Hacia 1992 empezaron a aparecer espiguillas en los Fargesia murielae de media Europa. Ocurrió en jardines de Escocia y de Andalucía, en viveros alemanes y en colecciones de Nueva Zelanda, en climas que no tenían nada en común y en años que meteorológicamente tampoco. Al terminar la década, casi todos aquellos ejemplares habían muerto y el bambú de seto más vendido del continente había desaparecido del mercado. No fue una enfermedad ni una casualidad: fue un reloj biológico que llevaba un siglo contando.
Florecer una vez y morir
La mayoría de los bambúes leñosos son monocárpicos: florecen una sola vez en toda su vida y mueren después. En botánica el término para esa estrategia es semelparidad, y lo llamativo aquí es la escala temporal. Un Phyllostachys bambusoides pasa alrededor de 120 años en fase vegetativa antes de florecer; Melocanna baccifera, 48; muchas Fargesia, entre 80 y 120; otras especies de Bambusa y Chusquea, entre 30 y 70.
Durante todo ese tiempo la planta se multiplica por rizoma y produce cañas cada primavera. Cuando llega el momento, deja de emitir hoja, reduce el follaje a escamas, y en los nudos aparecen espiguillas pajizas de aspecto de trigo seco. La mata vuelca en semilla todas las reservas de carbohidratos que guardaba en el rizoma, y se queda sin nada.
No todas las especies se comportan igual de tajantemente. Hay bambúes de floración esporádica, en los que florece una caña o un macollo suelto sin consecuencias para el resto, y hay grupos tropicales herbáceos que florecen cada año como cualquier gramínea. Pero en los géneros de jardín, la floración gregaria es un acontecimiento terminal.
Un reloj que no mira al cielo
Lo que convierte el fenómeno en un rompecabezas es la sincronía a escala planetaria. Cuando florece un bambú gregario, lo hacen a la vez ejemplares situados en hemisferios distintos, con estaciones invertidas, con fotoperiodos distintos y con historiales de riego, suelo y temperatura que no se parecen en nada.
Eso descarta de entrada las explicaciones ambientales. No hay señal externa —ni frío acumulado, ni duración del día, ni sequía— capaz de llegar simultáneamente a Escocia y a Nueva Zelanda. La conclusión es que el desencadenante es interno: un mecanismo que cuenta el tiempo transcurrido desde la germinación de la semilla que originó ese material, probablemente de naturaleza epigenética, con marcas que se acumulan o se pierden a un ritmo constante hasta alcanzar un umbral.
Y ahí está la clave que explica la sincronía. Casi todo el bambú ornamental del mundo procede de división vegetativa, es decir, de trozos de rizoma que son fragmentos del mismo individuo. Todos los Fargesia murielae de Europa descendían del material que Ernest Wilson recolectó en China a principios del siglo XX: un solo clon, repartido en millones de macetas. Al dividir una planta no se pone su reloj a cero. La copia tiene la edad de la madre, y cuando la madre florece, florecen todas.
Por qué hacerlo así
La hipótesis más aceptada es la saciedad de depredadores. Un bambú que produjera semilla todos los años alimentaría a una población estable de roedores, aves e insectos ajustada a esa oferta, y prácticamente ninguna semilla escaparía. Al concentrar la producción de un siglo en unos pocos meses, la cantidad desborda cualquier capacidad de consumo: los comedores de semilla se hartan, y lo que sobra germina.
El coste de esa estrategia es que exige sincronía. Un individuo que floreciera por su cuenta un año antes que sus vecinos alimentaría a los roedores sin obtener nada a cambio, y su descendencia desaparecería. La selección favorece por tanto a los que van al mismo compás, y de ahí la rigidez del intervalo.
Se ha propuesto también una segunda función: la muerte simultánea de miles de matas deja una enorme cantidad de material seco en pie, que arde con facilidad, y el fuego despeja el terreno y el dosel justo en el momento en que las plántulas necesitan luz.
Cuando florece un bosque entero
La estrategia funciona, y sus efectos secundarios en el ecosistema son de los mejor documentados de la ecología.
El mautam del noreste de la India. Melocanna baccifera cubre extensiones enormes en Mizoram, Manipur y el sur de Bangladés, y florece cada 48 años con una regularidad casi de calendario: los episodios de 1862, 1911, 1958-59 y 2006-2008 están registrados. Su fruto es una rareza botánica, una baya carnosa del tamaño de una pera pequeña en lugar de un grano seco. La avalancha de alimento dispara la población de ratas, que al agotarse la semilla pasan a los cultivos de arroz y provocan hambruna. El fenómeno tiene nombre en lengua mizo, se ha repetido durante siglos y llegó a ser factor político en la región.
