Salinidad y pH alto se nombran juntos, se corrigen de maneras opuestas y no son el mismo problema. Confundirlos lleva a tratamientos que no sirven de nada: echar hierro quelatado a una planta que sufre por sal, o intentar lavar un suelo cuyo único defecto es la caliza. Conviene separarlos desde el principio, porque los síntomas se parecen lo justo para despistar.
Dicho en una línea: la salinidad es una cuestión de concentración de sales solubles y se mide por conductividad eléctrica; el pH alto es una cuestión de acidez y controla qué nutrientes están disponibles. Un suelo puede tener uno, el otro, los dos o ninguno. En buena parte de España —levante, valle del Ebro, Guadalquivir, La Mancha, litoral mediterráneo— coinciden los dos, y de ahí la costumbre de mezclarlos.
Qué es exactamente la salinidad
Un suelo salino es el que contiene sales solubles en cantidad suficiente para perjudicar a las plantas: cloruros y sulfatos de sodio, calcio y magnesio, sobre todo. Se mide como conductividad eléctrica del extracto de saturación (CEe), en decisiemens por metro. Los umbrales convencionales:
Por debajo de 2 dS/m, sin problema para casi cualquier planta. Entre 2 y 4, empiezan a resentirse las especies sensibles: fresa, judía, muchos cítricos, la mayoría de los frutales de hueso, el césped fino. Entre 4 y 8, solo prosperan especies tolerantes. Entre 8 y 16, hace falta flora específicamente adaptada. Por encima de 16 dS/m se está en terreno de marisma y de halófitas estrictas. Como referencia, el agua de mar ronda los 50 dS/m.
Un análisis de laboratorio de suelo cuesta poco y da este dato junto con el pH, el porcentaje de sodio intercambiable y la caliza activa. Para el agua de riego, la medida equivalente se toma con un conductímetro de bolsillo: por debajo de 0,7 dS/m el agua es apta sin restricciones; entre 0,7 y 3 hay restricción creciente; por encima de 3 dS/m solo sirve para cultivos tolerantes y con lavado deliberado.
La sal daña por dos mecanismos distintos, y distinguirlos explica los síntomas.
Estrés osmótico. El agua se mueve de donde hay menos sales disueltas a donde hay más. Si la disolución del suelo está más concentrada que el interior de la raíz, la planta deja de poder absorber agua e incluso la pierde. Es una sequía fisiológica: la planta se marchita con el suelo húmedo. Cada dS/m de conductividad equivale a unos 0,36 bares de potencial osmótico en contra. El síntoma es general y uniforme: crecimiento frenado, hojas más pequeñas, color verde azulado apagado, entrenudos cortos, marchitez en las horas centrales que no se recupera con riego.
Toxicidad iónica específica. Es cosa sobre todo del cloruro y del sodio, y también del boro. Estos iones se acumulan en la planta y se concentran en el extremo de las hojas, donde termina el flujo de transpiración. El síntoma es característico y muy distinto del anterior: quemadura marginal y apical de la hoja, un borde marrón seco, nítido, que avanza hacia el interior, primero en las hojas viejas. En especies leñosas de hoja perenne —cítricos, laurel, aguacate, adelfa— es el signo más fiable de agua salina. Con boro, la quemadura aparece con concentraciones muy bajas, a partir de 1 mg/l en agua de riego, y el margen entre carencia y toxicidad es estrecho.
Hay un tercer caso que se confunde con el anterior y se trata distinto: el suelo sódico. Aquí lo relevante no es la cantidad total de sales sino la proporción de sodio en el complejo de cambio (porcentaje de sodio intercambiable por encima del 15 %, o RAS alto en el agua). El sodio dispersa la arcilla: destruye los agregados, sella los poros y el suelo se vuelve impermeable, se encharca en superficie, forma costra al secarse y se agrieta en polígonos. Se reconoce porque el agua queda embalsada sin infiltrar y porque la superficie seca tiene aspecto de pastel apelmazado, a veces con manchas oscuras. Un suelo salino-sódico que se lava sin más puede empeorar: al retirar las sales solubles, el sodio queda dominante y la estructura colapsa. Ese es el motivo de que el yeso preceda al lavado.
