Las flores que un Mammillaria abrirá en mayo se decidieron el verano anterior, en unas areolas que ya existían en septiembre. Esa demora de doce meses entre la causa y el efecto explica buena parte de la frustración del aficionado: cuando la planta no florece, se revisa lo que se está haciendo ahora, y lo que hay que revisar es lo que se hizo la temporada pasada. Florecer es una inversión de reservas acumuladas, y un cactus solo la acomete si cerró el ejercicio anterior con superávit.

Mammillaria con una corona de flores alrededor del ápice

La corona de flores no es casualidad

Cuando un Mammillaria saca su anillo de flores pequeñas rodeando el ápice, ese anillo dibuja exactamente el tejido que la planta construyó la temporada anterior. Las flores brotan de las axilas de tubérculos que ya estaban formados, no de los que se están formando ahora, y por eso el círculo aparece siempre a cierta distancia del centro: mide el crecimiento del año pasado como los anillos de un tronco miden los años de un árbol.

El fenómeno se repite con variaciones en muchos géneros. En buena parte de las cactáceas la diferenciación de las yemas florales ocurre al final de la temporada de crecimiento, entre agosto y octubre, y esas yemas quedan latentes en la areola durante el invierno hasta que el calor y el agua de primavera las desarrollan. Lo que el reposo invernal hace es levantar la latencia; lo que crea el botón es el verano previo.

La consecuencia práctica es incómoda pero clarificadora. Un ejemplar que pasó el verano pasado a la sombra, atacado por cochinilla, recién trasplantado en junio o encharcado en agosto no va a florecer esta primavera aunque el invierno haya sido impecable. Y al revés: un verano espléndido deja las flores comprometidas incluso si el invierno resulta mediocre.

Cuánto cuesta una flor

Conviene medir la factura. Una flor de Echinopsis se sostiene sobre un tubo que puede pasar de veinte centímetros y que la planta construye entero en ocho o diez días; es tejido nuevo, con su epidermis, sus escamas y su vascularización, fabricado a toda velocidad con reservas almacenadas. Un ejemplar mediano que abre diez flores en una temporada moviliza una parte apreciable de lo que acumuló el año anterior.

Y la flor es la parte barata. El sumidero de verdad es el fruto: una baya con cientos de semillas concentra fósforo, nitrógeno y azúcares durante semanas o meses. Muchos Mammillaria mantienen sus frutos rojos en la corona durante todo el otoño y el invierno siguiente, decorativos y caros. Si no se busca semilla, retirar las flores marchitas antes de que cuajen y quitar los frutos cuando maduran devuelve a la planta un capital que se traduce en más botones al año siguiente.

Los hijuelos compiten en la misma partida. Un Echinopsis que produce doce brotes en la base, o una Mammillaria prolifera que forma una almohadilla entera, está repartiendo sus reservas entre reproducción vegetativa y reproducción sexual. Separar los hijuelos en primavera —que además da plantas nuevas— redirige recursos hacia la floración del ejemplar principal.

El aborto de botones es un ajuste de carga

Un cactus fija más yemas de las que puede sostener y después descarta las sobrantes según lo que vaya encontrando. Que un botón amarillee, se seque y caiga sin abrir no siempre indica un error de manejo: a veces la planta simplemente ha revisado sus cuentas.

Ahora bien, cuando el aborto es masivo hay una causa, y en casi todos los casos está bajo tierra. Un sistema radicular reducido durante el invierno, un cepellón con cochinilla algodonosa de raíz o unas raíces finas perdidas por un riego frío no pueden sostener el caudal de agua y minerales que exige un tubo floral en crecimiento rápido. La planta lo detecta y suelta la carga. Por eso un ejemplar que abortó todos los botones merece que se le mire el cepellón en cuanto acabe la primavera, un asunto que desarrollo en el artículo sobre dónde se esconde cada plaga.

