Una bota de agua, una lata de conserva grande, un bidón azul de veinte litros, un neumático viejo, un cajón de palet: cualquiera de esos objetos puede sostener una planta, y ninguno lleva escrito lo que de verdad hace falta saber antes de llenarlo de sustrato. Hay cuatro comprobaciones que valen para todos ellos, y solo una tiene que ver con la horticultura; las otras tres son sobre el objeto en sí.

La preparación concreta de unas botas —quitar el forro, taladrar la suela, rellenar el pie, qué plantar dentro— está en la ficha de botas de agua convertidas en macetas. Esta página es el criterio general, aplicable a cualquier recipiente recuperado.

Botas de agua de colores usadas como macetas

Primera comprobación: qué hubo dentro

Esta pregunta va antes que ninguna otra porque es la única que no tiene arreglo posterior. Un recipiente que contuvo disolventes, aceites minerales, pinturas, barnices, anticongelante, productos fitosanitarios o detergentes industriales no vale para cultivar alimentos, y lavarlo no cambia el asunto: los plásticos absorben compuestos orgánicos en su matriz y los van cediendo después durante meses, sobre todo con calor.

El criterio operativo es sencillo. Si se puede nombrar con certeza lo que contuvo el envase y era un alimento, sirve. Si no se sabe, se trata como desconocido, y un envase desconocido no lleva encima nada que se vaya a comer.

Eso no lo descarta para todo. Aquí conviene separar dos usos que se confunden: un recipiente dudoso puede alojar perfectamente petunias, suculentas o un bulbo de narciso, porque no hay vía de ingestión. La exigencia aparece cuando debajo va a crecer una lechuga, una fresa o una zanahoria.

Segunda: de qué material es, y si es de grado alimentario

Los envases pensados para contener comida llevan un símbolo normalizado, una copa y un tenedor, o la mención de aptitud para contacto alimentario. Ese símbolo es la información útil: significa que tanto el polímero como los aditivos han sido evaluados para estar en contacto con alimentos.

El otro número que se ve en los plásticos, el triángulo con una cifra del 1 al 7, identifica la resina, no la seguridad. Aun así orienta:

1 (PET), 2 (HDPE), 4 (LDPE) y 5 (PP) son los polímeros habituales de garrafas de agua, bidones de aceite, cubos de aceitunas o de pintura al agua alimentaria y tarrinas. Son los candidatos razonables para hortaliza, siempre que además se sepa qué contuvieron.

3 (PVC) es el material de muchas botas de agua, mangueras y algunas lonas. Contiene plastificantes que migran con el calor y con el tiempo. Para flor y ornamental no hay inconveniente; para comestibles hay opciones mejores.

6 (PS), el poliestireno, es frágil y se degrada al sol soltando fragmentos. Las cajas de porexpán de pescadería se usan mucho como semillero y funcionan bien a corto plazo, pero se desmigan en una o dos temporadas al aire libre.

7 agrupa todo lo demás, incluidos policarbonatos y mezclas. Sin más información, desconocido.

Con los metales el criterio es distinto. Una lata de conserva tiene un lacado interior que se pierde en cuanto se perfora y se oxida, y el óxido no es un problema sanitario pero acorta mucho la vida del recipiente. El acero galvanizado —cubos, barreños, bañeras de zinc— cede zinc con sustratos ácidos y con riego frecuente; con un forro interior de geotextil o de lámina plástica el asunto queda resuelto y además el recipiente dura más.

Tercera: cómo se comporta ese material al sol

El caucho y el plástico oscuro absorben radiación y la convierten en calor. La cara expuesta de un recipiente negro puede rebasar los 45 ºC en agosto, y por encima de unos 35 ºC en el sustrato la raíz deja de absorber. La planta se marchita con el cepellón húmedo y quien la cuida riega más, que es exactamente lo contrario de lo que hace falta.

El remedio no es dejar de usar el recipiente, sino colocarlo bien: sombra en las horas centrales, agrupado con otros para que se den sombra mutua, o pintado de color claro por fuera. Una capa de pintura acrílica de exterior en un bidón negro baja varios grados el sustrato y no cuesta nada.

El sol hace además otra cosa a largo plazo: degrada el polímero. Un plástico sin estabilizante ultravioleta pierde elasticidad, se vuelve mate, se agrieta y empieza a desprender fragmentos. Ese es el final natural de casi todo recipiente improvisado, y conviene contar con dos o tres veranos de vida útil, no con diez.

Los neumáticos, aparte

Merecen párrafo propio porque son el recipiente reciclado más extendido y el más discutido.

Un neumático no es solo caucho: lleva óxido de zinc como activador de la vulcanización, aceites extensores que pueden contener hidrocarburos aromáticos policíclicos, y antiozonantes de la familia de las fenilendiaminas. Uno de estos últimos, el 6PPD, genera al oxidarse un derivado, la 6PPD-quinona, que se ha identificado como muy tóxico para ciertos peces y cuyo comportamiento ambiental se está estudiando activamente. La cesión aumenta con la temperatura y con la abrasión del material, y un neumático negro a pleno sol de julio reúne las dos condiciones.

