Antes de encargar un árbol del pan por internet conviene mirar el mapa: en la España peninsular no sobrevive un invierno al aire libre, ni en la costa mediterránea más cálida. Es un frutal estrictamente tropical, y esa es la primera cosa que hay que asumir. Dicho eso, en el sur de Canarias hay ejemplares fructificando, y en invernadero o galería cálida se puede mantener como planta de follaje espectacular durante años.

Su nombre científico es Artocarpus altilis y pertenece a las moráceas, la misma familia que la higuera, la morera y la yaca o jaca (Artocarpus heterophyllus), con la que se confunde constantemente. Comparte con todas ellas el látex blanco y pegajoso que brota a la mínima herida.

Fruto del árbol del pan, Artocarpus altilis

De dónde viene y por qué acabó dando la vuelta al mundo

El árbol del pan se originó en el área de Nueva Guinea y las islas de Melanesia, a partir de una especie silvestre con semillas, Artocarpus camansi. Los navegantes austronesios lo llevaron consigo en sus canoas por todo el Pacífico durante siglos, seleccionando en el camino formas sin semilla que solo pueden multiplicarse por vía vegetativa. Hoy existen más de doscientas variedades tradicionales solo en Polinesia y Micronesia.

Su llegada al Atlántico tiene un episodio famoso: en 1787 la Marina británica encargó al capitán William Bligh transportar plantones desde Tahití al Caribe para alimentar barato a la población esclavizada de las plantaciones. El viaje terminó en el motín del Bounty. Bligh repitió la travesía años después y esa vez sí desembarcó los árboles en Jamaica y San Vicente, donde arraigaron. Aquella carga es el origen del árbol del pan caribeño.

Interesa saberlo porque explica un rasgo agronómico: las variedades sin semilla son clones, propagados por raíz durante generaciones, y por eso su comportamiento es tan previsible y su diversidad genética tan estrecha.

Características del árbol

Es un árbol de crecimiento rápido que alcanza de 12 a 20 metros, con copa amplia y tronco grueso de corteza lisa y grisácea. En climas con estación seca marcada puede llegar a desprenderse de parte de la hoja; en clima húmedo constante se comporta como perennifolio.

Lo más llamativo son las hojas: de 30 a 90 cm de largo, gruesas, de un verde oscuro brillante por el haz, profundamente lobuladas de forma pinnada, con nervadura amarillenta muy marcada. Son las que dan al árbol ese aire netamente tropical y las que lo hacen atractivo como planta ornamental incluso donde nunca dará fruto.

Grandes hojas lobuladas del árbol del pan

Es una especie monoica: en el mismo árbol aparecen inflorescencias masculinas, alargadas en forma de maza colgante de 15 a 25 cm y amarillentas, e inflorescencias femeninas globosas, formadas por cientos de flores diminutas fusionadas. De esa cabezuela femenina sale el fruto.

Y el fruto no es un fruto en sentido estricto, sino un sincarpo: un conjunto de frutos soldados, como ocurre en la piña o en la morera. Mide entre 10 y 30 cm, pesa de 1 a 4 kg y su superficie es verde, rugosa, con un dibujo de polígonos que se aplana y amarillea al madurar. En variedades sin semilla la pulpa es blanca, densa y almidonosa; en las que sí tienen, contiene entre 10 y 60 semillas del tamaño de una castaña.

Un ejemplar en producción da de 50 a 200 frutos al año, generalmente en una cosecha principal de verano y otra menor. En un mismo árbol se puede recoger durante varias semanas, porque no maduran a la vez.

Clima: la barrera real

Necesita temperaturas entre 21 y 32 °C de forma sostenida y humedad ambiental alta. Por debajo de 10 °C detiene el crecimiento y empieza a sufrir; por debajo de 5 °C aparecen daños serios en hoja y brote, y una helada, aunque sea corta y ligera, lo mata o lo deja irrecuperable. No tiene ningún mecanismo de latencia invernal que le permita esperar a que pase el frío.

La pluviometría de su óptimo está entre 1.500 y 2.500 mm anuales bien repartidos. Tolera períodos secos cortos una vez establecido, pero pierde hoja y aborta fruto.

Con estos números, el panorama español queda así:

Canarias. Es la única zona con posibilidades reales al aire libre, y solo en franjas costeras y de medianía baja libres de heladas del sur y suroeste de Tenerife y Gran Canaria, y en enclaves de La Palma y El Hierro. Aun ahí hay que resolver dos cosas: el viento, que rompe las hojas grandes y desgaja ramas, y la baja humedad de los episodios de calima, que quema los márgenes foliares.

Península. Al aire libre, no. La costa tropical de Granada o la Axarquía sostienen mangos y aguacates porque estos aguantan mínimas de 0 a 2 °C; el árbol del pan no llega. Aquí es planta de invernadero cálido, jardín de invierno o galería acristalada, con mínimo invernal por encima de 13-15 °C, luz abundante y humedad ambiental alta. Puesto en maceta y podado, se mantiene como ejemplar de follaje; la fructificación en esas condiciones es excepcional y no debe esperarse.

Suelo y agua

Quiere suelo profundo, fértil y sobre todo bien drenado, con pH entre 6 y 7,4. Al ser una especie de islas oceánicas, muchas variedades toleran suelos arenosos y calcáreos derivados de coral e incluso cierta salinidad y brisa marina, tolerancia poco habitual entre los frutales tropicales. Lo que no tolera en absoluto es el encharcamiento: raíz permanentemente mojada equivale a asfixia radicular y pudriciones.

El riego debe ser regular y generoso durante todo el período de crecimiento, sin dejar que el cepellón llegue a secarse. En cultivo protegido, con maceta, la clave es regar en cuanto los primeros cinco centímetros del sustrato pierdan humedad, con agua no muy fría y a poder ser de baja dureza, y no dejar nunca un plato con agua debajo.

