En una trepadora de flor la tijera decide cuánta floración habrá; en una parra o en un kiwi decide cuántos kilos se recogen en agosto, de qué calibre y si la planta llega entera al invierno siguiente. Son plantas que trepan igual que una glicinia, pero se podan con otra cabeza: no se busca cubrir un soporte, se busca equilibrar la carga de cosecha con la madera que la va a alimentar el año que viene.

La lógica de la floración y los calendarios de las trepadoras ornamentales está en la guía de poda de trepadoras según cómo trepan y dónde florecen. Aquí van las productivas, que tienen reglas propias: parra de mesa, kiwi, zarza de espaldera, maracuyá y lúpulo.

Trepadora conducida sobre alambres en una estructura de jardín

Carga de yemas: la unidad de medida que lo ordena todo

En una trepadora frutal la poda de invierno no se cuenta en ramas cortadas, sino en yemas dejadas. Cada yema que se conserva va a dar un brote, y cada brote llevará un número más o menos previsible de racimos o de frutos. Multiplicando yemas por fertilidad media se obtiene la cosecha potencial; dejar el doble de yemas no duplica la cosecha, la reparte en fruta pequeña y agota la planta.

De ahí sale un modo de trabajar distinto al de una planta ornamental. Se mira la superficie que ocupa la planta, se decide una densidad de yemas por metro cuadrado de espaldera o de parral, y se poda hasta llegar a ese número. En vid de mesa la referencia habitual se mueve entre ocho y catorce yemas por metro cuadrado según vigor y variedad; en kiwi se razona por sarmientos de renovación repartidos a lo largo del brazo. Vigor alto admite más carga; una planta que el año pasado dio brotes cortos y delgados pide menos.

El segundo concepto es el equilibrio: madera del año anterior de grosor medio —el de un lápiz o algo más— con entrenudos ni cortísimos ni interminables. Sarmientos delgados como alambre indican planta sobrecargada; sarmientos gordos como un dedo, con entrenudos largos, indican exceso de vigor y de nitrógeno, y esos suelen ser poco fértiles.

Parra de uva de mesa: poda corta o poda larga según variedad

La vid (Vitis vinifera) fructifica en brotes del año que nacen de yemas formadas el verano anterior. Eso significa que la madera útil es siempre el sarmiento agostado del año pasado, y que todo lo que tenga dos años o más solo sirve de estructura.

La decisión clave es dónde están las yemas fértiles dentro de ese sarmiento, y depende de la variedad. Muchas uvas de mesa —'Italia', 'Moscatel de Alejandría', 'Red Globe', 'Dominga'— tienen escasa fertilidad en las yemas de la base y la concentran a partir de la cuarta o quinta. Con esas, la poda corta a pulgares de dos yemas deja la planta preciosa y sin uva: hay que podar largo, dejando varas de ocho a doce yemas que se arquean sobre el alambre, en sistema de vara y pulgar o sobre parral. Otras variedades, y buena parte de las de vinificación, son fértiles desde la base y admiten poda corta en pulgares de dos yemas sobre un cordón horizontal.

El esquema de vara y pulgar se entiende en dos movimientos. Cada invierno, sobre cada posición del brazo, se deja una vara larga que dará la cosecha del año y un pulgar de dos yemas por debajo, más cerca del tronco. Al invierno siguiente se elimina entera la vara que ya ha producido y se toman los dos sarmientos nacidos del pulgar: uno pasa a ser la vara nueva, el otro se recorta a dos yemas como pulgar de relevo. Así la zona productiva no se aleja del tronco año tras año, que es lo que acaba pasando cuando se poda sin plan.

Los cortes que abren la puerta a la yesca

Hay un motivo sanitario para podar bien una parra, y no es menor. Las enfermedades de madera de la vid —yesca, eutipiosis, complejo de decaimiento— están causadas por hongos que colonizan la planta a través de las heridas de poda y van secando el interior de brazos y tronco durante años. Una vid con hojas moteadas en tigre a mitad de verano, o un brazo que se seca de golpe en julio, casi siempre lleva dentro una columna de madera degradada que empezó en un corte grande.

Lo que reduce el riesgo: cortes pequeños siempre que se pueda, evitando eliminar madera vieja de varios años; cortes del mismo lado del brazo, de modo que los flujos de savia queden libres por la cara opuesta —esta es la idea del sistema Guyot en su versión respetuosa con los flujos—; y dejar un chicot o muñón de sacrificio de dos o tres centímetros por encima del punto vivo, para que la desecación que sigue a todo corte se detenga en madera prescindible y no alcance el tejido conductor. Añade a eso podar con tiempo seco y en la parte final del invierno, cuando la cicatrización arranca antes, y no dejar el sarmiento cortado a ras de la yema.

El famoso lloro de la vid —el goteo de savia por los cortes cuando la planta ya ha despertado— no mata, pero la debilita y ensucia. Se evita podando con la planta bien parada. Hay una excepción útil: en zonas de heladas tardías, retrasar deliberadamente la poda hasta que las yemas empiecen a hincharse retrasa unos días la brotación y puede salvar la cosecha, a cambio de aceptar el lloro.

La poda en verde, que es la mitad del trabajo

En una parra de mesa, lo que se hace de mayo a agosto pesa tanto como la poda de invierno.

