Preguntar qué le pasa a «un geranio» tiene el mismo alcance que preguntar qué le pasa a «un árbol». Con ese nombre se cultivan en España cuatro plantas del género Pelargonium que se parecen poco entre sí: difieren en el grosor de la hoja, en la cera de su superficie, en el porte y en la procedencia, y esas diferencias anatómicas deciden qué le ocurre a cada una. La roya que arrasa un zonal no toca a una gitanilla; el edema que abulta el envés de una gitanilla no aparece en un pensamiento.

La descripción de cada patógeno y del taladro Cacyreus marshalli, que sigue siendo el problema dominante en el balcón español y que no es una enfermedad sino una oruga, está en enfermedades y plagas del geranio. Lo que sigue explica por qué cada tipo de planta enferma de lo suyo, y cómo se controla la vía por la que casi todo entra: el esqueje.

Geranio en flor en una jardinera

Cuatro plantas con el mismo nombre

El zonal (Pelargonium × hortorum) tiene hoja redondeada, aterciopelada y con una banda oscura en forma de herradura, y porte erecto. Procede del cruce de especies del Cabo que crecen en zonas de lluvia invernal.

La gitanilla o geranio de hiedra (Pelargonium peltatum) tiene hoja peltada, gruesa, casi carnosa, cubierta de cera, y tallos colgantes. Su hábitat de origen es más seco y su hoja está construida para retener agua.

El pensamiento o geranio regio (Pelargonium × domesticum) tiene hoja grande, blanda, plisada y de borde dentado, y flores anchas con manchas oscuras. Necesita noches frescas para inducir flor, de modo que su temporada es corta.

Los olorosos (Pelargonium graveolens, P. crispum, P. tomentosum y otros) tienen la hoja cubierta de tricomas glandulares cargados de aceite esencial y florecen poco.

Y aparte queda Geranium, el género de verdad, que es una vivaz rústica europea sin ninguna de estas debilidades y que ni siquiera comparte plagas: sobre él, los geranios silvestres y el género Geranium.

El zonal: una hoja que retiene agua encima

La superficie del zonal está cubierta de pelos cortos que atrapan una película de agua y la mantienen durante horas después de un riego por encima o de una noche de rocío. Ese microambiente es el que necesita Puccinia pelargonii-zonalis, la roya del geranio, cuya espora requiere agua líquida sobre el tejido para germinar. Es una roya con especificidad estrecha: se ceba en los zonales y deja tranquilas a las gitanillas.

La misma característica explica que el zonal sea el más expuesto a la marchitez bacteriana por Xanthomonas hortorum pv. pelargonii, que se dispersa en salpicaduras. Y su inflorescencia, una umbela compacta de flores que se marchitan a la vez y quedan pegadas al pedúnculo, es un sustrato ideal para Botrytis cinerea.

La consecuencia práctica es una sola: en el zonal, todo el manejo sanitario consiste en mantener la hoja seca. Riego al pie, macetas separadas para que circule el aire, riego por la mañana y retirada del pedúnculo entero —tirando de él hasta desprenderlo de la base, no cortándolo a media altura— en cuanto la umbela se pasa.

La gitanilla: una hoja que no puede evaporar deprisa

La hoja de Pelargonium peltatum es gruesa, con cutícula cerosa y pocos estomas por unidad de superficie. Está diseñada para perder poca agua, y esa virtud se convierte en defecto en un régimen equivocado: cuando la raíz absorbe más de lo que la hoja puede transpirar —días frescos, nublados y húmedos con el sustrato empapado—, la presión interna revienta grupos de células de la epidermis del envés y aparecen abultamientos acorchados. Es el edema, un desajuste hídrico y no un patógeno, y ningún producto lo corrige: se corrige con la regadera y con la ventilación.

La misma anatomía la protege de la roya, que en gitanilla es rara. A cambio, su tallo tierno y suculento es el preferido por la oruga del taladro, y su base carnosa es la más propensa a las podredumbres del cuello cuando el sustrato no drena.

El pensamiento y los olorosos

Pelargonium × domesticum tiene follaje blando y rico en nitrógeno, y es el que más atrae a la mosca blanca (Trialeurodes vaporariorum) y a los trips; además sufre oídio con facilidad en ambiente cerrado y sin ventilación. Como florece con noches frescas, la práctica habitual de mantenerlo en interior cálido le va en contra en dos frentes a la vez.

Los olorosos son los más sanos del grupo, y no por casualidad: sus tricomas glandulares liberan una mezcla de terpenos —geraniol, citronelol, isomentona según la especie— que dificulta la instalación de varios artrópodos y tiene alguna actividad frente a hongos. Aguantan sequía, piden poco y son la elección razonable para quien no quiera vigilancia continua. Conviene añadir que su fama de repelente de mosquitos en la planta viva no está respaldada: lo que se ha estudiado son extractos concentrados, no una maceta en la terraza.

