Un programador de riego no tiene ni idea del tiempo que hace fuera. Abre la electroválvula los minutos que alguien le dijo, llueva, sople poniente o estemos a 41 °C. Esa desconexión entre el aparato y la atmósfera es la que convierte una instalación cara en un desastre de consumo, y se corrige con aritmética sencilla: hay una cadena de números que va desde el clima de la comarca hasta los minutos que aparecen en la pantalla del programador, y merece la pena recorrerla entera al menos una vez.

Aquí no se trata de cuándo regar ni con qué frecuencia; eso se explica en las cuestiones clave del riego del huerto. Lo que sigue es el cálculo: de dónde salen los litros y cómo se traducen a tiempo de funcionamiento.

Regadera junto a un cultivo

Lo que el aire se lleva: la ET0

La demanda de agua no la fija la planta, la fija la atmósfera. El parámetro que la mide es la evapotranspiración de referencia o ET0, expresada en milímetros diarios, que equivalen a litros por metro cuadrado. Corresponde a lo que perdería una pradera de gramínea corta, bien abastecida, en las condiciones de radiación, temperatura, humedad y viento de ese día. Se calcula con la ecuación de Penman-Monteith y no hace falta que la resuelva nadie a mano: la red SIAR del ministerio publica los datos diarios de centenares de estaciones agroclimáticas repartidas por toda la Península, y casi todas las comunidades tienen además su propio servicio.

Los órdenes de magnitud españoles conviene tenerlos en la cabeza. Un julio de La Mancha o del valle del Ebro ronda los 6,5 a 8 mm diarios; el litoral cantábrico, con la misma fecha en el calendario, se queda entre 3 y 4 porque la humedad ambiental frena la evaporación aunque haya sol. Diciembre baja a 0,8 o 1,2 mm en casi toda la Península. Ese contraste explica por qué un mismo huerto, con la misma planta, pide seis veces más agua en agosto que en enero, y por qué copiar el calendario de riego de un vecino de otra provincia no funciona.

Del césped de referencia a tu tomatera

La ET0 describe una pradera, no un pimiento ni un rosal. Para pasar de una a otro se multiplica por el coeficiente de cultivo, el Kc, tabulado en el manual 56 de la FAO y adoptado por todos los servicios de asesoramiento. La cuenta es ETc = ET0 × Kc.

El Kc no es un número fijo por especie, sino una curva con cuatro tramos. En la fase inicial, con la planta recién trasplantada y el suelo casi desnudo, ronda 0,5 o 0,6, porque lo que se pierde es sobre todo evaporación directa del terreno. Sube durante el desarrollo hasta el valor de mediados de temporada: 1,15 en tomate, pimiento o melón en plena producción, 1,00 en lechuga y coles, 1,05 en judía. Y desciende al final del ciclo, cuando la hoja empieza a senescer, hasta 0,7 u 0,8. Aplicar el Kc máximo a un cultivo recién plantado triplica el agua necesaria y ahoga la raíz justo en el momento más delicado.

Hay una corrección que se olvida siempre y que en jardín y en maceta cambia el resultado por completo. Cuando el cultivo no cubre el suelo —hileras separadas, árboles jóvenes, arbustos aislados—, la transpiración depende de la superficie de sombra que proyecta la planta a mediodía, no del marco de plantación. Se aplica un coeficiente de localización proporcional a esa fracción de sombreo: un frutal joven que cubre el 20 % del terreno no consume el 100 % de lo que dice la tabla, sino en torno a un cuarto. Regar un plantón de dos años con la dosis de un árbol adulto es tirar agua y asfixiar raíz al mismo tiempo.

Cuánta agua cabe: la reserva del suelo

La ETc dice cuánto se gasta por día. Falta saber cuánto puede almacenar el terreno, porque eso determina el intervalo entre riegos. El suelo retiene agua entre dos límites: la capacidad de campo, lo que queda tras drenar por gravedad, y el punto de marchitez permanente, la humedad a la que la raíz ya no puede extraer nada. La diferencia es el agua útil.