La otra causa frecuente es un corte brusco en el suministro de agua justo cuando los botones se están alargando. En esa fase, la planta ha pasado de un metabolismo de ahorro a uno de construcción y necesita agua disponible de forma continuada; dos semanas de sequía en pleno abril bastan para que decida abandonar.

Años buenos y años flojos

Las colecciones veteranas muestran un patrón que sorprende al principio: una primavera de floración espectacular suele ir seguida de otra discreta, y luego vuelve la abundante. Es el mismo mecanismo de vecería que se conoce en el olivo o en el almendro. Una floración masiva agota el fondo de reservas, la planta dedica la temporada siguiente a reponerlo y florece poco, y con el depósito lleno vuelve a producir en cantidad.

La alternancia se suaviza con dos medidas. La primera, no dejar cuajar todos los frutos de un año excepcional. La segunda, mantener el aporte de potasio y fósforo hasta principios de septiembre, que es cuando se están diferenciando las yemas del año siguiente y cuando el abonado tiene su efecto más rentable; las proporciones concretas y el resto del régimen anual están en la guía de floración de la sección de cactus, que además detalla los umbrales de edad por género.

Cefalio: el punto sin retorno

Un grupo de géneros no florece nunca desde el cuerpo normal, sino desde una estructura especializada que la planta construye una sola vez y para siempre. Es el cefalio, una masa de lana y cerdas densamente apretadas, con areolas muy juntas y sin clorofila, en la que se abren todas las flores de la vida adulta del ejemplar.

Melocactus lo forma en el ápice, con ese aspecto de gorro rojizo tan reconocible, y a partir de ese momento el cuerpo verde deja de crecer en altura: todo lo que se alarga es el cefalio. Discocactus hace algo equivalente. Espostoa y Cephalocereus desarrollan en cambio un pseudocefalio lateral, una banda de lana que recorre un flanco de la columna. Backebergia militaris corona el tallo con una estructura dorada que parece un gorro de granadero.

El dato útil es que en estos géneros no hay manejo que adelante la floración: hasta que no aparece el cefalio no hay flores, y la aparición del cefalio depende del tamaño alcanzado. Un Melocactus comprado ya con su gorro es un ejemplar adulto que no crecerá más de cuerpo, y comprarlo pequeño significa esperar entre ocho y quince años en cultivo. Merece la pena saberlo antes de pagarlo.

Diagnóstico rápido antes de cambiar nada

Tres comprobaciones dicen si cabe esperar flores esta temporada o si el problema viene de atrás.

Mida el crecimiento del último año. En un globoso costillado, cuente cuántas areolas nuevas hay en cada costilla por encima de la marca del año anterior; en un Mammillaria, cuántas filas de tubérculos nuevos han salido. Si el crecimiento anual es prácticamente nulo, no hay reservas y no habrá flores, y ninguna corrección de abonado lo arreglará este año.

Mire la lana apical. Un ápice con lana abundante, espinas nuevas gruesas y bien pigmentadas indica una planta que trabajó bien la temporada pasada. Un ápice pelado, con espinas finas y separadas, señala un verano perdido.

Compruebe la raíz al trasplantar. Raíces claras, firmes y ramificadas sostienen una floración. Un cepellón con raíces pardas, huecas o con grumos algodonosos explica por sí solo diez años sin una flor.

En resumen

La floración de un cactus es una operación financiada con reservas del ejercicio anterior, y las yemas se diferencian al final del verano previo, de modo que lo que se ve en mayo se jugó el agosto pasado. Florecer y sobre todo fructificar cuesta caro, y por eso retirar frutos y separar hijuelos aumenta la cosecha del año siguiente, y por eso también las colecciones alternan temporadas espléndidas con temporadas discretas. Un aborto masivo de botones apunta casi siempre a la raíz, no al aire. Y en los géneros con cefalio, la espera no se acorta: hasta que la planta no construye esa estructura no hay nada que hacer.


Contenidos relacionados