Todo entra por el esqueje

Los pelargonios de jardinería se multiplican por vía vegetativa, y en una planta clonada cualquier patógeno sistémico viaja indefinidamente de generación en generación. Los virus —mosaicos, moteados amarillos, anillos cloróticos, hojas encogidas— y la bacteria de la marchitez se transmiten así, no de maceta a maceta por el aire.

De ahí salen cuatro reglas que valen más que cualquier tratamiento:

Del ejemplar con síntomas no se saca esqueje. Ni aunque sea la variedad más bonita del balcón. Un tallo con manchas angulares translúcidas al trasluz, una rama marchita con el resto sano o un follaje deforme sin explicación descartan esa planta como madre.

La tijera se desinfecta entre planta y planta. Alcohol de 70° o lejía diluida, con enjuagado posterior porque corroe el acero. Al cortar un tallo con bacteriosis, la savia queda en la hoja y pasa al siguiente corte.

El sustrato de enraizado se estrena. Los hongos que producen el pie negro del esqueje —especies de Pythium sobre todo— llegan con sustrato reutilizado y con agua de un plato. Enraizar en un vaso de agua produce raíces acuáticas frágiles y una base permanentemente empapada; el esqueje enraíza mejor en sustrato ligero, apenas húmedo, después de dejar orear el corte unas horas.

Los restos van a la basura. Tallos con galería, hojas con pústulas y plantas eliminadas no se compostan: en un montón doméstico no se alcanza la temperatura que destruye esporas ni crisálidas.

La cuarentena de la planta recién comprada

Una planta de vivero llega tratada, bien alimentada y en su mejor momento, y ese estado puede enmascarar durante semanas tanto una virosis incipiente como una puesta de taladro en los botones florales. Dos o tres semanas apartada del resto, en un rincón donde se pueda mirar sin prisa, evitan repartir el problema por todas las jardineras.

Qué revisar en ese periodo: los botones florales de uno en uno, buscando orificios diminutos y granos oscuros parecidos a serrín; el envés de las hojas, con lupa si hace falta; la base de los tallos, comprobando que la corteza está firme y no oscurecida; y el conjunto del follaje, atento a dibujos amarillos que no correspondan a ninguna carencia.

La invernada pierde más plantas que el verano

El error de guardar los pelargonios en un cuarto oscuro y caldeado combina tres condiciones dañinas: sin luz, la planta emite tallos etiolados, largos y sin consistencia; con temperatura alta sigue transpirando y consumiendo reservas; y con aire quieto y hojas que van amarilleando, Botrytis cinerea encuentra material muerto de sobra para instalarse y saltar al tejido vivo.

La invernada correcta es luminosa, fresca —entre 5 y 10 °C bastan— y ventilada, con riego muy escaso, apenas el suficiente para que el cepellón no se seque del todo. Antes de guardarlos conviene reducir los tallos alrededor de un tercio y retirar todas las hojas amarillas y las flores pasadas, que es justo el material del que se alimenta la botritis. Y revisar la mata una vez cada dos semanas para quitar lo que haya caído dentro.

En el litoral mediterráneo, en el sur y en Canarias no hace falta nada de esto: los pelargonios pasan el invierno fuera y solo hay que resguardarlos de heladas puntuales, porque el daño empieza en torno a 0 °C.

Sobre los tratamientos

En jardinería doméstica solo pueden emplearse los fitosanitarios autorizados de manera expresa para ese uso, con la etiqueta como norma de obligado cumplimiento, y el listado se revisa con frecuencia. Los preparados caseros tampoco son inofensivos: pueden quemar el follaje de un pelargonio, que es sensible, irritar a quien los aplica y afectar a los insectos beneficiosos. Y hay una limitación de fondo que ningún producto salva: contra un virus, contra la bacteriosis y contra una oruga que ya está dentro del tallo no existe tratamiento, de modo que la partida se juega antes, en la elección de la planta y en la higiene.

En resumen

Cada tipo de pelargonio enferma de lo que su anatomía permite. El zonal, con la hoja pelosa que retiene una película de agua, es el que sufre la roya Puccinia pelargonii-zonalis, la bacteriosis por salpicadura y la botritis en sus umbelas compactas, y todo su manejo se reduce a mantener el follaje seco. La gitanilla, de hoja gruesa y cerosa que transpira despacio, no coge roya pero desarrolla edema en cuanto se riega de más en días frescos y húmedos, y es la preferida del taladro. El pensamiento, de follaje blando, atrae mosca blanca y oídio y pide noches frescas para florecer. Los olorosos, protegidos por sus aceites esenciales, son los más rústicos. Como todos se multiplican por esqueje, los virus y la marchitez bacteriana viajan en el material de propagación: no se sacan esquejes de plantas con síntomas, se desinfecta la tijera, se usa sustrato nuevo y se pone en cuarentena dos o tres semanas cualquier planta recién comprada. Y la invernada mata más geranios que el verano: luz, entre 5 y 10 °C, ventilación, riego mínimo y limpieza de hoja muerta.


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