Hay tres maneras de resolver una enredadera que estorba donde está, y solo una de ellas se llama trasplante. Las otras dos —descolgarla y volver a ponerla en el mismo sitio, o sacarle una hija y quedarse con la hija— resuelven la mayoría de los casos reales con una fracción del riesgo. Conviene decidir cuál toca antes de comprar la pala, porque en cuanto la raíz sale del suelo ya no hay marcha atrás.

Este artículo trata esas alternativas y el criterio para elegir entre ellas. Si el diagnóstico es que la planta hay que moverla de verdad, la secuencia completa —cepellonado previo, medidas, extracción, plantación y los dos veranos siguientes— está en los pasos para trasplantar una enredadera.

Enredadera cubriendo un muro con guías atadas a alambre

Cuatro preguntas antes de tocar nada

¿El problema es la raíz o el ramaje? Si la planta molesta porque tapa una ventana, ha invadido el canalón o hay que picar la fachada, la raíz no tiene la culpa y no hay motivo para moverla. Se descuelga, se poda o se reconduce, y se queda donde está.

¿Se agarra por sí sola o va atada? Una planta voluble o de zarcillos —glicinia, madreselva, clemátide, pasiflora, parra— se separa del soporte y se vuelve a colocar. Una adherente —hiedra (Hedera helix), parra virgen japonesa (Parthenocissus tricuspidata), bignonia (Campsis radicans), Ficus pumila— no se despega sin arrancar corteza, y eso cambia por completo el plan.

¿Cuántos años tiene? Hasta cuatro o cinco años, un traslado bien hecho es rutina. Pasada esa edad, y sobre todo en especies de raíz gruesa y poco ramificada, el porcentaje de fracasos sube lo suficiente como para plantearse la copia en lugar del traslado.

¿Es un cultivar concreto o vale cualquier planta parecida? Una Wisteria floribunda 'Multijuga' de racimo largo o un rosal antiguo sin nombre comercial merecen el esfuerzo de conservar el individuo. Una hiedra común o una parra virgen se sustituyen por veinte euros y dos temporadas.

Descolgar por obra y volver a colgar

La situación más frecuente no es un cambio de sitio, sino una rehabilitación: hay que pintar, impermeabilizar, sanear un paramento o montar un andamio, y la planta está en medio. Aquí la operación es un descuelgue temporal, y se planifica con el calendario de la obra en la mano.

Se hace en parada vegetativa, de diciembre a febrero en clima peninsular, y nunca con la planta en brote. Antes de soltar nada, marca los brazos principales con cinta de color y anota su posición: al devolverla, reconstruir la trama original ahorra tres años de conducción. Corta las bridas y ataduras empezando por arriba, libera tramos de metro y medio, y ve reuniendo cada brazo en un haz flojo, atado con cuerda blanda cada cincuenta centímetros. Nada de bridas apretadas ni de alambre, que en un mes de compresión estrangulan tallos que la propia obra no habría dañado.

Los haces se tumban sobre un lecho de paja, mantillo o tablero, nunca directamente sobre hormigón al sol, y se cubren con malla de sombreo del 50 % si la planta es perennifolia. Una trepadora tumbada tolera bien seis u ocho semanas en invierno; a partir de ahí empieza a brotar en horizontal y la devolución se complica. El pie es lo que hay que blindar: un tablero apoyado en dos ladrillos sobre el alcorque evita que reciba escombro, restos de mortero, agua de limpieza de herramienta o pintura, que es lo que realmente mata plantas durante las obras. Y aunque llueva, el pie bajo lona o bajo andamio entoldado no recibe agua: hay que regarlo una vez al mes.

Al volver a subirla, poda primero todo lo que se haya partido y palisa los brazos siguiendo las marcas. La planta perderá una temporada de floración y poco más.

Las adherentes no se descuelgan: se recepan

Intentar despegar una hiedra adulta o una parra virgen japonesa de un muro rugoso termina siempre con las raicillas o los discos adhesivos pegados al paramento y el tallo desollado por el lado del muro, que es como decir anillado. Sobrevive poco.

La solución es el recepado: cortar toda la parte aérea a 30-40 cm del suelo en enero o febrero, arrancar el ramaje seco de la pared —una vez muerto se desprende solo en unas semanas, y los restos de discos se quitan con cepillo de púa una vez secos— y dejar que la planta rebrote de la base. La hiedra, la parra virgen (Parthenocissus quinquefolia y P. tricuspidata), la bignonia, el lúpulo y la madreselva rebrotan con fuerza y recuperan tres o cuatro metros en dos temporadas. La glicinia y la vid también lo toleran, aunque la glicinia castiga con dos o tres años sin flor.

No todo el mundo aguanta este trato. Clematis armandii y C. montana rebrotan mal o no rebrotan de madera vieja, y Trachelospermum jasminoides tarda tanto en recuperarse que compensa más plantar uno nuevo. Antes de recepar, comprueba si en la base ya hay brotes jóvenes: es la mejor señal de que la planta tiene yemas latentes en la madera vieja.