Qué es el pH alto y por qué causa clorosis
El pH mide la actividad de los protones en la disolución del suelo. Por encima de 7 es alcalino; los suelos calizos españoles suelen moverse entre 7,5 y 8,5, tamponados por carbonato cálcico, y los sódicos pueden pasar de 9.
El pH no perjudica directamente a la raíz. Lo que hace es cambiar la solubilidad de los nutrientes. Y hay dos que se ven especialmente afectados:
Hierro. A pH 7,5-8,5 el hierro precipita como hidróxido férrico, insoluble. Puede haber un 3 % de hierro total en el suelo y estar prácticamente todo indisponible. El resultado es la clorosis férrica, el cuadro más reconocible de la jardinería en zona caliza: hoja amarilla con los nervios marcados en verde, formando un retículo fino, y siempre en las hojas jóvenes primero, porque el hierro es poco móvil dentro de la planta y no se redistribuye desde las viejas. En casos severos la hoja se blanquea entera y el brote se seca de la punta hacia atrás.
Manganeso. Mismo mecanismo, síntoma parecido pero con el retículo más grueso y difuso, y afectando a hojas de edad intermedia. Se confunde con la clorosis férrica muy a menudo.
El zinc y el boro también se bloquean, y el fósforo precipita como fosfato tricálcico, poco asimilable. Por contra, a pH alto no hay riesgo de toxicidad por aluminio ni por manganeso, que son los problemas de los suelos ácidos.
Un matiz técnico que decide la elección de especies: lo que hace daño en un suelo calizo no es tanto el pH como la caliza activa, es decir, la fracción de carbonato de tamaño muy fino, que es la que reacciona y tampona. Un suelo puede tener un 30 % de caliza total y solo un 3 % de caliza activa, y comportarse razonablemente bien. Los análisis dan ese valor como IPC (índice de poder clorosante), y los viveros de frutales lo usan para elegir patrón. Por encima de un 9-10 % de caliza activa, las especies acidófilas están descartadas sin discusión.
Cómo se distinguen sobre el terreno
Sin análisis, hay indicios que orientan bastante:
Costra blanca en la superficie del suelo o en el borde de los alcorques, que reaparece tras cada secado y sabe salada: sales solubles. Si además el suelo hace efervescencia al echarle unas gotas de vinagre fuerte o de salfumán rebajado, hay carbonatos y por tanto pH alto; la efervescencia por sí sola no dice nada sobre salinidad.
Amarilleo internervial en hojas nuevas: pH alto, clorosis férrica. Quemadura de bordes en hojas viejas: salinidad, ion tóxico. Crecimiento frenado y uniforme, sin patrón de color: salinidad, estrés osmótico. Un jardín puede presentar los tres a la vez.
Manchas de daño distribuidas según los aspersores, con las plantas peores justo donde llega el chorro y mejores en las esquinas: salinidad del agua de riego, agravada por mojar la hoja. La aspersión con agua salina quema el follaje directamente por absorción foliar, y por eso en agua mediocre se riega siempre a pie de planta y de noche o a primera hora.
Vegetación espontánea indicadora. Donde aparecen solas Salicornia, Suaeda vera, Arthrocnemum, Limonium, Frankenia o Atriplex halimus, hay salinidad real. Donde crecen Rosmarinus, Thymus, Helianthemum, Lithodora fruticosa, Sedum sediforme o Brachypodium retusum, el suelo es calizo pero no necesariamente salino.
De dónde vienen y qué se puede corregir
El origen determina si merece la pena intentar arreglarlo.
