Cortar un castaño a ras de suelo no lo mata. De la cepa salen ese mismo verano decenas de brotes vigorosos, y ese comportamiento sostiene una forma de cultivo distinta de la plantación: el monte bajo, con cepas que pueden llevar siglos en el mismo sitio mientras los troncos que se aprovechan tienen quince o veinte años. En buena parte de Galicia, El Bierzo, Sanabria y la Sierra de Francia, quien se plantea trabajar con castaños no parte de un terreno vacío, sino de un soto viejo, de una mancha de rebrote o de un puñado de castaños bravos nacidos de semilla.

La plantación de un soto nuevo, la elección de patrón y variedad y las enfermedades del cultivo están tratadas en plantación y cuidados del castaño. Este artículo va de lo otro: manejar lo que ya existe, injertarlo y aprovechar su madera.

Castañar tradicional con cepas viejas

La cepa es el árbol, el tronco es la cosecha

Castanea sativa tiene una capacidad de rebrote de cepa que pocas frondosas igualan. Los brotes salen del cuello, de yemas durmientes protegidas por la corteza, y crecen a una velocidad notable en los primeros años: uno o dos metros por temporada en suelo fértil y con humedad suficiente. Esa vitalidad se aprovecha desde época romana y es la base de los castañares de monte bajo.

El sistema funciona por turnos. Se corta toda la cepa en invierno, con la savia parada, a ras de suelo y con corte limpio y ligeramente inclinado para que no embalse agua. Al año siguiente aparecen entre diez y treinta brotes por cepa, y a partir de ahí el trabajo consiste en seleccionar.

Los turnos habituales según el producto: de ocho a doce años para varas, tutores, estacas de viña y material de cestería; de quince a veinticinco para madera de sierra de pequeña escuadría; y de treinta a cuarenta para vigas y tabla, si la calidad de estación lo permite y si la madera no se acebolla, que es la gran incógnita.

El resalveo: elegir dos brotes y sacrificar veinte

La operación que determina la calidad final se hace entre el segundo y el cuarto año tras la corta, en invierno. Se dejan dos o tres brotes por cepa —a veces uno solo si se busca fuste único— y se eliminan los demás a ras.

Los criterios de selección, por orden: brotes nacidos lo más bajo posible en la cepa, casi a nivel del suelo, porque son los que acaban emitiendo raíces propias y no se desgajan con el viento; troncos rectos y con dominancia clara; y buena separación entre los elegidos, evitando dos brotes pegados que compartan el mismo punto de inserción y acaben abriéndose en horquilla.

Se corta a ras, sin dejar tocones, y con herramienta desinfectada. Una segunda entrada cinco o seis años después deja el brote definitivo, y a partir de ahí solo se poda para conseguir fuste limpio: ramas bajas eliminadas de forma escalonada, nunca más de un tercio de la copa viva de una vez.

Por qué la madera de castaño dura sin tratar

El duramen del castaño contiene una proporción alta de taninos, que lo hacen naturalmente resistente a hongos e insectos xilófagos. Es una madera de durabilidad natural elevada, comparable a la del roble, con la ventaja de pesar menos y trabajarse con más facilidad. De ahí sus usos tradicionales al aire libre: postes, vallados, emparrados, aleros, canalones de madera, mobiliario de exterior y estructuras rurales que llevan un siglo en pie sin ningún tratamiento.

Tiene dos particularidades que conviene conocer. La primera es que sus taninos manchan de azul oscuro en contacto con el hierro húmedo, así que la tornillería y la clavazón deben ser de acero inoxidable o galvanizado si el resultado importa estéticamente. La segunda es la acebolladura, también llamada rolladura o corazón anillado: una separación entre anillos de crecimiento que hace que el tronco se abra en capas concéntricas al aserrarlo. Puede arruinar el valor de una troza entera y no se aprecia desde fuera antes de cortar.

Se asocia a crecimientos rápidos e irregulares, a árboles viejos, a exposiciones ventosas y a determinadas procedencias. En la práctica, quien maneja un castañar para madera trabaja con turnos moderados y crecimiento regular para reducir el riesgo, y da salida al resto como madera de pequeña escuadría, tutores y leña, que siempre tiene mercado.

Recuperar un soto abandonado

Un castañar cerrado durante veinte años de abandono se recupera, pero no en una sola intervención y no antes de un diagnóstico.

Primero, mirar el estado sanitario. Antes de invertir trabajo hay que comprobar si hay tinta y si hay chancro, porque el plan cambia por completo. Un soto con focos activos de tinta en las zonas bajas y encharcadas no se recupera clareando: se recupera actuando sobre el drenaje y asumiendo que ciertas cepas se pierden. Si aparecen chancros, conviene consultar con la oficina agraria comarcal antes de empezar a cortar, porque la herramienta y las heridas son la vía de dispersión.

Después, abrir el suelo. Desbroce del matorral, zarza y helecho, que es lo que impide recoger la castaña y lo que convierte el soto en combustible continuo. Se hace en otoño o invierno y se repite dos o tres años seguidos hasta agotar el rebrote de la zarza.

Luego, clarear el arbolado. Un castañar de fruto necesita luz: la castaña se forma en la periferia iluminada de la copa, y un soto cerrado da erizos vanos. Se eliminan los pies dominados, los torcidos y los enfermos, y se respeta a los grandes viejos, que son los que producen. La apertura se hace por etapas a lo largo de varios años; abrir de golpe expone los troncos a insolación y provoca chupones por todas partes.

