Coge un puñado de tierra de tu jardín, humedécelo hasta que tenga la consistencia de la plastilina y aprieta. Lo que ocurra en los treinta segundos siguientes te dice más sobre qué puedes plantar que cualquier catálogo de vivero. Arena y arcilla son los dos extremos de la textura del suelo, y cada uno impone su propia lista de plantas por razones que no tienen nada que ver con la fertilidad.

La textura es la proporción de arena, limo y arcilla, definida por el tamaño de las partículas: la arena mide entre 0,05 y 2 mm, el limo entre 0,002 y 0,05, y la arcilla menos de 0,002 mm. Esa diferencia de tamaño parece menor sobre el papel y es enorme en la práctica, porque determina el tamaño de los huecos entre partículas, y esos huecos son por donde circulan el agua y el aire.

Reconocer el suelo con la mano

No hace falta un laboratorio para el uso corriente. Las dos pruebas de campo clásicas, que usan los edafólogos y cualquier agricultor, se hacen en un minuto.

La prueba del churro (o del cilindro). Toma una muestra del tamaño de una nuez a unos 20 cm de profundidad, retira las piedras y raíces, humedece poco a poco hasta que la masa sea moldeable y no se te pegue a la mano —ni chorreando ni desmenuzándose—. Amásala hasta homogeneizarla y rueda entre las palmas para formar un cilindro:

Si no se llega a formar el cilindro y la masa se cae a trozos, es un suelo arenoso, con menos de un 10 % de arcilla.

Si forma un cilindro grueso, de un centímetro o más, que se agrieta al doblarlo, es franco o franco-arenoso: el suelo cómodo, el que no obliga a elegir nada.

Si forma un cilindro fino, de 3-4 mm, que se puede doblar en herradura sin romperse, hay más de un 35 % de arcilla y el suelo es arcilloso.

Si además ese cilindro se cierra en anillo completo sin fisuras y la superficie queda brillante al frotarla con el pulgar, la arcilla pasa del 45-50 %. Ahí conviene tomar decisiones de diseño antes que de plantación.

La prueba de la bola. Complementaria y aún más rápida. Aprieta un puñado de tierra húmeda en el puño y abre la mano. Si se deshace en cuanto la sueltas, hay arena. Si mantiene la forma pero se rompe al empujarla con el dedo, es franca. Si queda una bola compacta que sigue entera al lanzarla al aire y recogerla, y las huellas de los dedos permanecen marcadas y brillantes, es arcilla. La sensación al tacto también informa: la arena raspa entre los dedos, el limo es suave y jabonoso como el talco húmedo, y la arcilla es pegajosa y plástica.

Hay una tercera comprobación que vale más que las dos anteriores para decidir qué plantar: el test de percolación. Cava un hoyo de 30 × 30 × 30 cm, llénalo de agua y déjalo drenar por completo. Vuélvelo a llenar y mide cuánto baja el nivel por hora. Por encima de 5 cm/h el suelo drena en exceso; entre 2 y 5 cm/h es correcto; por debajo de 1 cm/h hay un problema serio de drenaje y las raíces pasarán semanas en anoxia cada invierno. Este dato es lo que decide de verdad la mortalidad de las plantas leñosas.

Suelo arenoso de textura suelta y grano grueso

Qué hace el agua en un suelo arenoso

Los granos de arena son grandes y dejan entre ellos macroporos, huecos anchos por los que el agua cae por gravedad casi sin resistencia. La consecuencia inmediata es que el agua atraviesa el perfil y desaparece: un riego generoso en arena puede haber bajado por debajo de la zona radicular en dos horas.

Esto se cuantifica con la capacidad de retención de agua disponible. Un suelo arenoso retiene aproximadamente 50-70 litros de agua útil por metro cúbico; un franco, 150-200; un arcilloso, 180-220 aunque no toda esté disponible. Traducido: para mojar el mismo volumen de raíces, la arena necesita riegos más frecuentes y más cortos, no más largos, porque el exceso se pierde en profundidad.

El aire, en cambio, sobra. Un suelo arenoso raramente se asfixia; sus raíces respiran bien todo el año, incluso después de una tormenta. Se calienta antes en primavera, lo que adelanta la brotación y permite trabajarlo pocas horas después de llover.