El acolchado con materia orgánica bajo la copa ayuda mucho: la raíz de esta especie es superficial y expandida, y el mantillo la mantiene fresca y alimentada. De hecho el árbol emite raíces someras que producen brotes a cierta distancia del tronco, y esos brotes son justamente el método clásico de multiplicación.

Multiplicación

Las variedades sin semilla, que son las que interesan como frutal, se propagan de tres maneras:

Esquejes de raíz. El método tradicional. Se toman trozos de raíz superficial de 2 a 5 cm de grosor y unos 20-25 cm de largo, se colocan en horizontal o algo inclinados en un sustrato arenoso, se mantienen húmedos y a 25-30 °C, y en pocas semanas emiten brote y raíces nuevas.

Brotes de raíz. Los hijuelos que salen espontáneamente alrededor del árbol se separan con parte de raíz y se cultivan en vivero hasta que están bien enraizados.

Acodo aéreo e injerto. El acodo aéreo funciona sobre ramas jóvenes; el injerto se practica sobre patrón de Artocarpus camansi o de la propia especie procedente de semilla.

Las variedades con semilla se siembran, pero con una condición importante: la semilla es recalcitrante, es decir, pierde la viabilidad en cuestión de días o pocas semanas y no soporta desecación ni frío. Hay que sembrarla recién extraída del fruto. Comprar semillas de árbol del pan por correo es, en la práctica, tirar el dinero: cuando llegan ya no germinan.

Un árbol procedente de esqueje de raíz empieza a producir a los 3-5 años; los de semilla tardan de 6 a 10 y, además, no reproducen fielmente la variedad.

Cuidados durante el cultivo

Ubicación. A pleno sol en su clima, pero los ejemplares jóvenes agradecen sombra parcial los dos primeros años. Siempre resguardado del viento: hojas de casi un metro actúan como velas.

Abonado. Es exigente. Un abono equilibrado con microelementos, tipo 10-10-10 o similar, aplicado cada dos o tres meses en el período de crecimiento, más aportes anuales de compost o estiércol muy hecho en superficie. Los desequilibrios se ven pronto en hojas pequeñas y amarilleadas.

Poda. No la necesita para producir, pero en cultivo se practica para mantener el árbol a una altura manejable, en torno a 4 o 5 metros, y poder cosechar sin escaleras largas. Se despunta el eje una vez alcanzada la altura deseada y se aclara la copa. Se poda al final de la cosecha. Ojo con el látex: mancha, es difícil de quitar y conviene proteger la ropa y limpiar las herramientas con aceite.

Trasplante. En maceta, cada dos o tres años a un contenedor mayor, usando sustrato aireado con corteza y perlita. Para un ejemplar adulto en cultivo protegido hay que contar con 100 litros o más; por debajo de eso se queda enano y se estresa con facilidad.

Plagas y enfermedades. Al aire libre en el trópico sufre cochinillas, moscas de la fruta y pudriciones del fruto por Phytophthora y Rhizopus en épocas lluviosas. Bajo cristal en España los problemas son otros y muy previsibles: araña roja cuando el ambiente se seca, mosca blanca y cochinilla algodonosa en los brotes tiernos. Subir la humedad ambiental es media solución para la araña roja.

Cosecha y usos del fruto

Aquí está el malentendido más extendido. El árbol del pan no es una fruta que se coma cruda en su punto de recolección habitual. Se recoge todavía firme, cuando la superficie empieza a alisarse y aparecen gotitas de látex, y en ese estado es una hortaliza almidonosa, comparable a la patata o al plátano macho. Cruda resulta indigesta e insípida.

Se cocina de todas las formas imaginables: asada entera sobre brasas hasta que la piel se carboniza, hervida y machacada, cortada en rodajas y frita como patatas, en guisos y sopas, o rallada y seca convertida en harina sin gluten. Su composición ronda el 25 % de hidratos de carbono y aporta potasio y fibra, con muy poca grasa.

Si se deja madurar del todo, la pulpa se vuelve blanda, cremosa y dulce, y entonces sí se come tal cual o se usa en repostería y postres. Es un fruto muy perecedero: una vez maduro dura pocos días, motivo por el cual nunca llegó a ser un producto de exportación importante pese a su rendimiento.

Las semillas de las variedades que las tienen se comen asadas o hervidas, con un sabor parecido a la castaña.

Más allá de la mesa, la madera es ligera, resistente a los xilófagos marinos y se usó tradicionalmente para canoas y construcción; el látex servía de cola y de calafateo; y la fibra de la corteza interna para tejidos vegetales. En jardinería tropical se emplea como árbol de sombra y como ejemplar arquitectónico por el tamaño y el dibujo de sus hojas.

En resumen

Artocarpus altilis es un árbol tropical de la familia de las moráceas, de crecimiento rápido, hoja enorme y lobulada y frutos de 1 a 4 kg que se consumen cocinados como una hortaliza almidonosa, no como fruta de postre salvo cuando maduran del todo.

Su límite es térmico y es innegociable: por debajo de 5 °C sufre y con una helada se pierde. En España solo tiene recorrido al aire libre en zonas costeras sin heladas de Canarias; en la Península es planta de invernadero cálido o galería, donde funciona como ejemplar de follaje pero rara vez fructifica.

Lo demás es sencillo si se cumple el clima: suelo profundo y bien drenado, riego abundante y constante sin encharcar, abonado regular, resguardo del viento y poda de contención para poder cosechar. Se multiplica por esqueje o brote de raíz, nunca por semilla comprada a distancia, y de esa forma empieza a dar fruto entre el tercer y el quinto año.


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