Agua de riego. La causa más habitual en jardines. Un agua de 1,5 dS/m aplicada a razón de 600 mm anuales aporta del orden de 6 toneladas de sales por hectárea y año, unos 600 g por metro cuadrado. Si no llueve lo suficiente para lavarlas, se acumulan temporada tras temporada. Es corregible cambiando de fuente, mezclando con agua de lluvia recogida o aplicando fracción de lavado; el problema del pozo salino, sin embargo, no desaparece.
Cercanía al mar. El aerosol marino deposita sal sobre el follaje y sobre el suelo. En primera línea con viento dominante de mar, la deposición puede superar los 100 kg de cloruro sódico por hectárea y mes. No es corregible: se elige flora adaptada y se instala una barrera cortavientos con especies tolerantes en primera fila. Un lavado ocasional del follaje con agua dulce, en jardines litorales, retira la sal depositada y evita la quemadura.
Roca madre caliza o yesífera. Estructural. El pH alto de un suelo con carbonato cálcico abundante no se puede bajar de forma duradera: el carbonato tampona cualquier acidificación. Se han vendido muchos sacos de azufre y de turba ácida para esto, y en un suelo con un 20 % de caliza el efecto dura semanas. Ni las agujas de pino, ni el café, ni el vinagre modifican el pH de un suelo calizo de manera apreciable.
Abonado excesivo. Los fertilizantes son sales, y aplicados en dosis altas suben la conductividad de la disolución del suelo bruscamente. Es la causa típica de la salinidad en macetas y jardineras, donde no hay lavado natural y el sustrato acumula lo aportado. El síntoma es la corona blanca en el borde del tiesto y la quemadura de puntas. En maceta se corrige regando en abundancia hasta que salga agua por el drenaje, dos o tres veces seguidas, y no reutilizando el plato.
Estiércol fresco y purines, muy salinos, aplicados sin compostar. Y las sales de deshielo en zonas de montaña, junto a caminos tratados en invierno.
Resumiendo qué se corrige y qué no: la salinidad se puede reducir con lavado y con cambio de agua; la sodicidad se corrige con calcio (yeso) más lavado; el pH alto de origen calizo no se corrige, se convive con él eligiendo plantas calcícolas y corrigiendo carencias puntuales con quelatos.
El lavado de sales y su condición imprescindible
El lavado consiste en aplicar un exceso de agua que arrastre las sales por debajo de la zona de raíces. Funciona, pero solo si el agua tiene por dónde salir. Aplicar volúmenes grandes de agua sobre un suelo mal drenado no lava nada: eleva el nivel freático, sube más sal por capilaridad al evaporarse en superficie y añade asfixia radicular al problema original. En un suelo con capa impermeable a poca profundidad, el lavado empeora la situación.
La secuencia correcta es esta:
Primero, comprobar el drenaje. Un hoyo de 30 cm llenado de agua debe vaciarse a más de 2 cm/h. Si no lo hace, hay que resolver el drenaje antes de tocar nada: zanjas drenantes con tubo ranurado y grava conducidas a un punto de salida, o subsolado si la limitación es una suela de labor compactada.
Segundo, si hay sodicidad, aplicar calcio antes de lavar. Yeso agrícola (sulfato cálcico dihidrato) a razón de 200-500 g/m² en casos moderados, incorporado a los primeros centímetros y regado a continuación. El calcio desplaza al sodio del complejo de cambio, la arcilla flocula y recupera permeabilidad, y el sodio queda en forma soluble lista para lavarse. En suelo calizo se puede usar azufre elemental, que al oxidarse produce ácido sulfúrico y libera el calcio del propio carbonato del suelo, aunque el proceso es lento y depende de la actividad bacteriana.
Tercero, lavar con dosis conocidas. La regla práctica es que se necesitan del orden de 150 mm de agua por cada 30 cm de suelo para reducir la salinidad alrededor de un 80 % en ese espesor. Aplicada de forma lenta y continua, mejor por inundación somera o goteo prolongado que por aspersión intensa, porque el flujo no saturado lava más eficientemente que el saturado. En invierno, cuando la evaporación es mínima.
