Avellanero es otro de los nombres del avellano, Corylus avellana, y suele usarse cuando se habla del árbol en el monte más que del cultivado. Y esa es exactamente la cuestión de este artículo: cómo reconocerlo cuando te lo encuentras en el campo, en cualquier época del año, dónde crece de verdad en España y con qué se confunde. Porque en invierno, sin una sola hoja, un avellano es de los arbustos más fáciles de identificar que hay, y en verano es de los que más gente confunde con un aliso o con un tilo.
Nada de lo que viene es medicinal. El avellano no tiene declaraciones de propiedades saludables autorizadas en la Unión Europea, y las que existen para cualquier alimento están recogidas en el Reglamento (CE) 1924/2006 y las concede la Comisión Europea, no una página web. Lo que sí conviene saber de este árbol en términos de salud es otra cosa, y va más abajo: su polen es uno de los primeros del año y está entre los que vigilan las redes aerobiológicas.
Un avellano en enero. Sin hojas, cargado de amentos colgantes y con la rama en zigzag: en esta época no se puede confundir con nada.
La silueta: una mata, no un tronco
Lo primero que delata a un avellano es la forma. No es un árbol de tronco único, es una mata: varios pies salen juntos del mismo punto del suelo, se abren en abanico y llegan como mucho a la altura de un arbusto grande o un arbolillo. Si ves un tronco recto y limpio de varios metros, no es un avellano común.
Esa forma no es casual. El avellano rebrota de cepa con una facilidad enorme, y durante siglos se ha cortado a ras para aprovechar las varas. Cada corte multiplica los pies. En montes que estuvieron gestionados así, las matas viejas tienen una base ancha y muchos brazos, y esa base es la parte más antigua de la planta.
La corteza es lisa, de un pardo cobrizo brillante en las ramas jóvenes, con lenticelas claras en forma de raya horizontal. Las ramillas del año son peludas al tacto, algo que se nota pasando el dedo. Y las ramas crecen en un zigzag suave, cambiando de dirección en cada yema.
La hoja, y las tres plantas con las que se confunde
La hoja del avellano es casi redonda, con la base en forma de corazón, la punta corta y brusca, el borde con doble serrado (dientes grandes que a su vez llevan dientes pequeños) y el tacto áspero y peludo por las dos caras. Al mirarla a contraluz, los nervios secundarios salen bien marcados y llegan hasta el borde.
Con esa descripción en la mano, las confusiones habituales se resuelven rápido:
- Aliso (Alnus glutinosa). Comparte ribera y tamaño de hoja, pero la del aliso es lustrosa, de tacto liso, y la punta en lugar de acabar en pico está roma o incluso escotada, como mordida. Además el aliso lleva todo el año unos pequeños conos leñosos que el avellano no tiene nunca.
- Olmo (Ulmus). También tiene hoja áspera y doble serrado, pero la base es claramente asimétrica: un lado del limbo baja más que el otro junto al rabillo. La del avellano es simétrica y acorazonada.
- Tilo (Tilia). Hoja acorazonada parecida, pero lampiña o casi, con rabillo largo y con la punta alargada y fina. Y cuando fructifica, el tilo lleva esa bráctea alargada en forma de lengua que es inconfundible.
En invierno es cuando mejor se ve
El avellano florece antes de echar la hoja, en pleno invierno, y lo hace de una forma que no pasa desapercibida: los amentos masculinos, esos cilindros amarillos que cuelgan de las ramas desnudas, se alargan y sueltan una nube de polen al menor golpe de viento. En una ladera cantábrica en enero se ven a cien metros.
La flor femenina, en cambio, hay que buscarla. Es una yema pequeña, apretada contra la rama, de la que asoma un penacho de estigmas de un rojo intenso, del tamaño de la cabeza de un alfiler. Merece la pena pararse a mirarla con lupa alguna vez: es de lo más bonito que da el invierno y casi nadie la ha visto.
Ese adelanto es una buena marca fenológica. El avellano es de las primeras leñosas del año en el norte peninsular, y el momento en que florece varía mucho con la altitud y con la temperatura del invierno, lo que lo convierte en una especie interesante para el seguimiento de la fenología.
Los amentos en detalle. Cada uno es un conjunto de flores masculinas que sueltan polen al viento: el avellano no depende de los insectos para nada.