Los otros dos rasgos de la arena son consecuencia de su química. Las partículas de arena son cuarzo, químicamente inertes, con superficie específica mínima y sin cargas eléctricas: no retienen nutrientes. La capacidad de intercambio catiónico de un arenoso puro puede estar por debajo de 5 meq/100 g, frente a 25-40 en un arcilloso. El nitrógeno, el potasio y el magnesio que se aporten se lavan con la primera lluvia intensa. Y la materia orgánica, además, se mineraliza rápido en un medio bien aireado y cálido, así que ni siquiera se acumula fácilmente.

De ahí la doble regla del suelo arenoso: riego poco y a menudo, y abonado fraccionado en dosis pequeñas, o mejor de liberación lenta. Una dosis grande de una vez es dinero que se va al acuífero.

Qué hace el agua en un suelo arcilloso

Las partículas de arcilla son laminares, microscópicas y cargadas negativamente. Dejan entre ellas microporos donde el agua queda retenida por capilaridad con tanta fuerza que la planta no siempre consigue extraerla: parte de esa agua está por debajo del punto de marchitez permanente y, aunque el suelo esté húmedo, la planta se marchita.

El problema real, sin embargo, es el aire. En un arcilloso saturado, el agua ocupa la práctica totalidad del espacio poroso y el oxígeno se agota en pocas horas. Las raíces respiran, y sin oxígeno dejan de absorber agua y nutrientes de forma activa; se produce el cuadro paradójico de una planta marchita en suelo encharcado. A partir de ahí entran los hongos de suelo —Phytophthora, Pythium, Armillaria— que precisamente prosperan en anoxia, y la planta muere de podredumbre radicular. Esta es, con diferencia, la causa más frecuente de muerte de arbustos y árboles jóvenes en jardines de suelo pesado, y ocurre en invierno, no en verano.

La arcilla tiene también un comportamiento mecánico propio: se hincha al mojarse y se contrae al secarse. En verano el suelo se agrieta con fisuras de varios centímetros que rompen raíces finas y por las que el riego se escapa sin mojar nada; en invierno se cierra y se vuelve impermeable. Las arcillas expansivas del tipo esmectita, frecuentes en las vegas y depresiones del interior peninsular, llegan a mover cimentaciones ligeras.

Y es un suelo que se compacta con facilidad. Pisar o labrar un arcilloso mojado destruye la estructura, aplasta los poros y crea suela de labor. La regla es sencilla: en suelo pesado no se trabaja ni se pisa cuando está húmedo, se espera al punto de sazón, ese estado en que la tierra se desmenuza sin pegarse a la azada.

A cambio, la arcilla ofrece dos ventajas que no hay que despreciar: fertilidad y reserva. Su capacidad de intercambio catiónico es alta, retiene nutrientes y los cede lentamente, y su reserva de agua es enorme. Un jardín arcilloso bien establecido resiste una sequía estival mucho mejor que uno arenoso.

Suelo arcilloso agrietado por la desecación

Lo que no hay que hacer: echar arena a un suelo arcilloso

Es la recomendación más repetida y la que más suelos ha estropeado. La lógica intuitiva —«si la arcilla es demasiado fina, le añado partículas gruesas y aireo»— es exactamente al revés de como funciona.

Al mezclar una cantidad moderada de arena con arcilla, las partículas laminares de arcilla, que son mil veces más pequeñas, rellenan los huecos entre los granos de arena. El resultado no es un suelo más poroso: es una matriz de arcilla con áridos embebidos, es decir, algo con la estructura conceptual del hormigón, más denso y más impermeable que el suelo de partida. La densidad aparente sube, la porosidad baja y el suelo se vuelve más duro al secarse.

Para que la mezcla funcionase de verdad haría falta que la arena constituyera la fracción dominante y continua, es decir, superar aproximadamente el 50-60 % en volumen del suelo tratado. En una parcela de 100 m² tratada a 30 cm de profundidad, eso significa mover del orden de 15-20 m³ de arena, que son unas 25-30 toneladas. A esa escala ya no es una enmienda, es una sustitución de suelo, con su precio de camiones y de maquinaria. Y la arena tendría que ser gruesa y de granulometría uniforme —arena de río lavada de 1-3 mm—, nunca arena fina de miga ni de playa, que empeoran el resultado y, la segunda, además aporta sal.

Lo que sí funciona en un suelo arcilloso, por orden de eficacia:

Materia orgánica bien descompuesta, en cantidad y de forma repetida: compost maduro, estiércol de dos años, mantillo. Actúa por otra vía distinta a la mecánica: los ácidos húmicos y los productos de la actividad microbiana floculan las partículas de arcilla, es decir, las agregan en grumos, y entre los grumos aparecen macroporos. Ese es el mecanismo real de mejora. Se aportan 5-10 litros por metro cuadrado al año, incorporados superficialmente, y el efecto se nota a partir de la segunda o tercera temporada.

