Antes de hablar de plantas hay que corregir lo que esta página decía, porque era exactamente al revés de la realidad: la hipertensión no da síntomas. No avisa con visión borrosa, ni con dolor de cabeza, ni con mareos. Por eso se la llama el asesino silencioso y por eso la única forma de saber si tienes la tensión alta es medirla. Encontrarse bien no significa nada. Si sales de aquí con una sola idea, que sea esa.

La segunda: la tensión alta la diagnostica y la trata un médico, y dejar la medicación para sustituirla por una infusión es de las cosas más peligrosas que se pueden hacer. Esa decisión no se toma leyendo una web. En la Unión Europea, las declaraciones de propiedades saludables están reguladas por el Reglamento (CE) 1924/2006 y las concede la Comisión Europea; ninguna de las plantas de esta lista tiene autorizada ninguna relacionada con la tensión arterial. De este artículo han desaparecido las dosis y las cifras de milímetros de mercurio que traía el original, y no se han sustituido por otras. Lo que queda es lo que sabemos hacer aquí: contar cómo son estas plantas y cómo se cultivan.

La que sí interacciona, y hacia arriba: el regaliz

Este es el aviso que faltaba en el artículo original y el que de verdad importa. El regaliz (Glycyrrhiza glabra) contiene glicirricina, y el consumo continuado de cantidades apreciables provoca retención de sodio y pérdida de potasio, con subida de la tensión arterial. No es una rareza de laboratorio: está bien descrito y afecta también a los caramelos de regaliz auténtico y a las infusiones que lo llevan como edulcorante, que son bastantes. Quien tenga hipertensión, problemas de riñón o tome determinados medicamentos tiene un motivo concreto para no abusar de él. Si estás revisando qué plantas tomas por este asunto, empieza mirando si alguna lleva regaliz.

El ajo, en el huerto

El ajo (Allium sativum) es una liliácea de bulbo compuesto que se multiplica plantando los propios dientes, porque prácticamente no produce semilla viable. Cada diente da una planta y cada planta, un bulbo nuevo.

Su ciclo está gobernado por la longitud del día y por el frío. Se planta en otoño o a finales de invierno, según la zona y el tipo; la planta desarrolla hoja durante los meses fríos y, cuando los días se alargan hacia la primavera, forma el bulbo. Plantar tarde es el error más común: sin ese periodo de hoja previo, el bulbo sale pequeño o no se divide en dientes.

Quiere sol pleno y suelo suelto y bien drenado; en terreno pesado y húmedo el bulbo se pudre. Lo que más agradece es que se le deje de regar cuando las hojas empiezan a amarillear, unas semanas antes de arrancarlo, porque un ajo que se cosecha empapado no se conserva. Se arranca cuando la mitad del follaje está seco, se cura a la sombra en sitio aireado hasta que las túnicas quedan papeleras, y así aguanta meses colgado en ristras.

De variedades hay mucho donde elegir. El ajo morado de Las Pedroñeras, en Cuenca, cuenta con Indicación Geográfica Protegida; los ajos blancos aguantan mejor la conservación; y luego está el ajo elefante, que a pesar del nombre no es un ajo verdadero sino un pariente del puerro, con dientes enormes y sabor mucho más suave.

Bulbo de ajo morado Bulbo de ajo morado curado. Las túnicas secas y papeleras son la señal de que el curado ha ido bien y de que el bulbo va a conservarse.

El apio y el apio-nabo

El apio es Apium graveolens, y la especie se cultiva en tres formas distintas que conviene no confundir. El apio de penca, variedad dulce, es el de los tallos gruesos que se vende en el supermercado. El apio-nabo, variedad rapaceum, engorda la base del tallo en una bola rugosa que se usa como hortaliza de raíz, muy común en la cocina centroeuropea y bastante desconocida aquí. Y el apio de cortar, variedad secalinum, se cultiva solo por la hoja, como condimento.

