Detrás del perfume que acabó prestando su nombre a media docena de plantas ajenas hay una especie concreta y perfectamente identificable: Jasminum officinale, oleácea trepadora que llegó a Europa desde las montañas de Asia y que se cultiva aquí desde el siglo XVI. Es el jazmín común, el blanco de toda la vida, el que se planta junto a la puerta para que huela cuando se sale al fresco de julio.

Jasminum officinale cubriendo una celosía

Una oleácea del Himalaya con hoja de helecho

El área natural de la especie va del Cáucaso y el norte de Irán a Afganistán, el Himalaya y el suroeste de China, en laderas de matorral y bordes de bosque entre los 1.500 y los 3.000 metros. Ese origen de montaña explica dos cosas de su comportamiento en España: aguanta el frío bastante mejor de lo que se le supone a una planta perfumada, y no lleva bien el calor seco extremo sin algo de sombra en las horas centrales.

La hoja es imparipinnada, con cinco a nueve foliolos opuestos y uno terminal más largo y acuminado que los demás, dispuesta de dos en dos en cada nudo. De lejos da a la planta un aire ligero, casi de helecho, muy distinto de la masa compacta y oscura de una hiedra o de un Trachelospermum. En la costa mediterránea y en el sur se comporta como semiperenne y conserva parte del follaje; tierra adentro, en Castilla o Aragón, se queda desnuda en diciembre y rebrota en abril.

El porte sorprende al que la compra en maceta de tres litros. Con un soporte a su medida y sin competencia de raíces, un ejemplar adulto cubre entre cuatro y ocho metros de altura, y hay ejemplares viejos sobre pérgola que pasan de diez. El tallo joven es verde y anguloso; con los años se lignifica y forma un tronco retorcido de corteza gris que puede alcanzar el grosor de una muñeca.

La floración, y por qué huele al atardecer

Florece en cimas terminales de tres a cinco flores sobre los brotes del año, desde finales de junio hasta septiembre, y en zonas cálidas hasta octubre si el otoño viene templado. Los botones son alargados y llevan por fuera un lavado rosado o purpúreo que desaparece al abrirse; la corola es blanca, con un tubo de un centímetro y medio y cuatro o cinco lóbulos extendidos.

El perfume no es constante a lo largo del día. Sube de forma marcada desde el atardecer y durante la primera mitad de la noche, y se apaga hacia la madrugada. No es una impresión subjetiva: la emisión de volátiles está regulada por un ritmo circadiano en la propia flor, heredado de su polinización por mariposas nocturnas. Por eso una planta que a mediodía apenas se nota puede resultar envolvente a las once de la noche, y por eso conviene situarla donde se vaya a estar a esa hora, no donde se pase por la mañana.

La floración se concentra en la madera nueva, pero esa madera nueva brota sobre las ramas del año anterior. La consecuencia práctica es la poda, y merece apartado propio.

No se agarra sola: es voluble

Este punto decide el éxito o el fracaso de la plantación. Jasminum officinale no tiene zarcillos, ni ventosas, ni raíces adventicias. Trepa enrollando el propio tallo alrededor de lo que encuentra, que es lo que en botánica se llama planta voluble. Contra un muro liso, sin nada que rodear, se limitará a formar un montón desordenado a sus pies.

Necesita, por tanto, un elemento vertical de poco grosor que el tallo pueda abrazar: alambre tensado, cable de acero, celosía de listón fino, malla o los propios barrotes de una reja. Un soporte de más de cuatro o cinco centímetros de diámetro ya le resulta difícil de rodear. Al plantar conviene separar el soporte de la pared unos tres o cuatro centímetros para que el aire circule por detrás; el criterio general de anclajes y separación está desarrollado en el artículo sobre cómo colocar enredaderas.

Los dos primeros años hay que guiar a mano los brotes largos y atarlos con cinta blanda, repartiéndolos en abanico en vez de dejar que se enrosquen todos sobre el mismo alambre. Un jazmín bien repartido de joven florece por toda su superficie; uno abandonado a su aire acaba con la flor concentrada en lo alto y las piernas peladas.

Exposición, suelo y riego

Exposición. Sol directo, con un mínimo de cinco o seis horas diarias, es lo que da floración abundante. En el interior peninsular, con veranos de cuarenta grados, agradece una pared orientada al este o al oeste antes que al sur a pleno descubierto: sol de mañana o de tarde, sombra en el momento duro. En sombra franca vegeta, alarga entrenudos y da cuatro flores contadas.

Suelo. Profundo, fértil y sobre todo bien drenado. Tolera bien la caliza, cosa que agradecerá quien tenga suelo de la mitad este peninsular, y acepta pH de 6 a 8 sin quejarse. Lo que no perdona es el encharcamiento invernal: en terreno arcilloso conviene plantar sobre caballón o abrir un hoyo grande y enmendarlo con arena gruesa y compost. En maceta, un sustrato universal aligerado con un 30 % de perlita y un contenedor de 30 litros como mínimo para un ejemplar que vaya a durar.

