Se puede regar con agua del grifo, y en la mayor parte de España se hace sin más consecuencia que un poco de cal en el borde del tiesto. Lo que ocurre es que el problema que se le atribuye —el cloro— casi nunca es el problema, y el que sí lo es —la cal— rara vez se nombra hasta que la planta lleva dos temporadas amarilla.
Qué lleva el agua de red
Un agua potable española típica contiene, además de la molécula de agua, cuatro grupos de cosas que interesan a una planta:
Desinfectante residual: cloro libre o cloramina, entre 0,2 y 1 mg/l en el punto de consumo. Sales de dureza: calcio y magnesio, y sobre todo los bicarbonatos que los acompañan. Otros iones: sodio, cloruro, sulfato, nitrato, en cantidades muy variables según el origen. Flúor, en algunas redes, en torno a 0,7-1 mg/l.
El dato clave está en el análisis que publica cualquier ayuntamiento o empresa suministradora, y no cuesta nada consultarlo. Los tres números que hay que buscar son la dureza total, la alcalinidad o bicarbonatos y el sodio. El resto es contexto.
El cloro se va solo y casi nunca es el problema
El cloro libre residual es un gas disuelto y volátil. Dejar el agua reposar en un recipiente ancho y abierto durante 12 a 24 horas elimina la mayor parte; agitarla o dejarla caer desde cierta altura acelera el proceso; el sol y el calor también.
Pero conviene poner las cifras en su sitio. Los umbrales de daño foliar por cloro en riego están muy por encima de las concentraciones de red, que rara vez pasan de 1 mg/l. Sobre la microbiota del sustrato el efecto es real pero superficial y transitorio: el cloro reacciona con la materia orgánica de los primeros milímetros y se consume ahí mismo. En una maceta con sustrato vivo, la población microbiana se recompone en días.
Así que dejar reposar el agua no hace daño y tiene una ventaja lateral apreciable en invierno —el agua se atempera y evita el choque térmico de regar a 8 °C una planta de interior—, pero no es la medida que resuelve nada. Las excepciones son las plantas verdaderamente sensibles: carnívoras, muchos helechos delicados y bromelias epífitas, que en cualquier caso necesitan agua de lluvia por otros motivos.
La cloramina, que no se va aireando
Cada vez más redes usan cloramina —monocloramina, cloro combinado con amoniaco— en lugar de cloro libre, porque es más estable y mantiene el residual hasta el final de conducciones largas. Esa estabilidad es justamente lo que la hace distinta para el jardinero: no se elimina dejando reposar el agua. Puede permanecer días.
Cómo saber cuál lleva el agua: aparece en el análisis del suministrador, y en la práctica un agua clorada con cloro libre pierde el olor tras unas horas en un cubo, mientras que una cloraminada lo conserva. Lo que sí retira la cloramina es el carbón activo —un filtro de jarra o de grifo lo hace— y también el ácido ascórbico, que la neutraliza en minutos, aunque para regar es una complicación innecesaria.
En plantas de jardín y de interior corrientes, la cloramina a 0,5-1 mg/l no causa daño visible. Donde importa de verdad es en acuarios, acuaponía y en el grupo de plantas sensibles mencionado antes. Para el resto es un motivo de tranquilidad, no de cambio de rutina.
La dureza: aquí está el asunto
La dureza es el contenido de calcio y magnesio, y se mide en grados franceses (°fH), donde 1 °fH equivale a 10 mg/l de carbonato cálcico. Por debajo de 15 °fH el agua es blanda; entre 15 y 30, media; entre 30 y 40, dura; por encima de 40, muy dura.
El mapa español es contundente. Galicia, buena parte de Asturias, el Sistema Central, Extremadura y Madrid —que bebe de embalses sobre granito— tienen aguas blandas, de 3 a 15 °fH. El valle del Ebro, el litoral mediterráneo, La Mancha, Andalucía y las dos mesetas calizas se mueven entre 30 y 60 °fH, con puntas mayores en el sureste. Una misma planta prospera en Santiago con agua del grifo y agonía en Murcia con la misma rutina.
