras varios meses, macetas regadas en abundancia (el nitrato se lava con el agua de drenaje), y siempre que se aporta material carbonado sin descomponer —viruta, serrín, paja fresca— mezclado en el suelo: los microorganismos que lo descomponen inmovilizan el nitrógeno disponible durante meses.

El exceso también tiene cara: verde oscuro casi azulado, crecimiento blando y acuoso, entrenudos largos, floración retrasada, tallos que se vencen y una atracción notable de pulgón y araña roja sobre esos tejidos tiernos.

Fósforo (P)

Interviene en la moneda energética de la célula (ATP), en las membranas y en el material genético. Su papel más visible en el jardín es el desarrollo radicular y la floración.

Cómo se ve: la planta se queda pequeña y no llama la atención por el color, o lo hace tarde. Las hojas viejas toman un verde oscuro apagado, mate, a veces azulado, y aparecen tonos púrpura o rojizos en el envés, en los peciolos y en los nervios. La floración y la maduración se retrasan, y el sistema radicular es pobre.

La confusión habitual: ese púrpura en plántulas de tomate, pimiento o maíz en marzo, en un semillero al aire libre, casi nunca significa que falte fósforo en el sustrato. Significa que el sustrato está frío. Por debajo de unos 12-14 °C la raíz absorbe fósforo con dificultad, aunque lo tenga alrededor. El síntoma desaparece solo cuando el suelo se calienta. Abonar en ese momento no acelera nada.

Disponibilidad: el fósforo es el nutriente más caprichoso con el pH. Por encima de 7,5 precipita como fosfatos cálcicos; por debajo de 5,5, como fosfatos de hierro y aluminio. Su ventana buena es estrecha, entre 6,0 y 7,0. Además es muy poco móvil en el suelo: no basta con esparcirlo en superficie si la raíz está a 20 cm, hay que localizarlo cerca de ella.

Potasio (K)

No forma parte de ninguna estructura: circula como ion libre y actúa como regulador. Activa más de sesenta enzimas, gobierna la apertura y el cierre de los estomas —de ahí su relación directa con la resistencia a la sequía—, mantiene la presión de turgencia y carga los azúcares en el floema hacia los frutos.

Cómo se ve: el síntoma es inconfundible y empieza por las hojas viejas. Clorosis y después necrosis en el borde y en la punta de la hoja, como si estuviera chamuscada, avanzando hacia el interior mientras la zona junto al nervio central sigue verde. En vid y en frutales el borde seco es un cordón pardo continuo. Los tallos son débiles, los frutos pequeños y poco dulces, y el tomate madura de forma desigual, con hombros amarillos o verdes que no llegan a colorear.

Dónde ocurre: suelos arenosos y ácidos, que lo retienen mal, y macetas con riegos abundantes. También aparece por antagonismo: un exceso de magnesio o de calcio en el complejo de cambio compite con el potasio en la absorción, y al revés, un abonado potásico alto induce carencia de magnesio.

Calcio (Ca)

Cementa las paredes celulares como pectato cálcico y estabiliza las membranas. Es rígidamente inmóvil: viaja por el xilema arrastrado por la transpiración y, una vez depositado en una pared celular, no se recupera.

Cómo se ve: el síntoma no está en las hojas viejas ni siquiera en todas las nuevas, sino en los órganos que transpiran poco, porque son los que reciben menos flujo de xilema. Los ápices de crecimiento se necrosan y se detienen; las hojas jóvenes salen deformadas, con los bordes curvados hacia dentro y aspecto de gancho; en lechuga y escarola aparece el tipburn, con los bordes de las hojas interiores pardos; en tomate y pimiento, la podredumbre apical, esa mancha parda, hundida y correosa en la base del fruto; en manzana, el bitter pit, con manchas corchosas bajo la piel.

El punto que casi siempre se pasa por alto: en España, con suelos calizos y aguas duras, el calcio del suelo sobra. La podredumbre apical de un tomate cultivado en una parcela caliza no es falta de calcio en el suelo: es un fallo de transporte. Riegos irregulares (secar y encharcar alternativamente), calor con humedad ambiental alta que frena la transpiración, un crecimiento demasiado rápido por exceso de nitrógeno, o un exceso de potasio que compite en la absorción. La corrección eficaz es regularizar el riego y acolchar, no echar más calcio. Las aplicaciones foliares de calcio ayudan algo si se hacen sobre el fruto joven, porque el calcio no se redistribuye desde la hoja.

Magnesio (Mg) y azufre (S)

El magnesio es el átomo central de la molécula de clorofila y cofactor de todas las enzimas que manejan ATP. Es móvil, así que la planta lo desmonta de las hojas viejas.

Cómo se ve: clorosis internervial en hojas viejas, con los nervios claramente verdes sobre un fondo amarillo, empezando por el borde y la base de la hoja y avanzando hacia dentro. En vid y en frutales el dibujo recuerda a una espina de pescado. En fases avanzadas el tejido amarillo se vuelve pardo o rojizo y la hoja cae. Es frecuente en suelos arenosos y ácidos, en macetas regadas con agua osmotizada o de lluvia, y en plantas abonadas con productos ricos en potasio.

