Una jarra de Nepenthes y una jarra de Sarracenia se parecen tanto que resulta natural suponerlas parientes próximas. No lo son: sus linajes se separaron hace más de cien millones de años y pertenecen a órdenes distintos de las plantas con flor. Han llegado por separado a la misma solución, con las mismas piezas y hasta con los mismos trucos de superficie. El carnivorismo vegetal es uno de los ejemplos de convergencia evolutiva mejor documentados que existen, y las trampas son el escaparate donde se ve.
Cuántas veces se ha inventado esto
Los análisis filogenéticos actuales sitúan el origen del hábito carnívoro en al menos once ocasiones independientes dentro de las angiospermas, repartidas en cinco órdenes que no comparten un antepasado carnívoro común. En Caryophyllales aparecen las droseráceas, las nepentáceas, Drosophyllum y Triphyophyllum; en Ericales, las sarraceniáceas y las rorduláceas; en Lamiales, las lentibulariáceas, Byblis y Philcoxia; en Oxalidales, un único género australiano, Cephalotus; y en Poales, dos bromeliáceas, Brocchinia y Catopsis. A la lista se sumó en fecha reciente Triantha occidentalis, una monocotiledónea norteamericana cuyo tallo floral pegajoso resultó ser una trampa activa y no una simple defensa.
Limitando la cuenta a la trampa de jarra, la cifra son cuatro orígenes independientes: nepentáceas, sarraceniáceas, cefalotáceas y bromeliáceas. Aquí conviene corregir un error frecuente: Sarracenia, Heliamphora y Darlingtonia no son cuatro inventos distintos, sino tres géneros de una misma familia, las sarraceniáceas, americanas todas ellas y descendientes de un único antepasado con jarra. Su parecido es herencia, no convergencia. La convergencia auténtica está entre esa familia y Nepenthes, y entre ambas y Cephalotus follicularis, que crece en un rincón del suroeste de Australia y es, él solo, toda su familia.
Tres jarras, tres construcciones distintas
Lo llamativo es que el parecido externo esconde procesos de desarrollo diferentes. Una jarra de Sarracenia se forma por el enrollamiento y la soldadura de la lámina de la hoja sobre sí misma, con la nervadura principal marcando la costura frontal, el ala que recorre el tubo por fuera. La jarra de Nepenthes, en cambio, no es la hoja entera: la lámina se prolonga en un zarcillo y el recipiente se desarrolla en su extremo, de modo que la parte verde y plana que parece la hoja es en realidad el pecíolo ensanchado. La de Cephalotus es una hoja modificada por completo, y la planta produce además hojas normales y no carnívoras en la misma roseta, dedicadas solo a fotosintetizar.
El mecanismo morfogenético común es la asimetría de crecimiento entre las dos caras del primordio foliar: cuando la cara superior crece menos que la inferior, la hoja se curva hasta cerrarse en copa. Es una vía de desarrollo accesible desde muchos puntos de partida, y esa accesibilidad explica por qué la evolución da con ella una y otra vez.
El mismo repertorio de trucos, inventado por separado
La convergencia no se queda en la silueta. Baja al detalle micrométrico.
El peristoma resbaladizo. El borde de la boca de Nepenthes presenta crestas radiales de superficie microestructurada e hidrofílica, que retienen una película continua de agua procedente del rocío o del néctar. El insecto que se posa no toca la planta: toca una lámina de líquido, y las almohadillas adhesivas de sus patas pierden agarre por completo. Cephalotus, sin ningún parentesco, tiene un peristoma con la misma función y una microestructura equivalente.
La zona cérea. El interior superior del tubo de Nepenthes y de Sarracenia está recubierto de cristales de cera epicuticular que se desprenden al contacto y contaminan las patas del insecto, anulando la adherencia. Dos linajes distintos, la misma solución de superficie desechable.
Los pelos retrorsos. Pelos rígidos orientados hacia abajo que permiten el avance e impiden el retroceso: los tienen las sarraceniáceas, los tiene Cephalotus y los tiene Heliamphora. Es la solución mecánica más simple y por eso la más repetida.
Las ventanas de luz. Áreas translúcidas en la parte alta o en la tapa que confunden al insecto atrapado, que vuela hacia la claridad y choca contra la pared en lugar de salir por la boca. Aparecen en Darlingtonia californica, en Sarracenia minor y S. psittacina —familia americana— y también en Nepenthes aristolochioides, de Sumatra. La misma trampa óptica en dos continentes y dos linajes.
La señalización ultravioleta. Patrones de reflectancia en el ultravioleta alrededor de la boca, invisibles para el ojo humano y muy visibles para un himenóptero, descritos en géneros de las tres familias con jarra.
Convergencia también en las moléculas
El hallazgo más elegante llegó con la genómica. Al comparar el contenido enzimático de los fluidos digestivos de Cephalotus, Nepenthes, Sarracenia y Drosera —cuatro linajes independientes—, aparecieron las mismas familias de proteínas reclutadas para digerir presas: quitinasas de clase I, que originalmente defienden a la planta de hongos degradando la quitina de sus paredes; fosfatasas ácidas púrpuras, implicadas en la captación de fósforo; proteínas relacionadas con la patogénesis; y enzimas de tipo tioredoxina.