Y hay un matiz técnico que cambia el diagnóstico: lo que hace daño no es exactamente la dureza, es la alcalinidad, es decir, el contenido de bicarbonatos. Son cosas relacionadas pero distintas, y la diferencia se vuelve decisiva en el apartado siguiente. Un agua con más de 250-300 mg/l de bicarbonato es problemática para cultivo en maceta, aunque su pH sea un correcto 7,6.
El mecanismo del daño es acumulativo y lento. Cada riego aporta bicarbonato al sustrato; al secarse, precipita como carbonato cálcico y consume la acidez del medio. El pH del sustrato sube, riego tras riego, de un 5,8 inicial a 7 o 7,5 en una sola temporada de cultivo. Y por encima de 7,5 el hierro precipita como hidróxido férrico y deja de estar disponible, por mucho que haya. El resultado es la clorosis férrica clásica: amarilleo entre los nervios de las hojas nuevas, con una retícula verde fina, mientras las viejas siguen verdes. La química completa de ese bloqueo está desarrollada en el artículo sobre el óxido de hierro.
Las señales visibles antes de llegar ahí son fáciles de leer: costra blanca en la superficie del sustrato y una corona blanquecina en el borde del tiesto; manchas blancas de cal en las hojas cuando se pulveriza; incrustación en la boca de los goteros y en la alcachofa de la regadera. Todo eso es el mismo carbonato que se está depositando en el suelo.
Para hacerse una idea de la cantidad: un agua de 35 °fH aporta 350 mg de carbonato por litro. Una maceta de 10 litros de sustrato que reciba 10 litros de agua al mes recibe unos 42 gramos de caliza al año. En un volumen tan pequeño, eso es un cambio de suelo.
El sodio del descalcificador, que es peor que la cal
Un descalcificador doméstico no elimina la cal: la intercambia. La resina retiene calcio y magnesio y suelta sodio en su lugar. Por cada grado francés de dureza eliminado se añaden unos 4,6 mg/l de sodio; un agua de 35 °fH sale del aparato con unos 160 mg/l de sodio adicionales.
Eso tiene dos consecuencias, y ninguna es buena para las plantas.
La primera: la alcalinidad no se toca. El bicarbonato sigue ahí, intacto, porque el intercambio actúa sobre los cationes y no sobre los aniones. El pH del sustrato seguirá subiendo exactamente igual. El descalcificador resuelve las manchas de la mampara de la ducha y la vida de la caldera; no resuelve el problema que tiene la planta.
La segunda: se ha sustituido un catión que da estructura al suelo por otro que la destruye. Al retirar el calcio y el magnesio y dejar solo sodio, la relación de adsorción de sodio del agua se dispara. Ese sodio dispersa la arcilla, sella los poros, encostra la superficie y se acumula además en las puntas de las hojas, donde produce quemadura marginal. En maceta el efecto es más rápido porque no hay lluvia que lave.
La conclusión es directa: no se riega con agua descalcificada. Lo práctico, cuando la casa tiene descalcificador, es sacar una derivación para el grifo del jardín antes del aparato. Muchas instalaciones ya la traen prevista; si no, es una obra pequeña y merece la pena.
Las soluciones, por orden de sensatez
1. Agua de lluvia. Es la respuesta, sin discusión. Conductividad de 0,02 a 0,05 dS/m, pH entre 5,6 y 6,5, alcalinidad prácticamente nula. Un tejado de 100 m² recoge 100 litros por cada milímetro de lluvia; con 400 mm anuales, 40 metros cúbicos. Lo que hay que cuidar: un desviador de primeras aguas que descarte los primeros litros, que arrastran el polvo y los excrementos del tejado; depósito opaco y cerrado, con malla mosquitera en el rebosadero y en la entrada, para no criar mosquito tigre; y no almacenarla meses al sol. No se recoge de cubiertas de fibrocemento ni de tejados recién tratados. El agua de condensación del aire acondicionado sirve igual y es abundante en verano, que es cuando hace falta.
2. Mezclar. Cuando la recogida no da para todo el año, la mezcla al 50 % con agua de red reduce la alcalinidad a la mitad y con ella la velocidad a la que sube el pH del sustrato. Es la solución realista para quien tiene depósito pequeño: agua de lluvia pura para las acidófilas, mezcla para el resto.
