Dos macetas con exactamente el mismo porcentaje de agua pueden tener una planta lozana y la otra desmayada. El dato de humedad, por sí solo, no decide nada: lo que importa es con cuánta fuerza está sujeta esa agua, porque la raíz tiene que vencer esa fuerza para llevársela. Un suelo arcilloso puede conservar un 25 % de agua en volumen y no ceder ni una gota aprovechable; una fibra de coco con un 25 % lo entrega casi todo sin esfuerzo.

Los métodos caseros para saber si toca regar están reunidos en cómo comprobar el grado de humedad del sustrato. Aquí interesa la magnitud que hay detrás de todos ellos: la tensión, y los aparatos que la leen.

Riego de una maceta

Tensión: la magnitud que importa

El agua que queda en un medio poroso después de drenar se sostiene por capilaridad y por adsorción sobre las partículas. Cuanto más finos son los poros, con más energía la retienen. Esa energía se expresa como potencial matricial, un valor negativo que se mide en kilopascales (kPa) o en centibares, que son lo mismo. Cuanto más negativo, más seco está el medio y más trabajo cuesta extraer el agua que queda.

Las referencias del suelo agrícola son de sobra conocidas: la capacidad de campo se sitúa hacia −33 kPa y el punto de marchitez permanente en −1500 kPa. Todo el agua útil de un suelo cabe en ese intervalo, que es enorme. El agua que queda por debajo de −1500 kPa sigue ahí, mojando las partículas, pero ninguna planta de cultivo puede arrancarla: de ahí la escena de un terreno arcilloso que se nota fresco al tacto con la cosecha marchita encima.

En sustratos de cultivo la escala es completamente distinta y esto no siempre se explica. Un sustrato bien formulado entrega casi toda su agua entre −1 y −10 kPa, un rango cien veces más estrecho. Es una consecuencia de su granulometría gruesa y de su porosidad, que supera el 85 % del volumen frente al 45 o 50 % de un suelo. Aplicar las cifras del suelo a una maceta lleva a conclusiones absurdas.

Agua fácilmente disponible y agua de reserva

La caracterización estándar de sustratos, establecida por De Boodt y Verdonck y todavía vigente en los laboratorios que analizan estos materiales, reparte el agua en tramos de tensión:

La capacidad de aireación es el volumen que se vacía entre la saturación y −1 kPa: son los poros grandes, los que se llenan de aire en cuanto la maceta deja de gotear. Se busca entre el 20 y el 30 % del volumen.

El agua fácilmente disponible es la que se libera entre −1 y −5 kPa. Es la que la planta consume sin esfuerzo apreciable y la que determina cuánto puede aguantar entre riegos. El objetivo está entre el 20 y el 30 % del volumen.

El agua de reserva sale entre −5 y −10 kPa, del orden de un 4 a un 10 %. Es un colchón de seguridad, no una despensa: cuando la planta está tirando de ella, ya va con retraso.

Y por debajo de −10 kPa queda el agua difícilmente disponible, que en la práctica del cultivo en contenedor se da por perdida. Nótese la consecuencia: en maceta, una planta se marchita a tensiones de −10 o −30 kPa, muchísimo antes del famoso punto de marchitez de −1500 kPa. No es que el agua esté fuertemente retenida, es que la conductividad hidráulica del sustrato se derrumba al vaciarse los poros y el agua deja de moverse hacia la raíz aunque exista.

Por qué la forma de la maceta cambia el resultado

Aquí está el punto que más sorprende y que explica muchos fracasos con sustratos comprados de buena calidad. Después de que una maceta deje de drenar, la tensión en el fondo del recipiente es cero: el sustrato de la base está saturado, sin aire. La tensión aumenta hacia arriba a razón de aproximadamente 1 kPa por cada diez centímetros de altura de columna.

De ahí que en una maceta de 10 cm de altura, la parte más seca —el borde superior— esté apenas a −1 kPa, y el conjunto quede prácticamente empapado. En una de 30 cm, la capa superior alcanza −3 kPa y el gradiente reparte agua y aire de forma mucho más equilibrada. El mismo sustrato, el mismo volumen total, y comportamientos opuestos.

Esa lámina saturada del fondo, que en horticultura se llama capa de agua colgada, tiene un espesor fijo que depende del sustrato y no del recipiente: unos pocos centímetros en un material grueso, bastantes más en uno fino. En una bandeja de alvéolos de 4 cm de profundidad, esa lámina se come casi toda la altura disponible, y por eso los semilleros exigen mezclas mucho más aireadas que las macetas de cultivo. En cuencos de bonsái, jardineras bajas y macetas anchas y planas ocurre lo mismo.

Dos consecuencias operativas. Primera: para el mismo sustrato, un recipiente alto y estrecho drena mejor que uno bajo y ancho aunque contengan idénticos litros. Segunda: la capa de grava o de arcilla expandida en el fondo no baja esa lámina, la sube, porque el agua no pasa de un material fino a uno grueso hasta que el fino está saturado. La forma correcta de reducirla es cambiar el sustrato por uno de partícula más gruesa o elevar la maceta sobre unos tacos para que drene libremente.

El tensiómetro

Es el único aparato doméstico que mide directamente la magnitud correcta. Consiste en un tubo lleno de agua rematado por una cápsula de cerámica porosa y cerrado en el otro extremo por un vacuómetro. Al secarse el medio, el agua sale de la cápsula por los poros y genera una depresión dentro del tubo que la aguja traduce en centibares. La lectura es independiente de las sales, del tipo de material y del abonado, que es justo lo que fallan los medidores de conductividad de dos varillas.