Dónde crece en España
El avellano es planta de ambiente fresco y húmedo, y necesita suelo con fondo de humedad. Eso dibuja su mapa peninsular casi solo. Es abundante en toda la cornisa cantábrica, de Galicia al País Vasco, y en el Pirineo y el Prepirineo, donde forma parte del sotobosque de robledales, hayedos y fresnedas y ocupa las orillas de los ríos y las lindes de las praderías.
Hacia el sur y hacia el interior se vuelve escaso y se refugia en los sitios donde el agua no falta: fondos de barranco, umbrías cerradas y bordes de arroyo del Sistema Ibérico, del Sistema Central y de algunas sierras del noreste. En esos enclaves aparece en manchas pequeñas, a veces de unas pocas matas, que son restos de una distribución antigua más amplia.
Donde no lo vas a encontrar de forma natural es en el secano mediterráneo, en las zonas cálidas del sur y del Levante y en las islas. Le falta el frío del invierno, y sobre todo le falta el agua del verano.
El polen del avellano
Al florecer en invierno y depender del viento, el avellano produce mucho polen y lo suelta cuando casi ninguna otra planta lo hace. Por eso es uno de los taxones que aparecen en los calendarios polínicos de las redes aerobiológicas españolas, con una estación que en el norte arranca en pleno invierno y que en años templados puede adelantarse.
Su polen presenta reactividad cruzada con el de otras betuláceas, como el abedul y el aliso, que florecen en fechas próximas. Si notas síntomas en enero o febrero y siempre habías pensado que la alergia era cosa de primavera, esta familia de árboles es una de las candidatas, pero el diagnóstico es del alergólogo y no se hace leyendo un artículo.
Quién se come las avellanas antes que tú
En el monte, la cosecha de avellana rara vez llega al suelo intacta. Compiten por ella la ardilla roja, el lirón gris, el ratón de campo, el arrendajo y los picapinos, y cada uno deja una señal distinta en la cáscara:
- Un agujero redondo y perfecto, de bordes limpios, con serrín dentro: es la salida de la larva del balanino, el gorgojo de la avellana, que entró siendo huevo cuando el fruto estaba verde.
- Una cáscara partida en dos mitades más o menos limpias: trabajo de ardilla.
- Un agujero irregular con marcas de dientes alrededor del borde: roedor pequeño, normalmente ratón de campo o lirón.
- Una cáscara astillada y encajada en una grieta de corteza: el pico picapinos usa esas grietas como yunque para sujetar el fruto mientras lo abre.
El arrendajo merece mención aparte, porque no solo come: esconde frutos enterrados para el invierno y no recupera todos. Buena parte de los avellanos y los robles que ves en una ladera los plantó él sin proponérselo.
Si quieres uno, no lo saques del monte
Es la tentación clásica: hay chupones por todas partes alrededor de una mata y parece que llevarse uno no le hace daño a nadie. No lo hagas. Arrancar plantas en el monte está regulado y en muchos terrenos requiere autorización del titular y de la administración forestal de tu comunidad autónoma, y además es una vía fácil para llevarte a casa plagas y enfermedades del suelo.
Hay dos caminos mejores. Uno, comprar la planta en vivero, que además te asegura una variedad conocida si lo que quieres es cosechar. Otro, sembrar avellanas maduras del otoño, que necesitan pasar frío húmedo antes de germinar, con la única advertencia de que un avellano de semilla tarda años en dar fruto y no sale igual que el árbol del que lo cogiste.
En resumen
El avellanero es el avellano de siempre, Corylus avellana, y se reconoce por la mata de varios pies, la hoja casi redonda, acorazonada, áspera y con doble serrado, y sobre todo por los amentos amarillos que cuelgan de las ramas desnudas en pleno invierno. Con esas tres marcas no lo confundirás ni con el aliso, ni con el olmo, ni con el tilo, que son las tres plantas que más despistan.
Vive en el norte húmedo y en la montaña, y hacia el sur solo aguanta en barrancos y umbrías con agua. Florece antes que casi nadie, su polen es de los primeros del año, y su fruto sostiene a media fauna del bosque antes de que llegues tú a recogerlo. Si lo que buscas es cultivarlo, tienes el detalle en la guía de cuidados del avellano y en el artículo sobre su floración y polinización.