Pasar la mano por el borde de una hoja de Agave attenuata y llegar hasta la punta sin encontrar nada es una experiencia rara en este género. Todos sus parientes rematan la hoja en una espina córnea capaz de atravesar una suela y llevan el margen serrado de dientes. Este no. Y esa ausencia es, en jardinería, su razón de existir.

Roseta de Agave attenuata con hojas verde azuladas sin espinas

La excepción del género

Un agave típico está armado por dos vías. En el ápice de cada hoja hay una espina terminal, dura, punzante y de uno a cinco centímetros según la especie, resultado de la lignificación del extremo del limbo. Y a lo largo de los dos márgenes se alinean dientes curvos, también lignificados, que funcionan como una sierra. Son estructuras defensivas contra herbívoros grandes, y en un jardín se comportan igual: hieren.

Agave attenuata Salm-Dyck carece de ambas. Sus hojas terminan en una punta blanda, apenas un adelgazamiento del limbo que cede al presionarla, y el margen es liso y entero. Se puede rozar, apartar y manipular sin guantes. Dentro de un género de más de doscientas especies, esta condición inerme se comparte con muy pocas —Agave bracteosa y poco más—, lo que convierte a la attenuata en el agave que se puede plantar donde nadie plantaría un agave.

Ese es el uso concreto: bordes de camino, escaleras, junto a una piscina, en un patio con niños, en un macizo pegado a una acera. Un Agave americana a menos de un metro de una zona de paso es un riesgo de lesión ocular real y en muchos ayuntamientos ha dejado de usarse por eso. La attenuata ocupa ese hueco con la misma estética arquitectónica.

Sus hojas son anchas y ovado-lanceoladas, de 50 a 70 cm de longitud y hasta 15 de anchura, de un verde glauco muy pálido, casi gris azulado, con textura suave y algo flexible. La roseta abierta alcanza el metro y medio de diámetro.

El tronco que la levanta del suelo

El segundo rasgo poco habitual es que desarrolla un tallo aéreo visible. Casi todos los agaves son acaules: la roseta arranca directamente del nivel del suelo. Esta forma, con los años, un tronco desnudo, grisáceo y marcado por las cicatrices anulares de las hojas caídas, que puede alcanzar entre 50 cm y metro y medio de altura.

El tronco suele curvarse, buscando la luz o cediendo bajo el peso de la roseta, y esa curva más la inflorescencia arqueada son el origen de los nombres populares: cuello de cisne y cola de zorro. En agrupaciones de varios ejemplares de distinta edad, con troncos de alturas y ángulos diferentes, produce un efecto escultórico que es la razón por la que ha entrado tanto en la jardinería mediterránea de los últimos veinte años.

Tiene además una ventaja funcional. Al elevar la roseta, aleja el corazón de la planta del suelo mojado, lo que reduce el riesgo de podredumbre en zonas de riego frecuente o de lluvia abundante. En contrapartida, el tronco es blando y se parte si se golpea, y hace la planta vulnerable al viento fuerte cuando ya es alta.

Agave attenuata con el tronco desarrollado y curvado

La inflorescencia que da nombre a la cola de zorro

Cuando la planta alcanza la madurez —entre diez y quince años en jardín— emite desde el centro de la roseta una espiga densa que puede medir de dos y medio a cuatro metros. La particularidad es que no crece recta hacia arriba como en la mayoría de los agaves, sino que se eleva, se curva y desciende en arco, a veces hasta tocar el suelo, cubierta de miles de flores pequeñas de color verde amarillento apretadas alrededor del eje.

La forma resultante —un rabo peludo colgando— explica el nombre inglés foxtail agave y el castellano cola de zorro. El espectáculo dura semanas y atrae abejas en cantidad. Después, sobre la propia espiga se forman con frecuencia bulbilos, plantitas completas con hojas y raíces incipientes que se desprenden al secarse el tallo floral y que, recogidas y plantadas, enraízan sin dificultad.

Monocárpica: florece una vez y muere

Ese despliegue tiene un precio absoluto. Agave attenuata es monocárpica: la roseta que florece agota en la inflorescencia todas sus reservas de carbohidratos y muere después. No hay manera de evitarlo ni de rejuvenecerla; cortar el tallo floral al aparecer no salva la roseta, porque el proceso metabólico ya se ha disparado.

Conviene entender bien el matiz, porque la palabra "muere" asusta más de lo debido. Lo que muere es una roseta, no la planta como unidad de jardín. A lo largo de su vida, y muy especialmente en los años previos a la floración, la attenuata emite hijuelos desde la base del tronco y desde rizomas cortos: brotes hijos que se independizan y que continúan la mata. Cuando la roseta madre se seca, alrededor hay ya media docena de ejemplares jóvenes en distintas fases.

El manejo, entonces, es de reemplazo: se retira la roseta madre seca cortando el tronco a ras, se separan los hijuelos que estorben —con un corte limpio en el rizoma, dejándolos secar dos o tres días antes de plantar— y se deja que uno o dos ocupen el hueco. Con esa rotación un grupo se mantiene indefinidamente. Este funcionamiento se repite, con otra escala temporal, en el agave azul del tequila y en el siempreviva de tejado.

