Dos jardines idénticos regados con aguas distintas acaban en estados distintos al cabo de dos años, y la diferencia no se ve en el cubo. El agua de riego es un aporte químico continuo: todo lo que lleva disuelto se queda en el suelo o en el sustrato cuando el agua se evapora, y se acumula riego tras riego. De ahí que convenga saber qué se está echando.
Los tres parámetros que definen cualquier agua
Antes de comparar orígenes, conviene el vocabulario. Cualquier agua de riego se describe con tres números.
Conductividad eléctrica (CE). Mide la cantidad total de sales disueltas y se expresa en dS/m o en µS/cm (1 dS/m = 1.000 µS/cm). Es el dato que más pesa. Con la escala clásica de la FAO, por debajo de 0,7 dS/m no hay restricción para ninguna planta; entre 0,7 y 3,0 hay restricción ligera o moderada y solo las especies tolerantes van bien; por encima de 3,0 la restricción es severa. En maceta, donde no hay lavado natural, conviene bajar el listón a 0,5 dS/m para plantas sensibles y a 0,3 para carnívoras, orquídeas y tillandsias. Un conductímetro de bolsillo cuesta menos de 20 euros y es la mejor compra que puede hacer alguien con dudas sobre su agua.
pH y alcalinidad. El pH indica la acidez del agua en ese momento; la alcalinidad indica cuántos bicarbonatos lleva, es decir, cuánto resiste el agua a bajar de pH. Lo segundo importa más que lo primero. Un agua con más de 3-4 meq/L de bicarbonatos (unos 180-240 mg/L expresados en carbonato cálcico) va subiendo el pH del sustrato riego tras riego, y por encima de pH 7 el hierro y el manganeso se bloquean: aparece la clorosis férrica, con hojas amarillas y nervios verdes. El intervalo cómodo del agua de riego es pH 5,5-6,5, y el agua de red española suele moverse entre 7,2 y 8,2.
Dureza. Es el contenido en calcio y magnesio. En España se expresa habitualmente en grados franceses (ºf), donde 1 ºf equivale a 10 mg/L de carbonato cálcico. Menos de 15 ºf es agua blanda; de 15 a 30, media; de 30 a 40, dura; por encima de 40, muy dura. La dureza no es mala en sí —el calcio y el magnesio son nutrientes—, pero va de la mano de la alcalinidad y deja depósitos en hojas y sustrato.
A esos tres se añade un cuarto en casos concretos: el sodio. No es nutriente, desplaza al calcio en el complejo de cambio y dispersa las arcillas, arruinando la estructura del suelo. Se controla con la relación de adsorción de sodio (SAR); por debajo de 3 no hay problema, por encima de 9 sí.
Agua de lluvia
Es la referencia contra la que se comparan las demás. Conductividad de 10 a 50 µS/cm, prácticamente sin sodio ni bicarbonatos, y pH ligeramente ácido —en torno a 5,6 por el CO₂ atmosférico disuelto, y más bajo en zonas industriales—. Para acidófilas, carnívoras, camelias, azaleas, hortensias azules, orquídeas y bromeliáceas es sencillamente el agua correcta.
Recogida. Los primeros litros de cada episodio arrastran el polvo, las hojas, los excrementos de aves y las partículas depositadas en la cubierta. Conviene desviar el primer lavado —entre 0,5 y 1 litro por metro cuadrado de tejado— con un desviador comercial o, en instalaciones caseras, dejando el bajante suelto los primeros minutos. La cubierta importa: la teja cerámica y la chapa lacada dan buena agua; las cubiertas bituminosas recién puestas ceden hidrocarburos durante meses; las de cinc o cobre aportan metales que no convienen a plantas sensibles; y con el fibrocemento antiguo lo prudente es no recoger nada.
Conservación. El agua de lluvia se pudre por dos motivos: algas y larvas. Las algas necesitan luz, así que el depósito debe ser opaco o estar a la sombra. Las larvas de mosquito necesitan acceso, así que la entrada va con malla de 1 mm y la tapa cerrada. Con esas dos condiciones el agua aguanta meses; sin ellas, se enverdece en dos semanas y huele a huevo podrido al cabo de un mes por fermentación anaerobia. Un grifo de fondo para vaciar sedimentos y una limpieza anual completan el mantenimiento. Si el agua ya huele mal, airearla trasegándola de un cubo a otro la recupera en buena medida.
Antes de montar un sistema grande conviene mirar la ordenanza municipal, porque el aprovechamiento de pluviales está regulado y algunos ayuntamientos lo condicionan a la instalación o incluso lo bonifican.
Agua de pozo
La categoría más variable de todas: dos pozos separados por trescientos metros pueden dar aguas muy distintas. Lo que determina la calidad es la geología del acuífero y lo que se haya infiltrado en él.
