Un gotero atascado no hace ruido ni deja charco. Simplemente deja de dar agua a una planta, y el hueco no se nota hasta que esa planta lleva dos semanas parada y más pequeña que sus vecinas. Cuando alguien mira ese bancal desigual, la sospecha suele recaer en el suelo, en el abono o en el plantel, y casi nunca en los veinte metros de tubería que llevan un año trabajando sin que nadie los abra.

Cuidar un invernadero es también cuidar la instalación que hace de lluvia dentro de él. La atmósfera, el suelo, la cubierta y la estructura están tratados en el mantenimiento general del invernadero; aquí va lo que le pasa al agua desde que entra por el contador hasta que sale por el laberinto de un gotero, y qué hay que hacerle cada temporada para que siga saliendo igual.

Invernadero

Empieza por saber qué agua tienes

Una analítica de agua de riego cuesta poco y evita años de diagnósticos torcidos. Los parámetros que de verdad condicionan la instalación son cuatro:

Conductividad eléctrica. Por debajo de 0,7 dS/m el agua es cómoda para casi cualquier hortícola. Entre 0,7 y 3 dS/m se puede trabajar, pero obliga a regar con exceso deliberado para que las sales no se queden arriba. Por encima de 3 dS/m hay que elegir especie y portainjerto, no solo estrategia de riego.

Bicarbonatos y dureza. Buena parte del agua peninsular procede de acuíferos calizos y lleva entre 200 y 500 mg/L de bicarbonato. Ese ion es el que precipita como carbonato cálcico en cuanto el agua se calienta, se evapora en la boca del emisor o sube de pH. Es el origen de la costra blanca alrededor del gotero y de la mitad de las obturaciones químicas.

Hierro y manganeso. Con más de 0,3 mg/L de hierro o 0,1 mg/L de manganeso, un agua de pozo transparente al salir se vuelve turbia y anaranjada al oxigenarse. Sobre esos óxidos crecen bacterias ferruginosas que forman una masa gelatinosa parda dentro de la tubería.

Sólidos en suspensión. Arena fina de pozo, limo de acequia o algas de balsa. Es el problema más fácil de resolver y el más barato de ignorar hasta que es tarde.

Las tres formas en que muere un gotero

El paso de agua de un emisor autocompensante de 2 o 4 l/h mide entre medio milímetro y milímetro y medio, y recorre un laberinto en zigzag pensado para disipar presión. Cualquier cosa que se quede quieta ahí dentro lo cierra.

Obturación física. Partículas que el filtro dejó pasar o que se generaron aguas abajo: escamas de la propia tubería, restos de teflón del montaje, granos de arena tras una reparación. Se manifiesta de golpe y en goteros sueltos.

Obturación química. Precipitación de carbonato cálcico, y también de fosfatos de calcio y magnesio cuando se fertirriga con abonos fosfatados sobre agua dura. Es progresiva: el caudal baja un 10 % cada temporada y nadie lo percibe hasta que se mide.

Obturación biológica. Biopelícula bacteriana, algas verdes que entran desde el depósito y bacterias del hierro. Prospera en tuberías translúcidas expuestas al sol y en instalaciones que se quedan cargadas de agua semanas sin funcionar. A esto se suman los inquilinos: hormigas que roen el emisor buscando humedad en verano, y raíces que colonizan la salida de los goteros enterrados en riego subterráneo.

Filtración, que no es opcional

Para goteo hace falta filtrar a 120-130 mesh, es decir, en torno a 125 micras, aproximadamente la décima parte del diámetro de paso del emisor. Un filtro de anillas o de malla en el cabezal cumple con agua de red o de depósito limpio. Con agua de pozo cargada de arena, delante va un hidrociclón; con agua de balsa, con algas y materia orgánica, lo que funciona es un filtro de arena, porque una malla se colmata en minutos con ese tipo de suciedad.

El indicador de que toca limpiar no es el calendario, es la diferencia de presión entre la entrada y la salida del filtro. Dos manómetros baratos, uno a cada lado, y una regla: cuando la caída supera los 0,4-0,5 bar respecto a la que marcaba con el filtro recién limpio, se abre y se lava. Sin manómetros se limpia tarde o se limpia sin necesidad.

Medir la uniformidad: la prueba de los vasos

La única forma de saber si la instalación reparte bien es medirla, y se hace en veinte minutos. Se eligen cuatro ramales repartidos por el sector —el primero, el último y dos intermedios— y en cada uno cuatro goteros: el inicial, el final y dos del centro. Se coloca un vaso bajo cada uno de los dieciséis, se riega cinco minutos exactos y se mide el volumen recogido con una probeta o una jeringuilla.

Con esos datos, la lectura es directa. Si la media de los cuatro emisores más flojos supera el 90 % del caudal medio, la instalación está bien. Entre el 80 y el 90 % hay margen de mejora. Por debajo del 80 % se está regando de más media parcela para que la otra media reciba lo justo, con todo lo que eso arrastra: exceso de humedad y hongos en una zona, estrés y sales acumuladas en la otra.

La forma del reparto dice además dónde está la avería. Si los caudales caen de forma escalonada del principio al final del ramal, el problema es hidráulico: presión insuficiente, ramales demasiado largos o pendiente en contra. Si los valores bajos aparecen salteados, sin orden, el problema es obturación.