Multiplicar en vez de mover

Una trepadora de diez o quince años tarda dos o tres temporadas en recuperarse de un traslado, si lo supera. Una planta hija enraizada de esa misma trepadora tarda uno o dos años en estar lista y tres o cuatro en cubrir lo mismo. La cuenta sale parecida, el material genético es idéntico y el riesgo baja mucho. La regla operativa que se saca de ahí es sencilla: saca la copia antes de intentar el trasplante, la primavera anterior, y así el traslado deja de ser una apuesta a todo o nada.

Acodo simple. El método con mejor tasa de éxito y casi ninguna herramienta. En marzo o abril se elige una guía flexible del año anterior, se le hace una herida somera justo por debajo de un nudo —un corte oblicuo de un tercio del grosor, o un raspado de la corteza en un anillo de un centímetro—, se entierra ese punto a 10-15 cm sujeto con una horquilla de alambre y se deja la punta fuera, atada a una caña. Riego constante y a esperar. Se separa el otoño siguiente, o el segundo si la especie es lenta. Funciona muy bien en Parthenocissus, Hedera, Lonicera, Wisteria, Passiflora, Vitis y clemátides.

Acodo serpenteante. Con una guía larga y flexible se entierran varios tramos alternos dejando fuera los nudos intermedios: de una sola rama de hiedra o de madreselva salen cuatro o cinco plantas. Útil cuando lo que se quiere es reponer un seto vertical entero.

Acodo aéreo. Para tallos rígidos que no se pueden tumbar, típicamente buganvilla o jazmines de porte alto. En mayo o junio se anilla la corteza en dos centímetros de longitud, se envuelve el punto con esfagno húmedo bien apretado y se cierra con plástico y cinta por ambos extremos. Las raíces aparecen en ocho a doce semanas y entonces se corta por debajo del acodo.

Esqueje semileñoso. De julio a septiembre, con madera del año que ya empieza a endurecer. Trozos de 10-12 cm, corte limpio justo debajo de un nudo, hojas de la mitad inferior eliminadas, extremo mojado en hormona de enraizamiento con ácido indolbutírico y clavado en una mezcla a partes iguales de turba y perlita. Sombra, humedad ambiental alta bajo campana o botella cortada, y de cuatro a ocho semanas hasta las primeras raíces. Va bien en Trachelospermum, Lonicera, Hedera, Plumbago auriculata, Solanum laxum y Passiflora.

Esqueje leñoso de invierno. El más barato de todos y casi olvidado: en diciembre o enero se cortan trozos de madera del año de 20-25 cm, se entierran dos tercios en un rincón resguardado del jardín y se olvidan hasta abril. Es como se ha multiplicado siempre la vid, y funciona igual en parra virgen, higuera trepadora e incluso en algunos rosales.

Dos detalles que cambian el resultado. En Clematis el esqueje no se corta bajo el nudo sino entre dos nudos, dejando el par de hojas en el extremo superior del trozo: es la particularidad del género y explica la mayoría de los fracasos. Y en glicinia hay que saber si el ejemplar es injertado, cosa habitual en las de vivero: en ese caso el acodo o el esqueje reproducen el cultivar, pero cualquier rebrote que salga del pie por debajo del injerto dará una planta de floración mediocre que tardará años en abrir.

La semilla queda descartada casi siempre: no reproduce el cultivar y en glicinia el retraso hasta la primera floración es de siete a diez años.

Un aviso de manejo

Varias de estas plantas tienen savia irritante. La hiedra contiene falcarinol y produce dermatitis de contacto con cierta facilidad, y también es tóxica por ingestión, hojas y frutos incluidos; el Ficus pumila y otras moráceas trepadoras sueltan un látex que irrita piel y ojos, y la buganvilla suma espinas largas que provocan heridas que se infectan con facilidad. Trabaja con guantes y gafas al recepar o al hacer esquejes, no quemes los restos de hiedra en montón cerrado y mantén los restos de poda lejos del alcance de niños y de animales domésticos. Si hay contacto en un ojo o una reacción cutánea que no cede, consulta al médico.

En resumen

Antes de trasplantar una enredadera conviene comprobar si el problema es realmente la posición de la raíz. Si lo que estorba es el ramaje o hay una obra por medio, la operación es un descuelgue temporal en invierno, con los brazos marcados, atados en haces flojos y tumbados sobre material blando, y el pie protegido del escombro y regado bajo la lona. Las trepadoras adherentes no se descuelgan: se recepan a 30-40 cm y rebrotan, salvo Clematis armandii, C. montana y el jazmín estrellado, que lo llevan mal. Y en ejemplares viejos o valiosos, sacar una copia por acodo simple la primavera anterior convierte el traslado en una operación con red: si sale mal, ya hay planta joven idéntica esperando. Reserva el acodo aéreo para tallos rígidos, el esqueje semileñoso de verano para la mayoría y el esqueje leñoso de enero para vid y parra virgen, y recuerda que la clemátide se esqueja entre nudos.


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