Un tallo de tres metros amanece con todas las hojas colgando, todavía verdes, y en cuarenta y ocho horas está seco. El resto de la planta sigue impecable. Ese cuadro no lo produce ningún chupador de hoja por muchos que sean: cuando falla una rama entera, la causa está casi siempre abajo, en el punto donde la savia deja de subir, y buscarla en el follaje es perder la temporada.
Las plagas propias del follaje de una trepadora y el microclima que las favorece están tratadas en el artículo sobre plagas en las plantas trepadoras. Esto va de la otra familia de problemas, la que se diagnostica siguiendo el tallo hacia el suelo.
Primero, el patrón
Tres preguntas ordenan el diagnóstico. Si el daño afecta a un tallo concreto y respeta a los demás, hay una lesión localizada en ese tallo o en su parte del sistema radicular. Si afecta a toda la planta por igual, el problema está en el cuello o en la raíz. Y si el marchitamiento es súbito, con la hoja todavía verde, hay una interrupción mecánica o vascular; si es progresivo, con amarilleo y decaimiento a lo largo de semanas, apunta a raíz, a asfixia o a un problema de suelo.
Con esas tres respuestas, la exploración deja de ser una búsqueda a ciegas y se convierte en un recorrido: se sigue el tallo afectado desde la punta hacia abajo hasta encontrar dónde cambia el aspecto de la corteza.
La marchitez de la clemátide
Es el caso más característico y el que más desconcierta. Clematis, sobre todo los híbridos de flor grande, sufre el colapso repentino de un tallo entero o de la planta completa por obra de Calophoma clematidina, un hongo citado durante años con el nombre de Phoma clematidina o Ascochyta clematidina. Penetra por una herida o por un nudo, normalmente en la parte baja del tallo, y forma una lesión que interrumpe la conducción; por eso las hojas se marchitan de golpe sin haber amarilleado.
Si se recorre el tallo hacia abajo, aparece una zona oscurecida y algo hundida, a veces a pocos centímetros del suelo. La respuesta es cortar por debajo de esa lesión, hasta tejido sano, y retirar el material.
Hay una medida preventiva que marca la diferencia y se toma en el momento de plantar: enterrar la corona unos centímetros por debajo del nivel del suelo. Con la corona enterrada quedan yemas latentes bajo tierra, y una planta que pierde toda la parte aérea puede rebrotar desde abajo. Las especies de tallo más fino y hábito silvestre, como Clematis viticella, Clematis montana o Clematis alpina, son bastante menos sensibles que los híbridos de flor grande, un dato a tener en cuenta al elegir.
El cuello, que es donde se decide casi todo
En una trepadora el riego suele quedar concentrado en un punto pequeño, pegado a un muro que además impide que el agua se reparta. Un gotero apoyado contra el tronco, un alcorque que no drena o el vertido de un canalón mantienen el cuello permanentemente húmedo, y esa es la condición que necesitan las podredumbres causadas por especies de Phytophthora.
El síntoma es progresivo: crecimiento corto, hojas pequeñas, follaje mate, decaimiento general sin ninguna plaga que lo justifique. Al raspar la corteza del cuello con la uña o con una navaja aparece tejido pardo en lugar del verde blanquecino del cambium sano, a veces con un borde nítido y con exudado.
No hay tratamiento doméstico que revierta esto. Lo que corresponde es corregir la causa: separar el gotero del tronco al menos un palmo, resolver el drenaje, desviar el agua del canalón y descubrir el cuello si había quedado enterrado bajo un acolchado o bajo una capa de tierra añadida.
Ataduras, bridas y abrazos
El estrangulamiento es un clásico y pasa desapercibido porque el causante lo puso el propio jardinero años atrás. Un alambre plastificado, una brida de nailon o una atadura de rafia colocada cuando el tallo era fino terminan clavados en la corteza y cortando el floema; por encima del punto de estrangulamiento se forma un abultamiento, y el brote acaba secándose o partiéndose por ahí con el primer viento fuerte.
La revisión anual de todas las ataduras es una faena de veinte minutos que evita pérdidas de años. La regla es dejar siempre holgura y usar material blando y ancho, que reparta la presión.
