Florece tres semanas espectaculares en primavera y en agosto parece medio seco, con las hojas colgando y ningún capullo a la vista. No se está muriendo: está haciendo exactamente lo que hace en su tierra. El Pelargonium grandiflorum viene de la región de lluvias invernales del Cabo, en Sudáfrica, y trae de allí un calendario que no encaja con el del geranio de balcón. Quien lo riega en julio como si fuera un malvón acaba tirando la planta en septiembre.

Flores blancas con vetas rojizas de Pelargonium grandiflorum

Qué planta compras exactamente

La etiqueta que pone Pelargonium grandiflorum en el vivero suele ir clavada en la maceta de otra cosa: un pelargonio regio, es decir, Pelargonium × domesticum, ese híbrido de flores grandes y onduladas con manchas oscuras en los pétalos que aquí llamamos geranio de pensamiento o pelargonio imperial. El nombre no está sacado de la nada, porque el grandiflorum es uno de los progenitores de esa estirpe, junto con P. cucullatum, P. fulgidum y P. betulinum. Pero especie y híbrido no son lo mismo.

La especie botánica es un arbusto leñoso en la base que llega al metro de altura, con hojas de un verde grisáceo azulado, glaucas, palmadas y profundamente divididas en cinco o siete lóbulos de borde dentado. Sus flores son blancas o de un rosa muy pálido, de cuatro o cinco centímetros, y los dos pétalos superiores llevan un veteado rojo púrpura que parece pintado a mano. Nada de colores intensos ni de pétalos rizados: si tu planta tiene flores rojo cereza o malva con la garganta casi negra, tienes un regio.

La distinción importa poco para el color y mucho para el riego. La especie es marcadamente estival-durmiente; los híbridos regios han suavizado ese carácter pero no lo han perdido del todo, y por eso también ellos paran de florecer cuando aprieta el calor. Los cuidados que vienen a continuación sirven para las dos, con las diferencias señaladas donde las hay.

El ciclo al revés

En el Cabo occidental llueve de mayo a agosto, que allí es invierno. El grandiflorum aprovecha esa humedad fresca para crecer, florece cuando sube la luz y el calor de la primavera austral, y cuando llega el verano seco reduce hojas y espera bajo tierra y madera. Trasladado al hemisferio norte, la planta reajusta el calendario pero conserva la lógica:

De octubre a marzo crece: emite hojas, engorda tallos y forma las yemas de flor. De abril a junio florece, según la zona y la altitud; en el litoral mediterráneo puede adelantarse a finales de marzo. De julio a septiembre descansa: pierde parte del follaje, amarillea y no pide casi nada.

Esto tiene una consecuencia práctica que conviene grabarse. El agua abundante le toca en la estación fría, no en la calurosa. Regar generosamente un grandiflorum en pleno agosto, cuando sus raíces están inactivas y el sustrato tarda en secarse pese al calor, es la receta directa para la podredumbre del cuello: el tallo se pone marrón y blando justo por encima de la tierra y la planta se desploma entera en cuestión de días, sin aviso previo.

Luz y temperatura

Quiere mucha luz, pero no el mismo sol de plomo que aguanta el geranio de balcón. La posición ideal en la Península es sol directo de mañana y sombra ligera a partir de las dos o las tres de la tarde en verano; una orientación este o sureste, o bajo la protección de un toldo o de un árbol de hoja caduca. En interior, junto a una ventana muy clara. Con poca luz estira los entrenudos, pierde el porte compacto y no forma yemas florales.

El punto que casi nunca aparece en las etiquetas es el frío necesario para florecer. Los pelargonios regios inician las yemas de flor tras un periodo de seis a ocho semanas con temperaturas entre 10 y 15 °C, sobre todo de noche. Por encima de 18 °C constantes la planta crece, sí, pero no forma flor. De ahí que un ejemplar comprado florido en abril y mantenido todo el año en un salón caldeado a 22 °C no vuelva a florecer nunca: tiene salud, pero le falta invierno. Un balcón o una galería fresca, protegida de las heladas pero sin calefacción, es mejor sitio que el interior de la casa.