Los tres comparten carácter: ciclo largo, mucha agua y suelo rico. El apio procede de marismas salobres y no perdona la sequía; un solo golpe de sed le hace subir a flor o le deja las pencas huecas y fibrosas. Se siembra en semillero, con semilla diminuta que necesita luz para germinar y no debe enterrarse, y se trasplanta cuando la planta tiene ya un buen porte. El apio de penca tradicional se blanquea acollando la tierra o envolviendo las pencas unas semanas antes de la recolección, para que queden claras y tiernas; las variedades autoblanqueantes modernas se ahorran ese paso.

Un detalle práctico que casi nadie cuenta: el apio contiene furanocumarinas, y manipular grandes cantidades de planta fresca al sol puede provocar una dermatitis fototóxica en manos y antebrazos. Es un problema conocido en la recolección profesional. En un huerto pequeño no suele pasar, pero si vas a cortar mucho apio en verano, guantes y manga.

Apio-nabo creciendo en el bancal Apio-nabo (Apium graveolens var. rapaceum) engordando en el bancal. Lo que se come no es la raíz sino la base engrosada del tallo.

El olivo, el tilo y el tomillo

El olivo (Olea europaea) no necesita presentación en España, y la hoja de olivo es justamente el subproducto más abundante de la poda anual. Es un árbol de secano por definición, de crecimiento lento y longevidad enorme, que florece en primavera con panículas de flores blanquecinas diminutas y polinización anemófila. Ese polen, por cierto, es uno de los alérgenos estacionales más importantes del interior peninsular, cosa que sí está bien documentada y que conviene tener presente si vives rodeado de olivar.

Rama de olivo con los botones florales Panículas de botones florales de olivo en primavera. La polinización es por viento, y de ahí la carga de polen que marca la primavera en las zonas de olivar.

La tila no es una planta sino la flor de un árbol: el tilo, del género Tilia, con Tilia platyphyllos y Tilia cordata como especies europeas más frecuentes. Es un árbol grande de hoja acorazonada y asimétrica en la base, muy usado en alineaciones urbanas y paseos por su sombra densa. Su floración de principios de verano, con las flores colgando de una bráctea alargada de aspecto de hoja pálida, es de las más visitadas por las abejas que hay. Como árbol de jardín necesita espacio y suelo fresco y profundo; no es planta para un patio.

El tomillo (Thymus vulgaris) es lo contrario en todo: una mata leñosa pequeña de nuestros montes secos, de la familia de la menta, que quiere sol directo, suelo pobre y pedregoso y muy poca agua. En maceta con riego abundante y sustrato retentivo se pudre en una temporada. Se poda ligeramente después de la floración para que no se lignifique por la base, y florece cubriéndose de flores minúsculas que son un imán de abejas. En la cocina es de las pocas aromáticas que gana con el secado.

Las que aquí no se cultivan

Tres de la lista original no dan de sí en España, y conviene decirlo en vez de fingir una ficha de cultivo. El rooibos (Aspalathus linearis) es un arbusto del fynbos sudafricano con una distribución natural muy restringida, la región del Cederberg, y los intentos de cultivarlo fuera de allí no han cuajado. La moringa (Moringa oleifera) es un árbol tropical de crecimiento rapidísimo que aquí solo prospera en Canarias y en enclaves muy cálidos del litoral sureste, y que la primera helada se lleva por delante.

Y la Capparis cartilaginea con la que abría el artículo original es un arbusto de matorral seco de Arabia y el Cuerno de África que no está en el comercio español. No hay que confundirla con la alcaparra de toda la vida, Capparis spinosa, esa sí mediterránea, que crece en muros y roquedos de medio país y de la que se aprovechan los botones florales en salmuera.

En resumen

La hipertensión es silenciosa, se detecta midiendo y la maneja un médico con un tratamiento que no se abandona ni se sustituye por infusiones. Ese es el mensaje del artículo, y todo lo demás viene después. El aviso que sí hay que llevarse sobre plantas y tensión apunta en la dirección contraria a la habitual: el regaliz la sube, también en forma de caramelo o de infusión endulzada con él.

Con eso aclarado, el ajo, el apio y el olivo son tres de los cultivos con más historia de la agricultura mediterránea, el tilo es un árbol de sombra magnífico donde cabe, y el tomillo resuelve un rincón seco y soleado sin pedir nada a cambio. Tenerlos en el huerto o en el jardín tiene todo el sentido del mundo. Curarse con ellos, ninguno.


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