El azufre forma parte de la cisteína y la metionina, y por tanto de casi todas las proteínas, además de intervenir en los compuestos aromáticos de aliáceas y crucíferas.

Cómo se ve: amarilleo uniforme, igual que el del nitrógeno, pero en las hojas jóvenes de la parte alta. Esa es la única diferencia útil entre ambos, y es suficiente. Aparece en suelos arenosos, pobres en materia orgánica y con riego abundante, y es más habitual que hace décadas porque la reducción de las emisiones industriales de azufre ha eliminado un aporte atmosférico que antes era gratuito.

Hierro (Fe) y manganeso (Mn): la pareja que se confunde

Los dos participan en la síntesis de clorofila y en la cadena de transporte de electrones, los dos son poco móviles y los dos dan clorosis internervial en hojas jóvenes. Distinguirlos importa porque la corrección es distinta.

Hierro: el contraste es máximo y el dibujo, muy fino. Sobre un fondo amarillo pálido o casi blanco queda una retícula verde apretada, hasta los nervios de tercer y cuarto orden, como una malla. Afecta a las hojas más nuevas, las del extremo del brote, mientras las de más abajo siguen verdes. En casos severos la hoja se vuelve color marfil, se necrosa por el borde y el brote se para. Es la carencia más frecuente del país, y afecta sobre todo a cítricos, melocotoneros, hortensias, azaleas, camelias, gardenias, arces y rosales sobre suelo calizo.

Manganeso: el mismo patrón pero desenfocado. La banda verde a lo largo de los nervios es más ancha y difusa, el amarillo es más apagado —verde grisáceo más que marfil— y suelen aparecer manchitas necróticas pardas dispersas en el tejido clorótico. Afecta a hojas jóvenes pero no exclusivamente a las últimas: se ve mejor en las de la mitad del brote.

El manganeso tiene además el problema inverso: en suelos ácidos, por debajo de pH 5,5, y sobre todo si se encharcan, pasa a la forma Mn2+ y se vuelve tóxico. La toxicidad se manifiesta como puntos pardos en las hojas viejas y nervios oscuros. Es un motivo más para no acidificar a ciegas.

Zinc (Zn) y boro (B)

El zinc interviene en la síntesis del triptófano, precursor de la auxina, la hormona que alarga los entrenudos. Por eso su carencia tiene una firma inconfundible: hojas pequeñas y entrenudos muy cortos, de manera que las hojas se amontonan en roseta en el extremo de la ramilla. Suele acompañarse de clorosis internervial en esas hojas nuevas, con moteado. En España es clásico en cítricos y vid sobre suelo calizo, y en frutales de hueso.

El boro mantiene la integridad de la pared celular, participa en el transporte de azúcares y es imprescindible para que el tubo polínico crezca y cuaje el fruto. Es inmóvil en casi todas las especies, con la excepción de las que transportan polioles —perales, manzanos, melocotoneros, olivos—, donde sí se redistribuye algo.

Cómo se ve: muerte del ápice de crecimiento, con brotación de yemas laterales que también se paran; hojas jóvenes gruesas, quebradizas y deformadas; tejidos corchosos y huecos en el interior del tallo o de la raíz (corazón hueco de la coliflor y el bróculi, corazón pardo de la remolacha); frutos agrietados y deformes; y flores que abren pero no cuajan.

Aviso, y va por delante: el margen entre la dosis útil de boro y la dosis tóxica es el más estrecho de todos los nutrientes, del orden de una sola cifra de multiplicación. La toxicidad se ve como bordes y puntas de hojas viejas secos y pardos, muy parecida a una quemadura salina. Un aporte de boro se hace con producto formulado, a la dosis de etiqueta y solo con una carencia identificada. Aplicar sales de boro caseras a ojo estropea el suelo durante años, porque el boro sobrante tarda en lavarse.

Raíces de una planta en el suelo

El pH manda: por qué más abono no arregla la carencia

La raíz no absorbe elementos, absorbe iones en disolución. Un nutriente presente en el suelo pero precipitado en una forma insoluble es, para la planta, un nutriente que no existe. Y lo que decide qué está disuelto y qué está precipitado es, sobre todo, el pH.

La franja de máxima disponibilidad conjunta está entre pH 6,0 y 7,0. Fuera de ella:

Por encima de 7,5, con caliza activa y bicarbonatos: el hierro precipita como hidróxido férrico, el manganeso y el zinc se oxidan y se bloquean, el fósforo se fija como fosfato cálcico y el boro se retiene. Nitrógeno, potasio, calcio, magnesio y azufre siguen disponibles. De ahí que el catálogo de carencias que se ve en el este y el sur peninsular sea siempre el mismo: hierro, con zinc y manganeso detrás.