Sol y frío: dos límites que hay que respetar

Aquí es donde la attenuata se aparta del tópico del agave indestructible, y donde más fracasos hay en España.

Menos tolerante al sol de lo que se supone

Procede de las montañas de Jalisco y Michoacán, entre 1.900 y 2.500 metros de altitud, en laderas volcánicas donde crece frecuentemente entre matorral y con sombra parcial, con humedad atmosférica alta y temperaturas moderadas. No es una planta de desierto abierto, y su hoja lo delata: ancha, fina, sin la cutícula gruesa ni la pruina cerosa densa de los agaves de zona árida.

En consecuencia, el sol directo del interior peninsular en verano la quema. En Madrid, Zaragoza, Sevilla o Córdoba, con máximas de 38-42 °C y aire seco, las hojas expuestas desarrollan manchas pardas o blanquecinas de tejido muerto, sobre todo en la cara sur, y el conjunto pierde color. La ubicación adecuada tierra adentro es sombra ligera o sol de mañana con protección desde el mediodía: bajo la copa clara de un árbol, orientada a levante, o al abrigo de un muro.

En la franja costera mediterránea, en el sur atlántico y en Canarias, donde la brisa marina modera la temperatura y la humedad relativa es más alta, sí tolera pleno sol y de hecho compacta mejor la roseta. Con poca luz, en cambio, las hojas se alargan, se separan y la roseta pierde la forma cerrada.

Y bastante sensible a la helada

Su resistencia al frío es de las más bajas del género. Sufre daño foliar visible a partir de -2 °C y a -4 °C o -5 °C la roseta se pierde, aunque el tronco pueda rebrotar si el episodio ha sido breve y la planta estaba seca. Comparada con un Agave americana, que aguanta -8 °C o -9 °C, o con un Agave parryi, que soporta -15 °C, la diferencia es considerable.

Eso la limita, en la práctica, al litoral mediterráneo, el suroeste peninsular, Baleares y Canarias para cultivo en tierra. En la meseta, en el valle del Ebro y en el norte hay que cultivarla en maceta y resguardarla en invierno, o asumir que es una planta de temporada. La humedad invernal agrava el problema: una helada sobre tejido empapado destruye mucho más que la misma helada en seco, así que el riego debe suspenderse desde octubre en zonas frías.

Cultivo

Suelo. Cualquiera que drene. Tolera suelos pobres, pedregosos y calizos, y agradece que se levante ligeramente el punto de plantación o que se plante en talud si el terreno es arcilloso. En maceta, mezcla con la mitad de árido y recipiente ancho y pesado, porque una roseta adulta tiene mucha vela.

Riego. Muy moderado. Recién plantada, un riego cada 10 o 15 días el primer verano para que arraigue; después, prácticamente autosuficiente en la costa, con algún aporte en las olas de calor prolongadas. Aguanta la sequía mejor de lo que aguanta el encharcamiento. En maceta, esperar a que el sustrato esté seco.

Abonado. Innecesario en jardín. En maceta, fertilizante para cactáceas dos o tres veces en primavera y verano.

Plantación. Primavera, de marzo a mayo, para que llegue al invierno con el sistema radicular hecho. Marco de plantación de 1,5 a 2 metros entre ejemplares, contando con el diámetro final y con los hijuelos.

Mantenimiento. Retirar las hojas secas de la base tirando hacia abajo, lo que además va formando el tronco limpio. No cortar puntas de hoja dañadas por la mitad: la cicatriz queda marrón y permanente; es mejor eliminar la hoja entera.

Plagas. El problema serio es el picudo del agave, Scyphophorus acupunctatus, un curculiónido introducido que pone los huevos en la base de la roseta y cuyas larvas devoran el cormo desde dentro. Los síntomas —hojas centrales que amarillean, se marchitan y se desprenden con un tirón suave, olor a fermentado en la base— aparecen cuando el daño ya es grande. Se combate con vigilancia, retirando y destruyendo los ejemplares afectados y evitando heridas en la base, y existen tratamientos con nematodos entomopatógenos y trampas de feromona. También aparecen cochinillas en el corazón de la roseta y caracoles que raspan la epidermis en zonas húmedas.

En resumen

La singularidad de Agave attenuata es que no pincha: no tiene espina terminal ni dientes marginales, y eso la convierte en el único agave razonable junto a un paso, una escalera o una zona con niños. Forma con los años un tronco corto y curvado que levanta la roseta del suelo, y al madurar emite una espiga arqueada de hasta cuatro metros que le da el nombre de cola de zorro. Es monocárpica, así que esa roseta muere tras florecer, pero deja hijuelos que continúan la mata. Sus dos límites son el sol —viene de montaña mexicana con sombra parcial y se quema en el interior peninsular— y el frío, porque a -4 °C se pierde, lo que la restringe a costa, sur y Canarias para cultivo en tierra.


Contenidos relacionados