Los problemas frecuentes son cuatro. Dureza y alcalinidad altas en acuíferos calizos, muy comunes en la meseta y el levante. Nitratos en zonas agrícolas y ganaderas, que por encima de 50 mg/L invalidan el agua para consumo humano aunque para riego solo signifiquen un aporte extra de nitrógeno que hay que descontar del abonado. Hierro y manganeso reducidos, que al airearse precipitan en forma de óxidos: tiñen de ocre las hojas, manchan pavimentos y obturan goteros. Y en el litoral, la intrusión salina, que dispara la conductividad, el sodio y los cloruros, sobre todo al final del verano y tras años secos.
Por eso el pozo es el único caso en que el análisis no es opcional. Un análisis agronómico de agua de riego —CE, pH, bicarbonatos, calcio, magnesio, sodio, cloruros, sulfatos, nitratos, boro, hierro y manganeso— cuesta entre 40 y 90 euros en un laboratorio agroalimentario y sirve para años. Merece la pena repetirlo cada dos o tres años, y siempre después de una sequía larga si el pozo está cerca de la costa. El boro conviene mirarlo con atención: es un micronutriente esencial, pero por encima de 0,5-1 mg/L quema los bordes de las hojas en cítricos, aguacate y frutales de hueso.
Agua de red
Es la opción por defecto por pura comodidad, y funciona en la mayoría de los jardines. Sus tres puntos débiles —el cloro, la cal y el sodio— tienen un tratamiento distinto cada uno, y están desarrollados en el artículo dedicado a regar con agua del grifo. En resumen: el cloro se disipa dejando reposar el agua y rara vez es el problema real; la cal y el sodio sí lo son, y no se van reposando.
Lo que sí conviene hacer es pedir a la empresa suministradora el informe de calidad del agua del municipio, que es público y gratuito, y quedarse con tres cifras: conductividad, bicarbonatos y sodio.
Agua descalcificada: la que nunca hay que usar
Un descalcificador doméstico no elimina sales: las intercambia. Su resina retiene el calcio y el magnesio del agua y suelta a cambio sodio en proporción equivalente. El resultado es agua que no deja cal en la caldera y que sigue teniendo la misma conductividad, o algo más, con todo ese contenido convertido en el ion más dañino para el suelo.
Regar con ella de forma continuada produce dos daños sumados: toxicidad por sodio en la planta —bordes de hoja quemados, empezando por las más viejas— y degradación de la estructura del suelo, que se compacta, pierde infiltración y se encharca. En maceta el efecto es más rápido porque no hay lavado.
La solución es de fontanería, no de jardinería: dejar sin descalcificar el grifo de la terraza, el del jardín o el de la cocina, con un puente antes del aparato. Cualquier instalador lo hace en una visita.
Agua de ósmosis inversa y agua destilada
La ósmosis inversa retira entre el 95 y el 98 % de las sales disueltas y deja el agua en 5-30 µS/cm. Es la mejor alternativa a la lluvia cuando no llueve, pero sola tampoco es ideal, por tres razones.
La primera es que retira también el calcio y el magnesio, que son nutrientes de consumo alto: regar solo con ósmosis durante meses produce carencias de magnesio, visibles como amarilleo entre nervios en las hojas viejas. La segunda es que un agua sin sales no tiene capacidad tampón, así que su pH oscila con nada y cualquier abono ácido la desploma. La tercera es de eficiencia: un equipo doméstico manda al desagüe entre dos y cuatro litros de rechazo por cada litro producido, y ese rechazo tiene una conductividad tres o cuatro veces mayor que el agua de partida, con lo que no sirve para regar nada delicado.
La forma correcta de usarla es mezclarla con agua de red hasta situar la conductividad en 0,3-0,5 dS/m —lo que suele significar una parte de red por dos o tres de ósmosis en aguas duras— o usarla pura con un abono que aporte calcio y magnesio. El agua destilada es un caso extremo de lo mismo, más pura y mucho más cara: tiene sentido en carnívoras y en pulverizaciones donde no se quiera dejar marca, y ninguno en un jardín.
Agua de acuario
El agua que se retira en un cambio parcial de acuario de agua dulce es un fertilizante flojo y gratuito. Lleva nitratos (típicamente entre 10 y 40 mg/L), fosfatos, algo de potasio y materia orgánica en suspensión procedente de los restos de comida y las deyecciones de los peces. Para plantas de interior y de terraza va bien y sustituye buena parte del abonado en temporada.
Las condiciones son estrictas. Solo acuarios de agua dulce: el agua marina o salobre tiene una conductividad de decenas de dS/m y mata la planta. Nada de agua de un acuario que se haya medicado en las últimas semanas con azul de metileno, verde de malaquita, antiparasitarios o antibióticos, ni de uno donde se use sal como tratamiento. Y hay que usarla el mismo día: guardada se vuelve anaerobia enseguida. Conviene además recordar que el agua del acuario parte del agua de red, así que si esta es dura, la del acuario lo será igualmente.