Cuarto, mantener una fracción de lavado. Con agua de riego salina, cada riego debe llevar un excedente sobre la necesidad de la planta —del orden de un 10-20 % más con agua mediocre, más con agua mala— para que las sales no se concentren en la zona de raíces. Regar «lo justo» con agua salina es exactamente lo que las acumula.
Dos precauciones más. El acolchado ayuda mucho en suelos salinos: al reducir la evaporación en superficie, corta el ascenso capilar que trae la sal hacia arriba. Y el riego por goteo desplaza las sales hacia la periferia del bulbo húmedo, formando un anillo salino en el borde; conviene plantar dentro del bulbo, no en el límite, y no cortar el goteo por periodos largos en verano, porque al secarse el bulbo la sal vuelve hacia el centro.
Plantas que aguantan la sal de verdad
Las halófitas no toleran la sal: la gestionan, con maquinaria fisiológica específica. Unas la excluyen en la raíz mediante membranas selectivas; otras la excretan por glándulas salinas en la hoja —Limonium, Frankenia, Tamarix amanecen con cristales blancos en el follaje—; otras la compartimentan en vacuolas y diluyen con suculencia, que es lo que hace la Salicornia; y otras la acumulan en vejigas epidérmicas que luego se desprenden, como Atriplex. Estas son las plantas que sirven cuando la conductividad pasa de 8 dS/m.
Halófitas de marisma y saladar (CEe superior a 15 dS/m): Salicornia europaea y Sarcocornia fruticosa, Arthrocnemum macrostachyum, Suaeda vera, Halimione portulacoides, Limonium en sus muchas especies ibéricas, Spartina, Juncus maritimus, Puccinellia. Son plantas de proyecto naturalístico más que de jardín ornamental clásico, pero resuelven terrenos donde no vive nada más.
Leñosas muy tolerantes (8-15 dS/m): Tamarix gallica, T. canariensis y T. africana —el taray es la especie de referencia para suelos salinos en España, excreta sal por la hoja y aguanta además el encharcamiento—; Atriplex halimus, el orgaza, arbusto plateado que se usa en revegetación de suelos salinos y como forraje; Nitraria retusa en el sureste árido; Lycium intricatum; Salsola; Suaeda.
Litoral y viento salino (4-8 dS/m, y sobre todo tolerancia al aerosol marino): Pistacia lentiscus, Juniperus phoenicea subsp. turbinata, Myoporum laetum, Elaeagnus × ebbingei, Pittosporum tobira, Metrosideros excelsa, Phoenix dactylifera —la palmera datilera es notablemente tolerante a la sal—, Chamaerops humilis, Washingtonia, Olea europaea, Nerium oleander —cuya toxicidad, presente en todas sus partes incluida la madera seca, obliga a retirar sus restos de poda sin quemarlos ni dejarlos al alcance del ganado—, Rosmarinus officinalis, Crithmum maritimum, Armeria maritima, Frankenia laevis, Lotus creticus, Sporobolus pungens y Ammophila arenaria para fijar arena.
Entre los céspedes, la diferencia es grande: Paspalum vaginatum tolera hasta 25-35 dS/m y se riega con agua salobre e incluso regenerada; Cynodon dactylon y Zoysia aguantan 8-10; las festucas y raigrases se resienten por encima de 4 y el Poa pratensis a partir de 3.
Y una advertencia sobre Carpobrotus edulis, planta muy usada en taludes costeros por su tolerancia salina: figura en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras y su plantación, comercio y posesión están prohibidos. Lo mismo ocurre con varias especies litorales de aspecto agradecido; conviene comprobar el catálogo antes de comprar.
Plantas calcícolas para pH alto
Las calcícolas resuelven la indisponibilidad del hierro por vías propias: acidifican la rizosfera bombeando protones, segregan fitosideróforos o compuestos fenólicos que quelan el hierro y lo mantienen soluble, y disponen de reductasas férricas eficaces en la membrana de la raíz. Por eso viven sin clorosis en el mismo suelo donde una azalea se blanquea en un mes.