En cuanto al frío, aguanta heladas cortas y ligeras, en torno a −2 °C, con daño en las puntas. Por debajo de eso se compromete. En el litoral mediterráneo, en Andalucía y en Canarias vive fuera todo el año; en Madrid, Castilla, Aragón o el interior de Cataluña hay que meterlo bajo techo desde noviembre hasta marzo, en un sitio luminoso y fresco.

Sustrato y maceta

Drenaje por encima de cualquier otra consideración. Una mezcla que funciona: dos partes de sustrato universal de calidad, una parte de perlita o arena silícea gruesa y, si se tiene a mano, media parte de fibra de coco o de mantillo. El resultado debe soltar el agua sobrante en segundos, no encharcarse. Los sustratos de turba pura vendidos como "para geranios" retienen demasiado y, una vez secos del todo, cuesta volver a mojarlos.

Maceta de barro sin esmaltar siempre que se pueda: transpira por las paredes y perdona un riego de más. Y ajustada de tamaño; un tiesto enorme para una planta pequeña mantiene un volumen de tierra húmeda que las raíces no ocupan y ahí empiezan los hongos. Agujeros de drenaje despejados y nada de plato con agua estancada debajo.

Riego

La regla es esperar a que los dos o tres centímetros superiores del sustrato estén secos y entonces regar a fondo, hasta que salga agua por abajo, y vaciar el plato a los diez minutos. En otoño e invierno, con la planta en pleno crecimiento, eso puede significar una vez por semana. En primavera, durante la floración, cada tres o cuatro días si hace calor. En verano, muy poco: un riego ligero cada diez o quince días basta para que las raíces no se deshidraten del todo.

Riega siempre al pie, nunca sobre las hojas. El follaje aterciopelado de los pelargonios regios retiene el agua y con ella llega la botritis, ese moho gris que aparece primero en las flores marchitas y luego salta a los tallos.

Un problema típico de esta planta y de sus híbridos es el edema: unas protuberancias corchosas, como verrugas marrones, en el envés de las hojas. No es un hongo ni una plaga y no se trata con nada de la estantería del fitosanitario. Aparece cuando la raíz absorbe más agua de la que la hoja puede transpirar, algo habitual en días frescos, húmedos y nublados con el sustrato empapado. Se corrige espaciando los riegos y ventilando; las hojas dañadas no se recuperan.

Abonado

Se abona cuando crece, o sea de octubre a mayo, y se suspende del todo en verano. Un abono líquido para plantas de flor, rico en potasio y fósforo y moderado en nitrógeno, cada quince días a la dosis que indique el envase o algo por debajo. El exceso de nitrógeno da mata frondosa y flor escasa, y además ablanda los tejidos y los hace más apetecibles para las plagas.

Si prefieres abono de liberación lenta, una aplicación en octubre y otra en febrero cubren la temporada.

Poda

La poda va inmediatamente después de la floración, entre finales de junio y julio, aprovechando que la planta entra en reposo. Se recorta un tercio de la longitud de cada tallo, cortando siempre justo por encima de una yema orientada hacia fuera, y se eliminan los tallos secos, cruzados o débiles. Sin esa poda, la planta se desgarba: se queda pelada por abajo, con toda la vegetación arriba y los tallos leñosos desnudos.

Podar en otoño o en invierno, en cambio, se lleva por delante las yemas de flor que se están formando y deja la primavera en blanco. Durante la floración, limpia las flores marchitas arrancando el pedúnculo entero desde su base con un tirón seco lateral, no cortando solo la flor: el trocito de tallo que queda se pudre y es una puerta de entrada para la botritis.

Multiplicación por esqueje

Los esquejes agarran bien y el mejor momento es finales de verano y principios de otoño, entre agosto y octubre, cuando la planta reanuda la actividad. También funcionan en primavera, después de la floración.

