El bosque templado caducifolio es, en España, el bosque atlántico: el de la cornisa cantábrica, buena parte de Galicia, el norte de Navarra, los valles pirenaicos y las umbrías del Sistema Ibérico y del Sistema Central. Se reconoce por una cosa que aquí no es trivial: llueve todo el año, incluso en verano, y el invierno es lo bastante frío como para que a los árboles les compense tirar la hoja en lugar de mantenerla.
Antes de entrar en las especies, un aviso que ninguna lista de árboles bonitos suele dar. En estos bosques viven dos plantas muy tóxicas por ingestión: el tejo (Taxus baccata), tóxico en casi todas sus partes salvo el arilo rojo carnoso que rodea a la semilla, y la semilla es justamente de lo más peligroso; y el acebo (Ilex aquifolium), cuyos frutos rojos causan trastornos digestivos, sobre todo en niños y en perros y gatos. Ante una ingestión, al médico o al Instituto Nacional de Toxicología, y si es un animal, al veterinario. Nada de remedios caseros.

Bosque templado húmedo de otra latitud: los helechos arborescentes de la foto no existen en el bosque ibérico, pero la penumbra verde y los troncos con musgo sí son idénticos.
Por qué aquí se cae la hoja y en el Mediterráneo no
Mantener la hoja en invierno cuesta: hay que protegerla del hielo y defenderla de los herbívoros durante meses en los que apenas fotosintetiza. Donde el verano es húmedo y el invierno frío, sale más a cuenta fabricar hojas grandes, finas y baratas, exprimirlas seis o siete meses y tirarlas.
En el bosque mediterráneo la cuenta sale al revés: el problema es la sequía de verano, así que la hoja es dura, pequeña y perenne, hecha para durar años y perder poca agua. Esa es la diferencia de fondo entre un hayedo y un encinar, y la desarrollamos en el bosque mediterráneo.
El dosel: quién ocupa el techo
El haya (Fagus sylvatica) domina donde hay humedad ambiental alta, suelos profundos y niebla frecuente. Forma masas muy densas y da una sombra profunda. Sus hojas son ovales, con el margen ondulado y pelos en el borde cuando son jóvenes, y su fruto, el hayuco, va en una cúpula erizada de púas blandas. Tienes la ficha completa en el haya.
Los robles del norte peninsular son sobre todo el carballo o roble común (Quercus robur), de bellota con pedúnculo largo, y el roble albar (Quercus petraea), que sube algo más en altitud. En zonas de transición hacia lo mediterráneo aparece el melojo o rebollo (Quercus pyrenaica), con la hoja muy recortada y cubierta de pelos, que retiene la hoja seca en invierno. Más detalle, en roble (Quercus).

Un árbol crecido en campo abierto reparte la copa desde muy abajo. El mismo árbol dentro del bosque sería un fuste limpio y recto, con las ramas solo arriba: la competencia por la luz decide la forma.
El castaño (Castanea sativa) aparece mezclado con robledales en toda la franja húmeda, con una salvedad importante: gran parte de los castañares españoles son de origen cultural, plantados o favorecidos durante siglos por el fruto y la madera. No son bosque espontáneo puro. Su ficha, en castaño.

Erizos de castaño a punto. La hoja lanceolada y muy dentada distingue al castaño del haya a distancia.
Completan el dosel el fresno (Fraxinus excelsior), el arce blanco o falso plátano (Acer pseudoplatanus), el olmo de montaña (Ulmus glabra) y, en suelos encharcados y riberas, alisos (Alnus glutinosa) y sauces.
Los pioneros: abedules y álamo temblón
El abedul (Betula pubescens en las zonas más húmedas y frías, Betula pendula en otras) y el álamo temblón (Populus tremula) juegan otro papel: son especies de luz, de semilla pequeñísima y dispersada por el viento, que colonizan claros, incendios, derrumbes y prados abandonados. Crecen rápido, viven poco comparados con un roble y acaban siendo sustituidos por las especies de sombra.