En volumen, un suelo arenoso ofrece del orden de un 7 % de agua útil, un franco entre el 14 y el 17 %, y un franco-arcilloso alrededor del 18 %. Traducido a milímetros: cada centímetro de profundidad de un suelo franco guarda algo más de un milímetro y medio aprovechable. Con una profundidad radicular efectiva de 30 cm en hortícolas de porte medio, el depósito completo son unos 45 mm.

Ese depósito no se vacía entero. Cuando la humedad cae por debajo de cierto umbral, la planta tiene que hacer un esfuerzo creciente para succionar y el crecimiento se resiente antes de que aparezca ningún síntoma visible. El nivel de agotamiento permisible se sitúa en 0,4 o 0,5 para hortalizas y en 0,5 o 0,6 para frutales y ornamentales leñosas. Con el suelo franco del ejemplo, la dosis neta razonable son 18 mm, es decir, 18 litros por metro cuadrado. Si la ETc de esa semana está en 5 mm al día, el intervalo sale a tres días y medio. Repita el cálculo con un suelo arenoso y verá por qué allí no queda más remedio que regar cada día o cada dos: el depósito es la mitad.

De la dosis neta a la dosis bruta

Lo calculado hasta ahora es lo que la planta necesita encontrar en la zona de raíces. Lo que hay que aplicar es más, porque ningún sistema entrega el 100 %. La eficiencia de aplicación es del 0,90 en goteo bien montado, del 0,75 en aspersión y del 0,55 al 0,65 en riego por surcos o a manta. Dosis bruta = dosis neta dividida por esa eficiencia: los 18 mm del ejemplo se convierten en 20 por goteo y en 24 por aspersores.

Y hay un sumando adicional que en el Levante, en el valle del Guadalquivir y en el interior de Aragón resulta obligatorio: la fracción de lavado. Si el agua de riego lleva sales, cada aplicación deja atrás una parte que se concentra en el bulbo. Para que la salinidad no suba indefinidamente hay que aportar un excedente que arrastre esas sales por debajo de la raíz. Con aguas de conductividad en torno a 1,5 dS/m y cultivos moderadamente tolerantes, ese excedente ronda el 10 o el 15 % de la dosis. Es la razón técnica por la que en maceta se riega hasta que sale agua por el fondo, y no un capricho.

El bulbo húmedo decide dónde van los goteros

En riego localizado el agua no se reparte en una lámina uniforme: forma un volumen mojado bajo cada emisor, con forma de cebolla. La geometría de esa cebolla depende de la textura, y de ella depende la separación entre goteros.

En arena, la gravedad domina sobre la capilaridad y el bulbo sale estrecho y profundo: un radio de 15 a 20 cm y mucha penetración vertical. En suelo franco se ensancha hasta 25 o 30 cm. En arcilla, con la capilaridad mandando, se aplana y puede alcanzar 40 o 50 cm de radio con poca profundidad. De ahí la regla de montaje: separación de emisores de 30 cm en terreno arenoso, de 40 a 50 en franco, de 60 a 70 en arcilloso. Con la separación de un suelo pesado aplicada a un arenal quedan franjas secas entre bulbos por las que la raíz no pasa.

El caudal también se elige por textura, y en sentido inverso al que sugiere la intuición. En arcilla conviene el gotero de 2 l/h, porque uno de 4 aporta más de lo que el suelo infiltra y el agua escurre por la superficie antes de entrar. En arena pasa lo contrario: caudales mayores, o dos emisores por planta, ensanchan el bulbo y evitan que el agua se pierda hacia abajo por un canal estrecho. Para plantaciones de porte grande la solución habitual es un anillo de cuatro goteros a media distancia entre tronco y borde de la copa, nunca pegados al cuello.

Traducir litros a minutos

Aquí se cierra la cadena. El tiempo de riego es la dosis bruta que corresponde a cada planta dividida por el caudal total de sus emisores.

Ejemplo completo. Tomate a marco de 0,4 × 1 m, o sea 0,4 m² por planta. Dosis bruta 20 mm, que sobre esa superficie son 8 litros por planta. Dos goteros de 2 l/h entregan 4 l/h. Tiempo: dos horas, cada tres días o cuatro. Compárese con la programación por defecto de quince minutos diarios, que aporta un litro por planta y jornada y solo moja los cinco primeros centímetros.