Su rango útil llega hasta 75 u 80 kPa: por encima entra aire en la cápsula, el instrumento se desceba y hay que rellenarlo. Eso lo hace perfecto para hortícolas y ornamentales, cuyo riego se decide muy por debajo de ese techo, e inservible para cultivos de secano.

Los umbrales prácticos de riego en suelo, medidos a la profundidad media de las raíces, son del orden de 10 a 20 kPa en terreno arenoso, de 25 a 35 kPa en franco y de 40 a 55 kPa en arcilloso. La diferencia entre texturas no refleja distinta sed de la planta, sino que en arena esos 20 kPa ya suponen un suelo casi vacío mientras en arcilla queda mucha agua por delante. Lo habitual es instalar dos: uno a un tercio de la profundidad radicular, que dispara el riego, y otro por debajo de la zona de raíces, que avisa de si se está drenando de más.

Para contenedor existen minitensiómetros de cápsula pequeña y escala fina, ajustados a ese rango de 0 a 10 kPa. Son la herramienta de los viveros profesionales; en casa tienen sentido en una colección grande o en cultivo bajo plástico.

Las alternativas electrónicas y qué mide cada una

Los sensores de matriz granular, del tipo Watermark, llevan dos electrodos embebidos en un bloque poroso de yeso y material sintético. El bloque intercambia agua con el suelo hasta equilibrarse y su resistencia eléctrica se convierte en tensión. Miden de 0 a 200 kPa, no se desceban, resisten años enterrados y cuestan una fracción de un tensiómetro. Necesitan compensación por temperatura y unos días de acondicionamiento inicial, y responden con cierto retraso en suelos muy arenosos.

Las sondas capacitivas y de TDR hacen algo distinto: leen la constante dieléctrica del medio y estiman el contenido volumétrico de agua, es decir, cuánta hay, no con qué fuerza está sujeta. Dan un número directamente interpretable —«el sustrato está al 32 % en volumen»— pero ese número no dice si ese 32 % es mucho o poco sin conocer la curva de retención del material. Además, la calibración de fábrica se hace en suelo mineral y sobrestima sistemáticamente en sustratos orgánicos ligeros, así que conviene comprobarla con una maceta de peso conocido.

Lo ideal, si se van a combinar, es una sonda capacitiva para ver la tendencia entre riegos y un tensiómetro o un sensor de matriz para fijar el umbral. Y si solo va a haber un instrumento, que mida tensión.

Levantar la curva de una maceta en casa

Sin laboratorio se puede obtener una aproximación bastante honrada con una báscula de cocina y un par de días.

Riegue la maceta por inmersión hasta saturarla, sáquela y déjela escurrir sobre una rejilla una hora. Ese peso es la capacidad de contenedor. Anótelo. Deje que la planta consuma agua sin regar y pese cada día a la misma hora. Cuando aparezca la primera marchitez que no remonte al anochecer, vuelva a pesar: ese es el punto en el que esa planta, en ese sustrato y esa maceta, ha agotado lo que puede aprovechar. La diferencia entre los dos pesos, en gramos, son directamente los mililitros de agua útil que ofrece el conjunto.

El número resulta revelador. Una maceta de 5 litros con turba y perlita suele dar entre 900 y 1300 ml de agua realmente aprovechable, no los 5 litros que sugiere el volumen. A partir de ahí, con el consumo diario estimado, sale el intervalo de riego sin conjeturas. Y para el día a día basta con marcar en la báscula el peso correspondiente a haber gastado un tercio de esa diferencia: ese es el momento de regar.

Medir el drenaje dice más que medir el sustrato

Hay un control complementario que en vivero es rutina y en casa se pasa por alto, y que detecta problemas antes de que la planta los manifieste: analizar el agua que sale por abajo.

Una hora después de un riego normal, se aporta un volumen conocido de agua sobre la superficie —unos 150 ml en una maceta de 5 litros— y se recoge en un plato lo que drena. En ese líquido se mide el pH con tiras o con un medidor barato y la conductividad eléctrica con un conductímetro de bolsillo. Es el método de desplazamiento, y proporciona una lectura muy fiel de la solución que están tocando las raíces.

Los valores de referencia para ornamentales y hortícolas en contenedor se sitúan en un pH entre 5,5 y 6,5 y una conductividad de 1,0 a 2,5 dS/m según especie. Una lectura de 4 dS/m explica una planta que se marchita con el sustrato húmedo mucho mejor que cualquier medidor de humedad: hay agua, pero está tan cargada de sales que la raíz no la absorbe. Y una conductividad por debajo de 0,5 dS/m en plena vegetación indica que el abonado de fondo se agotó hace tiempo.

En resumen

El contenido de agua no basta para decidir un riego; lo determinante es la tensión con que el medio la retiene. El suelo trabaja entre −33 y −1500 kPa, mientras que un sustrato de maceta entrega prácticamente todo entre −1 y −10 kPa, y una planta en contenedor se marchita muchísimo antes de acercarse al punto de marchitez clásico porque el agua deja de moverse.

De ahí que interesen tres cifras al elegir sustrato: capacidad de aireación del 20 al 30 %, agua fácilmente disponible del 20 al 30 % y algo de agua de reserva. Y de ahí también que la altura del recipiente cambie el comportamiento del mismo material: una maceta baja y ancha guarda una lámina saturada en el fondo que una alta y estrecha reparte mejor.

Entre los instrumentos, el tensiómetro y el sensor de matriz granular miden lo que hay que medir; las sondas capacitivas dan contenido y requieren calibración en sustratos orgánicos; los medidores de dos varillas sin pilas leen sales. Y con una báscula de cocina, dos pesadas y ningún gasto se averigua cuánta agua útil ofrece de verdad cada maceta, que suele ser una cuarta parte de lo que su volumen hace suponer.


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