La avellana que compras no es la que cae del avellano. Entre el suelo del avellanar y la bolsa del supermercado hay un secado, una limpieza, una selección por calibre y, muchas veces, un descascarado y un tostado. Ese recorrido explica casi todo lo que te interesa de verdad: por qué unas saben a fruto fresco y otras a cartón, por qué las de cáscara duran más que las peladas y por qué una avellana mal guardada sabe a pintura en cuestión de meses.

Antes de seguir, dos cosas. La primera es que aquí no vas a encontrar propiedades ni beneficios: no hay declaraciones de propiedades saludables autorizadas en la Unión Europea para la avellana, y las que existen para cualquier alimento están recogidas en el Reglamento (CE) 1924/2006 y las concede la Comisión Europea tras evaluación científica, no un artículo de internet. La segunda sí importa para la salud de alguien: la avellana (Corylus avellana) es uno de los alérgenos de declaración obligatoria del anexo II del Reglamento (UE) 1169/2011, dentro del grupo de los frutos de cáscara.

Avellanas verdes en su involucro junto a avellanas secas con cáscara A la izquierda, el fruto tal como está en el árbol, dentro del involucro. A la derecha, la misma avellana ya seca y limpia. Entre una y otra hay bastante trabajo.

Se recoge del suelo, no del árbol

El avellano no se varea. La avellana madura se desprende sola del involucro de brácteas que la envuelve y cae al suelo por sí misma a lo largo de varias semanas de finales de verano y principios de otoño. Recogerla antes, tirando de la rama, da frutos vanos o con el grano sin llenar, y además deja al árbol sin la yema que iba a dar la cosecha siguiente.

Por eso el avellanar se prepara: el suelo se deja limpio y bien nivelado antes de la caída, para poder barrer. En huerto familiar se recoge a mano cada pocos días, y en plantación se hace con máquinas que barren y aspiran o recogen la fruta del suelo. La clave, en los dos casos, es no dejarla tirada. Una avellana que pasa días en tierra húmeda coge humedad, se mancha y empieza a enmohecerse por dentro sin que lo veas desde fuera.

El secado, que es lo que decide la calidad

Recién caída, la avellana tiene demasiada agua para conservarse. El secado es el paso que la convierte en fruto seco de verdad y el que marca la diferencia entre una partida buena y una partida perdida. Se hace al aire, en capas finas y removiendo, o en secaderos con aire templado; lo que nunca funciona es amontonarla en sacos húmedos.

Un secado insuficiente tiene dos consecuencias. La primera, que el grano se enmohece y coge sabores desagradables. La segunda, la que de verdad vigila la industria: los frutos de cáscara mal secos y mal almacenados pueden desarrollar mohos productores de micotoxinas, y por eso la avellana está sometida a control sanitario específico por aflatoxinas, con límites máximos fijados en la normativa europea de contaminantes. No es un problema del que tú tengas que ocuparte al comprar en una tienda, pero sí explica por qué la industria es tan estricta con la humedad.

Si secas avellanas en casa, la referencia práctica es sencilla: están cuando el grano suena suelto al agitar la cáscara y se parte limpio, sin ceder al apretarlo. Y se guardan cuando están frías, nunca templadas.

Los formatos en los que llega al mercado

  • Con cáscara. Es la forma en que mejor se conserva, porque la cáscara protege el grano de la luz y del oxígeno. Es la que aparece en las fruterías en otoño y en la bandeja de frutos secos de Navidad.
  • Grano crudo (descascarado). La cáscara se rompe por presión y se separa. El grano queda con su película marrón, la perisperma, que es lo que le da el punto amargo.
  • Repelada. El grano pasa por un tostado corto que hace saltar esa película, y luego por un cepillado o un soplado que la retira. Es lo que pide la pastelería cuando no quiere ni el color ni el amargor de la piel.
  • Tostada. El tostado desarrolla el aroma y la hace crujiente. También acorta su vida útil, porque el calor pone en marcha la oxidación de la grasa.
  • Molida, en pasta o en harina. Formatos de industria y de repostería, los que más rápido se estropean de todos.

Las partidas se clasifican además por calibre, es decir por el diámetro del fruto, que se mide con cribas. El calibre no dice nada del sabor, pero sí del uso: los tamaños grandes van a bandeja y a bombón entero, y los pequeños, a molienda y a pasta.

Avellanas con cáscara secándose extendidas sobre una bandeja de madera Avellanas extendidas en capa fina para secar. Amontonarlas es el error clásico: la humedad del centro no sale y la partida se pierde.