En aspersión la cuenta se hace con la pluviometría del sistema, que es el caudal del aspersor dividido por la superficie que cubre: valores habituales de 5 a 12 mm/h. Los 24 mm brutos del ejemplo anterior necesitarían entre dos y cuatro horas. Y hay un techo que no se puede rebasar: si la pluviometría supera la velocidad de infiltración del suelo —muy baja en suelos arcillosos o compactados, del orden de 3 a 5 mm/h—, el agua escurre. La solución es fraccionar el riego en dos o tres pasadas separadas por una hora de reposo.

Comprobar que el sistema entrega lo que dice

Todo el cálculo se viene abajo si los emisores no dan su caudal nominal, cosa muy frecuente después de dos temporadas con agua dura. La verificación es de aficionado y cuesta un cuarto de hora: se colocan vasos o botes bajo seis u ocho goteros repartidos por la instalación —dos al principio del ramal, dos a la mitad, dos al final, y alguno en la cota más alta si hay desnivel—, se pone el riego diez minutos y se mide el volumen recogido con una jeringuilla o un vaso medidor. Un gotero de 2 l/h debe dar unos 333 ml en ese tiempo.

Lo revelador no es la media, sino la dispersión. Si el bote más lleno y el más vacío difieren en más del 10 o 15 %, hay un problema: presión insuficiente al final del ramal, ramales demasiado largos, desnivel sin compensar u obstrucción parcial por carbonatos. En terrazas escalonadas, en huertos en pendiente y en ramales de más de treinta metros, la respuesta es el gotero autocompensante, que mantiene su caudal entre aproximadamente 1 y 4 bar gracias a una membrana interna. Cuestan bastante más y valen cada céntimo cuando el terreno no es llano.

Complete la revisión con un filtro de anillas o de malla de 120 mesh a la salida del cabezal —imprescindible si el agua viene de depósito, pozo o balsa—, un purgado del final de los ramales al comienzo de la campaña y, en aguas duras, un tratamiento anual con ácido. Los goteros de laberinto obstruidos por cal no se recuperan soplando.

Lo que corrige el que riega

El cálculo da un punto de partida, no una sentencia. Hay factores que la hoja de cálculo no ve y que ajusta quien mira el cultivo.

Un acolchado orgánico de cinco centímetros suprime buena parte de la evaporación directa del suelo, lo que en la fase inicial del cultivo —cuando el Kc es bajo precisamente porque el terreno está desnudo— puede recortar la necesidad en torno a un 25 o 30 %. El viento seco de poniente sube la ET0 de un día concreto muy por encima de la media semanal. Una lluvia de 12 mm bien repartida sustituye a un riego, pero una tormenta de 25 mm en veinte minutos sobre suelo seco escurre casi entera y no cuenta. Y el sombreo de un muro o de un seto puede reducir a la mitad la demanda de un parterre respecto al que está a pleno sol, aunque los dos cuelguen del mismo sector del programador: ese es el motivo por el que conviene separar sectores por exposición y no por cercanía.

Un programador con sensor de lluvia cuesta poco y evita el espectáculo del riego funcionando bajo el aguacero. Los que aceptan un factor estacional en porcentaje permiten algo mejor todavía: dejar programado el tiempo de julio y bajarlo al 30 % en marzo y al 15 % en noviembre, con un solo ajuste al mes.

En resumen

La cadena completa tiene cinco eslabones: ET0 de la estación agroclimática más cercana, multiplicada por el Kc de la fase en que esté el cultivo, corregida por la fracción de suelo sombreada si la cobertura es parcial, comparada con el agua útil del suelo para fijar el intervalo, y dividida por la eficiencia del sistema para obtener la dosis bruta.

Ese resultado se convierte en minutos dividiéndolo por el caudal de los emisores que atienden a cada planta. Suele salir un tiempo de riego bastante más largo y una frecuencia bastante menor de lo que viene de fábrica en los programadores.

La textura manda dos veces: fija cuánta agua cabe en el depósito del suelo y fija la forma del bulbo, y con ella la separación entre goteros y el caudal que conviene. Y antes de fiarse de cualquier número, mida con unos vasos lo que sale de verdad por sus goteros, porque una instalación con cal lleva años entregando menos de lo que usted cree.


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