Hay una avería que no rompe nada y sale carísima: el calefactor y el extractor de un invernadero trabajando alternativamente durante toda una noche de marzo, uno metiendo calor y el otro echándolo fuera, porque sus dos termostatos están ajustados a temperaturas demasiado próximas. Nada falla, todo funciona, y el recibo y el cultivo pagan la factura de una decisión de ajuste que costó cinco minutos tomar y ninguno revisar.
Qué aparatos existen para gobernar el clima —ventanas, mallas, blanqueo, nebulización, calefacción— está tratado en el artículo sobre el control del clima bajo plástico. Lo que sigue es la otra mitad del asunto: con qué reglas se manda sobre esos equipos, qué valores se les meten y qué pasa cuando esas reglas están mal escritas.
Una consigna no es «la temperatura que quiero»
Un invernadero no se gobierna con un número, sino con cuatro como mínimo, y conviene escribirlos en un papel pegado al cuadro:
Consigna de calefacción de noche y de día: la temperatura por debajo de la cual entra el aporte de calor. Consigna de ventilación de noche y de día: la temperatura por encima de la cual empiezan a abrirse las ventanas. Cada equipo obedece a la suya, y el resultado del conjunto depende sobre todo de la distancia entre unas y otras.
Un juego típico para tomate en un invernadero peninsular con aporte de calor sería: calefacción 14 °C de noche y 16 de día, ventilación 19 de noche y 23 de día. Sin calefacción, la consigna de calor sencillamente no existe y el trabajo se reduce a las dos de ventilación, que es el caso doméstico habitual.
La banda muerta, que es donde se gana o se pierde
Entre la consigna de calor y la de ventilación hay un intervalo en el que el sistema no hace nada. Se llama zona neutra o banda muerta, y su anchura es probablemente el ajuste más rentable de todo el cuadro de mandos.
Si la banda es de un grado —calentar a 18, ventilar a 19—, cualquier oscilación normal del ambiente dispara alternativamente los dos equipos. Se quema combustible que sale por la ventana minutos después, la planta vive en un vaivén constante y el consumo se dispara sin que nadie entienda por qué. Con una banda de 4 o 5 grados, el invernadero pasa la mayor parte del tiempo flotando entre los dos límites, sin gastar nada, que es exactamente lo que se busca.
La regla práctica: al menos 3 °C de separación, y 5 si no hay una razón agronómica que obligue a apretar. Solo se estrecha cuando hace falta controlar humedad con precisión o forzar un cultivo caro, y sabiendo lo que cuesta.
Histéresis: el diferencial que salva los relés
Un termostato de contacto necesita una diferencia entre la temperatura a la que arranca y aquella a la que para. Si ese diferencial es de dos décimas, en un recinto pequeño con un termoventilador el aparato entra y sale del orden de treinta veces por hora. Se desgastan los contactores, se acorta la vida del motor y, en equipos de combustión, cada arranque es el momento de peor rendimiento y de más productos incompletos.
Un diferencial de 1 a 2 °C es lo razonable en calefacción. En equipos con compresor o con quemador conviene además un temporizador antirrearranque de tres a cinco minutos. Y en ventanas motorizadas, un tiempo muerto entre maniobras evita que el motor pase el día corrigiendo décimas.
Abrir por tramos, no de golpe
El control todo o nada aplicado a una ventana produce un clima a bandazos: la ventana se abre entera, la temperatura cae tres grados en cinco minutos, se cierra entera, vuelve a subir. La planta responde a esas sacudidas cerrando estomas, y la condensación aparece cada vez que entra aire frío sobre follaje caliente.
La solución en control automático se llama banda proporcional: la ventana abre de forma gradual a lo largo de un intervalo de 2 a 4 grados por encima de la consigna. A un grado por encima está al 30 %, a tres grados al 100 %. El sistema queda estable y busca por sí solo la posición que mantiene la temperatura.
Sin automatismo, la traducción manual es igual de válida: acostumbrarse a abrir en tres tiempos —un palmo, media hoja, hoja entera— en vez de tratar la ventana como un interruptor. Ese hábito por sí solo suaviza la curva del día más que cualquier compra.
El viento y la lluvia mandan sobre la temperatura
En la jerarquía de un control de clima, las protecciones están por encima de las consignas: no importa que haga calor, si sopla fuerte la ventana se cierra.
Sotavento primero. Con viento apreciable se abre la ventana de la cara resguardada y se mantiene cerrada la que recibe el golpe. Abrir a barlovento presuriza el recinto desde dentro, y esa sobrepresión es lo que arranca cubiertas.
Cierre escalonado por viento. Un criterio corriente es empezar a limitar la apertura a partir de 8-10 m/s (unos 30-36 km/h) y cerrar del todo por encima de 14-15 m/s. Con anemómetro, automático; sin él, la previsión de la tarde anterior y el sentido común.
Lluvia. Un sensor de lluvia que cierre las cenitales cuesta poco y evita mojar el cultivo y el suelo justo cuando no interesa.