Amentos de abedul en primavera, con la hoja apenas abriendo. Floración anemófila: primero el polen, después el follaje.
Si ves un rodal de abedules, estás viendo la historia reciente del sitio. La ficha del árbol está en abedul.
Hayedo o robledal: dos interiores distintos
Dentro del bosque caducifolio hay dos ambientes muy diferentes según quién mande arriba, y se nota nada más entrar.
Un hayedo maduro tiene el suelo casi limpio: la sombra del haya es tan densa, y su hojarasca se descompone tan despacio, que el estrato arbustivo queda reducido a casi nada. Se camina sobre una alfombra de hojas pardas, con troncos grises y lisos y poco más.
Un robledal deja pasar bastante más luz, y eso se traduce en un sotobosque rico: avellano (Corylus avellana), acebo, espino albar (Crataegus monogyna), arraclán (Frangula alnus), saúco, brezos y zarzas, más un estrato herbáceo continuo. La misma lluvia y el mismo clima, y dos bosques que no se parecen.
El estrato arbustivo y la madreselva
Por debajo de las copas, los arbustos forman una capa de entre uno y cinco metros donde se concentra buena parte de la fauna. Ahí viven el avellano, el acebo (protegido por la normativa de varias comunidades autónomas, así que cortar ramas para adorno navideño puede ser sancionable), el espino, el serbal de los cazadores (Sorbus aucuparia) y trepadoras como la madreselva y la hiedra.
La hiedra (Hedera helix) merece una aclaración, porque se la acusa de matar árboles: se agarra con raicillas adventicias, no es parásita y no chupa savia. Puede competir por la luz en la copa y aumentar la superficie que hace de vela con el viento, pero no es un chupador de savia.
La luz de marzo: el suelo aprovecha la ventana
La particularidad del bosque caducifolio es que su suelo tiene unas semanas de luz al año que un bosque perenne nunca tiene. Entre el final del invierno y el cierre de las copas, la radiación llega abajo, y ahí es cuando florecen y fructifican las herbáceas del suelo antes de volver a la sombra.
Ese mecanismo, y las plantas que lo aprovechan, están contados aparte en plantas de sotobosque. Lo que interesa aquí es la consecuencia estructural: el bosque templado tiene un calendario interno, y cada estrato tiene su turno.
Musgos, helechos y epífitas: la humedad atlántica
En los valles más lluviosos, troncos y rocas se cubren de musgos, hepáticas y líquenes, y aparecen helechos en abundancia, desde el helecho común hasta las lenguas de ciervo de las paredes húmedas. Los líquenes epífitos son además un indicador de la calidad del aire: donde hay contaminación, desaparecen los más sensibles.
Esta capa no es decorativa. Retiene agua, amortigua la humedad del ambiente y da refugio a una fauna de invertebrados sobre la que se apoya el resto.
Si quieres algo de este bosque en tu jardín
Haya, abedul y arce blanco piden clima fresco, humedad constante y suelo que no se seque en agosto. En el norte peninsular funcionan solos; en el interior seco y en el sur, no, por mucho riego que se les eche, porque el problema no es solo el agua del suelo, es el calor y la sequedad del aire.
En esos climas tiene más sentido mirar hacia el melojo, el fresno o el arce de Montpellier, que aguantan verano duro, o directamente hacia el elenco mediterráneo. Elegir una especie por la foto del otoño y plantarla en el sitio equivocado es la forma más cara de aprender esto.
En resumen
El bosque templado caducifolio español se organiza en cuatro pisos: un dosel de haya, robles, castaño, fresno y arces; un estrato de abedules y temblones que ocupa los claros; un estrato arbustivo de avellano, acebo y espinos; y un suelo que trabaja concentrado en la ventana de luz de principios de primavera. Lo que define el conjunto no es una lista de especies, sino la combinación de lluvia repartida todo el año e invierno frío.
Y dos cosas que conviene no olvidar al pasear por él: el tejo y el acebo son tóxicos por ingestión, y la hiedra que trepa por los troncos no está matando a ningún árbol. Con eso claro, el bosque se lee mucho mejor.