La flora mediterránea es en gran medida calcícola, así que la lista es amplia y no supone renuncia alguna:
Árboles. Quercus ilex subsp. ballota, Q. faginea, Q. coccifera, Celtis australis, Fraxinus ornus, Cercis siliquastrum, Ceratonia siliqua, Olea europaea, Pinus halepensis, Cupressus sempervirens y C. arizonica, Juniperus thurifera, Morus alba, Koelreuteria paniculata.
Arbustos. Viburnum tinus, Rhamnus alaternus, Phillyrea angustifolia, Pistacia terebinthus, Cistus albidus y C. clusii —a diferencia de C. ladanifer y C. populifolius, que son silicícolas—, Lavandula latifolia y L. angustifolia, Salvia rosmarinus, Thymus vulgaris, Santolina, Coronilla, Buxus sempervirens, Laurus nobilis, Lonicera implexa, Punica granatum, Euonymus japonicus.
Vivaces y tapizantes. Lithodora fruticosa, Helianthemum, Dianthus, Iberis sempervirens, Aubrieta, Gypsophila repens, Sedum sediforme y S. album, Euphorbia rigida, Teucrium, Salvia del grupo mediterráneo, Acanthus mollis, Bergenia, Helleborus foetidus.
Bulbos. Muscari, Iris lutescens, Sternbergia lutea, Crocus, Allium, Narcissus del grupo tazetta.
Lo que está descartado en caliza activa alta: Rhododendron y azaleas, Camellia, Erica —salvo E. multiflora, que es calcícola—, Calluna, Hydrangea, Gardenia, arándano, Pieris, Acer palmatum, coníferas de la familia de las Pinaceae exigentes en acidez. Cultivarlas en un jardín calizo obliga a maceta con sustrato ácido y riego con agua de lluvia o acidificada, y a asumir un mantenimiento perpetuo.
Para las especies que sí interesan pero se manifiestan cloróticas —cítricos, melocotoneros, hortensias, algunas rosas—, el tratamiento eficaz es el quelato de hierro EDDHA, el único cuya molécula se mantiene estable por encima de pH 8; los quelatos EDTA y DTPA se degradan en suelo calizo y son dinero perdido. Se aplica al suelo, disuelto en el agua de riego, en primavera al iniciarse la brotación, y sus efectos se ven en tres o cuatro semanas. El sulfato de hierro aplicado al suelo precipita casi de inmediato; solo tiene sentido en aplicación foliar y como parche temporal. Y en frutales de zona caliza, la solución estructural es el patrón: injertar sobre pie tolerante a caliza resuelve de una vez lo que las correcciones repiten cada año.
En resumen
Salinidad y alcalinidad son problemas distintos con síntomas distintos. La salinidad se mide por conductividad —por encima de 4 dS/m en suelo o 3 en agua de riego hay que elegir especies tolerantes— y daña por dos vías: potencial osmótico, que frena el crecimiento uniformemente y marchita la planta con el suelo húmedo, e ion tóxico de cloruro, sodio o boro, que quema los bordes y las puntas de las hojas viejas. El pH alto no daña la raíz: precipita el hierro y el manganeso, y produce clorosis internervial con los nervios verdes en las hojas jóvenes. La salinidad se corrige lavando, con dos condiciones: que el drenaje evacue —comprobado con un hoyo de 30 cm— y que, si hay sodio, se aplique antes yeso a 200-500 g/m²; hacen falta unos 150 mm de agua por cada 30 cm de suelo, más una fracción de lavado del 10-20 % en cada riego posterior. El pH alto de origen calizo no se corrige de forma duradera, y se convive con él plantando calcícolas y usando quelato EDDHA, el único estable por encima de pH 8, en las especies sensibles. Con sal alta van halófitas —taray, Atriplex halimus, Limonium, Sarcocornia, Frankenia, y Paspalum vaginatum como césped—; con caliza va casi toda la flora mediterránea, y quedan fuera azaleas, camelias, hortensias, arándanos y Acer palmatum.