Un fungicida solo tiene sentido si el causante es un hongo, y en el huerto doméstico esa condición se cumple bastante menos de lo que sugiere el aspecto de una hoja manchada. Bacterias, virus, daños fisiológicos y derivas de herbicida producen síntomas que se le parecen, y ninguno de ellos responde a un preparado antifúngico, por bien hecho que esté. Antes de fabricar nada, la pregunta útil es qué hay realmente en la planta.
Los preparados clásicos y su elaboración están en el artículo sobre fabricar un fungicida ecológico en casa. Este va del paso previo: identificar al culpable y entender qué puede y qué no puede hacer un producto de contacto.
La mitad de los "hongos" no son hongos
Los mildius y las podredumbres de cuello del género Phytophthora y Pythium no pertenecen al reino Fungi. Son oomicetos, un grupo de estramenopilos emparentado con las algas pardas, y la diferencia es fisiológica, no solo taxonómica: su pared celular es de celulosa y glucanos en lugar de quitina, y no fabrican ergosterol.
Esa segunda característica explica un fracaso frecuente. Buena parte de los fungicidas de síntesis actúan bloqueando la síntesis de esteroles, y sobre un oomiceto no tienen diana donde actuar. Del lado de lo doméstico ocurre algo parecido: el azufre y el bicarbonato, que rinden bien contra el oídio, no hacen prácticamente nada contra un mildiu. El cobre sí, porque es un multisitio que interfiere en enzimas de cualquiera de los dos grupos, y de ahí su papel histórico en viña y patata.
La otra cara de la moneda es el oídio, un ascomiceto que crece por fuera de la hoja y solo introduce haustorios en las células de la epidermis. Al estar expuesto, es el único patógeno foliar al que se le puede llegar de verdad con un tratamiento de superficie. Necesita además humedad ambiental alta pero no agua libre; una hoja mojada le perjudica, mientras que el mildiu la necesita para que germinen sus esporas.
Bacteria, virus o fisiopatía
Una bacteriosis, causada por especies de Xanthomonas o Pseudomonas, deja manchas de contorno anguloso, limitadas por los nervios secundarios, con un halo amarillo y un aspecto húmedo o traslúcido cuando la hoja se mira al trasluz. En tallo y fruto puede aparecer exudado. No hay fungicida que la resuelva, y la vía es sanitaria: retirar, desinfectar tijeras, evitar trabajar con el follaje mojado y no reutilizar semilla de plantas afectadas.
Una virosis no hace manchas necróticas de bordes húmedos, sino patrones: mosaicos, jaspeados entre nervios, anillos concéntricos, hojas afiligranadas o deformadas, y a menudo un porte general anómalo. No se cura. La planta se arranca metida en bolsa y se revisa quién ha podido transmitirla, que suele ser pulgón, trips o mosca blanca.
Un daño fisiológico tiene tres marcas propias. Aparece de golpe tras un episodio concreto, una helada tardía, un golpe de calor, un abonado fuerte o una aplicación mal hecha. Suele ser simétrico o afectar por igual a todas las hojas de la misma edad o de la misma exposición. Y no progresa: la mancha se queda donde estaba. La podredumbre apical del tomate y del pimiento entra aquí, y no es un hongo sino un problema de calcio ligado a la irregularidad del riego.
Merece mención aparte la deriva de herbicida hormonal. En jardines urbanos, un tratamiento de césped en la finca de al lado puede deformar los brotes de tomateras y vides con hojas acopadas, estrechas y con nervadura paralela. Se confunde con virus y con hongos, y no tiene tratamiento posible.
La lupa y la cámara húmeda
Una lupa de diez aumentos resuelve la mayoría de las dudas. El oídio es un fieltro harinoso blanco sobre el haz, que se retira frotando con el dedo. El mildiu es un vello grisáceo, violáceo o blanquecino en el envés, siempre justo debajo de una mancha amarilla del haz limitada por los nervios. La botritis es un moho gris que suelta una nube de esporas si se sopla encima. La alternariosis dibuja anillos concéntricos en la mancha, como una diana. Y en el tejido ya seco, unos puntitos negros diminutos y ordenados son estructuras del hongo, no suciedad.
Cuando no se ve nada, hay un recurso doméstico razonable: meter la hoja sintomática en una fiambrera con papel de cocina humedecido, cerrarla y dejarla a temperatura ambiente uno o dos días. Si el causante es un hongo o un oomiceto, esporulará y se hará visible. Si al cabo de ese tiempo la lesión sigue igual y limpia, apunta a bacteria, a virus o a fisiopatía.