Las ratadas del sur de Chile y Argentina. Las especies andinas del género Chusquea, la quila y el colihue, hacen lo mismo a intervalos de varias décadas, con explosiones de roedores conocidas localmente como ratadas. Tienen además una implicación sanitaria seria, porque el ratón colilargo es el reservorio del hantavirus, y los picos de población coinciden con aumentos de casos humanos.
Los pandas de Sichuan. A mediados de los años setenta florecieron de forma gregaria varias especies de bambú de montaña en las cordilleras del Min, y en los años ochenta ocurrió lo mismo en otras áreas. El panda gigante depende casi por completo de esas cañas, y la desaparición simultánea de su alimento en zonas amplias, agravada por la fragmentación del hábitat, que impedía desplazarse a otros valles, causó la muerte de más de un centenar de animales. Fue el episodio que puso la conservación del panda en la agenda internacional.
Lo que le pasa a un bambú de jardín
Los síntomas son reconocibles y siguen un orden. Primero la mata pierde vigor sin causa aparente y las cañas nuevas salen finas. Después el follaje mengua: las hojas se reducen de tamaño y se vuelven amarillentas y escasas, hasta que la planta parece desnutrida. Por último aparecen en los nudos las espiguillas, agrupadas y de color pajizo, que sustituyen a los ramillos de hoja.
Conviene distinguirlo de una carencia o de una sequía, porque el aspecto general se parece. La diferencia es que en la floración el problema no responde a agua ni a abono, y las espiguillas son inconfundibles en cuanto se miran de cerca.
Sobre qué hacer, la respuesta honesta es que poco. Abonar con fuerza no revierte el proceso y puede rematar una planta ya agotada. Cortar las inflorescencias tampoco lo detiene, porque la decisión está tomada en el rizoma. En especies con floración parcial —algunos Phyllostachys se comportan así— es razonable esperar dos o tres años, mantener el riego y ver si el rizoma emite cañas vegetativas de nuevo; en Fargesia la mata suele perderse.
La opción interesante es recoger la semilla. Es un material efímero, con viabilidad de pocos meses, que germina bien si se siembra fresco, y la plántula resultante es un individuo nuevo con el contador a cero. Los cultivares de Fargesia murielae que hoy se venden —los que llevan nombres como 'Simba', 'Bimbo' o 'Jumbo'— salieron precisamente de aquellas siembras de los años noventa, y son plantas jóvenes con un siglo largo por delante.
De ahí una consideración práctica al comprar, especialmente en setos grandes donde la pérdida sería costosa: interesa saber si el material procede de una generación de semilla reciente, y repartir el riesgo plantando dos o tres especies distintas en lugar de doscientas plantas del mismo clon. Todo lo demás sobre elección de especie, rizomas y barrera está en la guía de cuidados del bambú.
Un aviso sobre brotes y semilla
Los turiones de varias especies de bambú son un alimento habitual en Asia oriental, pero en crudo no son comestibles: contienen glucósidos cianogénicos, principalmente taxifilina, que liberan cianuro de hidrógeno cuando el tejido se rompe. La concentración es más alta en el ápice del brote y varía mucho entre especies, y algunas del jardín europeo no se consumen en ningún sitio. Ninguna caña de un jardín ornamental debería considerarse alimento sin conocer la especie y su tratamiento, y este artículo no explica cómo se procesan.
La semilla del bambú tampoco es un alimento de recolección casera: en los episodios de floración masiva se ha usado como recurso de emergencia, y viene acompañada de contaminación fúngica y de la plaga de roedores que la sigue. Ante cualquier ingestión con síntomas, el Servicio de Información Toxicológica (91 562 04 20) atiende las 24 horas.
En resumen
La mayoría de los bambúes leñosos son monocárpicos: pasan décadas —de 30 a 120 años según la especie— en fase vegetativa, florecen una vez y mueren. La floración es gregaria y simultánea en todo el planeta porque el material de jardín procede de división de un mismo clon, y dividir una planta no reinicia su reloj interno, que no depende del fotoperiodo ni del clima. La explicación evolutiva más aceptada es la saciedad de depredadores: concentrar un siglo de semilla en unos meses desborda a quien se la come. Sus consecuencias ecológicas están bien documentadas, desde el mautam de Mizoram cada 48 años y las ratadas de Chusquea en la Patagonia hasta la mortandad de pandas de los años setenta. En el jardín, la mata que florece adelgaza el follaje y saca espiguillas pajizas, no se recupera con abono y en Fargesia suele perderse; lo aprovechable es la semilla, que da plantas nuevas con el contador a cero.