Toma puntas de tallo de ocho a diez centímetros, sin flores ni capullos, cortando limpio bajo un nudo con una cuchilla desinfectada. Quita las hojas inferiores y deja dos o tres arriba. Y aquí va el paso que se suele saltar: deja los esquejes secar al aire, a la sombra, entre dos y veinticuatro horas, hasta que el corte forme una película seca. Los pelargonios tienen tallos jugosos y un esqueje fresco clavado en tierra húmeda se pudre antes de enraizar.

Plántalos en una mezcla de arena gruesa y turba a partes iguales, o en fibra de coco con perlita, apenas humedecida. Sin hormonas: no las necesitan. Sin bolsa ni campana de plástico, porque el exceso de humedad ambiental los pudre. A media sombra, con riegos mínimos. Enraízan en tres o cuatro semanas y se trasplantan a maceta individual cuando asoman raíces por los agujeros.

El agua del vaso, ese método que tan bien va con los potos, es mala idea aquí: las raíces que se forman en agua son frágiles y la mayor parte se pierde al pasar a tierra.

Trasplante

Cada dos años, en septiembre, al empezar el ciclo de crecimiento. Se sube un solo número de maceta, cinco centímetros más de diámetro, se renueva el sustrato y se revisan las raíces: las negras o blandas se recortan. Trasplantar en primavera, con la planta a punto de florecer o floreciendo, provoca la caída de capullos.

Plagas y problemas

Taladro del geranio (Cacyreus marshalli). Es la plaga seria de todos los pelargonios en España desde que entró por Baleares a finales de los ochenta. La mariposa, pequeña y de un marrón bronceado, pone huevos sueltos en capullos y brotes tiernos; la oruga verdosa perfora el tallo y lo vacía por dentro. La señal es un tallo que amarillea de golpe y se quiebra, con un agujerito y serrín fino en la base. Revisa capullos y axilas de hojas cada semana en primavera y verano, corta y destruye —no eches al compost— cualquier tallo perforado, y trata con Bacillus thuringiensis var. kurstaki cuando veas las primeras orugas: solo actúa sobre larvas pequeñas, así que llegar tarde equivale a no tratar.

Mosca blanca. En invernadero, galería o interior. Se combate con trampas cromáticas amarillas y jabón potásico aplicado sobre el envés de las hojas al atardecer, repitiendo cada cinco o siete días.

Pulgón en los brotes tiernos de primavera, y orugas defoliadoras ocasionales. Jabón potásico y revisión manual.

Botritis (Botrytis cinerea). Moho gris en flores y tallos durante episodios húmedos. Se previene ventilando, separando las plantas y retirando flores marchitas; no hay tratamiento que compense la falta de aire.

Frente a los geranios de balcón, hay una buena noticia: la roya (Puccinia pelargonii-zonalis), que castiga con tanta saña a Pelargonium × hortorum, apenas afecta a esta especie ni a los regios.

Toxicidad

Los pelargonios contienen geraniol y linalol y están clasificados como tóxicos leves para perros y gatos. Si un animal mordisquea hojas puede tener vómitos, salivación, pérdida de apetito y algo de decaimiento; el contacto repetido con la savia provoca dermatitis en pieles sensibles. No es una planta peligrosa, pero conviene colocarla fuera del alcance de mascotas con costumbre de roer y lavarse las manos después de podar.

En resumen

El Pelargonium grandiflorum se cuida al revés que el geranio de toda la vida: crece y bebe en los meses frescos, florece en primavera y descansa seco en verano. Necesita luz abundante sin sol abrasador de tarde, sustrato muy drenante, maceta ajustada de barro y unas semanas de frío entre 10 y 15 °C para que se formen las yemas de flor, razón por la que fracasa dentro de una casa con calefacción. Se poda un tercio nada más terminar la floración, se abona de octubre a mayo con poco nitrógeno y se multiplica por esquejes de final de verano dejándolos secar antes de plantarlos. Vigila el taladro del geranio de marzo a octubre, riega siempre al pie y desconfía de la etiqueta del vivero: es probable que lo que llevas a casa sea un Pelargonium × domesticum, que se cuida igual y florece con más color.


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