Por qué se enrancia y cómo evitarlo

La avellana es un fruto de cáscara muy graso, y su grasa es mayoritariamente insaturada. Eso es una descripción de su composición, no una promesa de nada, y tiene una consecuencia práctica directa: las grasas insaturadas se oxidan con facilidad en contacto con el aire, y la oxidación se acelera con la luz, con el calor y con el propio tostado.

El enranciamiento se nota antes en el olfato que en el paladar. Una avellana pasada huele a cera, a pintura vieja o a aceite usado, y deja un amargor persistente al final de la boca. No es cuestión de rescatarla: se tira.

Para que llegue lejos, tres reglas. Con cáscara aguanta bastante más que pelada, así que si vas a tardar en consumirlas, cómpralas enteras. Guárdalas en recinto hermético, opaco o al menos a oscuras, y en sitio fresco: la despensa sobre el horno o al lado de la vitrocerámica es el peor lugar de la casa. Y si tienes mucha cantidad, el frigorífico o el congelador alargan mucho su vida, sobre todo con el grano ya pelado o tostado; del congelador salen perfectamente, sin descongelar previamente, para usarlas en repostería.

Qué mirar cuando la compras

Con cáscara, fíjate en el peso: una avellana que pesa poco para su tamaño suele tener el grano seco, encogido o vano. Mira también la superficie. Un agujero redondo y limpio, del tamaño de la punta de un alfiler grueso, es la salida de la larva del balanino, y dentro no queda más que serrín. Descarta las que tengan manchas oscuras blandas o cualquier rastro de moho.

En grano, busca color uniforme y superficie seca, sin brillo aceitoso. El brillo graso y los granos pegados entre sí indican que la partida lleva tiempo y ha sudado aceite. Y si te dejan olerla, hazlo: el olor rancio se detecta enseguida y es el único criterio realmente fiable.

De dónde viene la que comes

La mayor parte de la avellana del mundo sale de Turquía, en la franja del mar Negro, y ese origen marca el precio internacional de todo el sector. Detrás vienen Italia, Azerbaiyán, Chile y Estados Unidos, donde el cultivo se concentra en Oregón. España produce una cantidad pequeña en comparación, y casi toda se concentra en el Camp de Tarragona y comarcas vecinas, con Reus como plaza comercial histórica de la avellana catalana.

En la práctica, eso significa que la avellana que compras envasada en España puede venir de cualquiera de esos orígenes, y el etiquetado no siempre lo detalla salvo que el producto se acoja a una figura de calidad. Si te interesa la avellana de proximidad, el sitio donde encontrarla es el mercado local de las zonas productoras en otoño.

El alérgeno, que va en serio

La alergia a la avellana es de las más frecuentes entre los frutos de cáscara en Europa y las reacciones pueden ser graves. Por eso figura en el anexo II del Reglamento (UE) 1169/2011 y debe declararse siempre, tanto en el etiquetado de los alimentos envasados como en la información de bares y restaurantes.

Lo complicado no es la avellana visible, sino la que no se ve. Está en las cremas de cacao para untar, en los turrones y mazapanes, en buena parte de la bollería y las galletas industriales, en helados, en rellenos de bombón, en algunos panes y en bebidas vegetales. Si cocinas para alguien con esta alergia, lee la etiqueta entera cada vez, incluidas las menciones de trazas por contaminación cruzada, y no te fíes de que un producto no la llevara el año pasado. Ante una reacción, la atención es médica y urgente.

En resumen

La avellana se recoge del suelo cuando cae sola, se seca enseguida y a partir de ahí todo lo que le pasa es manipulación: limpieza, calibrado, descascarado, repelado, tostado o molienda. Cuanto más procesada llega a tu casa, menos tiempo le queda de vida, porque es un fruto graso y la grasa se oxida. Comprarla con cáscara, guardarla fresca y a oscuras y olerla antes de usarla resuelve la mayoría de los disgustos.

Y una última cosa, que es la que de verdad afecta a la salud de alguien: es un alérgeno de declaración obligatoria y está escondida en muchos más productos de los que parece. Todo lo demás que vas a leer por ahí sobre sus supuestos beneficios se mueve fuera de lo que permite el Reglamento (CE) 1924/2006. Si lo que buscas es el árbol y su cultivo, lo tienes en la guía de cuidados del avellano, y si te interesa el nombre y el folclore, en el artículo del ablano.


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