Nieve. Es la protección que se olvida y la que tumba estructuras. Ante nevada, ventanas cerradas y, si hay calefacción, subir la consigna: el calor interior funde la capa en contacto con la cubierta y la nieve resbala en lugar de acumularse.
Rampas: llegar antes que el problema
Los cambios bruscos de consigna a una hora fija producen efectos indeseados. Pasar de la consigna nocturna a la diurna de golpe al amanecer provoca una demanda de calor repentina y un salto térmico sobre plantas todavía frías, con condensación garantizada sobre hoja y fruto.
Lo que se hace en control profesional, y se puede imitar a mano, es rampar: subir la consigna uno o dos grados por hora durante las dos horas anteriores a la salida del sol, y bajarla con la misma suavidad al atardecer. La planta encuentra el día empezado en lugar de recibirlo de golpe, y la cubierta llega a la hora crítica con menos diferencia de temperatura respecto al aire interior.
La humedad también se gobierna con consignas
Bajar la humedad de un recinto cerrado solo se consigue de una manera: cambiando aire. Y como el aire que entra está frío, hay que pagarlo con calor. De ahí que la deshumidificación se programe como una pareja de acciones simultáneas: apertura mínima de ventana del 2 al 5 % combinada con el aporte de calor activo, disparada por una consigna de humedad relativa —por ejemplo, actuar por encima del 85 %— y no por la temperatura.
Programarlo al revés, cerrando todo cuando hace frío y confiando en que la humedad se resuelva sola, es la receta segura de un invierno con enfermedades de hoja. Y usar un deshumidificador doméstico en un recinto que se renueva por infiltraciones es tirar electricidad: la máquina condensa agua que entra otra vez por las rendijas.
Sondas: calibrar y desconfiar de una sola
Todo el sistema obedece a lo que dicen dos o tres sensores, así que merecen un rato al año. La sonda de temperatura se comprueba en un vaso con hielo y agua removida, que está a 0 °C con muy buena aproximación. Los sensores capacitivos de humedad se desvían del orden de un uno o dos por ciento al año y se ensucian con polvo y con residuos de tratamientos; conviene contrastarlos con un instrumento de referencia o sustituirlos cada cuatro o cinco años.
Y una regla de arquitectura: ningún equipo que pueda hacer daño debería depender de una sola sonda. Si el sensor que gobierna la calefacción se avería marcando bajo, el aparato calienta sin parar. Un termostato mecánico de seguridad en serie, ajustado varios grados por encima del máximo tolerable, es un componente de un par de decenas de euros que evita una pérdida total.
Alarmas antes que automatismos
El orden de compra sensato en una instalación pequeña no es controlador, luego alarma; es al revés. Un aviso de máxima superada, de mínima superada o de corte de suministro llega al teléfono y permite actuar; un controlador sin alarma falla en silencio.
La pregunta que ordena el diseño es siempre la misma: qué ocurre si se va la luz. Una ventana motorizada que se queda abierta la noche de una helada, un extractor parado al mediodía o una nebulización bloqueada en marcha son escenarios que hay que resolver antes de instalar nada. Las respuestas habituales son un cierre por gravedad o por muelle, una batería de reserva para la maniobra de cierre y un abridor de cilindro de cera como respaldo puramente mecánico, que no depende de la red.
Errores de lógica que salen caros
Consignas pegadas. Calentar y ventilar con un grado de diferencia. Ya descrito, y sigue siendo el fallo más frecuente de ajuste.
Dos termostatos distintos para dos equipos que se contradicen. Cada uno con su propio sensor y su propia deriva, colocados en puntos con tres grados de diferencia real. Uno solo, bien situado, gobernando ambos.
Extractor sin entrada de aire. Un ventilador extrayendo de un recinto sellado genera depresión y mueve mucho menos caudal del que dice su ficha. Necesita una abertura de admisión de superficie generosa en el extremo opuesto, o no está haciendo su trabajo.
Temporizador en lugar de sensor. Abrir a las diez y cerrar a las seis funciona el día que se programó y falla todos los demás. El reloj sirve para el riego, no para el clima.
Automatizar antes de medir. Instalar equipo sin haber registrado antes una semana de máximas y mínimas lleva a resolver un problema que no se tenía.
En resumen
Controlar el clima no es tener aparatos, es haber escrito bien las reglas que los gobiernan. Define cuatro consignas —calefacción y ventilación, de día y de noche—, separa la de calor de la de ventilación al menos 3 °C para que exista una banda muerta amplia, y da a cada equipo un diferencial de 1 a 2 °C para que no cicle sin descanso.
Abre las ventanas de forma progresiva a lo largo de una banda de dos a cuatro grados en vez de todo o nada, rampa las consignas una o dos horas antes del amanecer y del ocaso, y trata la humedad como lo que es: una consigna propia que se resuelve con apertura mínima más calor. Coloca las protecciones por encima de todo lo demás —sotavento primero, cierre por viento fuerte, cierre por lluvia, ventanas cerradas y calor con nieve—, verifica las sondas una vez al año, pon un termostato mecánico de seguridad en serie con la calefacción y monta la alarma antes que el automatismo. Y decide de antemano qué hará la instalación cuando se vaya la luz, porque tarde o temprano se va.