Por debajo de 5,5: se bloquea el fósforo, escasean calcio y magnesio, desaparece el molibdeno y aparecen toxicidades de aluminio y manganeso que dañan directamente la raíz. Es el escenario del norte húmedo peninsular sobre sustrato silíceo.

Aquí está la consecuencia práctica que más dinero ahorra. Cuando una carencia está inducida por el pH, aportar más del elemento que falta no la corrige: el producto entra en el suelo, encuentra las mismas condiciones químicas y precipita igual. Un limonero clorótico sobre suelo calizo puede recibir sulfato de hierro tres años seguidos y seguir amarillo, porque el hierro añadido se bloquea en cuestión de días, exactamente igual que el que ya había.

Lo que sí funciona, por orden de sensatez:

Elegir la planta según el suelo. Una hortensia azul, una azalea o un arándano sobre suelo con caliza activa son una cita anual con el quelato. Sustituirlas por especies calcícolas —adelfa, granado, romero, lavandín, olivo, celindo, durillo— resuelve el problema para siempre.

Corregir el pH del agua de riego en cultivo en maceta, donde el volumen es pequeño y la corrección es viable. Muchas aguas de red españolas van de 7,5 a 8,3 con 200-400 mg/l de bicarbonatos, y ese bicarbonato es el que mantiene alto el pH del sustrato riego tras riego.

Aportar materia orgánica. Los ácidos húmicos y fúlvicos forman complejos naturales con el hierro y el zinc y los mantienen disponibles; además mejoran la estructura y la aireación, y una raíz asfixiada absorbe mal aunque el nutriente esté ahí.

Usar la forma química que aguante ese pH. Para el hierro en suelo calizo, quelato con agente EDDHA. Ese asunto, con las diferencias entre EDTA, DTPA y EDDHA, está desarrollado en el artículo sobre abonos químicos.

Bajar el pH de un suelo calizo con azufre elemental es posible sobre el papel y casi inútil en la práctica cuando hay caliza activa por encima del 5-8 %: el carbonato tampona la acidez y devuelve el suelo a su pH original en una o dos temporadas.

Lo que parece carencia y no lo es

Antes de abonar conviene descartar cuatro cosas que imitan bien una carencia:

Asfixia radicular. Un suelo encharcado o un sustrato compactado da amarilleo general de las hojas bajas y caída, idéntico a una falta de nitrógeno, porque la raíz sin oxígeno deja de absorber. Abonar en ese estado empeora el cuadro.

Araña roja y trips. Producen un punteado clorótico muy fino y homogéneo que a distancia parece clorosis. A contraluz y con lupa se distingue: hay puntos decolorados discretos, telilla en el envés o rayado plateado, no un patrón ligado a los nervios.

Virosis. Los mosaicos y los amarilleos víricos dibujan manchas irregulares que cruzan los nervios, con frecuencia acompañadas de deformación de la hoja, y afectan a una planta sí y a la de al lado no. Una carencia real afecta por igual a todas las plantas de la misma especie en la misma zona.

Salinidad y agua dura. Bordes secos en hojas viejas, igual que una falta de potasio, pero con costra blanquecina en el borde de la maceta y marchitez con el sustrato húmedo.

Cuando el síntoma persiste y el diagnóstico visual no cierra, un análisis foliar resuelve la duda mucho mejor que uno de suelo, porque mide lo que la planta ha conseguido absorber. Y si se pide análisis de suelo, hay que exigir que incluya pH, caliza activa y conductividad: son los tres datos que explican la mayoría de los casos.

En resumen

La posición del síntoma es el primer dato del diagnóstico: nitrógeno, fósforo, potasio y magnesio son móviles en el floema y se manifiestan en las hojas viejas; calcio, hierro, boro, zinc, cobre y manganeso son inmóviles y se manifiestan en las hojas nuevas y en las yemas. El azufre amarillea arriba y se confunde con el nitrógeno, que amarillea abajo.

Amarilleo uniforme abajo, nitrógeno. Púrpura en peciolos y hojas oscuras, fósforo (o sencillamente frío en el suelo). Borde chamuscado en hojas viejas, potasio. Clorosis internervial con nervios verdes en hojas viejas, magnesio.

Ápices muertos y hojas nuevas deformadas, calcio o boro; con frutos de podredumbre apical, calcio, y casi siempre por riego irregular, no por falta de calcio en un suelo español. Retícula verde muy fina sobre hoja marfil en el brote nuevo, hierro; el mismo dibujo pero difuso y con manchas pardas, manganeso; entrenudos cortos con hojas en roseta, zinc.

El pH decide qué hay realmente disponible. Por encima de 7,5 se bloquean hierro, manganeso, zinc, boro y fósforo, y esa es la causa de la mayoría de las clorosis que se ven en España. En una carencia inducida por pH, echar más del elemento que falta no la corrige: hay que cambiar la forma química, corregir el agua de riego, aportar materia orgánica o elegir plantas adaptadas al suelo que se tiene.


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