Yeso agrícola (sulfato cálcico), 200-500 g/m², cuando el problema es de sodicidad —arcillas dispersas por exceso de sodio, frecuentes en zonas con agua de riego mala—. El calcio desplaza al sodio del complejo de cambio y la arcilla flocula. En un arcilloso normal, no sódico, el yeso no hace gran cosa.

Drenaje real: zanjas drenantes con tubo y grava que evacuen a un punto bajo, o un pozo filtrante si hay una capa permeable por debajo. Es la única solución cuando la percolación está por debajo de 1 cm/h.

Bancales elevados, de 30-50 cm, con sustrato aportado. Resuelve el problema sin discutir con el suelo existente, y es la salida sensata en jardines pequeños con arcilla dura.

No labrar en profundidad. Voltear un arcilloso con motoazada rompe la estructura que la materia orgánica y las lombrices han tardado años en construir. Aporte en superficie, acolchado y raíces vivas trabajando: eso construye estructura; el laboreo la destruye.

Al suelo arenoso, por cierto, también se le aplican enmiendas erróneas. Añadir arcilla en pequeñas cantidades para «darle cuerpo» no logra nada apreciable —la fracción es insuficiente para cambiar la textura—, y lo que sí funciona es de nuevo la materia orgánica, que en arena actúa como esponja aumentando la retención hídrica y aportando capacidad de intercambio catiónico. En arena hay que reponerla más a menudo, porque se mineraliza más deprisa.

Plantas para suelo arenoso

Lo que se pide aquí es tolerancia a la sequía por vía radicular y frugalidad en nutrientes. Las plantas que triunfan en arena suelen tener una de estas dos arquitecturas: raíz pivotante profunda que alcanza el agua que ha percolado, o sistema radicular extenso y superficial que capta rápido la lluvia ligera. Muchas son además leguminosas, capaces de fijar nitrógeno atmosférico y por tanto indiferentes a la pobreza del suelo, o crasas que almacenan agua en sus tejidos.

Arbustos y matas mediterráneas. Rosmarinus officinalis (hoy Salvia rosmarinus), Lavandula angustifolia, L. stoechas y L. dentata, Cistus albidus, C. ladanifer y C. salviifolius, Thymus vulgaris y T. zygis, Santolina chamaecyparissus, Helichrysum stoechas, Teucrium fruticans, Phlomis purpurea y P. fruticosa. Todas ellas son de raíz profunda, hoja esclerófila o pilosa y exigencia nutritiva baja. En arena rinden mejor que en franco, porque el drenaje les evita la asfixia invernal que es su punto débil.

Leguminosas leñosas. Retama sphaerocarpa, Genista hirsuta, Spartium junceum, Ulex, Coronilla glauca, Anthyllis cytisoides. Fijan nitrógeno mediante simbiosis con rizobios y colonizan arenales pobres sin ayuda. Son, de hecho, la vegetación pionera natural de los arenales interiores ibéricos.

Árboles. Pinus pinea (el pino piñonero es la especie que fija las arenas del litoral atlántico andaluz), Pinus pinaster, Juniperus phoenicea subsp. turbinata, Quercus suber en suelo silíceo, Ceratonia siliqua, Olea europaea, Tamarix gallica, Eucalyptus en zonas donde ya se cultiva. Todos son de raíz pivotante que baja varios metros.

Vivaces, bulbos y crasas. Gaura lindheimeri, Achillea millefolium, Perovskia atriplicifolia, Nepeta × faassenii, Euphorbia characias, Sedum en todas sus especies, Agave y Aloe en clima sin heladas fuertes, Carpobrotus —conviene saber que C. edulis figura en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras y su plantación está prohibida—, Armeria maritima, Limonium, Allium, Narcissus, Iris de la sección Juno, y los bulbos mediterráneos en general, que evolucionaron precisamente en suelos que se secan.

Gramíneas. Stipa tenacissima, Ampelodesmos mauritanica, Festuca glauca, Pennisetum. Su sistema radicular fibroso y denso explora eficazmente el volumen superficial.

Litoral arenoso, si además hay salinidad de brisa: Ammophila arenaria, Crithmum maritimum, Frankenia laevis, Pancratium maritimum, Juniperus oxycedrus subsp. macrocarpa, Pistacia lentiscus.