Con eso sobre la mesa, la posición razonable no es alarmista ni permisiva: para flor, arbustos ornamentales o una barrera decorativa, un neumático es un contenedor barato y duradero; para patatas, fresas o cualquier cosa que vaya al plato, hay alternativas equivalentes en coste —sacos de cultivo de geotextil, cubos de obra perforados— que evitan la discusión por completo. Y hay un motivo práctico añadido: un neumático usado es difícil de retirar cuando se cansa uno del invento, porque su gestión como residuo está regulada y no entra en un contenedor.

Madera recuperada: mirar el sello

Los palets llevan marcada al fuego la información que hace falta. Junto al distintivo internacional de tratamiento fitosanitario aparece una sigla: HT indica tratamiento térmico, que es solo calor y no plantea ningún problema; MB indica fumigación con bromuro de metilo, un producto retirado en la Unión Europea, y esa madera no debe acabar conteniendo sustrato de huerto. Un palet pintado, manchado de aceite o sin ninguna marca legible es de origen desconocido y entra en la misma categoría que un envase sin etiqueta.

Con la madera vieja de obra hay dos casos que conviene identificar. Las traviesas de ferrocarril están tratadas con creosota, cuyo uso está restringido y que no corresponde a un jardín doméstico ni, mucho menos, a un huerto. Y la madera verdosa de estructuras antiguas puede haber sido tratada con sales de cobre, cromo y arsénico, formulaciones retiradas hace años para uso residencial.

Con madera de origen limpio, la solución que alarga la vida del cajón y aísla el sustrato es la misma en todos los casos: un forro interior de geotextil o de lámina perforada, grapado, que impida el contacto directo entre la tabla y la tierra húmeda.

Cuarta: cuántos litros hay ahí dentro de verdad

Los recipientes de formas raras engañan mucho al alza. La forma de medirlo es llenarlo de agua con una garrafa graduada y anotar la cifra, que suele ser bastante menor de lo que sugiere la vista.

Como referencia: una bota de agua de adulto da unos cuatro o cinco litros útiles y una infantil dos o tres; una lata industrial de conserva, entre tres y cinco; un cubo de obra estándar, doce; un bidón de veinte litros cortado por la mitad a lo largo, dos jardineras de unos ocho litros cada una; un cajón de palet de 40 x 40 x 40, sesenta y cuatro.

Con esa cifra en la mano, la asignación es directa. Por debajo de cinco litros hay sitio para aromáticas de raíz somera, suculentas, flor de temporada, bulbos pequeños y hojas de corte de ciclo rápido. Entre diez y quince litros aparecen la lechuga acogollada, la judía enana, la fresa o un pimiento pequeño. Por debajo de treinta litros, ni tomate indeterminado ni calabacín, por muchas fotos que circulen.

El drenaje hay que fabricarlo

Casi ningún recipiente reciclado nace con agujeros, y ese es el paso que más se salta. Necesita varios orificios de ocho a diez milímetros, repartidos y no uno solo en el centro, porque un único agujero se tapona con una raíz y el recipiente se convierte en un depósito.

En recipientes altos y estrechos conviene añadir dos o tres perforaciones laterales a un par de centímetros del fondo, que garantizan salida aunque las de abajo se obturen. En metal se hace con broca; en caucho o plástico grueso, con la punta de un clavo caliente al aire libre, porque el humo de los plásticos calientes no se respira.

La capa de grava en el fondo no ayuda: al cambiar de textura, el agua se retiene en la base del sustrato en lugar de pasar a las piedras, y la franja encharcada sube en vez de bajar. Lo que sí ayuda es elevar el recipiente unos centímetros sobre tacos para que el agua salga y el fondo no quede sellado contra el suelo.

Pensar también en la retirada

Un recipiente recuperado tiene fecha de caducidad, y conviene saber de antemano cómo termina. El PVC de una bota se agrieta en dos o tres veranos, sobre todo en el empeine, que ya venía fatigado. Una lata perforada se oxida hasta perder el fondo. El porexpán se desmiga. Un bidón de plástico grueso puede durar diez años.

Vale la pena elegir con esa idea: preferir lo que después se pueda vaciar y llevar al punto limpio sin complicaciones, y desconfiar de lo que va a quedarse ahí porque no hay forma clara de deshacerse de ello. Reutilizar un objeto que iba a la basura solo tiene sentido si al final del recorrido acaba, efectivamente, gestionado.

En resumen

Antes de llenar de sustrato cualquier recipiente recuperado, cuatro comprobaciones. Qué contuvo: si albergó disolventes, pinturas, aceites o productos químicos, o si sencillamente no se sabe, queda fuera para todo lo que se vaya a comer, aunque siga sirviendo para flor. De qué es: el símbolo de la copa y el tenedor es la referencia; los códigos 1, 2, 4 y 5 son los polímeros habituales de envase alimentario, el 3 y el 6 conviene reservarlos para ornamental, y los metales galvanizados piden un forro interior. Cómo se porta al sol: el caucho y el plástico oscuro cuecen la raíz y se degradan en pocos veranos, así que color claro, sombra a mediodía y macetas agrupadas. Y cuántos litros tiene realmente, medidos con una garrafa, porque de esa cifra sale la lista de lo que cabe plantar.

Con los casos particulares, criterio: neumáticos para ornamental y no para comestible, existiendo alternativas del mismo precio; palets solo con el sello HT y nunca con el MB; nada de traviesas tratadas con creosota; y drenaje fabricado a mano, con varios agujeros, algunos laterales si el recipiente es alto, sin capa de grava en el fondo y con el conjunto elevado sobre tacos.


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