Presión y longitud de ramal

Un gotero no compensante entrega un caudal que varía con la raíz cuadrada de la presión: si al final del ramal la presión ha caído a la mitad, ese emisor da un 30 % menos de agua que el primero. Por eso el criterio clásico limita la pérdida de carga admisible en un sector a un 20 % de la presión nominal, lo que se traduce en un 10 % de variación de caudal.

En la práctica doméstica: tubería de 16 mm con goteros integrados de 2 l/h cada 30 cm admite del orden de 60-80 m de ramal en terreno llano si se alimenta por un extremo, y bastante más si se alimenta por el centro. La presión de trabajo razonable está entre 1 y 1,5 bar, y conviene poner un regulador si se cuelga de la red urbana, donde puede haber 3 o 4 bar y las conexiones acaban saltando en verano. Los emisores autocompensantes resuelven de raíz el problema de las pendientes y de los ramales largos, y son los que interesan en un invernadero con desnivel.

El calendario del agua

Cada mes o dos, purga de finales. Se abren los extremos de los ramales de un sector con el riego en marcha y se deja correr hasta que el agua sale limpia. Es lo más eficaz que se puede hacer con un cubo y cinco minutos: arrastra el sedimento que se deposita justo donde la velocidad del agua es mínima.

Una o dos veces al año, limpieza química. Contra las incrustaciones calcáreas se inyecta ácido hasta dejar el agua del sistema en torno a pH 3-4, se mantiene en carga media hora y se enjuaga a fondo por los finales. Contra el biofilm se emplea hipoclorito a concentración baja. Nunca se hacen las dos cosas a la vez ni una detrás de otra sin enjuagar: la mezcla de ácido e hipoclorito libera cloro gaseoso, y en un recinto cerrado eso es un accidente grave. Guantes, gafas, ventilación abierta y el invernadero vacío de gente mientras dure la operación.

Al terminar el ciclo, vaciado. Filtros, contadores, válvulas y bombas revientan con las heladas si se quedan llenos. Purgar el cabezal en noviembre cuesta diez minutos y evita la sorpresa de febrero.

Cada temporada, revisión del cabezal. Juntas del portafiltros, membranas de las electroválvulas —una brizna de arena en el diafragma deja la válvula medio abierta y el sector regando sin parar—, pila del programador y comprobación de que cada sector abre y cierra de verdad, no solo en la pantalla.

Regar de más a propósito

Hay una parte del riego bajo cubierta que no va destinada a la planta sino al perfil del suelo. Como el agua que se aplica lleva sales disueltas y la planta absorbe agua y deja atrás buena parte de esas sales, hay que aportar un excedente que las empuje por debajo de la zona de raíces. Esa fracción de lavado ronda el 15 % del volumen calculado con agua de buena calidad y sube al 25-30 % con aguas de 2 dS/m o más.

Solo funciona si el agua tiene por dónde marcharse. Con una suela de compactación a 25 cm, o con un plástico de acolchado que cubra todo el bancal y goteo justo encima, el excedente no baja: se queda circulando en los primeros centímetros y concentra sales todavía más. Comprobar el drenaje —una cala con la azada al día siguiente de un riego largo— es tan parte del mantenimiento como limpiar el filtro. El comportamiento del suelo salinizado y su lavado periódico se explican con detalle en el artículo del gemelo enlazado más arriba.

Síntomas que delatan a la instalación

Franjas de vigor paralelas a los ramales. Si la desigualdad sigue el trazado de las tuberías y no la topografía o la sombra, es riego.

Plantas menores al final de línea. Presión o longitud de ramal, casi siempre.

Anillo blanco alrededor del punto de goteo. Sales que quedan al evaporarse el agua en la superficie. Indica riegos cortos y frecuentes que mojan poco perfil, y anticipa problemas de raíz.

Charco permanente en un punto concreto. Emisor arrancado, tubería perforada por una herramienta o por un roedor. Se repara con un manguito, no con cinta aislante, que a la presión de trabajo dura dos semanas.

Una planta parada sin causa aparente en mitad de una línea sana. Antes de abonar nada, levanta el gotero que le corresponde y comprueba si sale agua.

En resumen

La instalación de riego es el órgano que sustituye a la lluvia dentro del invernadero, y como cualquier órgano se degrada sin avisar. Empieza por una analítica que diga qué conductividad, qué bicarbonatos y qué hierro trae el agua, filtra a 120-130 mesh con dos manómetros que digan cuándo limpiar, y mide la uniformidad con dieciséis vasos al menos una vez al año: si los goteros más flojos bajan del 80 % del caudal medio, ya estás regando mal aunque todo parezca funcionar.

El mantenimiento cabe en cuatro gestos: purgar finales de ramal cada pocas semanas, hacer una limpieza ácida o de hipoclorito al año —nunca las dos juntas, por el riesgo de cloro gas—, vaciar el cabezal antes de las heladas y revisar juntas y electroválvulas cada temporada. Y añade siempre un excedente de riego para lavar sales, comprobando que el agua tiene por dónde bajar. Un invernadero bien cuidado se reconoce en que sus plantas son todas del mismo tamaño.


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