Injertar un cactus consiste en unir la parte superior de una planta, la púa, sobre la base enraizada de otra, el patrón o portainjerto, de modo que los tejidos conductores de las dos se suelden y funcionen como una sola. El patrón aporta raíz, agua y nutrientes; la púa aporta la forma, el color y las flores que nos interesan.
La razón que se repite en todas partes es acelerar el crecimiento, y es cierta, pero no es la única ni siempre la mejor. Hay cuatro motivos que justifican de verdad un injerto: ganar velocidad en especies muy lentas, salvar una planta que se está pudriendo, mantener vivas formas que no pueden vivir sobre sus propias raíces, y cultivar en un clima que la especie no toleraría de otro modo. Fuera de esos casos, un cactus sobre su propia raíz suele ser mejor planta.
Qué ocurre realmente en un injerto
Cuando se corta transversalmente un tallo de cactus aparece un anillo de puntos más oscuros: es el haz vascular, el tejido que conduce agua y savia elaborada. El injerto funciona solo si el anillo del patrón y el de la púa se solapan al menos en parte. No hace falta que coincidan del todo, y de hecho casi nunca coinciden porque los diámetros son distintos, pero si quedan uno dentro del otro sin tocarse, la unión no prende.
A diferencia de lo que ocurre en frutales, donde la compatibilidad exige un parentesco estrecho, en cactáceas se injerta con bastante libertad entre géneros distintos de la familia. Lo que no se puede es cruzar la frontera de familia: un cactus no prende sobre una crasulácea ni sobre una euforbia, por mucho que se parezcan por fuera. Aun dentro de las cactáceas hay combinaciones que funcionan mal, y eso solo se aprende probando o preguntando a quien ya lo ha hecho.
Ganar años en especies lentas
Es el motivo más sólido. Hay géneros que sobre su propia raíz tardan una década en alcanzar el tamaño de una nuez: Ariocarpus, Aztekium, Blossfeldia, Pelecyphora, buena parte de los Turbinicarpus. Injertando una plántula recién germinada sobre un patrón vigoroso, esa misma planta puede alcanzar tamaño de floración en un par de temporadas.
Para eso se usan patrones de crecimiento explosivo y poco leñosos. Pereskiopsis es el clásico para plántulas diminutas, porque su tallo es fino y crece a una velocidad que ninguna cactácea columnar iguala, aunque exige calor y humedad ambiental constantes y no dura muchos años. Para injertos algo mayores se recurre a columnares robustos.
El efecto colateral es que la planta injertada crece con una forma que no es la suya. Un Ariocarpus forzado sale más blando, más verde y más hinchado que el mismo ejemplar sobre raíz propia, con los tubérculos separados y la epidermis fina. Muchos coleccionistas usan el injerto solo como fase de guardería y después separan la planta para enraizarla por su cuenta, ya con tamaño suficiente para sobrevivir.
Salvar una planta que se pudre
Este es el uso de urgencia y probablemente el más útil de todos. Cuando una pudrición sube desde la base, no hay tratamiento que la detenga: el tejido afectado está perdido. Lo que sí se puede hacer es cortar por encima, en tejido completamente sano y limpio, y colocar esa cabeza sobre un patrón vigoroso.
Se hace en el momento, sin esperar, y con la hoja desinfectada entre corte y corte, porque de lo contrario se arrastra la infección hacia arriba. Conviene ir cortando en rodajas sucesivas hasta que la superficie salga uniformemente clara, sin manchas ni vetas oscuras. Es la diferencia entre perder un ejemplar raro y conservarlo.
Formas que no pueden vivir solas
Hay mutaciones que se han perdido la capacidad de fabricar su propio alimento. Los cultivares rojos, amarillos y naranjas de Gymnocalycium mihanovichii, esas bolitas de color que se venden pegadas encima de una columna verde, carecen de clorofila. Sobre su propia raíz morirían en cuanto agotasen las reservas de la semilla; injertadas, viven a costa del patrón.