Agua de cocción de verduras
Sirve, con tres condiciones que la descartan más veces de las que la aprueban. Tiene que estar sin sal: diez gramos de sal en dos litros dejan el agua en torno a 8 dS/m, un nivel de salinidad que quema raíces sin remedio, y ese es el motivo por el que la mayoría del agua de cocción de una cocina normal no vale. Tiene que estar completamente fría, porque el agua caliente escalda las raíces finas. Y tiene que estar limpia de grasa: nada de caldos, sofritos ni agua con aceite.
Cumpliendo eso, el agua de hervir verduras aporta potasio y pequeñas cantidades de micronutrientes lixiviados. El agua de cocer pasta, arroz o patatas lleva además almidón: en pequeña cantidad es indiferente, pero si se abusa fermenta en el sustrato, atrae mosquitos del sustrato y genera zonas anaerobias en la maceta. Como norma, dilúyase a la mitad y no se convierta en el riego habitual.
Aguas grises
Se llaman aguas grises a las procedentes de duchas, bañeras, lavabos y lavadoras, frente a las negras del inodoro y la cocina. Reutilizarlas en el jardín es posible, pero conviene separar bien lo que la práctica y la normativa permiten.
Lo que sí, sin más trámite. El agua que sale fría de la ducha mientras se espera a que caliente no es agua gris: es agua de red que no ha tocado nada, y recogerla en un cubo es el gesto más rentable de toda esta lista, entre 5 y 15 litros por ducha. También sirve el agua de lavar frutas y verduras y el agua de enjuagar recipientes sin detergente. Y el condensado del aire acondicionado o del deshumidificador, que es prácticamente destilado, aunque puede arrastrar biofilm y trazas metálicas del intercambiador: se usa en ornamentales, no en huerto, y siempre fresco.
Lo que no. El agua de la lavadora y del lavavajillas contiene sodio, fosfatos, silicatos, boratos, enzimas y agentes de blanqueo, y sale con un pH de 9 a 11; regar con ella saliniza el suelo y lo alcaliniza. El agua de fregar con grasa alimenta bacterias y atrae fauna. Y las aguas negras están descartadas por completo.
Lo que exige instalación. Reutilizar de forma continuada el agua de ducha y lavabo requiere depósito, filtrado, desinfección y una red de riego separada e identificada, sin conexión posible con la de agua potable. En España la reutilización de aguas regeneradas está regulada —marco europeo del Reglamento (UE) 2020/741 para riego agrícola y normativa estatal de reutilización para el resto de usos— con límites de Escherichia coli, sólidos en suspensión y turbidez según el uso; el riego de jardines privados tiene su propia categoría de calidad. A escala doméstica lo determinante suele ser la ordenanza municipal y, en obra nueva, lo que exija el proyecto. Y en todos los casos: riego por goteo o subterráneo, nunca por aspersión, y nunca sobre hortalizas de consumo en crudo.
Otras aguas que aparecen en la conversación
Agua mineral embotellada. No es agua pura: muchas marcas superan los 500 µS/cm y algunas llegan a 1.500, con bicarbonatos y sodio incluidos. Sale cara y no siempre es mejor que la del grifo. Para un capricho puntual, elíjase una de mineralización muy débil mirando el residuo seco de la etiqueta.
Agua de embalse, río o acequia. Suele ser blanda y de buena calidad agronómica, pero puede llevar sólidos en suspensión que obturan goteros y, según la cuenca, contaminación difusa. Un filtro de anillas resuelve lo primero.
Agua de mar. Con 35 gramos de sales por litro está fuera de discusión para riego directo; el porqué está detallado en el artículo sobre regar con agua de mar.
En resumen
Cualquier agua de riego se juzga con tres cifras: conductividad, pH-alcalinidad y dureza. Con ellas en la mano, el orden de calidad queda claro: el agua de lluvia es la referencia y solo pide un desviador de primer lavado y un depósito opaco y cerrado; la de pozo puede ser excelente o inservible y por eso hay que analizarla; la de ósmosis es limpia pero conviene mezclarla con agua de red o abonarla con calcio y magnesio; la de acuario de agua dulce es abono gratis si no ha habido medicación; la de cocción vale solo sin sal, fría y sin grasa; y el agua descalcificada, cargada de sodio, no debe llegar nunca a una planta. De las aguas grises, lo aprovechable sin instalación es el agua fría de la ducha, la de lavar verduras y el condensado del aire acondicionado; el resto exige tratamiento, riego enterrado y nada de hortalizas crudas.