Plantas para suelo arcilloso

Aquí no se pide tolerancia a la sequía sino tolerancia a la asfixia temporal: capacidad de mantener las raíces vivas y funcionando durante días o semanas con oxígeno escaso. Las plantas que lo consiguen tienen mecanismos concretos: aerénquima, tejido con espacios aéreos que conduce oxígeno desde la parte aérea hasta la raíz; capacidad de emitir raíces adventicias por encima de la zona anegada; y tolerancia bioquímica a los productos de la fermentación y a los compuestos reducidos que aparecen en suelo anóxico, como el hierro y el manganeso ferroso y los sulfuros.

No es casualidad que la mayoría procedan de riberas, vaguadas, fondos de valle o marismas.

Árboles. Salix alba y S. atrocinerea, Populus alba y P. nigra, Alnus glutinosa —el aliso vive con el pie en el agua y fija nitrógeno mediante Frankia—, Fraxinus angustifolia, Ulmus minor, Celtis australis, Platanus × hispanica, Taxodium distichum para suelos permanentemente húmedos, y entre los frutales el membrillero (Cydonia oblonga) y el peral sobre patrón de membrillero, que toleran suelo pesado bastante mejor que el melocotonero o el almendro. Quercus robur y Q. faginea soportan bien arcillas en climas con lluvia repartida.

Arbustos. Cornus sanguinea y C. alba, Sambucus nigra, Viburnum opulus, Crataegus monogyna, Photinia × fraseri, Ligustrum, Hibiscus syriacus, Chaenomeles, Spiraea, Weigela, Ribes sanguineum, Rosa en la mayoría de sus grupos —el rosal es de las leñosas de jardín que mejor toleran suelo pesado y fértil, siempre que no haya encharcamiento prolongado—.

Vivaces. Hemerocallis, Iris germanica —a condición de que el rizoma quede visible en superficie, porque enterrado se pudre— y sobre todo Iris pseudacorus, que vive en agua; Aster y Symphyotrichum, Rudbeckia, Helianthus, Solidago, Astilbe en clima húmedo, Hosta en sombra, Lythrum salicaria, Filipendula ulmaria, Bergenia cordifolia, Acanthus mollis —que en el sur peninsular vegeta en arcillas duras sin ningún cuidado—, Alcea rosea, Geranium de porte grande.

Gramíneas y afines. Miscanthus sinensis, Carex pendula y C. riparia, Juncus, Panicum virgatum, Molinia caerulea. Todas de vaguada o borde de agua.

Y una advertencia sobre el momento de plantar: en arcilla, la plantación se hace a finales de otoño o en invierno fuera de heladas, con el suelo en sazón, nunca con el terreno empapado. El hoyo debe ser ancho y poco profundo —dos o tres veces el diámetro del cepellón y de la misma profundidad—, con las paredes escarificadas: un hoyo estrecho hecho con barrena en arcilla húmeda queda con las paredes bruñidas e impermeables, y funciona como un cubo sin desagüe donde la planta se ahoga. Y el cuello siempre a nivel o un par de centímetros por encima, nunca enterrado.

En resumen

La prueba del churro decide en un minuto: si no se forma cilindro, hay arena; si se dobla en anillo sin romperse y brilla al frotarlo, hay arcilla. En arena el agua se va por macroporos y arrastra los nutrientes, así que se riega poco y a menudo, se abona fraccionado y se eligen plantas de raíz pivotante profunda o leguminosas fijadoras: romero, lavanda, jaras, retamas, pino piñonero, algarrobo, sedums y bulbos mediterráneos. En arcilla el agua se queda en microporos y desplaza al oxígeno, y lo que mata a las plantas es la asfixia radicular en invierno, no la sequía; hay que buscar especies de ribera y vaguada con aerénquima y raíces adventicias: sauces, alisos, chopos, fresnos, cornejos, saúcos, hemerocalis, lirios, Miscanthus y rosales. Y a un suelo arcilloso no se le echa arena: sin superar el 50-60 % en volumen —25 toneladas por cada 100 m² a 30 cm— la arcilla rellena los huecos entre los granos y el resultado es más denso e impermeable que el suelo original. Lo que de verdad lo mejora es materia orgánica en cantidad y de forma repetida, que flocula la arcilla en grumos, más drenaje real o bancales elevados si la percolación baja de 1 cm/h.


Contenidos relacionados