Y sobre los árboles viejos, prudencia. Un castaño centenario nunca podado no admite una poda severa, porque compartimenta mal las heridas grandes. Se limita a retirar madera seca, ramas rotas y las que amenazan al fuste, con cortes lo más pequeños posible y repartidos en varias campañas.

Injertar los bravos

Un castaño nacido de semilla —un bravo— da fruto pequeño y desigual, y tarda mucho en producir. La forma tradicional de convertirlo en árbol útil es injertarlo en el sitio, con púas de una variedad local conocida. Es una operación que se sigue practicando en todas las comarcas castañeras y que tiene una particularidad: se hace en primavera avanzada, no en invierno.

La púa. Se recoge en pleno reposo, de diciembre a febrero, de ramas del año de un árbol sano y productivo, con tres o cuatro yemas por púa y del grosor de un lápiz. Se conserva envuelta en tela húmeda dentro de una bolsa perforada, en la parte baja del frigorífico o enterrada en arena en un sitio fresco y sombreado. La púa tiene que llegar al momento del injerto todavía dormida, y ese es el punto crítico de todo el sistema.

El momento. Cuando el patrón está en plena actividad y la corteza se separa con facilidad de la madera al hacer un corte, lo que en el oficio se llama que la corteza «despega». En el castaño ocurre tarde, entre finales de abril y comienzos de junio según altitud, coincidiendo con la brotación.

Las técnicas. En brotes y varas jóvenes, de uno a tres centímetros de diámetro, se emplea el injerto de canutillo o de silbato: se extrae un anillo completo de corteza de la púa, con su yema, y se sustituye por el anillo equivalente del patrón, encajándolo como una funda. Es un injerto muy propio del castaño y del nogal, y necesita exactamente esa fase de corteza despegada. En troncos gruesos y en cepas recepadas se usa el injerto de corona, colocando dos o cuatro púas biseladas entre corteza y madera del tocón, atadas y selladas.

Después del injerto. Sellado completo con mastic, atado firme, y protección del brote nuevo: la unión tarda un par de años en tener resistencia mecánica y un brote de un metro cargado de hoja se desgaja con una racha de viento, así que se entutora atándolo al propio patrón. Durante los dos primeros veranos hay que eliminar todos los brotes que salgan por debajo del injerto, que salen con fuerza y ahogan a la variedad.

Conviene saber una cosa que se olvida a menudo: injertar una variedad buena sobre un bravo no aporta ninguna resistencia a la tinta. La raíz sigue siendo la del bravo, que es Castanea sativa pura y plenamente susceptible. La resistencia solo llega con patrones híbridos, que se plantan, no se improvisan sobre lo que hay.

Lo que un castañar da además de castañas

El soto tradicional es un sistema de aprovechamiento múltiple, y esa es la razón de que haya sobrevivido siglos.

La hojarasca y los erizos triturados devuelven materia orgánica y mantienen la acidez del suelo y la micorriza activa; sacarlos del soto para usarlos como cama de ganado, como se hacía antiguamente, empobrece el sistema si no se compensa.

El pasto bajo la copa admite ganado en las épocas en que no interfiere con la recolección, y ese diente controla el matorral mejor que cualquier desbroce.

La floración de junio y julio, tardía y abundante, produce una miel oscura y de sabor fuerte muy apreciada, y sostiene a los polinizadores en un momento del año en que escasea el néctar.

Y el suelo de un castañar bien aireado es terreno micológico de primer orden: Boletus edulis y sus afines, Amanita caesarea, Craterellus cornucopioides. La recolección de setas está regulada en muchas comunidades y en montes de utilidad pública requiere permiso, así que conviene informarse antes.

Higiene al trabajar, que es lo que cuesta cosechas

Todas las operaciones descritas —recepado, resalveo, poda, injerto— crean heridas, y las heridas son la puerta del chancro. Cuatro reglas que no cuestan dinero:

Trabajar en tiempo seco y con previsión de días sin lluvia, evitando los periodos de esporulación tras las lluvias templadas.

Desinfectar la herramienta al pasar de un árbol a otro, y muy especialmente al salir de una zona con chancros.

No introducir púas ni planta procedente de otra comarca sin conocer su origen sanitario, y menos aún de zonas con avispilla.

Y retirar del soto la madera de los pies muertos por chancro en lugar de dejarla apilada allí mismo, porque sigue esporulando durante meses.

En resumen

El castaño rebrota de cepa con una fuerza que permite manejarlo en monte bajo: corta invernal a ras, resalveo entre el segundo y el cuarto año dejando dos o tres brotes bajos y rectos, y turnos de ocho a doce años para varas, de quince a veinticinco para madera de pequeña escuadría. Su madera es duradera sin tratamiento por su contenido en taninos, mancha en contacto con hierro húmedo y tiene como defecto característico la acebolladura, que solo se descubre al aserrar.

Para recuperar un soto abandonado, primero diagnóstico sanitario, después desbroce, y luego apertura del arbolado en varias campañas, sin podas severas sobre los árboles viejos. Los bravos se injertan en el propio sitio en primavera avanzada, cuando la corteza despega, con púa recogida en invierno y conservada dormida, por canutillo en varas jóvenes o por corona en troncos gruesos; y hay que recordar que el injerto no aporta resistencia a la tinta, porque la raíz sigue siendo la del bravo. Todo ello con herramienta desinfectada y en tiempo seco, que es la única prevención real frente al chancro.


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