Espergura: en primavera se eliminan los brotes dobles nacidos de la misma yema, los que salen del tronco y los que quedan mal orientados. Cada brote que se quita ahora es agua y reservas que se van a la fruta.

Aclareo de racimos: dejar uno o dos racimos por brote según vigor. En uva de mesa también se aclaran bayas dentro del racimo, cortando alguna ramificación interior con tijera fina; el calibre lo agradece de inmediato.

Despunte: cuando el brote ha pasado varias hojas por encima del último racimo, despuntarlo frena el alargamiento y manda azúcares a la uva. Demasiado pronto o demasiado severo, en cambio, dispara los nietos —los brotes anticipados de las axilas— y se convierte en trabajo recurrente.

Deshojado de la zona de racimos: retirar unas pocas hojas alrededor de los racimos después del envero airea, seca el ambiente donde se instalan la botritis y el oídio, y mejora el color en variedades tintas. En zonas de mucha insolación se deshoja solo la cara de levante para no quemar las bayas: una uva que recibe sol directo de tarde en el interior peninsular se abrasa.

Kiwi: dos plantas, dos podas

El kiwi (Actinidia deliciosa y A. chinensis) es dioico: hay pies masculinos y femeninos, y sin un macho con floración coincidente no hay fruto por mucho que se pode. En un jardín, una planta macho da servicio a varias hembras si florecen a la vez.

La hembra fructifica en brotes del año nacidos de yemas del sarmiento del año anterior, y los frutos se sitúan en las primeras yemas de ese brote nuevo. La poda invernal, con la planta parada, consiste en eliminar los sarmientos que ya han fructificado —se reconocen por los pedúnculos secos— y dejar sarmientos de renovación de seis a diez yemas repartidos a lo largo de los brazos, atados al alambre. Se trabaja siempre buscando que la madera productiva no se aleje del brazo principal, igual que en la vid.

El macho se poda distinto y en otro momento: justo después de la floración se recorta con dureza, porque su función es dar polen y ocupar el mínimo espacio posible.

En verano, dos gestos: despuntar los brotes fructíferos unas cuatro a seis hojas por encima del último fruto, y retirar los brotes que se enroscan sobre sí mismos formando ovillos, que son inútiles y sombrean. El kiwi también llora abundantemente si se poda tarde, así que la poda de invierno se adelanta a diciembre o principios de enero. Y es planta de raíz superficial y sensible al viento: la estructura tiene que ser sólida, porque una pérgola de kiwi cargada pesa mucho más de lo que parece.

Zarza de espaldera, maracuyá y lúpulo

La zarzamora cultivada (Rubus fruticosus agg., variedades sin espinas como 'Thornfree' o 'Loch Ness') tiene cañas bienales: la caña nace un año, fructifica al siguiente y muere. La conducción que lo resuelve es el abanico alternante: las cañas del año se atan hacia un lado del alambrado y las que están fructificando ocupan el otro; terminada la cosecha, se cortan a ras de suelo las agotadas y las jóvenes pasan a su sitio. Separar físicamente las dos generaciones evita cortar por error la madera que iba a producir.

El maracuyá (Passiflora edulis) fructifica en brotes del año en curso, así que se poda a la salida del invierno en clima suave, dejando dos o tres guías principales sobre el alambre y acortando los laterales colgantes a unas seis u ocho yemas. Es planta de vida corta y muy vigorosa: sin poda anual se convierte en una maraña que produce solo en la superficie.

El lúpulo (Humulus lupulus) es una trepadora herbácea que rebrota cada primavera desde la cepa. El manejo consiste en dejar tres o cuatro guías por cuerda y eliminar el resto de brotes en la base, además de deshojar el metro inferior de la planta ya crecida: airea el cuello y corta el ciclo del mildiu que sube desde el suelo por salpicadura. Terminada la cosecha, la parte aérea se retira entera.

Errores que cuestan una cosecha

Podar corto una variedad de uva con yemas basales infértiles: brotación abundante y ni un racimo. Dejar la vara del año anterior sin renovar el pulgar: la zona productiva se aleja un palmo cada temporada hasta que la planta produce solo en los extremos. Quitar madera vieja gruesa de una parra en un solo corte: herida grande y entrada franca para los hongos de madera. Podar el kiwi en febrero y desangrarlo. Cortar las cañas nuevas de la zarza pensando que sobran. Y abonar con nitrógeno para «arreglar» una planta que produce poco: el nitrógeno da hoja, sombra y sarmiento largo, no fruta.

En resumen

En trepadoras productivas se poda contando yemas, no ramas: se fija una carga acorde al vigor y se deja madera del año anterior de grosor medio, que es la que fructifica. En vid de mesa, comprueba primero si la variedad tiene fertilidad en las yemas basales: si no la tiene, poda larga en vara y pulgar; si la tiene, pulgares de dos yemas sobre cordón. Cortes pequeños, del mismo lado y con un muñón de sacrificio, porque las enfermedades de madera entran por las heridas de poda. Completa con espergura, aclareo de racimos, despunte y un deshojado moderado en la cara adecuada. El kiwi necesita macho compatible, se poda en diciembre para evitar el lloro y renueva sarmientos de seis a diez yemas cada invierno, con el macho podado tras florecer. La zarza se conduce en abanico alternante separando cañas nuevas y agotadas, el maracuyá se acorta a la salida del invierno y el lúpulo se limita a tres o cuatro guías con el pie deshojado.


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