Riego. En suelo, el primer verano se riega en profundidad cada tres o cuatro días; una vez establecida, cada siete o diez días bastan salvo ola de calor. La regla es mojar mucho y espaciar, no poco y a diario, para que la raíz baje. En maceta el consumo se dispara: en julio y agosto puede pedir agua cada dos días, y el sustrato no debe llegar a secarse del todo o los botones sin abrir se caen. Un acolchado de corteza o de grava de cinco centímetros sobre el alcorque reduce el riego casi a la mitad y mantiene fresco el cuello.

Abonado. De marzo a agosto, abono para plantas de flor rico en potasio, cada quince días en maceta y una vez al mes en suelo, o bien una aportación de compost maduro en febrero y otra de guano en mayo. El exceso de nitrógeno es contraproducente y da una planta soberbia de hoja y avara de flor; el asunto se detalla en el artículo sobre por qué un jazmín no florece.

La poda: en cuanto termine de florecer

La ventana correcta es inmediatamente después de la floración, entre finales de agosto y septiembre según la zona, y como muy tarde a principios de octubre. La razón es simple: los brotes que emitirá el año que viene salen de la madera que la planta forma ahora, y esa madera necesita el otoño para engrosar y madurar. Podar en febrero o marzo, que es cuando apetece hacerlo porque la planta está desnuda y se ve la estructura, equivale a cortar la floración del verano.

El trabajo consiste en tres operaciones. Primero, acortar a dos o tres yemas los ramillos que acaban de dar flor. Segundo, aclarar: eliminar de raíz los tallos entrecruzados, los secos y los que se van hacia el interior de la maraña, hasta que se vea luz a través de la planta. Tercero, cada tres o cuatro años, renovar cortando a ras de suelo uno o dos de los troncos más viejos y leñosos para forzar rebrote desde la base; una planta descarnada por abajo se recupera así en dos temporadas.

En invierno solo se toca lo estrictamente necesario: retirar lo que la helada haya secado, y esperar a que rebrote antes de decidir hasta dónde estaba muerto. La madera de jazmín engaña y rebrota desde puntos que parecían perdidos.

Rusticidad, multiplicación y variedades

Establecida y en suelo, la especie resiste en torno a -10 °C, y ejemplares viejos y bien situados han aguantado alguna punta de -12 °C perdiendo la parte aérea joven y rebrotando de la base. En maceta la cifra se queda en -4 o -5 °C, porque el cepellón se congela por los cuatro costados. Eso la hace cultivable sin protección en toda la mitad sur, el litoral, el valle del Ebro y la mayor parte de la meseta, y aconsejable contra un muro que acumule calor en zonas de montaña.

Se multiplica con facilidad por esqueje semileñoso de unos doce centímetros tomado en julio o agosto, con dos nudos enterrados, hormona de enraizamiento y ambiente húmedo. Todavía más agradecido resulta el acodo: se dobla un tallo largo hasta el suelo en primavera, se hiere ligeramente la corteza, se entierra un palmo sujeto con una horquilla y al otoño siguiente se separa con raíces propias.

Entre las variedades de jardinería, 'Clotted Cream' tiene flor más grande y de blanco cremoso; 'Inverleith' destaca por el reverso de los pétalos y los botones de un rosa intenso; 'Fiona Sunrise' presenta follaje dorado que ilumina un rincón sombrío, aunque florece algo menos; y las formas variegadas de hoja con margen crema son vigorosas pero pierden nitidez en pleno sol. Todas comparten cultivo y calendario de poda con la especie tipo.

Su papel en la perfumería

Jasminum officinale aporta absoluto de jazmín a la perfumería, aunque el grueso de la producción mundial fina procede de su pariente el jazmín real, cultivado a escala en Granada, Grasse, Egipto e India, y allí está contado el proceso industrial. Lo que sí conserva la especie común es su lugar en la aromatización de tés y en el uso doméstico: unas flores recién abiertas en un tarro con azúcar o dentro de una lata de té verde perfuman en dos o tres días.

El nombre officinale delata su antigua presencia en las boticas. La tradición le atribuyó propiedades relajantes y su aceite se ha usado en masaje, pero conviene separar ese uso histórico de la evidencia clínica, que es escasa y de baja calidad. El aceite esencial concentrado puede sensibilizar la piel, y cualquier producto ingerido con intención terapéutica merece la consulta previa al médico o al farmacéutico, sobre todo si hay embarazo o medicación sedante de por medio.

En cuanto a plagas, comparte las del muro caliente: pulgón en los brotes tiernos de primavera, araña roja en verano seco y cochinilla algodonosa en los cruces de ramas. El diagnóstico y el manejo están en el artículo dedicado a las plagas de trepadoras.

En resumen

Jasminum officinale es el jazmín auténtico: oleácea de hoja imparipinnada y opuesta, caduca o semiperenne según el clima, con flor blanca de tubo largo desde junio a septiembre y un perfume que se dispara al anochecer. Trepa enroscando el tallo, así que exige alambre o celosía y guiado a mano los primeros años. Quiere sol, suelo drenado, riego profundo y espaciado, potasio más que nitrógeno, y una poda hecha justo al acabar la floración y no en invierno. Aguanta unos -10 °C en tierra, se multiplica sin dificultad por esqueje o acodo y llega a cubrir ocho metros de pared.


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