Las trepadoras volubles se estrangulan también solas y a otras cosas. La glicinia (Wisteria sinensis) y la madreselva (Lonicera) enroscan sus tallos alrededor de lo que encuentran, incluidos sus propios sarmientos, un bajante o el tronco de un árbol vecino, y con el engrosamiento secundario aprietan hasta cortarlo. En glicinia adulta esa fuerza es capaz de deformar una barandilla metálica, así que conviene decidir por dónde sube y no dejar que lo decida ella.
Perforadores del leño
En tallos gruesos y en ejemplares viejos pueden aparecer perforadores. El taladro amarillo, Zeuzera pyrina, excava galerías ascendentes en la madera y deja en el orificio de salida un serrín granuloso y húmedo que se acumula en la horquilla o al pie; la rama por encima de la galería se seca.
Con estos casos conviene mantener presente una regla general de sanidad vegetal: la mayoría de los perforadores de leño son oportunistas secundarios que eligen plantas ya debilitadas por sequía, asfixia o heridas. Encontrar uno obliga a preguntarse qué debilitó antes a la planta, porque tratar el insecto sin corregir aquello no cambia el desenlace. La medida útil es cortar y destruir la rama afectada, y devolver a la planta unas condiciones de riego y de suelo razonables.
Tumores en el cuello
Unas excrecencias leñosas, rugosas e irregulares en el cuello o en las raíces gruesas corresponden a la agalla del cuello, causada por Agrobacterium tumefaciens, una bacteria del suelo que introduce parte de su ADN en las células vegetales y les ordena proliferar. Entra por heridas, y en trepadoras las heridas abundan: trasplantes, ataduras, azadas, roce contra el muro.
No tiene tratamiento curativo. Una planta con agallas pequeñas puede vivir años con vigor reducido; con el cuello muy afectado, se arranca. Lo importante es no propagarla: herramienta desinfectada, no plantar en el mismo hoyo sin renovar tierra y revisar el cepellón del material nuevo antes de plantarlo.
Lo abiótico que imita a una enfermedad
Dos causas frecuentes no tienen nada que ver con ningún organismo. La primera es el herbicida aplicado al pie de la fachada para eliminar las hierbas del borde: las raíces superficiales de la trepadora están justo ahí, y algunos residuales persisten en el suelo, de modo que el daño aparece semanas después y se atribuye a una enfermedad. Los síntomas suelen ser brotes deformados, hojas estrechas o acopadas y crecimiento detenido sin lesiones necróticas húmedas.
La segunda es térmica y salina. Un muro claro orientado al mediodía refleja radiación sobre el follaje y produce quemaduras en las hojas más expuestas, con bordes secos y necrosis en el haz. Y en un riego escaso y localizado, las sales se van acumulando en el pequeño volumen de suelo que se moja, con la consiguiente quemadura de puntas y bordes. Se corrige con riegos más abundantes y espaciados, que lavan el perfil, en lugar de aportes cortos y diarios.
Cómo se comprueba sin herramientas
Raspar un trocito de corteza con la uña en distintos puntos del tallo, desde la punta hacia el pie, indica dónde acaba el tejido vivo: verde o blanquecino significa cambium funcional; pardo, tejido muerto. El límite entre ambos señala la altura de la lesión.
Un corte transversal en una rama afectada muestra si el anillo conductor está pardeado, lo que orienta hacia un problema vascular. Y antes de mirar nada de eso conviene apartar el follaje del pie, descubrir el cuello, revisar todas las ataduras y comprobar dónde cae el agua. Ese repaso resuelve buena parte de los casos en los que se estaba a punto de comprar un producto que no habría servido para nada.
En resumen
Cuando en una trepadora se seca un tallo entero o la planta decae sin plaga visible, el diagnóstico se hace hacia abajo. En Clematis, el colapso repentino con hojas verdes apunta a Calophoma clematidina, y plantar con la corona enterrada unos centímetros permite el rebrote. Un cuello permanentemente mojado por el gotero, el alcorque sin drenaje o el canalón acaba en podredumbre por Phytophthora, que se reconoce raspando la corteza y no se revierte con productos. Las ataduras olvidadas estrangulan, y las volubles como la glicinia estrangulan por su cuenta lo que abrazan. Los perforadores del leño suelen ser secundarios y señalan un debilitamiento previo; las agallas de Agrobacterium tumefaciens no tienen cura y se manejan evitando su propagación. Y antes de culpar a un patógeno conviene descartar el herbicida aplicado al pie del muro, la reflexión de calor de la fachada y la acumulación de sales de un riego corto y localizado.