Contacto, translaminar y sistémico
Lo que un producto puede hacer depende de hasta dónde llega. Un fungicida de contacto se queda sobre la cutícula formando una capa protectora que impide la germinación de la espora; no atraviesa la hoja y no alcanza al micelio que ya está dentro. Un producto translaminar penetra la lámina y protege también la cara opuesta. Un sistémico circula por la savia y llega a los tejidos formados después del tratamiento.
Todo lo que puede prepararse en una cocina pertenece a la primera categoría, y esa es la limitación central. Un hongo con el micelio ya establecido en el mesófilo está fuera del alcance de cualquier cosa que se pulverice encima. Conviene también distinguir entre matar e inhibir: buena parte de los preparados de superficie son fungistáticos, es decir, frenan el crecimiento mientras están presentes, y en cuanto la lluvia los lava el patógeno reanuda su avance.
La vía indirecta: hacer que la planta se defienda
Hay un mecanismo real detrás de muchos productos que se venden como fortificantes, y no es fungicida. Las plantas disponen de respuestas de defensa inducidas: la resistencia sistémica adquirida, mediada por la ruta del ácido salicílico y activada tras un ataque localizado, y la resistencia sistémica inducida, disparada por microorganismos beneficiosos de la rizosfera. Ambas engrosan paredes celulares, activan enzimas de defensa y acumulan compuestos fenólicos en cuestión de días.
Extractos de algas, laminarina, quitosano o la colonización de la raíz por hongos y bacterias del suelo actúan por esa vía. Tiene dos consecuencias prácticas. Que su efecto se mide en semanas y de forma preventiva, nunca sobre una lesión ya formada. Y que la respuesta tiene coste para la planta, de modo que aplicar estos productos de continuo no multiplica la protección.
Riesgo de lo casero
Que un preparado se haga con material de cocina no lo hace inofensivo. Los aceites y los tensioactivos improvisados queman la hoja con sol y calor; las mezclas de varios productos generan incompatibilidades imprevisibles, y encadenar azufre con aceites es la combinación clásica que arruina el cultivo; los polvos finos irritan las vías respiratorias de quien los aplica sin mascarilla; y sobre hortaliza de hoja que se va a comer no hay ningún plazo de seguridad establecido para algo que nadie ha evaluado.
En España, la jardinería particular puede emplear únicamente productos fitosanitarios autorizados con la mención de uso reservado a jardinería exterior doméstica, respetando lo que indique la etiqueta. Existe además la figura de las sustancias básicas, entre las que está Equisetum arvense, aprobadas para usos concretos y con un perfil favorable, que es donde encaja buena parte de lo tradicional.
Cuando no hay nada que aplicar
Hay diagnósticos que cierran la cuestión. Las marchiteces vasculares causadas por Fusarium oxysporum o Verticillium dahliae se reconocen al cortar el tallo cerca del cuello: el anillo conductor aparece pardo. El patógeno está dentro del sistema vascular y ningún tratamiento foliar llega hasta ahí. Lo mismo ocurre con las podredumbres de raíz por Phytophthora en suelo encharcado y con las virosis.
En esos casos lo que queda es de manejo: retirar la planta, no compostar sus restos, corregir el drenaje, alargar la rotación, desinfectar herramienta y elegir para el año siguiente variedades con resistencia declarada, que en tomate y en melón viene indicada con siglas en el sobre de semilla. Es menos vistoso que pulverizar, y es lo único que cambia el resultado.
En resumen
Antes de preparar un fungicida conviene comprobar que hay un hongo. Los mildius y Phytophthora son oomicetos, con pared de celulosa y sin ergosterol, y por eso el azufre y el bicarbonato, útiles contra el oídio, no les afectan. Las manchas angulosas con halo húmedo apuntan a bacteria; los mosaicos y anillos, a virus; la aparición súbita, simétrica y que no progresa, a un daño fisiológico o a una deriva de herbicida. Una lupa y una cámara húmeda improvisada con una fiambrera resuelven la mayor parte de las dudas. Recuerda además que lo casero es siempre de contacto y a menudo solo fungistático, que los inductores de resistencia actúan por otra vía y con semanas de antelación, y que un anillo vascular pardo en el tallo o una virosis cierran el asunto: ahí toca arrancar, rotar y elegir variedad resistente.