Conviene ser honesto sobre estas plantas, porque se venden por millones y casi nadie explica cómo funcionan. El patrón habitual es Hylocereus undatus, hoy tratado como Selenicereus undatus, un cactus tropical que crece rápido pero que no aguanta el frío ni el sol directo fuerte. Puesto en una ventana de un piso español en invierno, o en una terraza en agosto, el patrón se deteriora antes que la cabeza de color, y la planta se pierde entera. No es un defecto de la bolita: es el patrón el que falla. Si quieres conservar una de estas, lo eficaz es reinjertar la cabeza sobre un patrón más resistente, como Echinopsis pachanoi o Myrtillocactus geometrizans.
El mismo razonamiento vale para las formas crestadas y monstruosas. Muchas crecen mal sobre raíz propia porque su punto de crecimiento deformado no organiza bien un sistema radicular, y el injerto es la manera práctica de mantenerlas.
Cultivar especies que tu clima no admite
Hay cactus cuya raíz no tolera humedad, y en la cornisa cantábrica, en Galicia o en cualquier zona con inviernos lluviosos y suelos que no secan, son directamente imposibles a la intemperie. Injertados sobre un patrón que sí tolera la humedad, esas mismas especies aguantan.
En el interior peninsular el problema es el contrario, el frío, y ahí el patrón elegido debe ser resistente al frío, no a la humedad. Echinopsis pachanoi y algunos Trichocereus son las opciones habituales por ese motivo. Elegir el patrón según el problema climático concreto que tienes es más importante que elegirlo por su velocidad de crecimiento.
Adelantar la floración y la semilla
Un cactus florece cuando alcanza cierto tamaño y madurez, no a cierta edad. Como el injerto acelera el crecimiento, también adelanta la primera floración, y una planta injertada suele producir más flores que la misma sobre raíz propia. Para quien cultiva por semilla, esto reduce mucho el ciclo: se puede obtener planta madre productora en una fracción del tiempo.
Es la razón por la que los viveros comerciales injertan tanto. También es la razón por la que conviene desconfiar cuando una planta muy lenta se ofrece a un tamaño sospechosamente grande por poco dinero: casi siempre viene injertada, aunque la unión quede escondida bajo el sustrato.
Cuándo no injertar
Hay tres situaciones en las que el injerto es una mala idea, y merece la pena decirlas.
- Cuando la planta va bien sobre su raíz. Un ejemplar sano y de crecimiento normal no gana nada, y sí pierde: forma natural, epidermis firme, resistencia y, en las colecciones, valor.
- Cuando no puedes atender el mantenimiento que exige. Un injerto no se hace y se olvida. Hay que ir quitando los brotes que el patrón emite por debajo, porque si no le roban el vigor a la púa, y hay que vigilar que el patrón no se vaya agotando con los años.
- Cuando el patrón no encaja con tu clima. Un patrón tropical en una terraza de Castilla condena a la planta entera, por buena que sea la unión.
Añade a esto que la unión deja siempre una marca, un estrechamiento o un ensanchamiento visible, y que la vida del conjunto está limitada por la del patrón: llega un punto en que hay que reinjertar sobre uno nuevo o separar la púa y enraizarla.
En resumen
Se injerta un cactus por cuatro razones que se sostienen: acortar años en especies muy lentas, rescatar una planta que se pudre por la base, mantener vivas formas sin clorofila o crestadas que no sobreviven solas, y cultivar en un clima que la especie no toleraría sobre su propia raíz. Todas las demás razones que se leen por ahí caben dentro de estas o son simple gusto estético, lo cual también es legítimo.
La decisión clave no es si injertar, sino qué patrón usar, y esa se toma mirando el clima donde va a vivir la planta y el mantenimiento que estás dispuesto a darle. Si ya tienes decidido hacerlo, en la guía de consejos para injertar cactus está el procedimiento y los tipos de corte.