La lógica del reclutamiento es transparente. La quitina es el material del exoesqueleto de un insecto y también de la pared de un hongo: una enzima que evolucionó para defenderse de la infección fúngica sirve, con retoques, para disolver un mosquito. El fósforo y el nitrógeno que la planta necesita están en la presa, y las enzimas que ya sabían extraerlos del suelo se reorientaron hacia el líquido de la jarra.
Lo verdaderamente notable es que en esos cuatro linajes se detectaron cambios en los mismos aminoácidos, es decir, no solo se reclutó la misma familia de proteínas, sino que se modificó por los mismos sitios. La convergencia funcional descendió hasta la posición concreta de la secuencia, lo que sugiere que el número de soluciones viables es reducido y que la evolución, ante un mismo problema, tiene poco donde elegir.
El caso contrario: parecido que sí es parentesco
Para no aplicar la etiqueta de convergencia a todo, conviene el contraejemplo. La trampa de cepo de Dionaea muscipula, la venus atrapamoscas, y la de Aldrovanda vesiculosa, su equivalente acuática, parecen un caso de manual de invención repetida: una vive en turberas de Carolina y la otra flota en aguas de medio mundo, incluida la península ibérica. Pues no: son géneros hermanos dentro de las droseráceas y su cepo tiene un origen único. La filogenia molecular indica además que ese cepo deriva de una trampa adhesiva del tipo Drosera, en la que el movimiento de los tentáculos se aceleró y la hoja acabó plegándose entera. Sin árbol filogenético, el ojo se equivoca en las dos direcciones.
El espejo de esa situación son las lentibulariáceas: una sola familia, un solo origen carnívoro y tres trampas radicalmente distintas —las hojas pegajosas de Pinguicula, los tubos subterráneos de recorrido forzado de Genlisea y las vejigas de succión de Utricularia—. Ahí lo que hubo fue divergencia a partir de un antepasado común. Convergencia y divergencia son las dos caras del mismo proceso y solo se distinguen con el parentesco delante.
Por qué se repite: el problema es siempre el mismo
La convergencia se explica porque el nicho que impulsa el carnivorismo es muy estrecho y muy uniforme en todo el planeta: suelos encharcados, ácidos y extremadamente pobres en nitrógeno y fósforo, con luz abundante y agua sin limitación. Turberas de esfagno, sabanas inundables sobre arenas silíceas, paredes rezumantes, cimas de tepuyes. En esas condiciones, la limitación no es la energía sino el nutriente mineral, y una hoja que fotosintetiza mal pero captura presas puede compensar.
Esa uniformidad ecológica implica que las mismas presas —dípteros, himenópteros, hormigas, colémbolos— y las mismas leyes físicas de adherencia, tensión superficial y mecánica de fluidos actúan sobre todos los candidatos. Con el problema idéntico y el repertorio de soluciones físicas limitado, la coincidencia deja de ser sorprendente.
La misma lógica explica los recorridos de vuelta. Cuando el nutriente llega por otra vía, la carnivoría se relaja: Nepenthes ampullaria forma jarras en roseta bajo el suelo del bosque orientadas a recoger hojarasca en lugar de insectos; N. lowii y N. hemsleyana han derivado hacia el aprovechamiento de excrementos de tupayas y de murciélagos que usan la jarra como percha o refugio. También esas reconversiones han sucedido varias veces por separado dentro del mismo género.
Lo que esto aporta a quien cultiva
La consecuencia práctica de la convergencia es que plantas sin parentesco comparten exigencias, porque comparten el nicho que las produjo: agua sin sales —de lluvia, osmotizada o destilada—, sustrato ácido y pobre sin abono, luz alta y humedad. Y la consecuencia inversa: el parecido de las trampas no permite deducir el clima. Sarracenia es planta de invierno frío que necesita reposo, Nepenthes de tierras bajas exige calor y humedad constantes, Cephalotus pide clima mediterráneo suave con verano seco y odia el calor húmedo. Tres jarras casi iguales y tres cultivos incompatibles en la misma vitrina.
El funcionamiento concreto de cada tipo de trampa —jarra pasiva, papel matamoscas, cepo, succión— y su coste energético están desarrollados en el artículo sobre las trampas de las plantas carnívoras.
En resumen
El hábito carnívoro ha surgido al menos once veces por separado en las plantas con flor, y la trampa de jarra en concreto, cuatro: nepentáceas, sarraceniáceas, cefalotáceas y bromeliáceas. Sarracenia y Heliamphora no son un caso de convergencia entre sí, porque comparten familia; el caso real está entre esas americanas, el asiático Nepenthes y el australiano Cephalotus. Han coincidido en el peristoma resbaladizo por película de agua, en la cera desprendible, en los pelos hacia abajo, en las ventanas translúcidas y en la señalización ultravioleta, y también en reclutar las mismas enzimas defensivas —quitinasas, fosfatasas— con cambios en los mismos aminoácidos. Frente a ello, el cepo de Dionaea y Aldrovanda es herencia compartida y no invención repetida. El motor de todo es un nicho idéntico en los cinco continentes: suelo ácido, encharcado y sin nutrientes, con luz de sobra.