3. Acidificar, con medidor. Se trata de neutralizar el bicarbonato, no de perseguir un número de pH, y por eso hay que conocer la alcalinidad del agua antes de empezar. El objetivo es dejar el agua de riego entre pH 5,8 y 6,5, medido con un medidor de pH calibrado y no a ojo. Se usan acidificantes formulados para riego, siguiendo la dosificación del fabricante, siempre añadiendo el producto al agua y nunca al revés, con guantes y gafas y en recipiente no metálico. El vinagre y el limón acidifican de forma tan pasajera —los microorganismos consumen el acético y el cítrico en horas— que no compensan el trabajo; sirven para un riego puntual, no como sistema.
4. Sustrato y manejo. Un sustrato ácido de turba rubia, sin dolomita añadida en exceso, aguanta más riegos antes de subirse de pH. Regar en abundancia hasta que salga agua por el drenaje —y vaciar el plato— arrastra parte del carbonato acumulado en lugar de dejarlo dentro; regar con poco volumen es lo que concentra las sales. Y trasplantar o renovar el sustrato de las acidófilas cada año o cada dos evita arrastrar el problema.
5. Elegir plantas que toleren la caliza. Es la solución definitiva y la que menos trabajo da. Pelearse indefinidamente con el agua para mantener una azalea, una camelia, una gardenia, un arándano o una hortensia azul en Zaragoza es una cita anual con el quelato de hierro durante toda la vida de la planta. En su lugar, con la misma agua y sin corrección: adelfa, durillo, celindo, granado, madroño, romero, lavanda, olivo, laurentino, cotoneaster, salvia, agapanto. En interior, la diferencia es igual de clara: potos, sansevieria, zamioculca, aspidistra y ficus toleran agua dura sin inmutarse, mientras que calateas, helechos delicados, orquídeas y carnívoras piden agua de lluvia y no negocian.
Dos detalles menores que sí se notan
La temperatura. Regar en invierno con agua directamente de la red, a 8 o 10 °C, sobre plantas de interior tropicales frena la absorción radicular y provoca manchas en hojas aterciopeladas como las de Saintpaulia o Begonia rex. Basta con dejar la regadera llena de un día para otro.
Pulverizar con agua dura. Deja manchas blancas de cal sobre la hoja, antiestéticas y difíciles de quitar sin dañar la cutícula. Para pulverizar, agua de lluvia o agua hervida y decantada.
En resumen
Se puede regar con agua del grifo. El cloro libre, entre 0,2 y 1 mg/l, se volatiliza dejando reposar el agua 12 a 24 horas en recipiente abierto y casi nunca causa daño; dejarla reposar tiene más valor por atemperarla que por desclorarla. La cloramina, en cambio, no se va aireando y solo la retiran el carbón activo o el ácido ascórbico, aunque a las dosis de red tampoco afecta a las plantas corrientes.
El problema real es la dureza, y más concretamente la alcalinidad: los bicarbonatos. Media España riega con aguas de 30 a 60 °fH. Cada riego deposita carbonato que sube el pH del sustrato temporada tras temporada, y por encima de 7,5 el hierro precipita y aparece la clorosis férrica, con amarilleo internervial en las hojas nuevas. Se reconoce antes por la costra blanca en el borde del tiesto y las manchas de cal en la hoja. Un agua de 35 °fH deja unos 42 gramos de caliza al año en una maceta de 10 litros.
No se riega con agua descalcificada. El aparato cambia calcio y magnesio por sodio —unos 160 mg/l añadidos con agua de 35 °fH— y deja intacto el bicarbonato: se pierde lo que daba estructura al suelo, se gana lo que la destruye y no se corrige el pH. Con descalcificador en casa, conviene derivar el grifo del jardín antes del aparato.
Las soluciones, por orden: agua de lluvia con desviador de primeras aguas y depósito opaco y cerrado; mezcla al 50 % cuando no dé para todo; acidificación controlada a pH 5,8-6,5 con medidor y producto formulado, no con vinagre; sustrato ácido y riegos abundantes con drenaje libre; y, por encima de todo, elegir especies que toleren la caliza en lugar de sostener una acidófila a base de correcciones perpetuas.